II. Hacia una acción caritativa más social
1. Una acción caritativa más conforme con las exigencias de la justicia
La caridad jamás puede encubrir la injusticia ni ser un freno para el cumplimiento escrupuloso de los deberes de justicia. Actualmente la opinión pública —y muy especialmente la juventud— presenta muchas objecciones y reservas frente a la acción caritativa de las distintas instituciones de la Iglesia. El ambiente que nos rodea considera aquella acción como más o menos ilegítima y pasada de moda. Se piensa y se afirma que la acción caritativa, en el fondo, no es más que un pretexto para camuflar y a veces justificar externamente las faltas contra la justicia. Se asegura que esta «caridad» humilla al beneficiario ya que le alarga como «limosna» aquello a lo que tiene perfecto derecho de justicia. Se repite que los que practican la caridad a través de las obras de misericordia tratan de dar satisfacción a sus conciencias farisáicas, cubriendo con un velo hipócrita la explotación de las necesidades ajenas. Se asegura que, en muchos casos, lo que se da al indigente, a través de las obras de caridad, no es más que lo que previamente le ha sido robado, muchas veces por parte de los mismos que ahora le devuelven en forma de limosna una parte de lo que es absolutamente suyo.
Estas acusaciones desconciertan y desalientan a muchas personas que consagran de buena fe y con una generosidad admirable sus esfuerzos, su tiempo y su dinero a la acción caritativa.
No vamos a analizar la parte de razón que puede haber en estas acusaciones ni queremos defendemos contra ellas con argumentos apologéticos. Es mejor aceptar honestamente la parte de verdad que pueda haber —y seguramente hay— en esta acusación. Por desgracia aquí y allá se han dado casos que, si no justifican por lo menos explican estas reservas, prejuicios, objeciones, descripciones caricaturescas y acusaciones contra la práctica de las obras de caridad.
Pío xi tuvo que salir al paso y desenmascarar valientemente la «incoherencia y discontinuidad en la vida cristiana» de algunos que, «aparentemente fieles al cumplimiento de sus deberes religiosos, luego, en el campo del trabajo, o de la industria, de la profesión, en el comercio o en el empleo, por un deplorable desdoblamiento de conciencia, llevan una vida demasiado disconforme con las claras normas de la justicia y de la caridad cristiana, dando así grave escándalo a los débiles y ofreciendo a los malos fácil pretexto para desacreditar a la Iglesia misma» (Div. Redempt. 56; cf., también, n. 50-55).
Algo más cerca de nosotros, Pío mi recoge la parte de verdad que hay en algunas de aquellas acusaciones contra las obras de caridad y la expone en un párrafo que juzgo muy interesante como posible toque de atención para todos cuantos trabajan en instituciones de acción caritativa. «La dueña de casa —dice el Papa—… muchas veces es piadosa, es visitadora de los pobres de la ciudad, es favorecedora de las necesidades y de las obras buenas, pero… mira la pobreza más fuera que dentro de la casa, ignora que una pobreza más triste, la pobreza del corazón se alberga bajo su propio techo. Ni siquiera cae en la cuenta; jamás se ha acercado, maternalmente, a su criada con corazón de mujer, en las horas de su trabajo o de su retiro» (Aloc. a los recién casados, 5-V111-1942).
El contratestimonio de esta «caridad» mixtificadora y adulterada es, quizás, lo que suscita mayor desconfianza con respecto a las obras de caridad practicadas en y por la comunidad eclesial. Esto es triste y lamentable. Pero lo más triste es que, desgracidamente, las caricaturas aberrantes de la caridad se siguen dando y se darán hasta el fin del mundo. También vale, para este campo concreto de la acción caritativa, la parábola del Señor sobre el trigo y la cizaña (Cf. Mt. 13, 24 ss).
Otros, demasiado ingenuos ante los slogans marxistas, creen que hay que rechazar la acción caritativa de la Iglesia porque resulta nefasta para la elevación del proletariado, para el cambio de las estructuras y para el triunfo rápido de la justicia social. Para éstos tiene validez perenne y universal de tesis aquella afirmación de Anatole France según la cual «la piedad del rico hacia el pobre es injuriosa y contraria a la fraternidad humana».
Tampoco recurriremos aquí a la apologética ni siquiera vamos a dar una respuesta directa a estos ataques. Lo que nos interesa es subrayar los principios de la doctrina de la Iglesia sobre las relaciones justicia-caridad en la vida práctica. Los errores y abusos ocurridos en este campo no pueden poner en duda la claridad y vigencia de aquella doctrina.
El amor al prójimo y la justicia no sólo no se oponen sino que son inseparables y se complementan mutuamente. Separar la caridad y la justicia sería la perversión del amor cristiano. La caridad inspira la justicia y la exige rigurosamente. La justicia es la primera exigencia, el limite ínfimo, el punto de partida y la «conditio sine qua non» de la caridad. Amar es, ante todo, respetar efectivamente la dignidad personal y los derechos inalienables del prójimo; no se ama al prójimo si no se desea que reciba todo lo que le es debido. El amor cristiano implica y radicaliza las exigencias de la justicia, les da una motivación nueva y una fuerza ulterior, ya que Cristo ha conferido valor divino al hombre y ha muerto por todos nuestros hermanos. En la muerte y resurrección de Cristo ha sido establecida la fraternidad universal, que debe ser realizada en este mundo como anticipo de la futura participación comunitaria en la vida inmortal de Cristo glorificado. En cada hombre nos encontramos con Cristo.
Este respeto al prójimo es un presupuesto elemental e imprescindible y, al mismo tiempo, un fruto de la auténtica caridad. Allí donde ésta. es sincera, engendra una delicadeza y una atención que no se pliegan a ningún equívoco. Aquellos cristianos que viven y practican la acción caritativa en su genuino sentido son auténticos modelos de este respeto a los hombres, que es la forma más esencial de la justicia. Allí donde este respeto falla, no puede hablarse de caridad. Nadie puede, por consiguiente, escudarse en que practica la caridad para descuidar sus deberes de justicia, a los cuales el cristiano —como hombre y como cristiano— queda rigurosamente obligado (Cfr. Sant. 5, 4-6).
Esta inseparabilidad de la caridad y de la justicia es más vivamente percibida en nuestros días, pero no es una novedad. La tradición genuina dentro de la Iglesia ha percibido siempre esta relación y, desde hace muchos siglos, la ha expresado con palabras explícitas. No podemos alargarnos sobre este punto pero me permito citar algunos ejemplos:
- «Delante de Dios no hay caridad sin justicia, ni justicia sin caridad» (Pedro Crisólogo, sermón 145).
- Hacer la caridad allí donde se debe practicar la justicia sería querer aplicar un bálsamo sobre una llaga que conserva toda su infección» (Catalina de Siena, citado por P. M. Richaud, Carita e vita sociale, Roma 1962, p. 11).
- «La caridad, desde luego, de ninguna manera puede considerarse como un sucedáneo de la justicia, debida por obligación e inicuamente dejada de cumplir» (Pío xt, Quadrag. anno, n. 137).
- La caridad no puede atribuirse este nombre si no respeta las exigencias de la justicia» (Pío xt, Divini Redemptoris, n. 50).
- «Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca como tal, es necesario… cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia» (Apostol. actuositatem, 8).
Esta inseparabilidad y reciprocidad entre el amor v la justicia las encontramos expresadas ya de alguna manera en la Bíblia. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento dan enorme importancia a la justicia y al amor entre los hombres. La alianza de Yahvé con Israel implica una exigencia de fidelidad y justicia por parte de todo el pueblo escogido. En Antiguo Testamento presenta indivisiblemente unidas entre sí las dos exigencias fundamentales de alianza: la fidelidad a Yahvé —conectada con el culto y en la confesión monoteísta— y los deberes de amor y de justicia para con los hombres. Ambas exigencias tienen un mismo fundamento: el amor de Yahvé, que ha elegido y liberado a Israel. La respuesta de Israel al Dios de la alianza incluye, inseparablemente unidas, la dimensión religiosa (de cara a Dios) y la ética (de cara al prójimo). Por otra parte, el anuncio del «Reino de Dios» —tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento— apunta hacia un Mesías que proclamará la justicia y liberará a los oprimidos (Cfr. Is 49; 9-13; 55, 1-3; 65, 13; 66, 10; Le 1, 52; Is 9, 11, 2-4; 61, 1; Sal 72 1-4.12-13; etc). Más tarde, en la vida y el mensaje de Jesús encontramos radicalizadas las exigencias del Antiguo Testamento sobre el amor al prójimo y la justicia: une, prácticamente, en un solo mandamiento el amor a Dios y el amor al prójimo (Mt 22, 38-40; 7, 12; Mc 12, 31; Lc 10, 25-37; 6, 27-38), urge la misericordia sobre el sacrificio (Mt 9, 13; 12, 17; cfr. Os 6, 6) y sobre la observancia externa de la Ley (Mt 23, 23-25; Lc 11, 29.42), hace de los pobres, despreciados y marginados un signo, una imagen y un «sacramento» de su presencia en el mundo (Mt 25, 31-46), etc.
Así, pues, en la Escritura se enseña la existencia de un nexo muy fuerte entre la justicia y el amor, por una parte, y el amor a Dios y el amor al prójimo, por otra. Si este nexo ya queda claramente insinuado en el Antiguo Testamento, en el Nuevo se hace del amor al prójimo el cumplimiento concreto de la unión con Dios. El amor supremo de Dios a los hombres —cuya realización es Cristo— exige la respuesta del amor a Dios, cumplido efectivamente en el amor a los hombres. La dimensión vertical y horizontal de la existencia cristiana quedan así inseparablemente unidos: la primera exige la segunda y la segunda constituye el único medio de cumplir auténticamente la primera.
La caridad auténtica no sólo implica y exige necesariamente las exigencias de la justicia; las trasciende. Después de cumplidos con rigurosa escrupulosidad todas las exigencias de la justicia, podríamos decir con San Pablo «la caridad permanece» (I Cor 13, 8). Más aún,
«es indispensable que permanezca. No puede adquirir un rostro que la identifique con la justicia. Porque la caridad perfecciona la obra de la justicia: constituye su motivación pero no se confunde con ella. Es preciso que se mantenga en una caridad auténtica, plena» (X Asamblea de Caritas Internationalis, V-1975, Homilía de Mons. Benelli).
Así es; la caridad al prójimo después de robustecer el sentido de la justicia, de interiorizar hasta el fondo del corazón sus exigencias y de ser el alma que alienta a su observancia, todavía debe ir y va mucho más lejos. Porque la justicia no llega a su plenitud interior sino en el amor. Por el hecho de ser cada hombre la imagen visible de Dios invisible y el hermano de Cristo, el cristiano encuentra en cada persona al mismo Dios con una exigencia absoluta de justicia y de amor. Amor que no se detiene, una vez cumplida la justicia, sino que sigue ayudando a aquellas personas y atendiendo aquellos casos de los que, teniendo solamente en cuenta la justicia, podríamos desentendernos tranquilamente. La justicia no entiende estas palabras y hechos que sólo dicta y pone en práctica la caridad: «Al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto… Da a quien te pida y no vuelvas la espalda a quien desea de ti algo prestado… Si amáis a los que os aman ¿qué recompensa tendréis?» (Mt 5, 40.42.46). «Cuando hagas una comida, llama a los pobres, a los tullidos, a los cojos y a los ciegos y tendrás la dicha de que no pueden pagarte» (Lc 14, 13-14). «La caridad es longánime, es benigna… no busca lo suyo… todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera. todo lo tolera» (I Cor 13, 4.5.7). «Nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos» (I Jo 3, 16). Todo esto va mucho más allá de las exigencias de la justicia pero cae de lleno dentro de los postulados de la caridad.
Este amor al prójimo impulsa a comprometerse seriamente en favor de los hermanos que padecen cualquier tipo de injusticia para ayudarles a liberarse de su esclavitud o servidumbre. Anima a preparar el terreno para que los límites y horizontes de la justicia se vayan ensanchando, de suerte que lo que hoy todavía no se sale del campo de la caridad mañana entre en la esfera de los deberes de justicia, lo que hoy no pasa de ser una exigencia íntima de la propia conciencia, mañana llegue a cristalizar en norma jurídica.
No faltan los testimonios que manifiestan, de alguna manera, cómo la caridad va más allá que la justicia, enriqueciendo y ensanchando generosamente su campo de acción:
- «La paz es obra indirecta de la justicia, es decir, en cuanto remueve los obstáculos; pero es obra directa de la caridad, porque la caridad, por su propia razón de ser, es causa de la paz… (Santo Tomás, II-II, q. 29, a. 3 ad 3).
- «(El remedio del problema social) se ha de esperar principalmente de una gran efusión de la caridad; de la caridad cristiana que comprendía en sí toda la Ley del Evangelio» (León xm, Rerum novarum, n. 41).
- «¡Cuánto se engañan esos incautos que, atentos sólo al cumplimiento de la justicia, y de la conmutativa nada más, rechazan soberbiamente la ayuda de la caridad!» (Pío XI, Quadrag. anno, n. 137).
- «La justicia alcanza su plenitud interior solamente en el amor. Siendo cada hombre realmente imagen visible de Dios invisible y hermano de Cristo, el cristiano encuentra en cada hombre a Dios y la exigencia absoluta de justicia y de amor que es propia de Dios» (Sínodo de los Obispos, 1971, La justicia en el mundo).
Esta inseparabilidad y complementariedad de la caridad y la justicia aparece como una idea dominante y constante en los mensajes de Pablo vi, el cual no cesa de inculcarla repetidamente en sus alocuciones (Cfr. alocuciones 28-VIII-1968; 13-XI-1969; 27-X-1971; 1-V-1972; 28-IX-1972; 27-V-1973; 3-X-1973; 14-XII-1973, etc). Para las relaciones entre la caridad y la justicia en los Papas, puede verse J.Y. Calvez-J. Perrín, Iglesia y Sociedad Económica, Mensajero, Bilbao 1965, p. 229-245, donde hay gran abundancia de textos).
2. Una acción caritativa más atenta a la promoción humana y social
A través de su acción caritativa, ejercida a lo largo de los siglos la Iglesia —desde su mismo nacimiento hasta nuestros días—, en distintos grados y de formas muy diversas, ha venido preocupándose de socorrer los variados casos y las múltiples situaciones de miseria en que se ven envueltos los hombres. Una buena serie de monografías existentes nos permiten conocer con objetividad y riqueza de detalles la obra caritativa llevada a cabo por los Papas, Ordenes monásticas, algunos santos, etc. (Cf. R. Herrmann, Le charité de l’Eglise, Ed. Salvator, Mulhouse, 1961, y las cinco monografías históricas publicadas por Ed. Caritas, de Roma).
Ahora bien, durante muchos siglos, esta acción caritativa de la Iglesia, que ha florecido y cristalizado en un gran número de obras e instituciones, tuvo como objetivo preferente y casi exclusivo paliar y socorrer la miseria de unas personas pertenecientes a una categoría social determinada pero sin combatir —por lo menos de una mera directa y explícita— sus causas. Atacaba generosamente el mal pero sin preocuparse demasiado por cegar sus fuentes. En este contexto ambiental apareció San Vicente de Paúl y nació su obra en favor de los pobres y necesitados.
Pero, a finales del siglo pasado, empezaron a aparecer algunas iniciativas que, sin salirse del carácter tradicional de la asistencia caritativa, eran ya susceptibles de convertirse en obras sociales bajo la influencia de una concepción nueva de las relaciones que deben mediar entre los diferentes grupos de la sociedad. Entre los pioneros de esa nueva orientación de la asistencia caritativa hay que contar con Federico Ozanam, el cual ciertamente, ocupa un puesto muy destacado dentro de esta incipiente nueva línea de la caridad social (Cf., por ejemplo, J-B. Duroselle, Les débuts du catholicisme sociale en France, PUF, Paris, 1951, pp. 154-198; Pativilca, Federico Ozanam, Derdée 1958).
Esta nueva orientación —preparada con muchos ensayos y vacilaciones por parte de personas y grupos, que fueron madurando lentamente un pensamiento y una acción social— supuso un notable enriquecimiento para la acción caritativa de la Iglesia. Recogiendo estos logros, León XIII, en su encíclica. Rerum novarum (1891) afirmaba explícitamente que la caridad tradicional no bastaba para poner remedio a las miserias injustas que en aquel momento afectaban a la clase obrera; por este motivo, el Papa pedía procedimientos nuevos para socorrer aquellas situaciones y necesidades. Esta toma de posición oficial tuvo una influencia extraordinaria para que la acción caritativa tradicional se fuera abriendo lentamente a las nuevas orientaciones y se fuera .enriqueciendo con un contenido y estilo más social.
Evidentemente, tanto la acción caritativa de corte tradicional (acción benéfico-asistencial) como la que inicia su nacimiento a fines del siglo pasado (acción caritativo-social) tratan de mejorar la situación de los pobres y necesitados. Sin embargo, hay algunas diferencias de matiz entre ambas. La primera atiende más a ciertas miserias existentes, muchas veces inevitables, fijándose preferentemente en la situación en que se encuentra la persona necesitada y en la urgencia de la necesidad a cubrir, sin entretenerse en analizar sus causas y el grado de responsabilidad que puede imputarse al mismo afectado, sin detenerse a discutir quién esté más obligado a socorrer tal situación o cómo hubiera podido evitarse ésta, sin retardar la intervención de carácter operativo y eficaz con consideraciones previas y distingos, con hipótesis teóricas y supuestos futuribles.
La acción social, en cambio, pone su acento en el deseo de reforma social y de mejora de la situación de unos hombres que, como consecuencia de unas estructuras injustas, difícilmente consiguen vivir de una manera plenamente humana con su trabajo ya que siempre se encuentran cogidos y trabados en la red de relaciones sociales y estructurales que condiciona su vida y su acción. La acción social, en sentido estricto, no se fija tanto en estos o aquellos pobres y necesitados cuanto en la pobreza y miseria existentes, y, una vez captada en su volumen, investiga las fuentes de dónde proviene o las causas que la provocan, intenta encontrar las medidas adecuadas para cegar aquellas fuentes o combatir estas causas y, finalmente, se lanza a ponerlas en práctica.
Las diversas organizaciones que tienen su origen en el espíritu de San Vicente de Paúl deben seguir siendo agentes de la caridad pronta y eficiente. Por eso deben acudir prontas allí donde haya una miseria, una necesidad, sin perder tiempo en preliminares más o menos artificiales y sospechosos, sin «catalogar a las personas según las apreciaciones políticas o de otro orden, para medir la benevolencia y las ayudas que merecen» sin «despreciar la caridad hacia los pobres de hoy, bajo el pretexto de preparar un régimen social más justo para mañana» (Aloc. a la X Asamblea de Caritas Internationalis, 17-V-1975).
Como advierte el Papa, «semejantes actitudes contrastan con la parábola del Buen Samaritano, que sigue siendo siempre el índice la caridad cristiana; ayudar, sobre el terreno, al hombre en apuros al que algunos hubieran considerado «como extranjero» (Id.). Sería oportuno mencionar aquí otras palabras de Pablo VI que abundan en el mismo sentido, como las que dirigió a las Damas de la Caridad de San Vicente el 27 de octubre de 1971.
El servicio está determinado únicamente por la necesidad del prójimo: ¿Dónde está la llamada? ¿Dónde se pide auxilio? ¿Dónde está la necesidad? Esta es la única o principal pregunta que se formula y se escucha, y que exige una respuesta rápida. Cuando un hombre o una familia pasan hambre, necesitan ves-tido o medicamentos, buscan cobijo o trabajo, no los vayamos con planes, programas, análisis sociológicos o hipótesis de trabajo. Tampoco les exijamos complicados trámites burocráticos o les torturemos con largos interrogatorios y esperas. Hay que actuar de acuerdo con la necesidad, su volumen y urgencia.
¿Que alguna vez nos engañan? Es muy posible. También es lamentable. Atendiendo a la advertencia de Pablo, nuestra caridad debe crecer constantemente «en conocimiento y en toda discreción» (Fil. 1, 9) y evitar, en lo posible, que los pícaros, los aprovechados y los sin escrúpulos se lleven lo que es necesario para los verdaderamente necesitados. Sin embargo, es preferible que alguna vez nos engañen que, por exceso de investigaciones, trámites y controles, algún necesitado de verdad quede sin la ayuda necesaria o que ésta le llegue tarde.
Esta caridad «humilde y cálida, paciente y desinteresada…» —por decirlo con palabrass de Pablo vi aplicables a vuestras Conferencias— «prolonga los milagros de Cristo, tan atento a detectar el sufrimiento humano y a responder a las peticiones imprevistas de las personas y de las muchedumbres» (Aloc. a la X Asamblea de Caritas Internationalis, 17-V-1975).
Ahora bien, el Evangelio hace descubrir al ejercicio de la caridad cristiana, las dimensiones divinas del servicio prestado: en último término es al mismo Dios a quien se dirige este servicio, a través del hombre que se ha interpuesto en nuestro camino, porque «todo el que ama al que le engendró, ama al engendrado de El» (I Jo. 5, 1). Así nos habla San Juan, repitiendo prácticamente la misma enseñanza que el Señor nos revela para la hora del juicio (Mt. 25, 31 ss). Y es a este título que el servicio toma el nombre de caridad, porque la fe lo ilumina y la gracia lo inspira. La materia no cambia, pero el acto interior está iluminado por ‘una nueva luz y animado por una nueva fuerza «de lo alto» con lo cual el enriquecimiento personal es de otro orden. «Sin este testimonio de caridad… no se puede reconocer a los discípulos de Cristo (Cf. Jo. 13, 35), no se puede reconocer a la Iglesia» (Pablo vi, Aloc. a la X Asamblea de Caritas Internationalis, 17-V-1975).
Una vez debidamente subrayada la función específica de las obras vicencianas, nada impide y todo exige que su acción sea cada vez más social, «buscando y estudiando la manera de hacerla más en consonancia con las exigencias y la mentalidad de hoy… Las condiciones de hoy no son las de hace más de un siglo, y requieren, por lo mismo, una adaptación continua aunque lo demás esté en plena armonía con el espíritu de San Vicente y de Federico Ozaman». (Pablo vi, Aloc. a las Conferencias de S. Vicente de Paúl, 1-V-1972).
Para que efectivamente lo sea, deberán esforzarse por conocer cada vez mejor los hechos (situaciones, miseria, necesidades, etc.) en toda su amplitud, gravedad y conexión posibles. Este conocimiento no debiera llegar únicamente a los socios de las obras vicencianas sino que es muy conveniente que se difunda ampliamente, cuanto más, mejor, para despertar así una conciencia amplia y profunda de responsabilidad ante aquellos hechos.
Hay que evitar que las obras de caridad se conviertan, real o aparentemente, en una especie de «opio del pueblo» que enerve la voluntad de quienes reciben su ayuda impidiéndoles buscar una mejora o cambio de estructuras. Estas obras no deben producir la resignación ante la injusticia, ni reprimir los esfuerzos para combatirla, ni embotar el sentido y los deseos de una mayor justicia social, ni frenar las ansias de una mejor distribución de la renta, ni acallar las críticas contra la desigualdad de oportunidades…
En el ejercicio de las obras de misericordia hay que ir ensanchando inteligentemente los horizontes: hay que pensar en hoy, pero prever el futuro; hay que solventar las necesidades actuales, pero quitar la causa de las necesidades de mañana; hay que pensar en las personas, pero no olvidarse de las estructuras que les condicionan la vida; hay que pensar en el hombre, pero también en la comunidad; hay que pensar en la generación presente, pero sin olvidar la futura…
Es preciso que en la ayuda a los pobres y necesitados éstos puedan participar activamente con su voz y con sus obras en su propia promoción, y que la acción caritativa de carácter asistencial se oriente, en la medida de lo posible, hacia el desarrollo integral y armónico de los beneficiarios, ayudándoles a llevar una vida conforme con su dignidad de personas humanas y de hijos de Dios (Cf. Pablo vi, Aloc. de 11-V-1966).
Después de lo que hemos dicho, fácilmente puede verse que la acción caritativa de carácter tradicional y la acción social no se excluyen sino que se reclaman y complementan mutuamente. En el caso de las Conferencias de San Vicente de Paúl y de las demás obras vicencianas sería consolador que todos sus socios aceptaran, como algo indiscutible, que sus obras de ayuda y asistencia a los pobres y necesitados deben estar empapadas siempre de contenido social. De este maridaje con lo social no se seguirá ninguna pérdida para las riquezas propias de la acción caritativa de las organizaciones vicencianas; todo lo contrario, quedarán automáticamente aumentadas con el efecto —más que sumativo, multiplicador— de la vertiente social.
Sin contradecir nada de lo que venimos afirmando sobre la necesidad de que la acción caritativa tenga cada vez más un carácter social, hemos de afirmar, al mismo tiempo, que esta misma acción caritativa ha de ser cada vez más personalizada. En estos momentos, en que es tan fácil y se da con tanta frecuencia la masificación y esclavitud de la persona, vale la pena subrayar la importancia de los contactos personales y alentar a que no disminuyan sino que, en la medida de lo posible, se multipliquen, es decir, mejoren todavía en cantidad y calidad. Las obras de caridad deben tener siempre como centro a la persona, no a la persona en abstracto sino a la persona en concreto, a cada una de las personas con su manera de ser en y con sus circunstancias especiales. Esto no quiere decir que haya que privatizar los problemas. La caridad debe ir más allá del individuo, contemplar la situación social y apuntar hacia una mejora o cambio de estructuras. Quiere decir únicamente que los beneficiarios de nuestras obras de caridad —sean nuestros vecinos o vivan en el tercer mundo, sean los de hoy o los de mañana— deben ser tomadas muy en serio y tratados como personas concretas que no quedan diluidas en una masa amorfa y anónima de los «pobres» o «necesitados».
Hay que evitar todo carácter despersonalizador en la acción caritativa y fomentar la relación personal. Ojalá en todas las ayudas a los necesitados mediara un trato personal, nada paternalista, humillante o hiriente, sino humilde, cálido, sencillo, fraternal, tal como nos han enseñado los santos.
Nuestras obras de caridad tienen que ser una aplicación práctica de aquel objetivo que persigue como punto esencial la doctrina social de la Iglesia: el respeto de la persona humana.
3. Una acción caritativa más organizada y eficaz
Como quiera que la Iglesia es una unidad de ser en el amor y la caridad es en ella una función esencial, es preciso que esta Iglesia sea perceptible como una comunidad que practica la caridad. Pero, además, la virtud de la caridad pide que la acción caritativa sea lo más eficaz posible. Esta eficacia exige una organización racional, tal vez científica. Sólo de esta manera se puede conseguir, ordinariamente, una ayuda más substancial, profunda y durable para los necesitados (Cf. Pablo vi, Aloe. 28-IX-1972, punto III).
Un particular es incapaz de descubrir todas las necesidades y más aún de atenderlas… El individuo percibe las necesidades de una manera «subjetiva», mientras que con una buena «organización» es más fácil descubrir y calibrar debidamente el grado objetivo de necesidad y de urgencia. Con una buena organización resulta más fácil prever con mayor eficacia y también curar de raíz unas determinadas miserias en vez de paliarlas simplemente. Con una buena organización resulta más fácil dialogar con las instituciones estatales o paraestatales y aprovechar las posibles ayudas que ellas ofrecen, como también organizar sistemas de publicidad con técnicas modernas…
En suma, si las necesidades superan siempre las posibilidades de unas personas dispersas, la caridad tiene que salir al paso de esas deficiencias y combatirlas reuniendo y acoplando todas las fuerzas y recursos de la comunidad.
En virtud de esta misma caridad que exige el aprovechamiento máximo de los recursos —siempre insuficientes— y su máxima eficacia, habrá que tener en cuenta la Economía y el Derecho, recurrir a los técnicos de la contabilidad, aprovechar los avances de la Antropología, Sociología y Psicología, utilizar medios más rápidos y eficaces de comunicación y propaganda…
La caridad no puede despreciar todos estos instrumentos providenciales —conseguidos con el trabajo de los hombres—, ni prescindir de estos medios tan fecundos y eficaces. Es preciso aprovechar todo lo bueno de la civilización actual para dar un efecto multiplicador a las fuerzas de nuestra acción caritativa.
Pero, al mismo tiempo, hay que poner cuidado en no trasplantar al ejercicio de la caridad las lacras de la actual sociedad de producción y de consumo. Es preciso evitar que entre en nuestra acción caritativa —junto con la organización y la técnica el vicio de la despersonalización. Cabría aplicar a este peligro unas palabras de Pío mi, pronunciadas en el radiomensaje de Navidad de 1953: «La obra maestra y monstruosa, al mismo tiempo, de esta época, ha sido la de transformar al hombre en un gigante del mundo físico a costa de su espíritu, reducido a pigmeo en el mundo sobrenatural y eterno» (Cf. Mater et Magistra, 243). Es el mismo peligro denunciado por Bergson, Carrel, Bayet, Corts Grau. «En este cuerpo desmesuradamente agrandado, el alma sigue siendo hoy lo que era, demasiado pequeña para llenarlo, demasiado débil para dirigirlo» (H. Bergson).
Hay que procurar por todos los medios que este cúmulo de papeles, programas, teléfonos, máquinas de escribir, B3M, etc., que a veces son precisos para hacer eficaz la acción caritativa, sean tenidos en lo que realmente son —puros instrumentos sujetos a la ley del «tanto-cuanto»— y que no ahoguen en lo más mínimo el espíritu de la caridad evangélica que debe animar toda nuestra acción y debe darle color y sentido. La caridad organizada no puede convertirse jamás en una «gran máquina» que no se ocupa sino de «causas» y de «cosas». Todo lo contrario, debe ser un medio para dar al amor su realidad efectiva y para expresar de forma bien patente una de las funciones más esenciales de la comunidad eclesial (Cf. Pablo vi, Aloe. 28-IX-1972).
Evidentemente, no podemos prescindir de la organización ni de la técnica si queremos conseguir eficacia. Pero hay que sortear el peligro de convertir la acción caritativa en una empresa cualquiera de las que producen bienes de consumo. Que la organización, la técnica y la búsqueda de la eficacia no conviertan jamás la acción de las Conferencias y de las otras organizaciones vicencianas en una «sociedad anónima productora de obras buenas» y a los beneficiarios en «clientes y consumidores de nuestra obras de caridad». Hay que evitar el riesgo —denunciado por Pablo vi en su alocución a los participantes en X Asamblea de Caritas Internacionalis— «de lanzarse a una empresa de ayuda racional, ciertamente, pero anónima que desafía a la apertura del corazón, que no sabe ver a la persona detrás de la necesidad» (17-V-1975).
También aquí se requiere el «suplemento del alma» pedido por Bergson y Pablo vi (Cf. Las dos fuentes de la moral y de la religión, p. 380; Pablo vi, Aloc. 74-1965).
Advirtamos, finalmente, que a pesar de la organización de las obras de caridad, siempre quedará un amplio campo de acción al ejercicio de la caridad cristiana de las personas particulares (Cf. Mater et Magistra, 120). Siempre queda en pie la obligación del amor y de la ayuda de carácter personal y espontáneo. Las organizaciones e instituciones caritativas no dispensan a las conciencias de sus propias obligaciones, ni de sus decisiones adultas de cristiano, ni del cumplimiento privado del precepto del amor.
4. Una acción caritativa más concientizada
No basta con que la acción caritativa de las organizaciones vicencianas respeten escrupulosamente la justicia y trasciendan generosamente sus exigencias, animadas como están por la virtud cristiana de la caridad.
Deben tener muy presente la doctrina social de la Iglesia, empaparse de sus principios y orientaciones y contrastar constantemente su actuación con las directrices que ella presenta. El hacerlo, actualmente, no es excesivamente difícil. Desde la Rerum Novarum, de León mil, en 1891, hasta el documento La justicia en el mundo, del Sínodo de los Obispos en 1971, han aparecido una larga serie de documentos pontificios que marcan con suficiente claridad los derroteros que deben seguir los cristianos y todos los hombres de buena voluntad en este amplio y difícil campo de las relaciones sociales. Recordemos únicamente los documentos más importantes a partir de la Rerum Novarum, que representa el despegue oficial del magisterio pontificio en la promulgación de la doctrina social de la Iglesia. Tenemos la encíclica Quadragesimo anno, de Pío xr (1931), el Radiomensaje de Pentecostés de Pío xii (1941) las encíclicas Mater et Magistra (1961) y Pacem in terris (1963), de Juan XXIII la constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II (1965) la encíclica Populorum progressio (1967), de Pablo vi, la carta apostólica Octogesima adveniens (1971), de Pablo vi, y el documento La justicia en el mundo, del Sínodo de los Obispos (1971).
Para no fijarnos más que en el documento del Sínodo-1971, qué duda cabe que todas las organizaciones inspiradas en la doctrina y el ejemplo de San Vicente de Paúl deben tenerlo muy presente, no para poner en práctica todo cuanto en él se dice —muchas de las acciones que allí se proponen están tal vez fuera de su campo propio, pero sí para mentalizarse y estar cada vez más en comunión con unas corrientes que, en materia de justicia, hoy soplan recias dentro de la Iglesia y que son rechazadas por algunos como si fueran heterodoxas.
Las Conferencias de San Vicente de Paúl y las demás obras vicencianas deben tener conciencia de que hoy el mundo está marcado «por el gran pecado de la injusticia» el cual «con su perversidad contradice el plan del Creador» (Sínodo 1971). Y deben darse cuenta de que ante esta situación surgen por doquiera exigencias radicales de igualdad y participación, de respeto a la dignidad del hombre y a sus derechos fundamentales. Esta situación del mundo es un desafío a la Iglesia y, ante este reto, ella debe mostrarse portadora de un mensaje de esperanza y de amor. Pero este mensaje será inválido si no demuestra su eficacia en el empeño por la liberación del hombre. Su testimonio debe realizarse a través del amor eficazmente comprometido en la liberación integral del hombre, es decir, con una solidaridad real y comprometida en la liberación de los más pobres, marginados y oprimidos.
Las obras vicencianas no pueden desentenderse de la conclusión práctica que el Sínodo-1971 adopta ante esta situación, a saber, que no se puede separar la predicación del Evangelio de la acción en favor de la justicia por el hecho de ser esta acción una parte constitutiva del Evangelio y de la misión de la Iglesia. Esta acción pide que se participe en la transformación del mundo, en la liberación de toda situación opresiva.
De acuerdo con esta conclusión, el Sínodo-1971 señala tres líneas de actuación: el testimonio en favor de la justicia, la educación para la justicia y el compromiso en favor de la justicia. Apuntaremos muy rápidamente algunas directrices sobre cada una de estas tres líneas.
a) El testimonio en favor de la justicia. La misión del cristianismo y de los cristianos, hoy, es la misma de siempre: dar testimonio de Jesucristo, de su muerte y resurrección. Pero, para que este testimonio merezca crédito, debe ir acompañado de un testimonio tangible de justicia. Si un cristiano quiere de verdad ser signo creíble de esperanza, no basta con que haga promesas de un más allá feliz sino que debe esforzarse y contribuir a realizar, ya desde ahora y aquí, la justicia y fraternidad en el mundo. La salvación cristiana no puede olvidar una contribución sincera para la liberación de las «presiones y abusos que sofocan la libertad e impiden a la mayor parte del género humano participar en la edificación y en el disfrute de un mundo más justo y más fraterno» (Sínodo-1971).
Esto exige evitar la colaboración con estructuras opresoras, aunque sea para defender los intereses personales o de grupo. Exige pasar de una mentalidad desinteresada de los problemas humanos que comportan la injusticia, a un cristianismo seriamente comprometido en la liberación de todos los hombres, especialmente de los más pobres. Esto debe hacerse por la vía pacífica, buscando y trabajando con todas las fuerzas para conseguir una transformación urgente, audaz y profundamente innovadora de las estructuras, sin condenar a priori cualquier tipo de participación violenta en los conflictos sociales y políticos, ni creer tampoco que el cristianismo auténtico no ha empezado hasta ahora.
Todos los miembros del Pueblo de Dios tenemos obligación de dar testimonio claro de justicia. Pero este testimonio no es nada fácil y requiere discernimiento, especialmente en lo que hace referencia al uso de los bienes temporales: «sobriedad en los gastos personales y familiares, supresión del lujo, moderación en el uso de tantas diversiones y espectáculos, con mucha frecuencia caros» (Metropolitanos, Estabilización y actividad cristiana, 15-1-1960).
b) La educación para la justicia. Es preciso formar hombres que no vivan para sí sino para los demás. Esta empresa choca con muchos obstáculos, pero no por ello puede abandonarse. Esta educación para la justicia debe ser permanente y práctica y debe darse en todos los niveles: en la familia, escuela, catequesis, parroquia, movimientos apostólicos, medios de comunicación social, etc.
c) El compromiso en favor de la justicia. Este compromiso exige una toma de conciencia de la propia responsabilidad y una actuación. Esta actuación variará mucho según el puesto que se ocupa en la sociedad y según el carisma recibido. A las comunidades cristianas «toca discernir, con ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hermanos de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que parezcan necesarias con urgencia en cada caso» (Octog. adven., 4).
Este compromiso será, a veces, de carácter político; otras veces será una simple contribución para mover la opinión pública en apoyo de los programas para la justicia; otras, tendrá una formalidad distinta… En esta búsqueda de los medios que puedan contribuir a la corrección de las situaciones injustas sólo deben quedar excluidas la pasividad, la ineficacia y aquellos medios que sean incompatibles con el compromiso cristiano. En el campo social «todos los hombres están llamados a una empresa común» y «esta cooperación… debe ir perfeccionándose cada vez más» (Unit. redint., 12).
Las Conferencias de San Vicente de Páúl y las demás organizaciones vicencianas deberán asumir la parte que les corresponda en este testimonio en favor de la justicia, en esta acción educativa para la justicia y en este compromiso en favor de la justicia. Evidentemente, no todo corresponde a ellas en este triple campo, ni siquiera la parte más importante, pero algo sí y no pueden desentenderse de la parte que les incumba, por pequeña e insignificante que fuera, ¡que no lo es!
(Para todo este epígrafe, que se refiere a la acción caritativa más concientizada, puede verse nuestra conferencia de 1-11-1975 en Majadehonda, publicada en el boletín Caritas n. 130, marzo 1975, pp. 17-30).






