Acción caritativo-social en la Iglesia: III. Hacia una acción caritativa más pastoral

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: José María Guix Ferraras · Year of first publication: 1976 · Source: 4ª Semana de Estudios Vicencianos..
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III. Hacia una acción caritativa más pastoral

1. Una acción caritativa más universal y desinteresada

a) La acción caritativa del cristiano no puede excluir aprio­rísticamente a nadie; debe estar abierta a todos los hombres. Con la parábola del buen samaritano Cristo nos quiere enseñar que el amor verdadero no conoce espíritu de castas, ve en cada hombre necesitado al prójimo que le pide ayuda, y mira como al prójimo más próximo al que mayor necesidad padece.

Sin embargo, ya el mismo Cristo —que, tanto con sus pa­labras como con sus ejemplos, nos manifiesta claramente la uni­versalidad de su amor— no vacila en dirigir la mayoría de sus intervenciones milagrosas hacia «las ovejas de Israel». Incluso en alguna ocasión esta preferencia nos resulta difícil de com­prender (por ejemplo las palabras que dirige a la mujer canana; Mt. 15, 27; Mc. 7, 28).

También el cristiano puede conjugar la universalidad de su amor y de su acción caritativa con la preferencia por los her­manos en la fe. Más allá de la pertenencia a una misma natura­leza, el cristiano sabe también que la gracia une a los hermanos en el amor de Dios y en la comunidad de la Iglesia. Santo To­más, poco amigo de exageraciones y de metáforas, opina que en el orden de la gracia «nuestra alma tiene una comunión más íntima con el prójimo que con el propio cuerpo» (II-II, q. 26, a. 5, ad 2). Y ya sabemos lo que es para Santo Tomás la unión substancial del alma con el cuerpo. Es por esta razón que el Apóstol nos manda que «hagamos bien a todos, pero especial­mente a los hermanos en la fe» (Gal 6, 10), a aquellos que son «nuestros hermanos» (Sant 2, 15). Es también por este motivo que se saluda a todos l6s hermanos con, el «ósculo santo» (1 Tes 5, 26; 1 Pet 5, 14) y que se ama a los hijos de una sola e idéntica madre (cf. 2 Jo. 1, 13) y la fraternidad de la misma Iglesia (1 Pet 2, 17).

Por lo menos potencialmente, nuestro prójimo y actualmen­te lo es el que nos sale al paso en nuestra situación concreta con su singularidad subjetiva, y en la medida en que lo hace. El prójimo tanto puede ser el buscado por mí como el que inesperadamente irrumpe en el área de mi existencia personal. Por la fe conocemos el llamamiento de todos los hombres a la filiación de Dios en el Hijo y, al mismo tiempo, sabemos que a través de la justificación todos los justificados en Cristo son hermanos por la gracia (Mc 3, 31-35; cf. Jo 14, 21; 15, 14 s) y por lo tanto pueden amarse sobrenaturalmente.

Es verdad que, cuando San Juan habla del amor al prójimo (por ejemplo en 1 Jo 3, 11.23; 4, 7), de hecho sólo se refiere explícitamente al amor entre hermanos (los creyentes) y a este amor lo considera como una forma perfecta de la caridad al prójimo. Para él, los hermanos son los re-nacidos del mismo Padre, es decir, los cristianos, los creyentes en Jesús y miem­bros de la comunidad. Sin embargo, esta caridad, aunque pri­mariamente debe existir entre hermanos, no se circunscribe a ellos. Puesto que el agapé de la comunidad fraterna es el mismo de Dios, lleva inherente una dimensión de apertura y la ten­dencia al don gratuito para que otros lleguen a participar en esa comunión. El agapé es dinámico, irradia hacia fuera en for­ma de testimonio. La máxima expresión, de amor hacia los no cristianos es darles a conocer las maravilas del amor divino (Cf. J. M. Casabó, La Teología moral en San Juan, Fax, Ma­drid 1970, p. 393-402).

También para San Pablo, hermanos, en sentido propio, sólo lo son los justificados en Cristo; los otros están fuera de esta hermandad peculiar (1 Tes 4, 10-12; cf. 1 Cor 5, 12.13; Col 4, 5). Así, las prescripciones paulinas sobre la conducta con los de fuera, en parte son abiertas (Rom 13, 8; 1 Tes 3, 12; 5, 15; Tit 3, 2; también 1 Cor 9, 19; 1 Tim 2, 1; Rom 13, 1; Tit 3, 1; Fil 2, 15; Rom 12, 17; 2 Cor 8, 21; 1 Tes 4, 12; 5, 22; Rom 15, 2; 1 Tim 4, 12) y en parte señalan fuertemente las fronteras (Col 4, 5 cf. 2 Cor 6, 15; Ef 4, 28; 1 Tes 4, 11-12; Ef 5, 6-7; 2 Cor 6, 17). La delimitación de la fraternidad cris­tiana no tiene, sin embargo, por finalidad trazar un círculo esotérico sino que se hace en servicio de la totalidad (cf. Rom 5, 12-21).

Puesto que Jesús murió por todos los hombres y, consiguien­temente, todos están llamados a esa fraternidad sobrenatural, el amor sobrenatural al prójimo debe extenderse a todos los hombres y actualizarse en aquellos que necesitan su ayuda en el ámbito espiritual o en el material (Lc 10, 30-37; Mt 25, 31-46).

Evidentemente la proximidad en la fe no es el único cri­terio de prioridad. También el volumen y la urgencia de la mi­seria o necesidad son índices que hay que tener en cuenta, lo mismo que el parentesco, la proximidad territorial y tempo­ral, etc. (Cf. II-II, p. 26, a. 1-13).

Sin embargo, a pesar de la jerarquía que puede establecerse en los destinatarios de las obras de caridad, la acción caritativa, de suyo, siempre debe estar abierta a horizontes universales. Así nos lo enseña Jesús (Cf., por ejemplo, Mt 5, 38-47; Lc 6, 29-36; 14, 12-14; Mt 20, 25-26; Mc 10, 42-43; Lc 22, 24-27; Mc 11, 25; Mt 6, 14-15; 18, 21-22; Lc 17, 26; Mt 5, 23-24; Lc 10, 25-37; 6, 35-36; etc.) y, tras de él, toda la tradición, dentro de la cual juega un papel muy importante San Agustín, el cual clama: «Dilatentur spatia caritatis» (Sem. 69, 1) y «Extiende la caridad por todo el orbe si quieres amar a Cristo, por­que los miembros de Cristo se hallan esparcidos por todo el mundo.» (In Joan. X, 8). Pablo VI, en distintas alocuciones, hace hincapié en la universalidad de nuestra caridad (cf., por ejemplo, homilía de 17-XI-1963; alocución de 29-VI-1963; ho­milía de 17-V-1964; radiomensaje de 22-XII-1964; alocución de 29-IX-1967; etc).

b) Además de universal y jerarquizada, nuestra acción ca­ritativa debe ser desinteresada. Cristo, con sus palabras y ejem­plos, nos lo enseña y manda. Al hacer alguna obra de caridad nuestra mano izquierda debe ignorar lo que hace la derecha (Mt. 6, 3). Jesús no ama a quienes «saben» que hacen una obra buena, a quienes practican la caridad con aire de gandes señores. Por eso prohibe la caridad ruidosa de los fariseos. En este terre­no hay que evitar la práctica de las obras de caridad como me­dio egoísta para asegurar la propia salvación o para hacer pro­selitismo de mala ley. Expliquemos algo más estos dos fines icaceptables.

aa) Es verdad que la revelación del Nuevo Testamento recurre a la recompensa y al castigo como estímulo que ayuda a la conciencia para obrar el bien. También es verdad que el Concilio de Trento se vio obligado a definir contra los refor­madores que «el justo no peca cuando obra el bien con vistas a la recompensa eterna» (Denz. 841). Sin embargo, el premio y el castigo no deben convertirse en motivo único ni siquiera principal de nuestra acción caritativa. Jamás podemos dar la exclusiva ni siquiera la primacía, en el ejercicio de la caridad, el «sálvate a ti mismo», «salva tu alma» o «¿me aprovechará esto para la eternidad?». Si obramos principalmente por estos motivos, nuestro amor fácilmente dejaría de ser amor para con­vertirse en una especie de «egoísmo sobrenatural» y nuestra acción aparecería coloreada de hipocresía. Cuando el cristiano, con el dinero de sus limosnas o con su acción personal, piensa más en comprarse el cielo y asegurarse la salvación del alma que en auxiliar al prójimo, hay que confesar lealmente que, en este caso, más que caridad se da un egoísmo más o menos camuflado que opera a alto interés, convirtiendo la caridad en medio y a los necesitados en instrumento o trampolín para ga­narse la gloria eterna. Con ello es muy fácil caer en una moral interesada, en un amor sospechoso, que dista mucho de ser auténtica caridad. Cuando se ama de verdad al hombre, se le debe amar en sí mismo y por sí mismo y a fondo perdido. Lo demás ya vendrá por añadidura.

No podemos negar que con frecuencia nuestro amor a los demás es muy imperfecto e interesado. Hacemos obras que lla­mamos «de caridad» por la esperanza de «agradar» y de «ga­narnos» a Dios a través de aquella acción. Tal vez sea éste el sentido en que ordinariamente se usa la expresión «amar al pró­jimo por Dios». Pero en este caso es muy posible que no se amor de caridad sino sinplemente ejercicio de una virtud moti­vada por la esperanza de obtener un bien mayor. ¡Esto no es amor de caridad! Nuestra preocupación, en este caso, no es amar sino «ganarnos» a Dios y «asegurar» nuestra bienaventu­ranza eterna. Si nos dejamos obsesionar por la preocupación de la salvación personal, posiblemente hagamos el bien al prójimo. Lo amaremos efectivamente, si por amor entendemos hacer el bien a alguien, pero no lo amaremos afectivamente, porque no crearemos entre nosotros y él aquella relación cordial y fervien­te que exige la verdadera caridad. Nuestros hermanos se be­neficiarán de nuestra ayuda, de nuestra dedicación a causa de Dios al que precisamos llegar, en vista de la meta que a toda costa queremos conseguir. Pero estos motivos, más propios de la esperanza que de la caridad, no consiguen hacernos amar a Dios en nuestros hermanos, a Dios, que se encuentra en ellos y que, por esta razón, los hace dignos de amor en sí mismos y por sí mismos. Esta falta de amor afectivo es lo que lamentaba un enfermo, hablando de la religiosa que lo atendía: «Ella es de una dedicación ilimitada, pero tengo la impresión de que no se interesa lo más mínimo por mí: soy para ella como un simple escabel para alcanzar el cielo no se interesa del escabel sino que sólo se sirve de él.» (Fétes et Saisons, n. 10. Sobre la unión del amor afectivo y efectivo en San Vicente de Paúl, cf. A. Dodin, San Vicente de Paúl, apóstol y doctor de la ca­ridad, en Asambleas del Señor, n. 66. pp. 79-82).

Esta actitud exageradamente interesada en la práctica de la acción caritativa —basada en una moral de compensaciones ce­lestes— ha sido objeto de muchas críticas. Las reprochaba N. Berdiaeff (La destination de l’homme, Paris 1935, p. 245), se burla de ella Sartre (La Nausée, Paris 1973, p. 110), la despre­cian los marxistas (Cf. Réflexes et reflexions marxistes en Eco­nomie et Humanisme, 1945, p. 135)… Al mismo hombre hon­rado de la calle le repugna el cálculo interesado del cristiano vulgar cuya prudencia burguesa ha querido convertir la acción caritativa en una especie de prima de seguro sobre la eternidad. Se podrían aplicar a éstos aquelas palabras duras de Papini: «Esperan con unas cuantas limosnas de calderilla… comprar a bajo precio un lugar preferente en el cielo» (Cartas del Papa Celestino VI a los hombres, p. 132).

Quien practica la acción caritativa, principal o exclusiva­mente con vistas a una recompensa o por miedo a un castigo, olvida que tales especulaciones son imposibles y al mismo tiem­po inútiles antes Dios, puesto que El recompensará con creces la caridad desinteresada (Cf. Mt 20, 1-16; Lc 6, 38; 1 Cor 13, 5).

No queda truncado el hilo entre la caridad desinteresada y la búsqueda de la bienaventuranza. Cuando un cristiano tra­baja para realizar su propio destino, debe hacerlo adhiriéndose cada vez más estrechamente a Cristo. Pero, en la misma medida en que va realizando esta adhesión, se va introduciendo en un mundo nuevo. Ya no es él quien vive, sino que es Cristo quien vive en él (Gal 2, 20). Entonces se hace capaz de experimen­tar los mismos sentimientos de Cristo, de amar a los demás con celo divino, con la misma ternura que Cristo, de obrar presio­nado por el amor a aquél cuya pasión prolonga por el bien de la Iglesia, de ser anatema por los demás como Cristo se hizo maldición por nosotros… (Cf. Gal 3, 13; 2 Cor. 5, 21; Rom. 8, 3). He aquí el cambio. Arrancando de la preocupación por me­recer una eternidad bienaventurada, el cristiano se encuentra de pronto introducido en la intimidad de Cristo y participando de su vida y de sus sentimientos. Entonces su actividad cambia de orientación. Ya no está enfocada hacia una recompensa ex­terior que le atrae y estimula sino que se hace obediente a un impulso interior que le empuja a avanzar. (Cf. G. Didier, Désin­téressement du chrétien, Paris 1955, pp. 227-228).

Todo lo demás vendrá por añadidura. Jamás podremos ga­nar en generosidad a Dios ni a Cristo. San Vicente de Paúl es bien explícito en este punto. He aquí su pensamiento que ex-pingamos un tanto al azar entre sus obras:

Cristo está presente en los pobres y considera como hecho a sí mismo lo que se haga a ellos (XIII, 427-428; V, 615; IX, 324, 325, 332; X, 126, 610, 680; VI, 496-497). Estos seres, humanamente despreciables son en realidad grandes señores. Gozan de un sorprendente privilegio: abren las puertas del cie­lo (IX, 253; X, 109). A quienes les sirven, dan mucho más que recompensas terrenas (IX, 252), pero ya en este mundo les pa­gan con una alegría inefable, una felicidad singular (IX, 88; X, 680-682). Los que sirven a los pobres no tienen miedo a la muerte. Los ángeles, atentos, velan por ellos y cuentan todos sus pasos (X, 5). Por todo esto, concluye San Vicente: «No disponemos de mejor manera de asegurar nuestra eterna felici­dad que viviendo y muriendo al servicio de los pobres, entre los brazos de la Providencia, en una actual renuncia de nosotros mismos para seguir a Jesucristo (III, 393) (Nos referimos a la edición de las obras de San Vicente de Paúl, hecha por Pierre Coste (Paris 1920-1925) en 14 vols. Los números romanos in­dican el tomo y los demás la página).

3bb) Este desinterés de la acción caritativa debe manifes­tarse también en otra vertiente que puede parecer menos egoísta e incluso coloreada positivamente de celo apostólico. Me refiero a la acción caritativa como instrumento de proselitismo.

Cuando hablo de proselitismo, lo entiendo en sentido peyo­rativo, como «una especie de corrupción del testimonio cristia­no». Es decir, lo que intentamos excluir de la acción caritativa es aquel proselitismo que condena el Concilio Vaticano u en su Declaración sobre la libertad religiosa y que reza así: «En la divulgación de la fe religiosa y en la introducción de costumbres hay que abstenerse siempre de cualquier clase de actos que pue­dan tener sabor a coacción o a persuasión inhonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas rudas o necesita­das. Tal comportamiento debe considerarse como abuso del de­recho propio y lesión del derecho ajeno.» (n. 4). Y en el Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, el Concilio afir­ma también: «La Iglesia prohibe severamente que a nadie se obligue o induzca o se atraiga por medios indiscretos a abrazar la fe…» n. 13). Tambien el Directorio del Ecumenismo, recha­cha el proselitismo en los n. 28 y 46, y lo mismo hizo Pablo vi, en la audiencia de 28 de abril de 1967, hablando al «Secreta­riado para la unión de los Cristianos».

Aplicando esta doctrina a nuestro terreno, hay que decir que la caridad y la acción caritativa no pueden convertirse en medio. Son un valor absoluto: no se pueden hacer servir para otros propósitos. Esto equivaldría a faltar a la justicia con res­pecto al prójimo y a su libertad y querer coaccionado con nues­tra ayuda.

El celo apostólico no es conquista coactiva ni sectarismo sino sólo ofrecimiento de amor. Excluye cualquier idea orgu­llosa de superioridad porque lo que la caridad quiere es que nos hagamos servidores del prójimo; huye de cualquier argu­mentación falaz porque quiere la verdad; proscribe toda discu­sión violenta y litigosa porque la cuestión está en escuchar jun­tos la palabra que está por encima del uno y del otro; rechaza hacer cualquier presión porque va tanto contra la libertad del hermano como contra la propia.

La misericordia, las iniciativas de beneficencia, etc. no pue­den ser consideradas utilitariamente como medio de evangeliza­ción porque el amor no puede ser medio para otros fines. Todo esto debe ser expresión de amor genuino. El amor y la mise­ricordia deben ser verdaderos; sólo entonces lo que se hace en virtud de ellos, revela a Dios que es amor y lo hace llegar a las almas.

El encuentro con el pobre o necesitado no es un medio pa­ra conquistarlo. Es una ocasión para poner al Dios salvador en presencia del hombre que debe salvarse. Mediante la caridad nosotros debemos ser sacramento del corazón de Cristo, del en­cuentro entre Dios y el hombre. En el auténtico amor al próji­mo, no somos nosotros los que amamos sino Dios que ama en nosotros (cf. Gal 2, 20); es El quien, con nuestras manos, con nuestro dinero, con nuestra amistad, se hace «providencia» pa­ra el otro y le habla. Toda chispa de verdadero amor al prójimo es una epifanía de Dios. Y cuando Dios se revela en el amor a los hermanos, éstos no pueden menos que seguir su brillo. He aquí porque, en todos los tiempos, la caridad ha sido y sigue siendo el camino a la verdad. Este es el único, verdade­ro y eficaz apostolado. Ser apóstoles de un Dios-Amor significa no llevar otra cosa que el amor en la donación de sí y en el servicio.

Sin embargo, es necesario añadir que sería otra forma de faltar a la caridad y a la justicia ocultar sistemáticamente al prójimo nuestra fe y los motivos evangélicos de nuestra acción caritativa. El prójimo tiene el derecho de conocer el nombre y ver el rostro de la Iglesia que lo socorre y ayuda para que —a través de las obras buenas de sus miembros— pueda glorificar al Padre celestial (Mt. 5, 16). Por otra parte, la Iglesia tiene el derecho y el deber de propagar la caridad que la anima para que su esfuerzo se haga comunitario —es decir, exista una ac­ción caritativa de la comunidad eclesial— y así asegure mejores condiciones de eficiencia en su acción. Además, el hombre al que ella se dirige, siente muchas veces necesidad de una fami­lia. Si el encuentro con un hombre de bien es siempre benficio­so, lo es mucho más la entrada en una familia. Sentirse amado por alguien que pasa, es un alivio que dura unos minutos; per­tenecer a una familia, es un apoyo permanente.

Así, pues, ni ostentación ni timidez vergonzosa; acción lle­na de sencillez y de naturalidad. Como Cristo, que, después de obrar sus milagros en favor de los enfermos y necesitados, esquivaba la exaltación y los aplausos, pero jamás ocultaba su identidad al obrarlos. (Cf., por ejemplo, Mt. 14, 22; Mc. 6, 45; Jo. 6, 15; 4, 26; 9, 37; Mt. 8, 4; Mc. 1, 34; 3, 12; etc.)

2. Una acción caritativa más inserta en la pastoral de conjunto

Damos por supuesto el conocimiento de lo que es la pas­toral de conjunto —tema de tanta actualidad e importancia en el momento presente— y también de lo que son las acciones eclesiales en la estructura de la dinámica pastoral de la Iglesia. Recordemos, simplemente, en un repaso tan rápido como superficial, que las tres grandes acciones eclesiales —en definiti­va tres vertientes de una misma acción eclesial— son la acción profética, la acción litúrgica y la acción pastoral del servicio cristiano. La acción profética es la que efectúa la Iglesia al transmitir su mensaje, bien sea a través de la evangelización de los alejados, de la catequesis de los iniciados o del robusteci­miento de los fieles en torno a la Eucaristía, sobre todo median­te la homilía. La acción litúrgica la lleva a cabo la Iglesia me­diante la oración comunitaria, la celebración de los sacramen­tos y, muy especialmente, con la asamblea eucarística en torno del altar. La acción pastoral del servicio cristiano es la que rea­liza la Iglesia de suerte que la comunidad sea un signo de amor en su unidad mediante la puesta en común de las voluntades (gobierno), de los bienes (caridad) y de los esfuerzos para la promoción apostólica e instauración cristiana de lo temporal (apostolado). (Cf. Floristán y M. Useros, Teología de la ac­ción pastoral, BAC, Madrid 1968, p. 257 ss).

La acción caritativa, encuadrada dentro del servicio total cristiano o de la solicitud pastoral de la Iglesia en un sentido estricto, es esencial en la edificación del Reino. Su ejercicio de­be situarse en la pastoral de conjunto, que tiene por base fun­damental a la Iglesia local. La acción caritativa es un ministe­rio de la Iglesia. Al Estado competen, evidentemente, todos aquellos servicios que nacen desde la justicia humana. La cari­dad cristiana es por su origen, motivo y fin, distinta del servi­cio social estatal, ya que su fundamento reside en el amor de Dios.

Por ser la Iglesia la realización histórica de la verdad y del amor en Cristo a través de la comunidad cristiana, la acción caritativa es esencial en la edificación del cuerpo de Cristo. «Todo ejercicio de apostolado —afirma el decreto del C. Vati­cano u sobre el apostolado de los laicos— tiene su origen y su fuerza en la caridad» (AA 8).

a) Esta inserción de la acción caritativa en la acción pas­toral debe darse, ante todo, a nivel del ministerio de la palabra. El mensaje cristiano que transmite el ministerio profético es en realidad un mensaje de amor y de misericordia. Y la fe, que busca como fin este ministerio de la palabra, de nada serviría sin la caridad (1 Cor. 13, 1), ya que «el fin de la proclamación es la caridad que procede de un corazón limpio, de una con­ciencia recta y de una fe sincera.» (1 Tim 1, 5). Por consiguien­te, la predicación debe insistir sobre el punto central del mayor de los mandamientos (Mt. 22, 37-40), del mandamiento «nue­vo» (Jo. 13, 34) y típicamente cristiano, es decir, el del amor. «Queremos —escribía Pío xi en la encíclica Divini Redempto­ris (1937)— que se exponga sin descanso, de palabra y por escrito, este divino precepto, precioso distintivo dejado por Cris­to a sus verdaderos discípulos; este precepto, que nos enseña a ver en los que sufren al mismo Jesús en persona y que nos manda amar a todos los hombres como a nuestros hermanos con el mismo amor con que el divino Salvador nos ha amado.» (n. 48). Nadie pretenderá que este deseo del Papa ya haya sido realizado. A pesar de todos los esfuerzos laudables de la cate­quesis y de la predicación, la exigencia fundamental de la cari­dad todavía queda demasiado ahogada por la exuberante flora de las recomendaciones y exposiciones sobre temas menos esen­ciales.

b) Esta inserción de la acción caritativa en la acción pas­toral debe conseguirse y manifestarse también en el culto y, muy especialmente, en la celebración de la Eucaristía. Es tradi­cional en la Iglesia la afirmación de que el significado último de la Eucaristía es la «unidad y la caridad» (Denz. 415). Santo Tomás dice que la Eucaristía es el «sacramento de la unidad eclesiástica» (III, q. 67, a. 2). Siguiendo esta corriente tradicio­nal, el Concilio Vaticano u afirma que «son los sacramentos, y, sobre todo la Eucaristía, los que comunican y alimentan en los fieles la caridad, que es como el alma de todo apostolado» (AA 3), ya que el sacrificio eucarístico es «vínculo de caridad» (SC 47). «La comunidad cristiana se hace exponente de la pre­sencia de Dios en el mundo, pues por el sacrificio eucarístico pasa con Cristo al Padre; nutrida cuidadosamente con la pala­bra de Dios, da testimonio de Cristo, y, finalmente, anda en la caridad y se inflama de espíritu apostólico.» (AG 15). Por con­siguiente, «todos los ministerios ‘eclesiásticos y obras de apos­tolado están íntimamente trabados con la Sagrada Eucaristía y a ella se ordenan.» (PO 4) (Cf. Card. Gomá, La Eucaristía y la vida cristiana, Barcelona 1947, 4.a ed., I, pp. 323-346; M. Huftier, Eucaristía y caridad en San Agustín, en Asambleas del Señor, n. 55, pp. 69-89).

No vamos a exponer ahora las relaciones de la Eucaristía con el amor fraterno, punto que por sí solo podría constituir el tema de estudio de toda una Semana. Sólo queremos apuntar algunos aspectos que pueden constituir una buena fuente para orientar pastoralmente el interés de los fieles hacia la ayuda a los demás.

¿Sería posible hacer de nuestras celebraciones eucarísticas el momento solemne de una auténtica comunión de bienes en­tre todos los hermanos? La historia puede ofrecernos una base preciosa para restaurar una tradición casi desaparecida.

Un primer elemento nos lo brinda San Pablo en la denun­cia que hace de falta de comunión de bienes temporales en las celebraciones de la Cena del Señor entre los Corintios (Cf. 1 Cor. 11, 17 ss). El Señor había instituido la Eucaristía en la cena pascual. Esto introdujo la costumbre de que los cristianos se reunieran en una comida familiar (agapé). Era costumbre griega que en las fiestas familiares las personas reunidas apor­taran sus propias viandas, las cuales, colocadas sobre la mesa, constituían la provisión común de todos. Los más pudientes venían con su abundancia y los más pobres con su relativa es­casez, pero existía comunión a la hora de participar. San Pablo denuncia la cicateria de unos y la humillación de los otros por­que los ricos reservaban para sí sus propias provisiones. Esto creaba división en la comunidad o asamblea convocada para la comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así se lamen­taba: «Oigo que al reuniros (como Iglesia) hay entre vosotros escisiones.» Esta falta de caridad duele a Pablo, y quiere que todos conozcan su reprobación de estos hechos, diciéndoles que, reunidos de la manera que lo hacen, es imposible celebrar la cena del Señor. Porque hay un signo evidente de falta de co­munión: toma cada uno su propia cena y, mientras unos pasan hambre, otros quedan ebrios. Falta la comunidad de bienes que caracterizaba la vida de los cristianos de la primera comunidad de Jerusalén (Act. 4, 32-37) y que podía encontrar en la Cena un exponente y una práctica en la participación de las apor­taciones de todos.

Después de Pablo hay una constante histórica: une lazo estrecho entre el culto litúrgico y la caridad fraterna, entre el ofrecimiento del pan y del vino necesarios para el sacrificio eucarísticos y el ofrecimiento de otros alimentos y objetos nece­sarios para ayudar a los pobres y necesitados.

San Justino menciona la acción caritativa de las comunida­des cristianas de su época (hacia el año 150) hablando de la liturgia dominical.

«Los que tienen bienes acuden en socorro de los pobres; nos ayudamos mutuamente en todo momento …Los que tienen los medios y los que los desean, dan lo que quieren, según su buena voluntad. El fruto de las colectas se man­da a casa del presidente. Este viene en socorro de las viudas y de los huérfanos o de aquellos que, como con­secuencia de una enfermedad, se encuentran en necesi­dad; sin olvidar a los prisioneros y a los extranjeros. Se tiene cuidado de todo tipo que aquellos que se encuen­tran en alguna necesidad.» (I Apol. 67).

De hecho se establece gradualmente un vínculo muy ín­timo entre la beneficencia y la celebración de la Eucaristía. La colecta para las necesidades sociales de la comunidad se in­tegra en la Misa y constituye una participación activa de los fieles tanto en el culto como en la caridad. También las comidas de beneficencia llamadas «agapés» tenían un sello marcada­mente litúrgico. Separadas de las reuniones eucarísticas de la mañana, y cada vez con mayor frecuencia ofrecidas a los po­bres por los mismos particulares, solía presidirlas el obispo (cuando él no podía, un presbítero o un diácono) y a ellas se invitaban a las viudas. Tertuliano dice que estas comidas acos­tumbraban a ser por la tarde en un clima de decencia y de piedad (Apol. 39).

El obispo —que tenía un papel esencial en la organización de la caridad— era ayudado por diáconos tanto en las celebra­ciones litúrgicas como en el cuidado de los pobres. Ellos se encargaban de las cuestaciones y colectas, de la administración y reparto de los recursos recogidos.

Las oblaciones, ligadas a la celebración eucarística, y las colectas especiales en metálico, ordinariamente mensuales, nu­trían el presupuesto ordinario de la comunidad. Los cristianos ahorraban generosamente sobre su tren de vida y ponían sus ayunos al servicio de la caridad. «Si alguno no tiene nada para dar, que ayune y dé a su hermano lo que habría gastado aquel día» (Didascalia I, 5, c. 1-6).

Desde estos tiempos de San Justino, Tertuliano y San Ci­priano, las aportaciones para el culto y las limosnas para los pobres se hacen coincidir, bajo el nombre general de «ofrendas», entre la liturgia de la palabra y la liturgia sacramental dentro de la celebración eucarística. Los necesitados eran considerados como una «cosa de la Iglesia» y, por este motivo, al atender a los medios para su propio sustento (culto, clero, templo) presta atención también en aquellos que carecen de medios.

A partir del s. VI se encuentra prácticamente en todas las liturgias la oblación de los fieles en el marco de la celebración eucarística: en la oriental, en la galicana, en la milanesa, en la norteafricana, en la mozárabe, en la romana… En esta última liturgia, como es evidente en las celebraciones papales, de las aportaciones recogidas en solemne rito, se separaban dos panes y la parte de vino necesario para aquella Eucaristía. El resto se repartía entre los pobres, para cuyo servicio se había creado el ministerio de los diáconos, los cuales eran cabezas de las siete diaconías de la Ciudad Eterna para la atención de los ne­cesitados.

En todo esto aparece la estrecha relación entre el concepto de limosna y de sacrificio. Habida cuenta que, junto a la ofren­da eucarística, podían ofrecerse otros dones y primicias (miel leche, aves, etc.), y quedando sentado que sólo debían servir para el altar ciertos dones (aceite para las lámparas, cera, in­cienso, además del pan y vino para la consagración), se estipuló qué «todos los demás frutos debían ser enviados a casa del obispo o del presbítero» porque no se les consideraba materia lícita para ser ofrecida en el altar. De aquí nació la distinción entre «oblationes communes» —que se hacían comunitariamente dentro de la celebración eucarística y se reducían a las ma­terias necesarias para el sacrificio y el altar— y las «oblationes peculiares» —que ya, en un principio, solían hacerse «foris sep­tam altaris» (aunque dentro del templo) y, luego, pasaron «ad domun Episcopi», tuvieron un carácter más personal que co­munitario y se extendían a toda clase de objetos mientras se tratase «de propriis et licitis rebus». La cuarta parte de estas «oblaciones peculiares» era reservada para los pobres.

Con la entrada en la Edad Media, disminuyen las oblacio­nes y se pierde conciencia del vínculo entre la Eucaristía y la caridad. Poco a poco van apareciendo las bandejas y los ce­pillos cerca del altar, donde los fieles depositaban sus donativos, pero que ya quedaban desvinculados de la celebración eucarísti­ca. Por otra parte, cuando el dinero empieza a sustituir los an­tigos donativos en especie, va decayendo el interés por la obla­ción dominical. Sin embargo, Gregorio vi’, en 1078, recuerda y renueva la antigua oblación «ut omnis christianus procuret ad missarum solemnia aliquid Deo ()fierre», y la obligación se extiende, según las Decretales de Graciano, a cuantos hubieran cumplido los 14 años y hubieran hecho la primera comunión.

En diversas alternativas de desaparición y restauración en una u otra forma, se ha llegado hasta los tiempos actuales, en que todavía —por lo menos en algunas parroquias rurales—los familiares de los difuntos del año ofrecen dentro de la Misa, pan, velas y limosnas para distribuir a los pobres. Algo similar hacen los administradores de las cofradías en sus fiestas titulares.

No estaría mal dar o devolver a las colectas una forma más digna y un sentido más profundo, considerándolas como una ofrenda hecha primariamente a Dios que, sólo a través del altar, llega a los destinatarios humanos De esta manera, el dinero —a causa del cual Cristo fue entregado— aportado por los fieles, reunidos en asamblea eucarística, entra en el «cosmos sa­cramental» y se convierte en símbolo de la sangre del Señor que debe llegar allí donde sea necesaria a los pobres.

De lo que acabamos de decir pueden sacarse algunos ele­mentos para educar a los fieles sobre las oblaciones en la Misa, las colectas, la disciplina cuaresmal y la de los demás días de penitencia. Se trata de despertar el sentido de la caridad y con este objetivo conviene hacer revivir la costumbre —tan apre­ciada por los primerós cristianos— de consagrar a la ayuda del prójimo el dinero ahorrado gracias al ayuno (cf. Pastor de Her­mas, V, 3, 7; San León, Sermones XII-XX; etc.) San Juan Crisóstomo, por ejemplo, rechazaba considerar como verdadero ayuno aquel que no iba acompañado de limosnas (Homil. in Mat 77, 6). Su punto de vista sigue siendo de actualidad en estos momentos en que muchos fieles orientan su penitencia hacia la privación de ciertos placeres (tabaco, licores, espectácu­los). Hay que persuadirles que este dinero ahorrado debe tra­ducirle en limosnas a los necesitados para adquirir todo su valor.

(Para todo este epígrafe pueden consultarse con mucho pro­vecho las siguientes obras: J. A. Jungmann, El sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1953, pp. 629-656; M. Righetti, Historia de la Liturgia, BAC, Madrid 1956, II, pp. 268-276; J. Colson, Evangelisation et pastorale d’ensemble dans le NT, ponencia presentada en la apertura de la V Asamblea de Caritas Inter­nationalis (Roma 1960); A. Lanquetin, Caritas et la pastorale, comunicado presentado en la reunión de Caritas de Europa (Venecia 1970).

3. Una acción caritativa más coordinada

En el campo de la acción caritativa —como en los demás campos apostólicos— hay que huir de los celos mutuos. Hay trabajo para todos. Aun trabajando muy unidos, quedará mu­cho campo por cubrir, mucha tarea a realizar. Si en vez de co­ordinar esfuerzos con otras instituciones y organismos de la Igle­sia, que trabajan en el mismo campo o en parcelas semejantes, perdemos el tiempo criticando los unos de los otros o, lo que sería peor todavía, parándonos mutuamente la zancadilla, echariamos a perder un tiempo, unas energías y unos recursos que, bien encauzados y armónicamente conjugados, paliarían nota­blemente muchas situaciones difíciles. No hablemos del escán­dalo que produciría una tan evidente falta de caridad en una pretendida acción caritativa.

Esto exige mantener siempre un diálogo noble y unas re­laciones cordiales con todos los organismos paralelos de la Igle­sia para llevar a cabo una acción más eficaz. Nunca se encare­cerá bastante la importancia y necesidad del espíritu de unión y de colaboración entre estas instituciones y grupos eclesiales. Aquí habría que repetir una y otra vez la solemne consigna de nuestro divino Redentor: «ut sint unum».

Sin esta unión de las mentes y de los corazones no puede haber colaboración eficaz. Nacerán competencias y rivalidades, surgirán discusiones y divergencias que consumirán el tiempo y enervarán los ánimos para la acción caritativa. Por esto no es de extrañar que los papas, en repetidas ocasiones, hayan insistido en la necesidad de la unión entre los grupos de aposto­lado. Citemos sólo dos ejemplos ya algo antiguos (de Pío xi) y dos recientes (de Pablo vi) para ilustrar este punto.

«La concordia de los ánimos y la convergencia de las fuer­zas es, por decirlo así, la primera condición, sin la cual no podrán llevarse de ninguna manera a feliz término cuales­quiera empresas o esfuerzos… de la Iglesia» (Pío xi, Carta «Ex officiis», 10-XI-1933).

«Antes de todo… después de todo… por encima de todo, unión, unión, unión; unión de caridad, unión de pensa­miento, unión de actividades, unión de santa disciplina.» (Pío xi, Aloc. 31-V-1936).

«Es preciso coordinar las fuerzas (en la acción caritativa) porque, hoy sobre todo, las tentativas aisladas, aunque muy laudables, son poco eficaces; es preciso comunicar las experiencias, unificar obras e iniciativas análogas o com­plementarias…, seguir de buen grado las disposiciones de cada obispo a fin de evitar la dispersión y la inutilidad.» (Pablo vi, Aloe. 13-XI-1969).

«(Es preciso por parte de todos) un esfuerzo para crear armonía y unión en el ejercicio de la caridad, de manera que las distintas instituciones asistenciales, sin perder su propia autonomía, sepan obrar con espíritu de sincera co­laboración entre sí, superando individualismos y antagonis­mos, y subordinando los intereses particulares a las supe­riores exigencias del bien general de la comunidad. Una coordinación racional de estas iniciativas no sólo facilitará un intercambio de experiencias y de ayudas, sino que tam­bién se manifestará como providencial sobre todo en casos de emergencia, cuando sea preciso organizar intervencio­nes con la generosa contribución de todas las diócesis.» (Pablo vi, Aloe. de 22-IX-1972).

Pongo punto final a esta disertación ya excesivamente ex­tensa. Ojalá que esta IV Semana de Estudios Vicencianos nos mueva a todoS a ponemos con más entusiasmo, más acierto y más eficacia al servicio de los pobres y necesitados. Ellos deben ser, en definitiva, «nuestros señores y nuestros maestros», como quiere San Vicente de Paúl (IX, 59), al hacer suya una vieja forma utilizada entre los hospitalarios de Italia.

Como —según San Agustín— «en lo que se ama no se en­cuentra trabajo, o bien se ama el trabajo» (De bono viduitatis, 26), con él os digo —y con esto acabo— «ama y haz lo que quieras» (In. Ep. I Joan. 7, 8).

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