Actitudes vicencianas en medio de un mundo no creyente (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:
  1. COMO EXPRESAR Y COMUNICAR NUESTRA FE ANTE LA INCREENCIA

A la luz de estas actitudes vicencianas, ¿cómo podemos ex­presar nuestra fe en tiempos de increencia? ¿Qué lenguaje hemos de utilizar para que nuestra fe sea comprendida por los no cre­yentes? ¿Cómo evangelizar en tiempos de una absoluta indife­rencia religiosa?

Ya se nos han indicado, en conferencias anteriores, algunas formas y maneras de vivir la fe cristiana. Pero con riesgo de repetir, vamos a sintetizar:

  1. «El justo —decía el apóstol— vive de su fe» (Rom 1,17).

Esto quiere decir que para un creyente, la fe es el centro de su vida y el núcleo de su existencia. Frente a una escala de valores como el dinero, el poder y el placer, que son las tentaciones innatas del hombre, el creyente encuentra en la fe su «tesoro escondido». De la fe brotará el resto de su existencia: sus sen­timientos, sus proyectos, sus ilusiones, sus juicios de valor…, etc. Todo gira y todo se apoya en la fe.

Para nosotros además, la fe tiene una dimensión más pro­funda. Esas tendencias innatas como son el poder, el tener y el placer, las hemos orientado con radicalidad en la línea de los Consejos Evangélicos de obediencia, castidad y pobreza. Esos compromisos, adquiridos ante Dios en la Compañía, están sella­dos por unos votos. Ahora bien, cuando la fe hace crisis, toda nuestra vida se tambalea, porque en definitiva todo se apoya en Dios. Y como además nuestra consagración es un don gratuito, toda nuestra vida ha de ser una donación constante y generosa. De ahí que una fe operante, al estilo de san Vicente, es la mejor manera de mantenerla ardiendo como la lámpara.

  1. Pero la fe cristiana es ante todo la «experiencia personal de Dios». En nuestro ambiente son muchos los que aún se con­fiesan «creyentes» porque admiten, no sin reticencia, ciertas ver­dades sobre la existencia de Dios, la persona de Cristo o la institución de la Iglesia…, etc., o se consideran «católicos prac­ticantes» por ser habituales a ciertos sacramentos: bautizos, bo­das, misas… Pero luego son mayoría los que no han tenido una experiencia de ese Dios que, aunque oculto, le sientan cercano y necesario para vivir.

Nosotros, sin duda, esa experiencia la hemos tenido y la hemos clarificado con el tiempo: la vocación. Pero es necesario seguir cultivando esa presencia y amistad cercana con el Señor, bien en la contemplación, bien en el servicio y entrega al pobre. Pues para nosotros, hijos de san Vicente, el pobre es un «sacra­mento» o manifestación de Jesucristo. Y necesitamos una fe viva y operante para que «al dar la vuelta a la medalla» sigamos viendo el rostro del Cristo abandonado.

La fe, como al apóstol Tomás, no es cuestión de evidencias, sino de «vivencias». No es cosa de grandes formulaciones teológicas, sino de vivir en lo que se cree. Es entonces, como le sucedió a san Vicente, cuando se disipan las tinieblas y las dudas, y todo se va viendo con toda naturalidad y sencillez. Los misio­neros o Hermanas que generosamente sirven a los pobres no suelen tener grandes turbaciones.

Una fe experimentada, pero también una fe proclamada. Los apóstoles, testigos de la pasión y resurrección, repetían sin cesar: «De lo que hemos visto, de eso os anunciamos» (1 Jn 1). En efecto, una fe que se vive en el corazón, necesita ser «con­fesada con los labios» (Rom 10,9).

El ambiente de increencia no suele atacar frontalmente el «hecho religioso». Lo respeta y procura reducirlo al ámbito y a la esfera íntima de la persona. Apóstoles, como Juan Pablo II, molestan. Por eso se procura silenciar e insonorizar su mensaje. Mas, como dice el evangelio, «no se puede ocultar la luz bajo un celemín», y por tanto, «hemos de estar siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza cuando así se nos pida», como dice san Pedro (1 Pd 3,5).

Ahora bien, al proclamar nuestra fe en Cristo, queda comprometido el mensaje y el mensajero. Nuestra sociedad está saturada de mensajes publicitarios de todo tipo: comerciales, electorales… Las gentes cada vez creen menos en las palabras, en los discursos, en los documentos o en las pastorales. Serán las personas, con sus obras y actitudes, las que convenzan y arrastren. Sólo las personas que en verdad se han comprometido, viven lo que predican, y optan por los desheredados de este mundo… serán heraldos del evangelio. Escuchemos estas pala­bras en la «Evangelii nuntiandi» de Pablo VI:

«Para la Iglesia, el primer medio de evangelización es el tes­timonio de una vida auténticamente cristiana… El hombre con­temporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio… Será con su conducta, su vida, cómo la Iglesia evangelizará al mundo; es decir, mediante un testimonio vivido en fidelidad a Jesucristo, de pobreza y despego de los bienes materiales, de libertad frente a los pobres del mundo; en una palabra, de santidad» (EN 41).

En esta evangelización del mundo no creyente es nece­sario «inculturizar la fe». Ha nacido una nueva cultura con su lenguaje y sus símbolos. El mundo de la novela, del teatro o de la imagen apenas acude al fenómeno religioso. En el peor de los casos para ridiculizarlo o situarlo respetuosamente en el pasado, que es la peor de las críticas. Por otra parte, el mundo no creyente desconoce o no comprende el lenguaje de lo sagrado: culto, ritos, símbolos. Posiblemente en su infancia y juventud escucharon el lenguaje de lo trascendente: Dios, Cristo, las verdades eternas para la salvación (recordemos la obsesión de san Vicente por enseñar estas verdades en las misiones). Pero ahora en la re-evangelización habrá que partir del lenguaje cercano al mundo que le rodea, para más tarde ascender a lo trascendente.

Hoy no podemos presentar el evangelio con poder, arrogancia o dogmatismo, sino con un talante abierto y dialogante. Para nada sirven las actitudes de aislamiento, crítica obsesiva o de anatema permanente. Expresar con convicción lo que se procla­ma, pero en un tono de sencillez y humildad. San Vicente insistía que «con los herejes no había que discutir, ni presentar los temas conflictivos que les enfrentara, sino hablar con cordialidad, to­lerancia y diálogo». Hemos de buscar y percibir en sus palabras y razonamientos «semillas del Verbo» (C. 16). La experiencia nos dice que aquellos que por la autorreflexión han percibido antes en su corazón síntomas de infidelidad e increencia, son más comprensivos y dialogantes con los alejados de la fe. Es la máxima evangélica de «la paja en el ojo ajeno» (Mt 7,3). Porque fácilmente podemos tener dos teologías: una exigente para pre­dicar y otra más suave para nosotros.

Se nos ha dicho en estos días que es el hombre: sus aspiraciones, sus problemas, su futuro… el espacio donde po­dremos entablar ese diálogo con los no creyentes. Pero dentro de este espacio, hay un aspecto por el que nuestra sociedad está muy sensibilizada: la defensa de los desheredados y el servicio de los pobres. «La Iglesia —recordaba Juan Pablo II— no puede permanecer insensible a todo lo que sirva al bien del hombre» (RH 13).

Y es aquí donde aparece de lleno la actualidad de nuestro carisma vicenciano de que: «servir a los pobres es servir a Je­sucristo». Porque a veces, las injusticias de los poderosos y las miserias de los desheredados de esta sociedad de «epulón», son los que ocultan a muchos hombres el verdadero rostro de Dios. Y por tanto, cuando los «pobres son evangelizados», el rostro de Dios se manifiesta y se instaura en el mundo su Reino. Eso mismo le sucedió al hugonote.

Y concluimos con una carta de san Vicente al P. Portail:

«…trabajemos humilde y respetuosamente. Si no, Dios no ben­decirá nuestros trabajos, y alejaremos a las pobres gentes de nosotros. Pensarán que hay vanidad, y no creerán en nosotros. Porque no se cree a un hombre por muy sabio que sea, sino porque lo juzgamos bueno y lo apreciamos…

Hagamos lo que hagamos, nunca creerán en nosotros, si no mostramos amor y compasión hacia los que deseamos que crean en nosotros. El P. Lamberto y P. Soufliers, por haber actuado así, han sido considerados por santos en todas partes, y Nuestro Señor ha hecho grandes cosas por medio de ellos. Si ustedes obran así, Dios bendecirá sus trabajos; si no, no harán más que mido y fanfarrias, pero muy poco fruto» (I, 320).

Termino. Ya indiqué lo complicado que era llevar a buen puerto esta nave. San Vicente, recordábamos, vivió su fe en un clima de cristiandad, aunque rasgado por las herejías. Nosotros la estamos viviendo en un clima de frialdad e indiferencia. Por otra parte, la novedad del tema no ha permitido aún a los es­pecialistas vicencianos profundizar en el mismo. Mientras tanto, y a la luz de su doctrina y desde el silencio y la reflexión personal, pero sobre todo, desde el servicio y la cercanía del pobre, sigamos percibiendo la presencia cercana del Dios vivo y verdadero.

¡Que María, la Virgen creyente, sea estrella de nuestra evan­gelización!

Francisco Salinero

CEME

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *