Actitudes vicencianas en medio de un mundo no creyente (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicenciana0 Comments

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III. COMO EVOLUCIONO LA FE EN SAN VICENTE DE PAÚL

La fe del Sr. Vicente fue muy sencilla, y puede resumirse en breves principios: que Dios nos ama, que Jesucristo es nuestro Salvador, que vino a evangelizar a los pobres, que nosotros hemos sido elegidos para esta misión, que procuremos en todo la gloria de Dios, buscando siempre su divina voluntad y no adelantarnos nunca a la divina Providencia…

Estas convicciones profundas constituían el depósito de su fe, que luego procuraba expresar en un lenguaje directo y sencillo. Eso sí, adornado con imágenes y comparaciones un tanto pin­torescas. El no fue autor de ningún tratado o estudio, ni conoció, que sepamos, el mundo espiritual de lo extraordinario, tales como los éxtasis, revelaciones y milagros; salvo en alguna ocasión. El vivió su fe a nivel de sencillez y humildad.

Hemos pues, de descubrirla a través de lo que vivió, habló y escribió en su correspondencia. Mas aunque se expresa con sencillez, y no parece decir nada nuevo, de hecho ninguno de los que le escuchaban quedaba indiferente a sus palabras. Por eso escribe Bossuet: «!Qué dichosos son uds. los misioneros de poder ver y escuchar todos los días a un hombre tan lleno de Dios¡». Efectivamente, todos: obispos, sacerdotes, Hijas de la Caridad, pequeños y grandes… todos encontraban y percibían en sus palabras la fe que rezumaba su alma.

Digamos también que su fe era sobria. El desconfiaba, no tanto de la ciencia profana, cuanto de esa ciencia o erudición que nos acerca al mundo de la teología y de la fe. Así se lo indicaba a los estudiantes y a las Hermanas. Tenía miedo a racionalizar en exceso la fe: «Hemos de estudiar, decía, sobriamente, según nuestra condición, y con mucha humildad, para que nadie nos tenga por sabios. Porque no son los sabios los que más gracias tienen de Dios, ni los que más fruto producen en la Iglesia».

En segundo lugar, es una fe que transforma y dinamiza toda su vida, como luego veremos: «El buen Dios hace nuestros asun­tos, cuando nosotros hacemos los suyos», solía repetir.

Y en tercer lugar, una fe equilibrada: «firme en el fondo, y mesurada en sus expresiones». El santo siempre procuró evitar los extremismos. «La virtud, solía repetir, no se encuentra en los extremos, sino en la discreción. Hasta la virtud también tiene sus vicios por ambos lados».

¿Cómo evolucionó la fe del Sr. Vicente?, era la pregunta que habíamos iniciado. Bien, quienes estudiamos y leemos su vida sabemos la influencia que recibió: sus padres y el entorno social y eclesial. Es cierto que algunos biógrafos han querido adornarle con algunas «florecillas espirituales» en su infancia: que si la imagen de la encina o la limosna a la vuelta del molino… Lo cierto es que su vocación al estado eclesiástico fue «interesada» por parte de la familia, como de él mismo. Con el afán de un «modesto beneficio», corre tras la fortuna y pleitea sin escrúpulo.

Pero dejando aparte el paréntesis del destierro en tierras de Argel, pronto vamos a encontrarnos con ciertos rasgos que ma­nifiestan su espiritualidad profunda. Efectivamente, durante los años 1609 a 1621 vivirá unas experiencias que le marcarán para toda la vida.

Al llegar a París se introduce en el círculo espiritual del Cardenal Berulle. Iniciado en los umbrales de las ascética, va a recorrer el sendero de la purificación a través de sus diversas expresiones: la calumnia, la tentación contra la fe, su primera actividad caritativa y pastoral…, etc., que terminarán por puri­ficarle, vaciarle de sí mismo, llenarle de Dios, hacerle instru­mento de sus manos y dedicarle para el resto de su vida al servicio y evangelización de los pobres.

Detengámonos en esta fase crucial del futuro santo. El con­tinuo fracaso de sus proyectos humanos culmina con una calum­nia de robo por quien le había acogido en su residencia parisina. Calumnia rodeada de avisos canónicos a la puerta de la parroquia, afrentas y aislamiento por todos. El, ante tanta vergüenza, se limita a contestar: «Dios sabe la verdad». Años más tarde, y hablando de tercera persona, aconsejará a los suyos: «Dejemos a Dios el cuidado de manifestar el secreto de las conciencias» (XI, 230).

Esta primera experiencia le ayudará a encontrar al Cristo humillado y despreciado. Años más tarde aconsejará a los mi­sioneros: «Sigamos a Jesucristo, despreciado, abofeteado y per­seguido… El siempre estará a la espera de todo lo que hagamos y digamos durante la persecución» (XI, 572).

La crisis contra la fe le sobrevino por ofrecerse voluntaria­mente a recibirla de aquel atormentado doctor. Esta crisis o «no­che oscura» va a conmocionar toda su alma y va a cambiar el rumbo de su vida sacerdotal. En efecto, sus frecuentes visitas a los enfermos del cercano Hospital de la Caridad en París le descubren el mundo de los pobres, y al consagrarse de por vida a su servicio, se disiparán para siempre las tinieblas del espíritu. En esta segunda prueba purificativa se encontrará de nuevo con Cristo; no el Cristo humillado, sino el «evangelizador de los pobres».

El P. A. Dodin afirma que en este «voto de dedicarse de por vida a la evangelización de los pobres» está el origen del cuarto voto que se emite en la Congregación de la Misión. Para el santo este voto fortaleció su voluntad para darse a Dios y a los pobres. Este voto dio estabilidad a su persona, tanto espiritual, como sicológicamente. En este voto encontró la roca sobre la que cons­truyó el edificio de su vida y de su obra. Y contra esta roca se disiparon las dudas, las tentaciones, los desalientos y oscuridades de su vida. Si todo esto le había proporcionado a él el «voto de dedicarse a la evangelización de los pobres», ¿por qué no habría de ofrecérselo también a todos y cada uno de sus misioneros?

Prosigamos. Después de unos años de fecunda pastoral en Clichy, acepta por obediencia, entrar en el mundo de los Gondi. En breve tiempo va a tener dos experiencias pastorales decisivas. Es el año 1617. En Gannes y Folleville descubre la pobreza espiritual de los campesinos (XI, 94; IX, 71), mientras que en Chatillón inaugura la experiencia de la caridad frente a la miseria material (X, 578).

Estas dos experiencias de fe le ayudarán a hacer una lectura práctica del evangelio. Me refiero al texto de Lucas: «El espíritu del Señor sobre mí, me ha enviado a evangelizar a los pobres» (4,18), así como el de Mateo: «Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, estuve enfermo…» (25,40).

De la primera experiencia surgirá la «misión», y de la segunda la «caridad». Las dos constituirán sus obras maestras, y a ellas consagrará toda su vida: servir a los pobres en sus necesidades materiales y espirituales.

A partir de este momento crucial de su vida, el santo se va a mover siempre en una doble vertiente. Por un lado, el hombre de oración continua y a la vez el hombre volcado en la acción. El sacerdote que se consagra de por vida a la evangelización de los pobres, pero que no romperá con los grandes de este mundo. El cristiano convencido de que todo depende de la gracia y pro­videncia divina, pero que al mismo tiempo trabaja con todas sus fuerzas por dar una solución a las necesidades que salen a su paso. El sacerdote de vocación bien definida, y a la vez, preo­cupado por todos los remolinos de la Iglesia de su tiempo. En definitiva, y como afirma el P. Dodín, él tenía el arte de armonizar los extremos, quizás porque supo amar por igual a Dios que a los pobres. Mejor dicho, amó a Dios en los pobres.

  1. LA VIDA TEOLOGAL DEL SANTO DE LA CARIDAD

Este encuentro con Cristo a través de los pobres, cambió su vida. Cristo le revelará el amor infinito de Dios a los hombres, y le señalará el camino de amor que le llevó a humillarse y a ocuparse de la salvación de los hombres, especialmente de los pobres. Su vida se moverá en tomo a ese Cristo, Adorador del Padre y Servidor de sus designios de amor.

«Nada me agrada sino en Jesucristo«. Esta afirmación fue in­quebrantable a lo largo de su vida espiritual. Y aunque la teología que estudió era altamente abstracta y desencarnada, sin embargo él procuró no abusar de las ideas y de los conceptos, y la transmitió a partir de sus experiencias diarias. De ahí que su fe fuera activa y operante, su esperanza comprometida y su caridad efectiva.

  1. «Hay que verlo todo a la luz de la fe»

En efecto, sólo la fe nos permite ver la realidad auténtica de las cosas tal como son ante Dios. Porque a veces nuestra visión es limitada y deformada, bien por el influjo de nuestras pasiones, bien por influencia del ambiente. En ambos casos no llegamos a ver la realidad más profunda. Esta visión de fe el Señor se la concede a los sencillos: «Gracias te doy Padre, porque… se las has revelado a los pobres y humildes» (Lc 10,21). El santo lo comentará diciendo:

«No será con grandes discursos y raciocinios como se llega a las almas, sino cuando esas palabras van acompañadas con cierta unción que se derrama secretamente en el corazón de los cre­yentes».

Pero esta mirada de fe se hace muy difícil cuando llega la hora de la tentación, de la adversidad, y sobre todo, cuando nos encontramos ante la cruda realidad del pobre. Es necesario en­tonces, pedir a Dios la ayuda de la gracia. Porque sólo ella nos permitirá ver en ellos su dignidad humana, su igualdad a los demás hombres y verlos tal como son ante Dios:

«No hemos de considerar a un pobre campesino según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni figura, ni la delicadeza de las personas cultas, pues son vulgares y hasta groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son los que mejor representan al Hijo de Dios que también quiso ser pobre» (XI, 725).

Es, por tanto, la virtud de la fe la que nos posibilita ver a Cristo en los pobres, «ya que ellos son los miembros más débiles de su Cuerpo» (XI, 393), y que «cuando se sirve a los pobres, se sirve a Jesucristo… Y esto es tan cierto como que estamos aquí presentes» (XI, 240).

Ahora bien, si la fe ofrece la verdadera visión de las cosas, quiere decirse que el cristiano ha de apoyarse, no en sus fuerzas, ni en sus propios criterios, sino en el criterio sobrenatural de la fe, «pues cuando uno busca el apoyo de los hombres, quiere decirse que ha dejado de lado la visión de Dios» (VIII, 295). Y esta seguridad que da la fe es la que nos sostiene y nos conforta en los momentos difíciles.

La fe vicenciana pues, no era sólo un mero asentimiento de la razón a las verdades reveladas, sino «una entrega generosa de sí mismo a Dios». Es decir, una fe activa y operante. Es la fe evangélica expresada en obras, según la teología católica, tan fuertemente combatida por la reforma protestante de su tiempo.

El sabía por propia experiencia que una fe ociosa e inoperante pronto nos lleva a la tentación y a la crisis de esa misma fe, tal como le sucediera a aquel doctor. Y fue la caridad activa, sus desvelos por los pobres y su consagración de por vida a ellos, las que le iluminaron la senda de la fe y le sacaron de la oscuridad de la noche. Desde entonces, afirma Abelly, vería con singular lucidez todas las grandes verdades de la fe, y percibiría con especial sensibilidad los males y las lacras de su tiempo. Del mismo modo que esta evangelización de los pobres del campo iluminará la senda de la conversión de aquel hugonote que dudaba de la autenticidad de la Iglesia católica.

2.«Hay que seguir paso a paso a la adorable Providencia»

Esta era su manera de vivir la virtud de la esperanza. Escri­biendo al P. Codoing le dice:

«Siento una devoción especial en seguir paso a paso la adorable Providencia de Dios» (II, 176).

Este término: «paso a paso», encierra y refleja toda su vida y toda su obra. Este sentimiento de «seguir paso a paso a la Providencia» es el que le hace aparecer ante los demás como un hombre lento y a veces dubitativo. Pero una vez que conocía la voluntad divina, era el hombre más activo y tenaz, sin importarle las críticas, ni los fracasos; ya que así lo quería la voluntad de Dios.

Esta confianza en la Providencia es la que nos lleva a ver y aceptar los caminos de Dios. Por eso «hemos de aceptar la cruz, las enfermedades, las tristezas y las crisis interiores, teniendo siempre como modelo al mismo Hijo de Dios» (IX, 1057). Y en este mismo sentido escribe al P. Almerás:

«¡Ay Padre!, qué felicidad no querer más que lo que Dios quiere en los acontecimientos, y no hacer más que lo que la Providencia nos va señalando en cada ocasión»… (III, 170).

Así pues, toda la doctrina y experiencia del santo se resume en estas dos palabras, aparentemente contradictorias: «apresú-remonos lentamente» (V, 346).

  1. «Servir a los pobres es servir a Jesucristo»

San Vicente, siguiendo al apóstol, amará a Dios y al prójimo desde y a semejanza del corazón de Jesucristo. Y a la vez que profundiza en el amor de Dios con una fe viva y operante, al mismo tiempo va creciendo en el amor y entrega al pobre:

«Miremos al Hijo de Dios. ¡Qué corazón más caritativo! ¡Qué llama de amor! ¡Oh Salvador! Fuente del amor humillado hasta el suplicio infame de la cruz. ¿Quién ha amado como Tú? Hermanos míos, si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos que­daríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos esos que podríamos asistir? No. La caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y el consuelo de los demás» (XI, 132).

El ha recibido de san Francisco de Sales toda la doctrina acerca del amor de Dios. Frases como estas suelen salir de sus labios: «el amor infinitamente amable»… , «fuente y modelo de toda caridad»…, «fuego que actúa sin cesar sobre aquellos que se dejan abrasar por él»…, etc.

En efecto, el amor a Dios por una parte es afectivo en sus sentimientos y emociones, pero se hace efectivo y práctico en las obras (IX, 534). Por eso de sus labios brotaron estas mara­villosas palabras: «No me basta con que yo ame a Dios, si mi prójimo no le ama» (XI, 553).

Y será ese amor efectivo hacia Dios el que más se transparenta en sus cartas, conferencias o repeticiones de oración. Aportemos este texto:

«Dadme un hombre que ame a Dios solamente, o un alma elevada en contemplación que no piensa nunca en sus hermanos. Esa persona, sintiendo que es muy agradable esta manera de amar a Dios, que le parece lo único digno de amor, se detiene en saborear esa fuente de dulzura infinita.

Y he aquí otra persona que ama al prójimo, aunque parezca rudo y vulgar, pero que lo ama por amor a Dios. ¿Cuál de estos dos amores creéis que es más puro y desinteresado? Sin duda que el segundo, pues es la mejor manera de cumplir la ley perfecta» (XI, 552).

Sabemos que el amor de Cristo por los hombres le llevó a asumir la forma de siervo, y con ella, todas las miserias humanas. Así su rostro quedó grabado en el rostro singular de cada hombre. De esta forma, el amor y el servicio al pobre se convierte en plena garantía de nuestro amor a Dios:

«Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Servís a Jesu­cristo en la persona de los pobres. ¡Cuánta verdad es esto! Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los pobres en­fermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios» (IX, 240).

  1. «Acuérdese de que vivimos en Jesucristo»

La espiritualidad vicenciana, venimos repitiendo, se centra en la Persona de Cristo. Por eso recordará a los misioneros:

…quienes han sido llamados a continuar la misión de Cristo, deberán llenarse de sus mismos sentimientos y afectos… para seguir fielmente sus huellas» (Reglas Comunes. Int.).

Y para alcanzar esta configuración con Cristo, el santo acude a la teología paulina sobre el bautismo:

«Acuérdese, Padre, de que vivimos en Jesucristo, por la muerte de Jesucristo. Y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Je­sucristo y llena de Jesucristo. Y que para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo» (I, 320).

Quizás este texto nos parezca un juego de conceptos o de palabras, pero es sin duda uno de los pensamientos más pro­fundos del santo y digno de ser meditado. Nos recuerda al apóstol cuando dice: «vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20), pero que él lo expresa con otras palabras:

«Vivo como Nuestro Señor quiere que viva, conformándome a El en todo lo que me es posible; de manera que el que me ve vea la imagen que representa a Jesucristo» (IX, 868).

  1. «Hay que entregarse a Dios sirviéndole en los pobres»

Esta configuración con Cristo nos lleva infaliblemente a la unión con Dios mediante el servicio de los pobres, lo mismo que el servicio nos lleva a Dios. Ambas dimensiones: Dios y los pobres, estaban también unidas en san Vicente, a imitación de Jesucristo que a un tiempo se nos muestra como Adorador del Padre y Salvador de los hombres. Por eso aconseja a los misio­neros en una conferencia, que en su predicación asuman los mismos sentimientos del corazón de Cristo, lleno de misericordia para con los hombres:

«…es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones, y sentir los sufrimientos y miserias del prójimo, pidiendo al Señor que nos dé ese espíritu de misericordia que El tenía. Y cuando vayamos a los pobres, hemos de entrar en sus sentimientos, para sufrir con ellos y ponernos en la misma disposición del apóstol: me he hecho todo a todos» (XI, 233).

Mas esta misericordia divina se compadecía de las miserias, tanto corporales, como espirituales. Por eso a las Hijas de la Caridad, que podían ser más propensas al trabajo, les recordará:

«Porque mirad, queridas hijas, es muy importante servir a los pobres corporalmente. Pero la verdad es que no ha sido nunca ese el plan de Nuestro Señor al fundar vuestra Compañía: cuidar sólo los cuerpos, ya que no faltarán personas para ello. La intención de Nuestro Señor es que asistáis también a las almas de los pobres enfermos» (IX, 917).

Sin embargo a los misioneros, que corrían el peligro de de­sentenderse de las necesidades materiales de los pobres, les re­calca:

«De modo que, si hay algunos de entre nosotros que creen que están en la Misión para evangelizar a los pobres, y no cuidarlos; para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales; les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras; por nosotros y los demás» (XI, 393).

Este servicio y entrega a los pobres es el camino más seguro para llegar a la santidad, y vivir en este «estado de caridad» es incluso superior al martirio:

«Todo el que se entrega a Dios para servir al prójimo, y sufre de buena gana todas las dificultades que allí encuentra será en verdad un mártir; incluso superior a él, ya que éste lo es por un momento, mientras que aquél lo es constantemente. De ahí que las Hijas de la Caridad sean en verdad mártires por Jesucristo» (IX, 256).

En definitiva, que la unión con Dios nos lleva al servicio, mientras que por el servicio llegaremos a la unión con Dios. Porque «entregarse a Dios para servirle en la persona de los pobres», resume toda la visión de su fe y espiritualidad.

  1. «Sabed que el espíritu de vuestra Compañía consiste en…»

El espíritu de Jesucristo es el mismo Espíritu santo, con sus dones, gracias y carismas. Es el espíritu de Cristo que el santo descubrió en el evangelio y que dejó impregnado en sus escritos y en sus palabras. Basta leer los diversos capítulos de la Reglas Comunes, donde se presenta a Cristo como «Regla de la Com­pañía». Y al ver la pluralidad de carismas en la Iglesia, procurará especificar el suyo por medio de las llamadas «virtudes especí­ficas».

«Dios —recordará a las Hermanas— ha dado a los capuchinos el espíritu de pobreza, a los cartujos el de la soledad, a los jesuitas el espíritu de ciencia. El espíritu de las carmelitas, en cambio, será el de la austeridad, y el de santa María (la Visi­tación) es el de mansedumbre y humildad.

Dios da su espíritu de forma diferente a unos y a otros… Es importante pues, que las Hijas de la Caridad sepan en qué con­siste su espíritu y a qué se dedicarán» (IX, 524).

En la conferencia siguiente concretará:

«Hay que saber pues, que el espíritu de vuestra Compañía con­siste en tres cosas: amar a Nuestro Señor, y servirle con espíritu de sencillez y humildad» (IX, 536).

Y dirigiéndose a los misioneros les dirá que:

«…siempre he creído y pensado que eran la sencillez, la hu­mildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo» (XI, 586).

Prescindiendo del número de tales virtudes, lo que importa es «entrar en los sentimientos de Jesucristo, para así obrar con su espíritu. Las máximas evangélicas no tendrían valor alguno si no expresaran el espíritu de Nuestro Señor».

En diversas ocasiones el Fundador recordará que tales virtudes son como «el alma de la Compañía», «las cinco piedras limpí­simas de David»…, etc. Como veremos, son virtudes ciertamente apostólicas, porque nos conducen al fin de nuestra vocación que es evangelizar a los pobres. Son virtudes que nos ayudan y pre­paran a servirles corporal y espiritualmente, ya que, como dirá en otra ocasión, «una virtud que no actúa, ya no es virtud» (XI, 532).

¿Mas por qué la SENCILLEZ es una virtud vicenciana? Entre las pocas ocasiones en que el santo desahogó su intimidad, dijo a las Hermanas:

«Por lo que a mí respecta, me parece que Dios me ha dado un aprecio tan grande por esta virtud de la sencillez, que la con­sidero como mi evangelio. Siento una especial devoción y con­suelo en decir las cosas como son» (IX, 546).

No deja de llamar la atención en quien fue parco en expresar su intimidad, y a quien por otra parte, y dadas sus múltiples relaciones sociales, le obligaban a ser cauto y prudente. El mismo lo confirma:

«El mundo está empapado de doblez. Es difícil ver a un hombre que hable como piensa… Por todas partes no se ve más que disimulo y artificio. Esto ocurre —¿me atreveré a decirlo?—, incluso hasta entre las rejas de los conventos» (XI, 587).

Así, pues, lo específico de la sencillez es la constante refe­rencia a Dios, y buscar siempre lo que a El más le agrada: en nuestros pensamientos, palabras y obras. La Sencillez debe abar­car a toda la persona, ya que en ella todo es comunicación: palabras, gestos, y actitudes. Sólo entonces brotará la transpa­rencia y la coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. «La lámpara de tu cuerpo, dice el evangelio, es tu ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo será luminoso» (Lc 11,36).

San Vicente extraerá de la máxima evangélica: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,38), otras virtudes específicas, porque «si la sencillez nos lleva hacia Dios —decía– la HUMILDAD nos refiere a nosotros mismos, y la MANSEDUMBRE nos ayuda a soportar los defectos de nuestro pró­jimo» (XI, 589). Y «a semejanza de dos hermanas gemelas, están siempre unidas, como lo están la sencillez y la prudencia» (XI, 473).

Sobre la virtud de la HUMILDAD tenemos en las Reglas Co­munes un minucioso análisis. Allí les remito. Pero sí quiero ofrecer en alta voz estas preguntas. Si la Humildad es «andar en verdad», que diría santa Teresa, y al mismo tiempo es «anona­darse», gozar incluso de que nuestros defectos sean conocidos por todos…, etc., según la doctrina de los grandes maestros espirituales, ¿cómo compaginar estos dos extremos? ¿Cómo com­prender a san Vicente que, al mismo tiempo se confiesa «el más miserable de los hombres», «peor que el mismo demonio», «igual que una bestia de carga», «el más ignorante de los hombres que sólo sabe guardar cerdos»…, etc., y al mismo tiempo pone al servicio de los demás todas sus cualidades de organizador y animador, dejando en su entorno una influencia superior a lo normal?

Habrá que afirmar con los grandes maestros, que la Humildad para nada anula, ni destruye, las cualidades y sentimientos de la persona. Pero sí nos ayudará a ponerlas al servicio de los demás según la voluntad de Dios, y no para la alabanza y la vanidad propia. Sólo el humilde «hará las cosas de Dios —decía—, y en lugar de protagonismo, será dócil instrumento en sus manos».

Y junto a la humildad personal, nuestro fundador quería tam­bién la humildad para toda la comunidad. El gustaba de llamarla «pequeña compañía», «pequeño método», y afirmaba que «la humildad tenía que ser nuestro sello y contraseña» (XI, 491).

¿Y por qué la MANSEDUMBRE vino a ser virtud específica? Todos sabemos que el carácter del Sr. Vicente era áspero y melancólico. La misma señora de Gondi llegó a advertírselo. Mas cuando conoció la dulce figura de Francisco de Sales quedó impresionado y llegó a exclamar:

«¡Dios mío!, qué bueno eres, cuando tan bondadoso y amable es tu criatura, Francisco de Sales» (XIII, 78).

Y desde el retiro de Soissons —año 1621—, donde comenzó su profunda transformación sacerdotal, hasta el final de sus días, ésta será la virtud de práctica: la mansedumbre. De ahí que con frecuencia se disculpara de sus malos humores, o pidiera públi­camente perdón ante toda la comunidad por lo que él llamaba «su carácter áspero, igual que un cardo», y que felizmente llegó a dominar. Quienes le conocieron afirmaron de él que «era el hombre más manso de su tiempo, de no haber existido Francisco de Sales».

Sin duda que su psicología personal le llevó a introducir la mansedumbre en el catálogo de las virtudes específicas. En cierta ocasión hace este comentario a las Hermanas:

«Si la caridad es una manzana, la cordialidad es su color. Con­viene que os mostréis cordialidad unas para con otras, gracias a esa afabilidad y alegría que se percibe en el rostro» (IX, 1038).

Y a los misioneros les recordará:

«Tenemos tanta necesidad de afabilidad, cuanto estamos obli­gados por nuestra vocación a tratar con el prójimo, y entre nosotros mismos» (XI, 756).

Y pasamos a otra virtud vicenciana: la MORTIFICACIÓN. Y de nuevo será otra máxima evangélica: «el que quiera ser mi dis­cípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día, y sígame» (Lc 9,18). Siguiendo la espiritualidad tradicional lo traducirá por la virtud de la Mortificación, que etimológicamente significaría: muerte o dominio de sí mismo. Es la abnegación que nos alcanza la libertad de los hijos de Dios, frente a las servidumbres interiores del «hombre viejo»:

«La mejor señal para saber, nos recordaba, si uno quiere seguir a Nuestro Señor, es saber si se mortifica continuamente» (XI, 523).

«Es tan necesaria esta virtud —continúa afirmando—, que no podríamos vivir sin ella; repito, no podríamos vivir unos con otros, si nuestros sentidos interiores y exteriores no son mor­tificados. Y no sólo es necesario entre nosotros, sino también ante el pueblo con el que tanto hay que sufrir. Cuando vamos a una misión, no sabemos dónde nos alojaremos, ni qué hare­mos. Nos encontramos con personas y cosas muy distintas de las que esperamos, y la Providencia muchas veces, echa por tierra todos nuestros planes» (XI, 590).

Y como fruto de esta virtud de la mortificación brotará en nosotros otra actitud igualmente vicenciana: la disponibilidad, o «santa indiferencia», según el lenguaje del santo. Gracias a esta disponibilidad es posible que la Compañía pueda realizar la mi­sión que se le ha encomendado: el servicio y la evangelización de los pobres. El decía:

«Los hombres disponibles están por encima de la ley y de la norma. Son de una categoría distinta a los demás, y al igual que los cuerpos celestes, pasan a través de todo, van a todas partes, sin que nada les impida, ni les retrase» (XI, 536).

Y llegamos a la última virtud vicenciana: la CARIDAD para la Compañía y el CELO APOSTÓLICO para la Congregación. Ambas reflejan el espíritu y el fin por el que surgieron en la Iglesia. Incluso las virtudes anteriores: sencillez, humildad…, están para dinamizar y enriquecer la «caridad apostólica». Se trata pues, de «aquel fuego que Cristo quería traer al mundo», o el ardor que hacía exclamar al apóstol: «con sumo gusto me desgastaré por la salvación de vuestras almas»… «todo lo soportaré por amor de los elegidos»…, etc.

De los múltiples textos a elegir, vamos a recordar los más expresivos, y ya conocidos por todos:

«El celo consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo. Es el celo por entender el reino de Dios. Celo es procurar la salvación del prójimo. ¿Hay en el mundo algo más perfecto? Si el amor es el fuego, el celo es la llama; si el amor de Dios es un sol, el celo es su rayo. El celo, hermanos míos, es lo más puro que hay en el amor de Dios» (XI, 590).

Y dirigiéndose a las Hijas de la Caridad les recordará:

«¡Qué felicidad, queridas Hermanas! Ese sí que es un fin noble: estar fundadas para honrar la caridad de Nuestro Señor y tenerlo a El como modelo, junto a la santísima Virgen, en todo lo que hacéis. ¡Dios mío, qué felicidad! (IX, 739).

Estas son las virtudes específicas de la espiritualidad vicenciana en torno a las cuales gira todo lo demás. Ellas aportan nuestra propia fisonomía e identidad en la Iglesia. Ellas son «el alma de la Compañía», nos introducen bajo la acción del Espíritu santo, y nos orientan hacia el servicio de los pobres.

Francisco Salinero

CEME

Mitxel Olabuénaga

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones.

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