Acción de Vicente de Paúl con los niños abandonados

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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400es-01-copyOlvidados de sus padres, abandonados por sus madres, mirados con desprecio por la sociedad, los niños nacidos en la miseria y en la vergüenza son entregados al abandono al principio del siglo XVII Los historiadores concuerdan en describirnos la suerte desdi­chada de estos niños abandonados diariamente a la puerta de las iglesias o en la calle. Muchos mueren allí mismo de hambre y de miseria a la vista de los transeúntes; otros son recogidos por el comisario del barrio y llevados a «La Couche». De este modo se recogen en París cada año, por lo menos, «tantos cuantos días tiene el año». A pesar de los edictos del parlamento y de la bue­na voluntad de los altos comisarios de justicia de la capital, encar­gados de la obra de los expósitos, la suerte de estos abandonados, trasladados a La Couohe, es lamentable.

Vicente de Paúl conoce perfectamente la triste y desoladora situación de estos expósitos, cuando afirma: «Desde hace cincuen­ta años, no vive ninguno de estos niños». Esta frase lapidaria estremece el corazón y hace abrir los ojos. ¿Por qué mueren? Vi­cente nos da una respuesta que subleva nuestra sensibilidad: «Se había informado que estos pobres pequeños estaban mal asistidos: ¡una nodriza para cuatro o cinco niños! Los vendían a mendigos por ocho soles la pieza, quienes les rompían brazos y piernas para excitar la piedad del público y lograr que les dieran limosna, luego les dejaban morir de hambre…». Por añadidura, estos niños mo­rían sin bautismo.

Vicente de Paúl, deplorando este abuso, busca los medios de reducirlo. En 1638, a pesar de las dificultades y reticencias, se ocupa de esta nueva obra. Comienza por invitar a algunas Da­mas de la Caridad de París a visitar La Couche. Al principio les habla tímidamente, tratando de hacer desaparecer los sentimientos de repugnancia y de aclarar las soluciones que podrían proponer­se’. Como siempre comienza «a modo de prueba». El método em­pleado, a pesar de revelarse más bien ineficaz, es al menos, un de­seo de intentarlo. Vicente se obstina, trabaja apasionadamente e incluso genialmente, a partir de esta realidad que se impone. La obra de los niños expósitos, como todas sus fundaciones, no es la realización de un programa previsto. Pero como siempre, el buen sentido de Vicente de Paúl ajustará su esfuerzo y verificará sus métodos. El impulso de su sensibilidad hará desarrollar esta obra.

De 1638 a 1640 el modesto ensayo triunfa. Por el contrario los niños llevados a La Couche permanecen en la misma extrema ne­cesidad: las rentas faltan a la casa y la preocupación a las nodrizas. El capítulo de París apremia a las Damas para que se encarguen de los niños expósitos.

Vicente de Paúl convoca en 1640 una asamblea de Damas. La princesa de Condé y la duquesa de Aiguillon, la honran con su pre­sencia. El guión del discurso, revela su estado de espíritu; com­prueba la «necesidad extrema» en la que se encuentran los niños y habla claramente a las Damas: «El mismo oprobio que critica­mos a los turcos, que es vender a los hombres como si fueran bes­tias», existe en París, «porque se venden estos niños a cualquie­ra…». Después combate las objeciones que existen en los espíritus: elevándose por encima de los prejuicios, obliga a las Damas a ver en estos pequeños a criaturas de Dios. Inmediatamente trata de los medios de asistirlos: es necesario crear una compañía de Damas para los niños expósitos la cual se unirá a la de las Damas del Hótel-Dieu, o se separará de ella, ya se verá qué es lo mejor. En­trando en lo concreto, determina la tarea diaria de cada una, tarea sencilla, limitada, esperando que las circunstancias obliguen a ir más lejos. En el momento actual el remedio es comenzar ha­ciendo lo que se pueda.

La emoción de Vicente y la firmeza de sus disposiciones pre­cisas obligan a la acción: las Damas se encargan —el 30 de marzo de 1640- de los niños que permanecen en La Couche. A los más pequeños se les lleva a las nodrizas. Cediendo a la vez a los impulsos de su corazón, a la emoción de la oratoria de Vicente y a la miseria de estos pequeños abandonados, las Damas compren­den que solamente su generosidad puede aliviar y suprimir esta miseria.

Es necesario continuar la obra comenzada. Vicente de Paúl ali­mentará la corriente de caridad de esta obra y su sentido organiza­dor la hará desarrollar. Su cometido en esta obra de caridad es muy distinto del que la leyenda le ha querido prestar: debe organizar el servicio efectivo de los niños expósitos, es decir, consolidar las voluntades, cuando siente cualquier vacilación entre las Hijas de la Caridad, solicitar la generosidad de las Damas, cuando llega la tentación de olvidar a los niños. Para conseguirlo intentará hacer pasar a ellas toda su solicitud. Pretende conservar la vida del cuerpo de estos pequeños y darles una buena educación. Lo conse­guirá a través de las cartas escritas a Luisa de Marillac, de las con­ferencias a las Damas y a las Hijas de la Caridad… ¿Qué no hará él para comunicarse y darse a los demás?

Cuando encargó a las Hijas de la Caridad que trabajasen con las Damas en la obra de los expósitos, Vicente de Paúl descubrió en ellas cierta vacilación. La conferencia del 7 de diciembre de 1643 a las hermanas está dedicada a la obra que le es tan querida. En qué tono exalta «su ejercicio de caridad», que es una «misión de caridad». Sabe que las dificultades para ocuparse de estos pe­queños «no les faltan» y se lo declara. Pero su genio de caridad encontrará las fórmulas de su secreto de alquimia, que convertirán, la escoria de los sentimientos demasiado humanos, en esfuerzo de disponibilidad a la voluntad de Dios. «Es un trabajo duro,. cierto, hijas mías», les dice, pero «este trabajo es motivo de agradar mu­cho a Dios». A pesar de la repugnancia «es necesario tener gran cuidado» de estos pequeños «de madres tan malas…». Lo intere­sante es quebrar su sentimiento y cambiar el penoso esfuerzo de este servicio en facilidad y dulzura. «Solamente el amor de Dios, añade, impulsa a las Hijas de la Caridad a ocuparse de estos ni­ños».

Las Hijas de la Caridad «deberán orientar a estos niños en la piedad y en la rectitud, de manera que lleguen a ser hombres hon­rados y buenos cristianos». Para cumplir lo mejor posible este trabajo duro y delicado deberán persuadirse de que los cuidados proporcionados a estos niños «nacidos en el pecado», serán «servi­cios hechos en sus personas a la santa infancia de nuestro Señor». Además ellas tendrán el gran honor de educar «a los hijos de Dios» y de «estimarse sus madres».

Vicente de Paúl pide a las Hijas de la Caridad una caridad que purifique el instinto del amor maternal. Este amor se construye y se prolonga en la abertura, en el descubrimiento, en el don. Esta entrega maternal les ayudará a orientar su afectividad femenina a través de la rectitud y de la flexibilidad de su espíritu y a sublimar lo mejor que hay en ellas: el amor benéfico y creador. Para estas «jornaleras» que trabajan en el campo del «Padre de familia», la «fidelidad» a su voluntad debe ser cumplida hasta en el detalle más minucioso, «porque no es razonable que se perciba el precio de un trabajo que no se ha hecho».

Vicente de Paúl necesita la colaboración de la fina sensibilidad y de la ternura maternal de Luisa de Marillac para terminar los detalles de esta obra. Si para Vicente de Paúl, reformar es cons­truir, no debe solamente mandar construir trece pabellones para acoger el número cada vez más creciente de niños abandona­dos; debe también redactar los reglamentos para las Hijas de la Caridad que se ocupan de este servicio.

Desde el comienzo de la obra de los expósitos, Luisa de Marillac recibe información; se solicita su presencia, se la pide su opinión y se tienen en cuenta sus observaciones. En realidad colabora en la organización de la obra con tacto y perspicacia. Pero, es especialmente a la entrega maternal, cultivada y purificada, de Luisa de Marillac —«apenas es usted mujer en otra cosa» le es­cribe a quien Vicente de Paúl recurre cuando comienza a ela­borar las directrices para las Hijas de la Caridad, encargadas de edu­car a los expósitos. Luisa de Marillac está al corriente de lo que pasa y quiere. Vicente, ansioso y dócil, le escucha y la interroga para poder, al final, coordinar las opiniones, las observaciones. En­tonces da a sus Hijas un reglamento preciso y eficaz.

Si Vicente de Paúl se dirige a las Hijas de la Caridad y soli­cita la opinión de Luisa de Marillac, también se siente obligado a suplicar a las Damas, que hagan todo lo posible para evitar que la obra se hunda. Esta empresa de caridad, que Vicente de Paúl había comenzado al confiar algunos de estos pequeños a Luisa de Marillac, se desarrolla de una manera imprevista. La afluencia aumenta y los organizadores están materialmente desbordados. Se requiere ocuparse del alojamiento, de la educación de estos niños y de todas las cargas financieras de la obra, que son de grandes proporciones: en 1640 cuesta ya 40.000 libras. La renta fija de que goza la obra está lejos de ser suficiente, incluso, si a ella se añaden los grandes sacrificios pecuniarios que la casa de Saint-Lazare se impo­ne. Las Damas cotizan entre sí y piden por todas partes. Co­mo siempre, la duquesa de Aiguillon da copiosamente. La reina, en nombre de su hijo, aumenta la renta fija de 4.000 libras a 12.000. Pero en 1647, la miseria aumenta, el celo de las Damas disminuye. Su generosidad, solicitada por otras miserias más ur­gentes, está a punto de olvidar a los pequeños. Vicente de Paúl lene que emplear su incansable tenacidad para llegar cada año a equilibrar el presupuesto. Convoca una asamblea plenaria de Da­mas y les dirige un discurso que brota con fuerza de su cora­zón. El padre Vicente es elocuente. A continuación de esta asam­blea, dice Abelly, la reina concede el castillo de Bicétre para alo­jar a los niños. Luisa de Marillac, que difícilmente se deja arrastrar por el entusiasmo, al contrario de las Damas, comprueba las difi­cil] tades para instalar y cuidar allí a los pequeños. En una de sus cartas expone sus objeciones a Vicente. Prevé las dificultades y éstas no tardan en llegar.

La Fronda tiene también sus repercusiones en la obra de los expósitos: las Damas, al no recibir las rentas de los arrendatarios de su hacienda, se desentienden de ayudar a la obra. Sin embargo no se puede dejar a los niños en situación de morir. Una vez más se piensa en el fin de la obra: falta el pan y la ropa, y las no­drizas, a quienes no se paga, devuelven a los niños.

Luisa de Marillac, que está con frecuencia en Bicétre, conoce los más mínimos detalles de la administración; puede juzgar mejor que nadie las necesidades de la obra. Sus cartas de esta época son desoladoras. El edificio no reúne las condiciones para alojar y edu­car a los niños, las limosnas no llegan y las Damas dan la impre­sión de desinteresarse de los pequeños. En diversas cartas a Vi­cente de Paúl, Luisa de Marillac se resigna a abandonar todo, «aun­que si la obra continúa, nos veremos obligados a consumir­nos…».

El padre Vicente no se resigna. Como respuesta a estos lamen­tos, escribe: «La obra de los expósitos está en manos de nuestro Señor» y añade: «El viernes veremos el resultado de la proposi­ción de la señora De Herse». Convoca una asamblea plenaria a la que ciertas Damas no asisten, porque la presidenta De Herse había susurrado que era necesario aportar dinero. Vicente, en un discurso que se ha hecho célebre, habla enérgicamente: «Estáis obligadas a asistirles», porque «se encuentran en extrema necesi­dad» y porque la «providencia os ha convertido en madres adop­tivas de estos niños». «Querer abandonarlos, siendo sus madres adoptivas… sería matarlos». Si los abandonáis, «¿qué dirá Dios que os los ha encomendado?… ¿Qué dirá el público que os ha elo­giado y bendecido al ver la preocupación que habéis demostra­do?… ¿Qué dirán el rey y los magistrados que os los han confiado?… ¿qué dirán estas criaturas? ¡Ay! que vosotras, queridas madres, ¡nos abandonéis! Que nos hayan abandonado nuestras pro­pias madres, ¡qué importa! son malas; pero que vosotras hagáis lo mismo, vosotras que sois buenas, es lo mismo que decir que Dios nos ha abandonado y que no es nuestro Dios. Finalmente, ¿qué di­réis vosotras mismas a la hora de la muerte, cuando Dios os pre­gunte por qué habéis abandonado a estas criaturas? Todo esto, señoras, parece exigir que debéis esforzaros en continuar».

Vicente de Paúl conoce las objeciones y trata de refutarlas: «La situación actual, que empobrece a todas y cada una…». «Vos­otras sois cien» si cada una hace el esfuerzo de dar algo… todo se salvará. Hay quienes saben dar, añade: una señora ha dado «to­das sus joyas». Algunas dicen: «No tengo dinero» —«¡Ay! cuántos adornos tienen en casa que no sirven para nada! Desgraciadamente, señoras, estamos muy alejados de los sentimientos de piedad que tenían los hijos de Israel, cuyas mujeres dieron sus joyas para cons­truir un becerro de oro…».

Después de esta asamblea, las. Damas terminan por pagar las deudas, retribuir a las nodrizas y encontrar pan para los niños. Se continúa la obra. Los pequeños son trasladados de Bicétre a Pa­rís. Vicente de Paúl pide que sean alojados en el hospital de los «internados».

La acción de Vicente de Paúl en esta obra, que requería un re­medio  urgente en el siglo XVII, marca un progreso social. Su inte­ligencia y su corazón consiguen quebrantar la fuerza de los prejuicios de su tiempo respecto a los expósitos. Así puede enseñar a los demás lo que se debe hacer para que la obra sea eficaz.

 

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