Capítulo II: Los helenos y la apertura de la misión fuera de Jerusalén.
1. Cuestiones previas
A partir del capítulo 6, Lucas introduce un nuevo grupo dentro de la comunidad cristiana primitiva, a la que llama por primera vez en este libro «los discípulos» (των μαθητών), y con ello también la apertura de la evangelización que llevará adelante justamente este grupo hacia el norte de Palestina. Estamos hablando de los llamados aquí «helenos» (τών ‘Ελληνιστών). Esto nos obliga a pensar que la comunidad cristiana naciente empieza a organizarse de tal manera que respetando sus diferencias tenían que buscar elementos que les pudieran unificar en virtud de la fe en Cristo. La concepción del discipulado (muy fuerte en los evangelios sinópticos como Marcos) empieza a ser un elemento de unidad, pero es preciso reconocer que para un contexto en que lo racial había fundamentado lo religioso, como lo fue para los judíos (aquí llamados «hebreos», (τούς ‘Εβραίους), representaba una replanteamiento acerca de lo religioso y más aún cuando se empieza a abrir el evangelio a Samaría (marginados por los judíos) y al mundo griego con su politeísmo y vida pagana.
Por tanto podría ayudar tener algunas consideraciones en esta parte del texto:
- Los llamados «hebreos», serían los cristianos que siendo judíos, es decir habitantes de Jerusalén y de Judea, defendían la pertenencia al pueblo de Israel (circuncisión), la participación en el culto en el Templo de Jerusalén y el respeto por las Escrituras en su lengua original, el hebreo (éstos hablaban comúnmente en arameo). Tales judeocristianos empiezan a tener mucha importancia porque entre sus filas ganaban adeptos entre los maestros de la ley y fariseos, con lo cual participaban de la sinagoga en Jerusalén, cumplían sus rituales en el Templo y celebraban la Cena del Señor.
- Los «helenos», eran judíos que habían vivido mucho tiempo alejados de Palestina, con lo cual también habían recibido influencia de la cultura griega, y que afincados luego en Jerusalén (o por motivo de viaje) participaban en sinagogas donde se proclamaba las Escrituras en griego. No eran considerados por los grupos más recalcitrantes en el tema del judaísmo, como miembros plenos de la heredad de Israel. Éstos empiezan a tomar rol importante cuando llevan la evangelización fuera de Jerusalén y Judea y empiezan a ganar muchos adeptos a la fe.
- Los «samaritanos», ya conocidos por los evangelios; habían pertenecido en años pretéritos al pueblo de Israel, pero por motivo del exilio asirio (s. VIII) terminaron por conformar un grupo racial con la presencia de cinco pueblos extranjeros que los trajeron a vivir en la región de Samaría. Así, los sobrevivientes de este tiempo caótico unidos a estos pueblos llegados a la zona, fueron gestando el pueblo samaritano, arraigado en la tradición de los patriarcas del pueblo de Israel (tenían su propia traducción de la Ley), con lo cual organizaron su sistema religioso en torno al Templo erigido en el monte Garizim, ya que los judíos no los consideraban miembros de la heredad de Israel, no permitiéndoles acercarse al Templo ni relacionarse con ellos de ninguna forma. Ante la llegada del evangelio, por los testimonios del NT, resultó siendo una de las zonas con mayor aceptación del mensaje cristiano, formándose comunidades muy florecientes, más aún, porque no tenían reparo de fortalecer la identidad misionera ya que tenían por superado el tema racial.
- Cristianos fuera de Jerusaién, prosélitos y ios «temerosos de Dios». Aparte de los anteriores grupos nombrados, encontramos también algunos «discípulos» que viven fuera de Judea y que siendo judíos empiezan a darse cuenta de que la evangelización tiene que romper con prejuicios raciales y personales como el caso de Ananías de Damasco (Hch 9,10ss). También aparecen los prosélitos que eran paganos que se sentían atraídos por la religiosidad judía y que podían participar de ella aunque de forma limitada ya que, con todo, no podían pertenecer plenamente a la comunidad judía (Nicolás de Antioquía – Hch 6,5; otros – Hch 13,43). Finalmente, también citamos a los «temerosos de Dios» (cf Hch 8,27-28; cf Hch 13,16.26), gente pagana que sin desear formar parte del judaísmo o buscar ser aceptados de alguna forma en el pueblo judío, peregrinaban piadosamente a Jerusalén, pues respetaban todo tipo de manifestación religiosa ya que creían que Dios se manifestaba en todos los pueblos. Muchos de ellos, ligados a estratos elevados en sus pueblos, se convertirían después en grandes benefactores de las comunidades cristianas (notables romanos como Cornelio – Hch 10,1.22.35) ya que se sienten invitados a participar de la fe cristiana una vez dada la apertura del evangelio entre los gentiles.
Como podemos constatar, la comunidad cristiana crece pero no propiamente en una especie de uniformidad y mucho menos debemos pensar que desde el comienzo ya era una «iglesia organizada y claramente jerarquizada»; eso se fue dando con el tiempo. Lo que había era diferentes grupos que creían en Cristo, habían aceptado el evangelio de la salvación, pero fueron interactuando en la medida que iban confrontándose con sus prejuicios especialmente raciales y de pertenencia en relación al pueblo de Israel y su relación con el paganismo. Por tanto, empiezan a sucederse controversias en medio de la alegría de la evangelización y empiezan a surgir figuras importantes entre estos grupos que luego tendrán mucho que aportar en la búsqueda de aquello que los pueda unir a todos: la enseñanza o doctrina cristiana (ortodoxia).
2. Institución de los «servidores (diáconos) helenos» (Hch 6,1-7).
La convivencia entre diferentes grupos cristianos empieza a generar problemas de organización. Algo que era previsible, Lucas intenta presentarlo, pero no tanto desde la perspectiva de subrayarlo como algo negativo, sino cómo se fue encontrando la manera de solucionar tales conflictos. La desatención de las viudas del grupo de los helenistas provoca la revisión de este servicio comunitario pues los judeocristianos habrían generado ciertas discrepancias ante la cercanía en las mesas a quienes consideraban que no formaban parte plenamente del pueblo de Israel.
Los Doce, que empiezan a tener en este escrito un papel de autoridad destacado, deciden buscar una solución para lo cual determinan la elección de un grupo de «servidores para las mesas» (διακονεΐν τραπέζαις) entre los mismos helenos. Se enmarca ciertas responsabilidades tanto para los apóstoles (oración y el ministerio de la palabra) como para éstos siete helenos (servicio en las mesas). La comunidad de discípulos empieza a organizarse intentando respetar la particularidad de cada grupo cristiano y se empieza a fundamentar una especie de rito (oración e imposición de manos; Hch 6,6) para la elección de tales servicios. Para Lucas, la superación de tal problema es la continuidad del anuncio de la palabra y la aceptación de la misma por parte de algunos miembros de la clase sacerdotal (Hch 6,7.8).
Aparece la lista de estos siete varones, destacándose entre ellos a dos, Esteban (Hch 6,5-8,2) y Felipe (Hch 8,4-40), que Lucas, recogiendo tradiciones de la comunidad antioquena, referirá a continuación.
3. Ministerio de Esteban. Discurso ante el Sanedrín y apedreamiento de Esteban (Hch 6,8-8,3)
Se reconoce en Esteban, que no es apóstol, un cierto carisma como el estar lleno de fe y del Espíritu Santo, realizar grandes prodigios y defender con la palabra su convicción de fe en Cristo (Hch 6,5.8), algo que quizá fue dándose después entre estos «servidores», resaltándose más entonces entre los helenos los dones carismáticos como criterio de autoridad.
Esteban tiene que lidiar con sus propios cohermanos en el judaísmo de la diáspora pero que no concebían al nuevo movimiento cristiano (Hch 6,9-10). Tal enfrentamiento en discusión pasa a otro nivel y es acusado de blasfemo contra Moisés y contra Dios. Esteban, como pasó con los apóstoles y antes con el mismo Jesús Nazoreo, tiene que comparecer ante el Sanedrín. La doble acusación falsa está referida a la Ley y al Templo apoyándose en palabras proféticas de Jesús (cf Mt 26,59-61). La alusión al rostro de Esteban recuerda la transfiguración de quien ha contemplado a Dios como Moisés, lo que infunde temor y a la vez pone en entredicho la motivación y actitud de las autoridades religiosas frente al justo Esteban.
A continuación se presenta el discurso de Esteban que podemos dividirlo en las siguientes partes:
- Primera parte (Hch 7,1-43): Es un repaso de la historia patriarcal donde se resalta de sobremanera el carácter itinerante del pueblo de Israel personificado en sus líderes considerados «forasteros» como Abraham (a quien prometió darle la tierra cuando no tenía herederos, aferrándose a la alianza con el signo de la circuncisión), José (forastero en Egipto, pero «Dios estaba con él», hasta que se dio a conocer a sus hermanos que lo habían vendido por envidia), Moisés (al querer darse a conocer a sus hermanos hebreos tuvo que huir como forastero; no siendo reconocido como el liberador, Dios lo envía como tal y profetizo la venida del Profeta – que luego se revistió de carácter mesiánico) y subrayando la fidelidad de parte de Dios acompañándolos en todo momento. La última parte, destaca la idolatría de Israel que lo llevaría a la postre al exilio siguiendo la relectura profética (Am 5,25-27). Como se puede notar, se insiste en la presencia de Dios, que cumple su promesa de estar siempre con sus elegidos. Abraham no vio la descendencia pero confió; José pasó un momento difícil de su vida pero supo esperar; Moisés se confrontó con su origen y aunque tuvo que migrar volvió con el poder de Dios para liberar a Israel. Este tema es importante cómo lo plantea Esteban, puesto que él como miembro del grupo de los helenos, veía importante relacionar la experiencia migrante de los patriarcas tal como ellos lo vivieron estando en la diáspora y no por ello el Señor no estaba con ellos, sino todo lo contrario. La fidelidad a Dios no pasa solo por el hecho de poseer la tierra o mantener la alianza de forma estricta sino de confiar en su presencia. Otro punto que se resalta aquí es como Dios ha hablado por sus mediadores (el caso de Moisés es interesante pues recoge la tradición de que le hablaba un ángel y no directamente; cf Hch 7,38.53) y ha estado cerca de su pueblo. Pero viene el Profeta esperado, el Mesías prometido, ya ha vino: Jesús; y con él queda superada toda mediación posible porque él mismo es la presencia actuante de Dios.
- Segunda parte (Hch 7,44-50): En este itinerario de los patriarcas se introduce el signo de la presencia de Dios en el desierto: la tienda del Testimonio (o del Encuentro). Ésta le acompañaría a Israel con Josué hasta llegar a David (que se llamaría luego el Arca de la alianza) y su deseo de disponer una morada y que fue edificada por Salomón (Primer Templo). Apoyándose en la profecía de Isaías (Is 66,1-2) invita a la reflexión acerca de la presencia de Dios que no está condicionada por el hecho de que Israel tenga el Templo puesto que Dios no puede ser encerrado en un lugar específico. Esto hablaría de la posición de los cristianos helenos frente al Templo, por la misma situación antes mencionada en el tema de vivir como forasteros. Obviamente, esta apreciación no era del agrado de los judíos recalcitrantes y los judeocristianos.
- Tercera parte (Hch 7,51-54): El juicio de Esteban es severo para quienes le están confrontando. Aplica epítetos muy fuertes, como el que en el AT se catalogaba a los que se resistían a aceptar al Dios de Israel en la tradición del éxodo (Σκληροτράχηλοι; Ex 33,3.5) y en la denuncia profética (απερίτμητοι καρδίαις; Jr 9,25). Esta terquedad es la que denuncia Esteban comparándoles con la de sus antepasados en el desierto. Recoge la tradición que Jesús refería también de quienes por su obstinación eliminarían a los profetas como en antaño (tradición poco asertiva en general en relación al AT, más específico en las palabras de Jesús: Mt 23,34-35; Lc 13,34). Esteban de esta forma acusa que se han resistido a la novedad de Cristo, con quien ya no hay más mediación en nuestra relación con Dios, y por tanto no han comprendido el sentido de la Ley.
El desenlace es la rabia desatada contra Esteban (Hch 7,54), quien pone punto final a su declaración confesional contemplado a Jesús exaltado a la derecha de Dios por inspiración del Espíritu Santo (Hch 7,55). Esta confesión es la misma proclamada por Jesús ante el Sumo Sacerdote en su proceso (cf Mt 26,64). Así, el discípulo tiene que correr la misma suerte que el Maestro y Esteban, el testigo fiel, da ejemplo de entrega total como Cristo por el evangelio. Muere apedreado (quizá alguna iniciativa marginal de los miembros del Sanedrín sin mayores repercusiones para la preocupación de los romanos), rodeado de «testigos‘ que certifican su muerte siendo ésta una paradoja pues Esteban es el testigo que muere como Cristo perdonando a sus verdugos (Hch 7,58; cf Lc 23,34). Justamente uno de esos testigos es un joven llamado Saulo, que terminaba de aprobar tal crimen (Hch 8,1) y que más adelante asumirá ser testigo pero desde el estilo de Esteban.
De esta forma, con este suceso, se desata una persecución dirigida por las autoridades religiosas judías contra la iglesia de Jerusalén, lo que probablemente haya devenido en la migración de los helenos hacia las regiones de Judea y Samaría, mientras que los judeocristianos y los apóstoles permanecieron en la ciudad. Algo que parecía tener un final catastrófico resultó siendo providencial para la expansión del evangelio. Esteban es recogido y sepultado aguardando como el Señor Jesús la manifestación gloriosa del poder salvador de Dios. La gran paradoja se ha dado con este acontecimiento: lo que parecía ser el fin del movimiento cristiano, termina siendo la difusión del evangelio fuera de Jerusalén y quien aprueba la muerte de Esteban y desata la persecución contra los discípulos de Jesús (Hch 8,3), Saulo, concluirá siendo el perseguido y el ardoroso apóstol de los gentiles. Las cosas de Dios son las cosas de Dios.
4. Ministerio de Felipe en Samaría (Hch 8,4-25)
Como habíamos visto, la persecución desatada en Jerusalén y alrededores obligó a los cristianos helenos a migrar llevando la Buena Noticia. Uno de los nombrados «servidores» (diáconos), Felipe, se dirige al pueblo samaritano para predicarle a Cristo (Hch 8,4-5). Ya en los evangelios se nos había advertido de la buena aceptación del evangelio entre samaritanos (Jn 4,35-42; cf Lc 10,29-37) lo que se confirma con esta predicación de Felipe.
Felipe también desarrolla un ministerio carismático con curaciones y exorcismos lo que generaba mucha alegría entre los samaritanos, llegando incluso a bautizar.
Se introduce un relato pintoresco acerca de un mago llamado Simón que se había ganado la admiración del pueblo samaritano con sus artes mágicas y que ante los prodigios que realizaba Felipe se bautizó y perseguía la manera de poseer ese don. Probablemente, se busque diferenciar notoriamente que el verdadero «poder de Dios» (ή δυναμις του θεοΰ) no procede de artes mágicas (Hch 8,9) ni puede ser adquirido con dinero (Hch 8,18-24). Otra cosa que llama la atención es la confirmación que necesita el ministerio de Felipe por medio de la presencia de los apóstoles que estaban en Jerusalén (Hch 8,14). De esta forma, Pedro y Juan, confirman con la efusión del Espíritu Santo tanto la obra evangelizadora de Felipe como también el bautismo que habían recibido en el nombre de Jesús. Este gesto de imposición de manos evidencia que se empieza a fundamentar una especie de rito que pueda dar credibilidad a la sucesión de autoridad en las comunidades (Hch 8,18). La intervención de Pedro es conclusiva e invita al arrepentimiento de Simón el mago. La misión no se detiene y los apóstoles visitan las comunidades en Samaría antes de volver a Jerusalén enseñándoles y evangelizándoles.
5. Felipe y el eunuco etíope (Hch 8,26-40)
Una nueva tradición en torno a la misión de Felipe. Esta vez es un ángel el que le revela lo que tiene que hacer. Así, se produce el encuentro con este eunuco importante de la corte de Candace, reina de los etíopes (probablemente Nubia) «adorador de Dios en Jerusalén» (προσκυνήσων εις Ιερουσαλήμ), probablemente un «temeroso de Dios» quien en su viaje leía un pasaje de la Escritura. Él mismo pide ser guiado en la lectura y Felipe, al sentarse junto a él, procede a leer el pasaje que era de Isaías (Is 53,7-8) y luego le anuncia la Buena Nueva de Jesús (εύήγγελίσατο αυτω τον Ίησουν). Es una relectura cristiana del pasaje del siervo de Dios y es claramente aplicado a Jesús. La reacción del eunuco es pedir ser bautizado. En algunos textos no se encuentra el v.37 puesto que solo se encuentra en algunos manuscritos (especialmente el occidental; acerca de una confesión de fe antigua: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios»), así como hay una variante en el v.39. Esto habla de posteriores reediciones en el libro de los Hechos de los apóstoles. Lo cierto es que Felipe se aleja del eunuco que se lleva consigo el fruto de la alegría, y guiado por el Espíritu, va realizando su ministerio evangelizando (εύήγγελίζετο) como dice el texto por la franja costera llegando a Cesarea. Éste será uno de los centros de misión de los cristianos helenos que huían de Jerusalén. Poco a poco se va abriendo la misión y serán estos «temerosos de Dios» quienes luego tendrían un rol importante especialmente en comunidades muy alejadas, conociendo así la Buena Noticia de Jesús.
6. Saulo y el camino a Damasco (Hch 9,1-19a)
Aquel Saulo, testigo de la muerte de Esteban y enardecido enemigo del movimiento cristiano (Hch 8,1.3) es introducido como uno de los personajes principales de esta obra lucana, al menos por la extensa parte de este escrito que nos habla de la expansión de la Buena Noticia.
Luego de la pausa del ministerio de Felipe por Samaría, se concentra la atención en la actividad de Saulo, quien se presenta al Sumo sacerdote para llevar a cabo el apresamiento de los «seguidores del camino», término utilizado por Lucas para referirse al movimiento cristiano: eáv τινας ευρη της οδου οντας, ( cf Hch 18,25.26; 19,9.23; 22,4; 24,14.22) pidiendo la correspondiente autorización.
El camino de Damasco se convierte para Lucas en el acontecimiento decisivo en la vida y misión de Saulo pues lo narrará tres veces en esta obra (Hch 9,3-19a; 22,5-16; 26,918). En este primer relato es el narrador, Lucas, el que lo cuenta, mientras que en los otros dos es por boca de Pablo que se refiere tal acontecimiento. Por supuesto, las tres ofrecen variantes interesantes. Pero aquí nos detendremos en la primera.
- Encuentro con Cristo resucitado (luz – φως, voz – φωνην). Jesús se identifica con quienes Saulo está persiguiendo (Saúl – Σαουλ Σαουλ,, voz hebrea) y le insta a seguir hasta Damasco donde se le confiará una misión. Saulo queda ciego ante el asombro de sus acompañantes que oyeron la voz pero no vieron a nadie y que finalmente lo tienen que llevar a Damasco donde guardará ayuno por tres días (Hch 9,3-9).
- Visión de Ananías. Probablemente un heleno convertido radicado en Damasco, a quien el Señor le encomienda a buscar a Saulo que se encuentra en oración y le ha sido revelado que recuperará la vista al imponerle las manos. Ananías manifiesta su inconformidad por las cosas que hizo Saulo contra los «santos» (άγίοις σου) en Jerusalén. Finalmente, el Señor revela el porqué de su elección: instrumento para llevar mi nombre a los gentiles, a los reyes y a los israelitas (Hch 9,13-16).
- Visita de Ananías. Saulo, llamado «hermano» por Ananías, recibe la imposición de las manos en el nombre de Jesús el que se le apareció en el camino, con lo que recupera la vista y recibe la efusión del Espíritu Santo. Así recobra la vista y se procede a su bautismo.
7. Conflicto con Saulo y el aporte del autor Lucas.
Según Lucas, Saulo pasa algunos días en Damasco y se dedica pronto a evangelizar (έκηρυσσεν τον Ίησουν οτι ουτος εστιν ο υιος του θεου) en las sinagogas de los judíos de esta ciudad causando asombro por su conversión (Hch 9,19b-22). Lucas asevera que pasó mucho tiempo después cuando se manifiesta vivamente la oposición de los judíos por lo que tiene que escaparse de la ciudad de noche, ayudado por otros cohermanos. Luego, sube a Jerusalén (Hch 9,26) pero también causa asombro su conversión por lo que será, según Lucas, Bernabé quien lo acompañe y presente a los apóstoles. Así, se une a la predicación en Jerusalén pero no encuentra aceptación entre los «helenos» (Hch 9,29), quienes deciden matarlo. Ante esta situación, Pablo es llevado a Cesarea y después marchará a su ciudad natal, Tarso. Esto hablaría de la influencia que tuvo en su formación por la tradición de los helenistas y los discípulos de Antioquía, abiertos al tema de la evangelización de los gentiles. Esta apertura de la evangelización fuera de Jerusalén y Judea, concluye con un pequeño sumario donde se destaca la paz que reinaba en las iglesias tanto de Judea, como de Galilea y Samaría, siguiendo el itinerario planteado al comienzo por Lucas, edificados en el temor del Señor y llenos de la consolación del Espíritu Santo (Hch 9,31).
Probablemente, Lucas con mucha delicadeza describe estos primeros años de Saulo, bastante controvertidos por el cambio tan drástico que había realizado de modo que fue preciso que Saulo fuera alejado de Jerusalén tanto por los recelos de los judíos como también para ser instruido por las comunidades del norte de Palestina en la zona costera cercana a Antioquía. En la carta a los gálatas (Gal 1,15-2,1), Pablo habla también de la revelación de Jesús (el Hijo del Padre) para enviarlo a los gentiles pero no fue a Jerusalén a encontrarse con los apóstoles sino por el contrario se retiró a Arabia (al reino de los nabateos) para luego volver a Damasco. Señala que pasaron tres años cuando recién subió a Jerusalén y conoció a Cefas (Pedro) permaneciendo con él quince días y conoció también a Santiago el hermano del Señor. Además cita la ida a su tierra natal, Cilicia y Siria, e incluso el asombro de su conversión por parte de los judeocristianos pero de manera positiva. Finalmente, precisa que después de 14 años, de su natal Tarso, subió a Jerusalén con Bernabé quien lo había tomado consigo y llevando a Tito. De allí será destinado a Antioquía donde se desenvolverá definitivamente en su apostolado y que es lo que recogerá más adelante como un dato fidedigno el propio Lucas (Hch 11,25).
De esta forma la evangelización se extiende, sobre todo por los cristianos helenos que no tienen problemas para relacionarse con los gentiles. Saulo estaba de «retiro» obligado por las circunstancias preparándose para un futuro promisorio como misionero, por lo que la mirada se centrará ahora en Pedro y su ministerio también fuera de Jerusalén.
8. Pedro en la franja costera de Palestina (Hch 9,32-43)
Ya habíamos anotado que Pedro visitaba las comunidades que iban acogiendo la Buena Noticia (Hch 8,14) confirmando así la misión llevada adelante por los helenos que se iban extendiendo por Samaría, Judea y Galilea (Hch 9,31). Lucas ahora nos ofrece una pequeña sección donde se relata el ministerio de Pedro por la franja costera visitando Lida, Jope y Cesarea. Nuevamente, Pedro sana en el nombre de Jesucristo, esta vez a Eneas de Lida, asemejándose a la curación del paralítico que nos narran los evangelios (cf. Mc 2,9; Mt, 9,5; Lc 5,23). Los signos y prodigios de Pedro motivan la conversión de los habitantes de esta ciudad (Hch 9,35).
El siguiente relato, nos cuenta cómo Pedro, en Jope, revive a una discípula llamada Tabitá (Δορκάς – Dorkás – gacela), mujer bondadosa y quizá de buena posición (ofreciendo limosnas y respetada por el pueblo). También se asemeja a las reviviscencias que hizo Jesús contada por los evangelios (cf. Mc 5,22-23.38-42; Mt 9,18-26; Lc 8,40-56). Así, Pedro se dirige a Jope y realiza el portento de devolver la vida a Tabitá quien es entregada a las viudas y a los «santos» (cf Hch 9,13.32). Igualmente, este signo sirve para que crean en el Señor los lugareños. Finalmente, Pedro se queda en Jope en casa de Simón el curtidor.
Ambos relatos, nos acercan a la afirmación de que los apóstoles proseguían realizando los signos que en vida hizo Jesús, con lo cual se confirma la presencia de Dios en la obra que realizan y procuran la conversión a la fe en Cristo.
9. Pedro y el encuentro con Cornelio y su familia (10,1-43)
Este es un de los relatos más largo de la tradición petrina y el primero en el que un romano acepta la fe cristiana. Hasta el momento el ambiente en que se desenvuelve la misión de Pedro es entre los judíos convertidos al cristianismo y los helenos cristianos. Lucas ve importante que Pedro tenga también contacto con los gentiles pues a esto apuntaba la misión trazada al comienzo de su obra.
El centurión Cornelio, vivía en Cesarea Marítima (una de las ciudad más romanizadas de Palestina, donde residía el Procurador), y es uno de los llamados «temerosos de Dios», que vivía haciendo el bien y orando a Dios como lo presenta el propio relato (Hch 10,1-2). Recibe una revelación de un ángel que le manifiesta que su oración ha sido escuchada y le pide que busque a Pedro en Jope, lo cual obedece de forma inmediata enviando a dos criados suyos.
A continuación, se inserta un pasaje complementario a esta historia. Pedro recibe una visión donde se le presenta animales impuros para que coma lo cual rechaza por su condición de profano. La voz le insta a comer pues lo que Dios ha purificado no puede él considerarlo impuro. Esta visión sucede tres veces (Hch 10,9-16). Tal visión encontrará su significado más adelante. El Espíritu interviene y anuncia a Pedro que lo vienen buscando. Pedro los hospeda y al día siguiente ante lo dicho por los mensajeros, visita a Cornelio que está en Cesarea con algunos compañeros de la comunidad cristiana de Jope. Pedro empieza a comprender el sentido de la visión pues siendo judío ha entrado en la casa de un pagano y escucha lo que Cornelio experimentó y por lo cual lo mandó llamar. Cornelio está dispuesto a acoger la enseñanza de Pedro y, es más bien éste, quien sale instruido: ούκ εστίν προσωπολήμπτης 0 θεός, «Dios no se parcializa» y acepta a cualquier persona, sea de la nación que sea, «quien le teme y practica la justicia» (0 φοβούμενος αύτον καί εργαζόμενος δικαιοσύνην).
Pedro, entonces, inicia su discurso (lucano):
- Dios se ha revelado a Israel (τον λογον; su palabra) anunciando la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo, que es Señor de todos (ούτος εστίν παντων κύριος).
- Jesús de Nazaret y su ministerio público; que partió de Galilea a Judea, después del ministerio de bautismo de Juan, Jesús «el que fue ungido por el Espíritu Santo (ως εχρίσεν αύτον ο θεος πνεύματί αγίω ) y con poder, pasó haciendo el bien curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».
- Pedro da testimonio (ήμείς μαρτύρες) y proclama el kerygma: su muerte en cruz y que Dios lo resucitó al tercer día. Da testimonio de sus apariciones a los testigos «que comimos y bebimos con él después de que resucitó de entre los muertos» (ήμίν, οίτίνες σύνεφαγομεν καί σύνεπίομεν αύτω μετα το αναστήναί αύτον εκ νεκρων).
- Pedro ha sido enviado a predicar (κηρύξαί) a quien Dios ha constituido juez de vivos y muertos (exaltación del Hijo). La fe en él alcanza el perdón de los pecados (αφεσίν αμαρτίων).
Éste es un nuevo discurso de Pedro, muy kerigmático y cristológico como el dirigido a los jerosolimitanos después de Pentecostés. Lo que viene a continuación es sorprendente: El Espíritu Santo desciende sobre los que estaban en casa de Cornelio (Hch 10,44). Y los más sorprendidos son los compañeros de Pedro que sin duda eran judíos – fieles circuncisos (οί εκ περίτομής πίστοί), y ahora son testigos de la presencia del Espíritu en ellos. Inmediatamente, Pedro los bautiza asumiendo que el descenso del Espíritu Santo era motivo suficiente para ser sumergidos «en el nombre de Jesucristo» (εν τω ονοματί Ιησού Χρίστού βαπτίσθήναί).
Pedro se quedará en Cesarea, de seguro, instruyendo a los nuevos fieles (Hch 10,48). Esto hablaría de un ejemplo claro de la aceptación de la fe por parte de algunos romanos y especialmente de aquellos que ostentaban cargos importantes y que habrían ayudado a la propagación de la fe cristiana en territorio palestino, fuera de Judea y de Jerusalén. Muchos de éstos buenos romanos pasarían a ser los benefactores y protectores de los cristianos frente a los judíos recalcitrantes que defendían la Ley.
10. Pedro se justifica ante la comunidad de Jerusalén (Hch 11,1-18)
Este es un acontecimiento fundamental y un giro para la evangelización, sobre todo porque es a Pedro a quien le ha ocurrido. Lucas está preparando la gran asamblea de Jerusalén que lo comentaremos más adelante (Hch 15), pero ya vemos cómo se está introduciendo el gran problema que tuvieron que afrontar los primeros cristianos: la aceptación de los paganos convertidos para los judeocristianos.
El reproche de parte de los judeocristianos de Jerusalén no se hizo esperar. Aq uí Lucas los llama «los de la circuncisión» (οί εκ περίτομής), quienes se quejan de que Pedro no sólo ha entrado a la casa de «incircuncisos» (νδρας ακροβύστίαν) sino que ha comido con ellos. Pedro cuenta todo lo sucedido tal como había contado a los reunidos en casa de Cornelio (Hch 11,4-18). Pedro señala la presencia de seis hermanos que lo acompañaban (Hch 11,12). Lo único que añade es lo que recordó cuando bajó el Espíritu Santo sobre los presentes: «Juan bautizó con agua pero vosotros seréis
bautizados con Espíritu Santo» (Hch 11,16; cf Hch 1,5). Pedro está seguro que Dios les ha concedido el mismo don que a ellos como judíos, por lo que no podía ser obstáculo para Dios y su designio (Hch 11,17). La reacción es positiva ante lo dicho por Pedro y terminan alabando a Dios por que ha llegado la conversión para los paganos (Hch 11,18). Aparentemente, las cosas se calmaron ante este primer suceso conflictivo en torno a la aceptación de los paganos donde Pedro resultó siendo el protagonista, y Lucas busca presentar que así se dio, aunque como veremos, los partidarios de la circuncisión volverán a intervenir y desafiar la misión entre los gentiles, esta vez ante el ministerio de Pablo y Bernabé.
11. Los «cristianos» de Antioquía (Hch 11,19-30)
Se interrumpe por un momento el ministerio de Pedro para hablar de la expansión del evangelio por parte de los helenistas a la muerte de Esteban (como lo contado con Felipe). Éstos llegan a Fenicia, Chipre y Antioquía. Ésta última ciudad, era la tercera más importante del imperio romano, ubicada en la región de Siria, al norte de Palestina. La predicación apuntó en primer lugar a los judíos (Hch 11,19). Pero también los helenistas terminan por anunciar la buena nueva del Señor Jesús (ευαγγελιζόμενοι τον κύριον Ίησούν) a los chipriotas y cirenenses afincados en Antioquía. Muchas conversiones se fueron dando (Hch 11,21). Quizá, llegó pronto a fortalecerse esta comunidad con la presencia de gran cantidad de paganos, lo que suscitó una disensión frente a la comunidad judía.
Una vez más la iglesia de Jerusalén (της εκκλησίας της ούσης en Ιερουσαλήμ) envía un hermano, Bernabé, para confirmar el progreso de la evangelización en Antioquía. Éste queda sorprendido por la comunidad que termina reconociéndole como un hombre bueno y lleno de Espíritu Santo y de fe. Empieza a darse así el diálogo entre las comunidades cristianas y se busca, según Lucas, afianzar los lazos de unidad en la fe. Pero siempre Lucas insiste que esto es obra de Dios (προσετεθη; pasivo divino: Hch 11,24). Como se ve, Bernabé se convierte en un personaje influyente en esta comunidad y por lo que se nota acepta el trabajo de los helenos con los paganos. Decide involucrar a Saulo trayéndolo de Tarso a Antioquía quedándose con él todo un año, fortaleciendo la fe de esta iglesia (Hch 11,26). El dato que deja Lucas determinaría que a los seguidores de Jesús de Antioquía se les llamaría así: «cristianos» (Χριστιανούς). Esto habla por una parte de que la comunidad primitiva no se distinguía de los judíos y eso lo hemos visto a lo largo de este escrito. Los seguidores de Jesús eran considerados como una secta más de los judíos. Pero parece que en Antioquía, justamente debido a la apertura de trato y la convivencia entre judeocristianos, helenos y paganos, se visualizaba mejor la identidad de este grupo demostrando la importancia que tenía esta floreciente comunidad y más aún con lo que aportará a continuación: la obra misionera hacia la provincia de Asia y hacia Grecia.
El ministerio profético (manteniendo la continuidad con el AT) parece era considerado también como parte importante de las comunidades judeocristianas. Es así, que un tal Ágabo profetizó el tiempo de hambruna que luego se viviría en tiempos de Claudio (años 49-50, en Grecia y Roma). Esto motivó que la comunidad de Antioquía ayudará a las comunidades de Judea con alguna ayuda (εις διακονίαν), enviándolos a los «presbíteros» (representantes de autoridad en las comunidades judeocristianas) por medio de Saulo y Bernabé (¿una nueva subida a Jerusalén?; Hch 11,29-30)
12. Liberación milagrosa de Pedro (Hch 12,1-23)
Un relato más es recogido en torno al ministerio de Pedro retomándose lo dejado en Hch 11,18. Herodes (sería Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande) emprende una persecución complaciendo a los judíos, probablemente solo en Jerusalén, contra la iglesia, matando a Santiago, el hermano de Juan, y apresando a Pedro. El cristianismo empieza a distinguirse del judaísmo también en Jerusalén pero esto le acarrea problemas. El contexto nuevamente es el tema de las fiestas judías (panes ázimos y la pascua) como si el verdadero sacrificio se encarnara: como le pasó a Jesús los apóstoles también deben tener su propia pasión. Lucas había anotado ya antes una cierta liberación milagrosa de la prisión (Hch 5,17-21a), por lo que el esquema de esta liberación de Pedro será el mismo, aunque en este caso particular se insiste en la imposibilidad de escapar ante tanta seguridad. El detalle que rompe la secuencialidad de la narración es la situación de la comunidad: «mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios» (Hch 12,5b). La liberación se va dando ante la incredulidad de Pedro, quien al verse en la calle, comprende que Dios lo había salvado por su ángel y se dirige a la casa de María, la madre de Juan Marcos donde estaban reunidos orando (Hch 12,12). Pedro, ante el sobresalto de los de la casa cuenta su experiencia milagrosa y deja encargo para que se lo comuniquen a Santiago (asoma su liderazgo en la iglesia de Jerusalén) y se marchó (Hch 12,17). La reacción de Herodes al día siguiente es signo de frustración pues la Palabra lo ha vencido. La comunidad cristiana empieza a releer también los sucesos de la historia y considera la muerte de Herodes como una señal de cómo termina sus días alguien que se opuso a la propagación de la fe cristiana, quien no supo dar gloria a Dios cuando debía hacerlo (Hch 12,20-23). Así, la Palabra de Dios (‘O de λόγος τού 9eo0) avanza y se propaga y Lucas decide terminar esta sección con el término del servicio realizado por Bernabé y Saulo en Jerusalén (cf Hch 11,29-30) llevándose a Juan Marcos de vuelta a Antioquía.
Esta segunda gran sección del libro de los Hechos de los apóstoles nos habla de cómo las comunidades cristianas se van fortaleciendo y empiezan a relacionarse unas con otras. Para Lucas es importante que se distingan tales comunidades (judeocristianos en Jerusalén, judeocristianos en Palestina, helenos en Jerusalén, helenos fuera de Judea- franja costera, cristianos de Antioquía, temerosos de Dios), pero se busca que entren en una especie de relación consensual salvaguardando lo que les unía: la fe en Cristo. Se empieza así a distinguirse la iglesia (cristianos) del judaísmo, lo que no hace sino traerle más dificultades. La tarea no fue fácil puesto que los prejuicios sobre todo de la comunidad judeocristiana eran muy fuertes contra los paganos. Ya de por sí, el hecho de ser helenista representaba cierta dificultad con los judíos circuncisos y adeptos a la Ley y al Templo, cuánto más sea hondarían los problemas cuando tenían que sentarse a celebrar el memorial de la Cena del Señor gentiles, helenos y judeocristianos. Y en definitiva, éste sería el gran problema que debieron dilucidar y que Lucas nos lo cuenta a su estilo en los capítulos subsiguientes. De igual manera, otro de los temas se correspondía con el de la autoridad en las comunidades cristianas. Los apóstoles ejercían un liderazgo reconocido en las comunidades judeocristianas y más aún entre los helenos quienes reciben constantes visitas para confirmar el avance de la evangelización como hemos notado. Los judeocristianos de Jerusalén empiezan a organizarse en función del liderazgo de Santiago, de presbíteros (al estilo judío) y aceptando la continuidad con el AT el ministerio profético. A éstos se sumarán a quienes nombran delegados en nombre de la iglesia de Jerusalén como el caso de Bernabé que no eran explícitamente apóstol. Los helenos, aceptando, la autoridad de los apóstoles, especialmente de Pedro, se organizan en función de los diáconos (servidores), por lo que empiezan a aceptar un liderazgo más de tipo carismático. Esto sucederá más firmemente en Antioquía y luego será también la característica de las comunidades fundadas por Pablo, como veremos a continuación. Todavía estamos lejos de la Gran Iglesia, pero el ideal de Lucas en esta obra es perfilar justamente este objetivo. Lo cierto es, que Lucas no es ajeno a la realidad de las diferentes iglesias cristianas alrededor de Palestina y Siria al menos en estas dos primeras secciones, con sus propios liderazgos y los intentos de conciliación aprendiendo a superar las dificultades propias de convivencia, a las que sumaremos las comunidades paulinas. Éste es el panorama dejado por Lucas para adentrarnos al problema de fondo e ilustrándonos el aporte de Pablo con la evangelización de los gentiles por la provincia de Asia, Grecia y hasta llegar a Roma.






