Actitudes vicencianas en medio de un mundo no creyente (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. EL MUNDO DE LA INCREENCIA TAMBIEN LLAMA A NUESTRAS PUERTAS

Hace unas décadas se percibía en el ambiente una cierta inquietud por el tema de la existencia de Dios. Mejor dicho, sobre la «muerte de Dios». Libros como «Sincero para con Dios», del protestante Robinson o «La ciudad secular» de H. Cox, es­tallaron en el ámbito de la literatura teológica de entonces. Años más tarde, el mismo Pablo VI en su encíclica «Ecclesiam Suam» afirmaba que «el ateísmo es el fenómeno más grave de nuestro tiempo» (ES 93). Y posteriormente el Vaticano II, en su Cons­titución Pastoral «Gaudium et Spes», realizó un análisis del mis­mo, y reafirma que «el ateísmo es uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo» (GS 19).

Este ateísmo «agresivo» de los años 50-60 tenía, al menos, un aspecto positivo. Estaba preocupado por el tema de Dios. En el fondo había un sufrimiento y un desgarro interior, comparable en algún sentido, al silencio de la «noche oscura» de los místicos.

Y como afirmaba H.   «los ateos me aburren porque se pasan la vida hablando de Dios». Y es que el ateo, en el fondo, es un creyente, pero al revés; cree que Dios no existe. Por consiguiente, el ateísmo es una religión sin Dios, y sus creencias las sustituye con otros dioses, otros ídolos u otras ideologías.

Sin embargo, y según nos han hablado en estos días, estamos asistiendo a una época definida por post-moderna y post-religiosa, particularmente en las sociedades muy desarrolladas. No es que se niegue la existencia de Dios o que se le sitúe en el «más allá» de la vida del hombre, y por consiguiente, ajeno al devenir de la historia. Es simplemente que se ha llegado a una insensibilidad hacia lo sagrado y lo trascendente. Como afirmaba el profesor Tierno Galván: «Cada vez se diluye más la idea de lo trascen­dente… Cada día habrá menos cristianos y ateos, y aumentará el número de los agnósticos». Este fenómeno es fácilmente constatable en la juventud y en la progresía de la intelectualidad.

Mas la frontera de la increencia —entre creyentes y no cre­yentes— no siempre es precisa y clara. A semejanza de la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,24), también en los creyentes hay zonas del alma y de su vida diaria que están afectadas del virus de la increencia. Por eso puede suceder que también el mundo de la increencia esté llamando a las puertas de la vida consagrada.

Es evidente, al menos en el campo de las ideas, que tanto el ateísmo, como la increencia, son el extremo opuesto de la vida consagrada. Por definición se excluyen radicalmente. Pues si el ateísmo niega la existencia de Dios y el agnosticismo se aleja de la misma, la vida consagrada precisamente «es una consagración de sí mismo a Dios» (LG 44). Su vida evangélica, asumida radicalmente en castidad, pobreza y obediencia, es un signo del reino futuro. Su entrega en la Iglesia en favor de los humildes y necesitados es una invitación a todos los hombres para elevarse sobre lo material. En consecuencia, el ateísmo y la increencia son términos opuestos y excluyentes a la vida consagrada.

Pero saliendo del campo de los conceptos, y aterrizando en la vida de cada día, no hay duda que puede haber religiosos que, a base de esquivar constantemente al Dios que lo interpela, lle­guen a vivir lejos de El, o que al menos, algún aspecto de su persona y actividad, se realicen al margen de Dios. O que su alma, afectada por esta ausencia o lejanía, Dios, si no ha muerto para ellos, sí ha dejado un vacío que pronto intentará llenar con otras cosas.

Y si por los frutos se conoce el árbol, bien podemos ir se­ñalando algunas de las huellas que la ausencia viva de Dios va dejando en el alma de ese religioso. Preocupados, a veces, en programas o proyectos más o menos razonables, sin embargo se evaporan de esos proyectos las exigencias más radicales del evan­gelio. Con facilidad se olvida que la fe en el Dios Vivo lo invade todo, y que sólo en El encontrarán su verdadera identidad. De esta forma pronto se hacen adoradores de un becerro forjado de prácticas, tradiciones y seguridades meramente humanas. En vez de buscar a Dios en persona, van buscando algo que les llene, les justifique y les convenza. Olvidan que el «consagrado», que está enraizado en Dios, es ante todo un don, un regalo, una gracia de lo Alto. Y que a partir de esa llamada, tienen que devolver gratuitamente, generosamente, toda su vida en honor de Aquel a quien se han consagrado.

Recordando de nuevo al profesor Tierno de que «el agnóstico vive instalado en su finitud», no echa de menos a Dios, y vivirá una «vida intrascendente», es decir, más acá de la transcendencia, de lo sagrado y sobrenatural, en donde el espiritual y creyente pierde su sentido.

No faltarán religiosos, que tocados por la increencia, y en medio de la crisis, exijan a Dios pruebas más palpables de su existencia. Y al no vivir la excitación de lo espiritual, caminarán en medio de tinieblas y con una sensación de vacío interior. «Una noche, escribe Saint-Exupery, exigí a Dios que me hablase. Se quedó callado. Desde entonces ya no volví a dirigirle la palabra. El silencio de Dios lo fui llenando de ruidos».

Efectivamente, en este clima de increencia, la sociedad de consumo parece que vive una era de aburrimiento colectivo. Según palabras de Erik From, «toda la industria del ocio, como la TV, vídeo, viajes paradisíacos…, etc., lo único que pretende es que no seamos conscientes de ese aburrimiento que nos in­vade». Y es en este clima de superficialidad donde se está pre­fabricando el «hombre unidimensional»: todos con los mismos gustos, las mismas necesidades consumistas, las mismas drogas o adiciones. Incapaces luego de asumir el compromiso de los grandes ideales. O bien porque se presentan irrealizables e inú­tiles. O simplemente, porque los han suprimido de la circulación. «Nos han cercenado las piernas y los brazos —repetía Saint-Exupery —, y ahora nos han dejado la libertad para andar».

He aquí el síndrome que afecta a muchos contemporáneos: la inercia, la indiferencia y el aburrimiento. Efectos que también pueden inocularse en la Vida Consagrada. Y al igual que el «pasota» no vale para ser ateo, mucho menos para ser adorador del Dios Vivo. No es frío, ni caliente sino tibio e indefinido, según lo describe el ángel del apocalipsis. Quizás conserve una fe mortecina y macilenta en el terreno de las ideas. Pero esa fe es incapaz de contagiar e ilusionar. Es más bien un peso muerto que arrastra por la vida. Decía Ortega y Gasset que «creemos con una fe viva, cuando esa creencia nos basta para vivir. Y creemos con una fe muerta e inerte, cuando sin haberla aban­donado, ya no actúa eficazmente en nuestra vida».

No es muy difícil suponer que esta acedía y abulia espiritual pueda afectar a algunos religiosos. Especialmente si camina bajo la tentación del «demonio meridiano» o del medio-día, cuando se han evaporado los grandes ideales de su vida y aparece en el horizonte la descarnada experiencia de los fracasos. Ante tal sensación de inseguridad y vacío, intentará llenarlo, bien de abun­dante actividad extrovertida —la soledad de la celda es insopor­table—, o bien de «hobbys» extravagantes. Rechazan el pasado que no han asimilado y se van desenganchando del proyecto vocacional. Con facilidad han abandonado la relación personal e íntima con el Señor en la meditación, el alimento de la Eucaristía o la Reconciliación frecuente. La lejanía de Dios fue borrando los contornos del bien y del mal, y la conciencia de pecado ya se ha insensibilizado. La «conciencia personal» se va sustitu­yendo por una «conciencia colectiva». Y por eso, todo lo que hace la mayoría o lo que agrada, es lo bueno. Es el único criterio de conducta, sin admitir otros criterios objetivos y morales. No hay duda que los medios de comunicación van extendiendo esta pauta de conducta, al tiempo que se va anestesiando la conciencia personal. En esta situación es difícil tener capacidad para pensar, reaccionar o actuar libremente.

Es posible que ese vacío que venimos describiendo pueda llenarse de actividad trepidante, pero siempre como sucedáneo de esa profundidad que se ha perdido. Su presencia física está en comunidad, pero su corazón está fuera de ella. Devoradores de noticias, revistas o periódicos, o permanecen conectados cons­tantemente al transistor o al teléfono, intentando comunicar algo, pero están fagocitados por dentro. Bernanos, en su libro «Diálogo de Carmelitas», llega dar esta trágica definición: «El estado de una religiosa mediocre me parece más deplorable que el de un bandido; porque éste puede convertirse. La religiosa mediocre no puede nacer de nuevo. Nació una vez, y falló su nacimiento. Salvo un milagro, será siempre como un aborto». Espeluznante definición.

  1. ACTITUD VICENCIANA ANTE ESTA NUEVA LLAMADA DE DIOS

Pero este mundo de increencia, no solamente llama a nues­tras puertas en un sentido destructivo, es también una llamada de Dios y un desafío para un impulso renovador y evangeli­zador. Sabemos cómo la increencia y el materialismo, al igual que otros fenómenos sociológicos de nuestro tiempo, influyen de tal suerte que cambian el rumbo de la historia. No volverá a ser lo que ya fue.

Son por ello una llamada a toda la Iglesia y a todos los creyentes para buscar nuevos caminos de evangelización en una nueva cultura. En este sentido el Vaticano II afirma:

«Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época, e interpretarlos a la luz del evangelio… Es necesario conocer y comprender el mundo en que vivimos, todas sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que le carac­teriza» (GS, 4).

Esta inquietud, y este reto, fue asumido por la Congregación de la Misión de una manera tímida e irrelevante. Y así en el Estatuto 2 se dice:

«En el mundo de hoy, el ateísmo y el materialismo interpelan profundamente nuestra fe y los métodos tradicionales de evan­gelizar. Analicen, pues, seriamente los misioneros las causas de este fenómeno, convencidos de que en las presentes cir­cunstancias se les pide un testimonio personal más firme en el Dios vivo, y una búsqueda de nuevos caminos para realizar su vocación evangelizadora».

Posteriormente la Asamblea General de 1986, en el Docu­mento «Unum Corpus, unus Spíritus in Christo», aportó nuevas líneas de acción en la «búsqueda de nuevos caminos para evan­gelizar» hoy, pero pasó de puntillas sobre el tema del ateísmo y de la increencia.

La Asamblea General de las Hijas de la Caridad lo afrontó con mayor claridad. Supongo que habrán percibido la nueva orientación que el Documento Final de 1985 ofrece del capítulo sobre nuestro «Enraizamiento en Dios». Hay que contrastarlo con el de las Constituciones sobre la «vida de oración». A mi juicio ese esquema, invariable en su proceso, responde más bien a los moldes de una vida monástica. Basta releer los nn. 2, 12 al 2, 16.

El Documento Final comienza con esta afirmación:

«La Hija de la Caridad… vive su vocación en medio del mundo y encuentra en las características culturales de nuestro tiempo numerosas realidades que, a la vez, son obstáculos y llamadas a una fe más profunda» (p. 10).

Y a continuación va relatando algunas de esas «características culturales de nuestro tiempo», como: el clima de increencia, la rapidez de los cambios sociales, la permisividad moral, el ma­terialismo, la sociedad de consumo, la tendencia al activismo, la sobrecarga de trabajo, la sociedad de bienestar, los medios de comunicación, la infravaloración de los sacramentos: Eucaristía y Reconciliación…, etc. En definitiva, una apretada síntesis de los diversos Postulados señalados por las Hermanas.

Al mismo tiempo, el Documento ofrece en paralelo unas respuestas a cada una de esas llamadas. Pero no me detengo a analizarlas porque no corresponde a esta conferencia. Sí quiero resaltar cómo la Asamblea es consciente de que la Hija de la Caridad vive su vocación en la «ciudad secular», y no en el recinto cerrado de un monasterio, en consonancia con el deseo de sus Fundadores: «tendrán por monasterio las casas de los enfermos, por claustros, las calles de la ciudad»… (IX, 750).

Después de esta larga disertación, voy a entrar en el núcleo de la conferencia. Me pareció ver en el programa una cierta laguna entre lo universal y eclesial, y lo específico que es lo vicenciano. Es decir, cómo la indiferencia está afectando de lleno a la Vida Consagrada, en la que nosotros somos una comunidad más.

Se me ha pedido les exponga aquellas «actitudes vicencianas ante este mundo no creyente». No es tarea fácil. En primer lugar porque san Vicente pertenece a un tiempo que, a pesar de la reforma protestante, busca la renovación de la Iglesia de Francia. En definitiva, de una creencia y religiosidad, más o menos pro­funda. En segundo lugar, que por la novedad del tema apenas se ha escrito sobre ello. Ni en el campo amplio de la vida con­sagrada, ni en el específico de lo vicenciano.

El esquema que voy a desarrollar será el siguiente: Empe­zaremos analizando el camino de fe y madurez espiritual que siguió san Vicente. Después expondremos una síntesis apretada de su espiritualidad, resaltando aquellas actitudes más trascen­dentales que legó a sus hijos; particularmente las «virtudes es­pecíficas». Y terminaremos con unas aplicaciones concretas a nuestro modo de vivir y proclamar hoy nuestra fe en un mundo no creyente.

 

Francisco Salinero

CEME

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