Nuestra casa de Fontenay-le-Comte el 19 de febrero de 1744, su querido y virtuoso superior, antiguo misionero, cuya virtud, el celo y la sencillez nos recuerdan el espíritu de nuestros primeros Padres, el Sr. Abraham Hesnard, nacido en Blangi, diócesis de Rouen, el 16 de enero de 1668, y recibido en París en el seminario el 29 de octubre de 1690. Este digno hijo de la Misión había vivido siempre del modo más regular, la más edificante, y había merecido por sus talentos, por su virtud, la confianza de la Congregación que, aparte de la dirección de varias de sus familias, le había dado la del Poitou.
Su inclinación por las misiones, y sus talentos para llevarlas a cabo, le habían hecho situarse en Fontenay-le-Comte. Agotado por sus debilidades y sus fatigas, no soportaba ya el trabajo, desde hacía varios años sino a costa de un gran esfuerzo, pero era siempre con un valor y un fervor que animaban a sus cohermanos. Por último veinte meses antes de su muerte, fue atacado de una especie de apoplejía que pensó superarla y a la que finalmente debió sucumbir. Ha recibido los últimos sacramentos con pleno conocimiento, y con los vivos sentimientos de fe y de religión, que habían sostenido siempre su tierna piedad. Viendo acercarse su fin, envió a pedir a sus cohermanos que se hallaban en misión, que le consolaran viniendo a recibir sus últimos adioses. Ellos acudieron al final de la misión, y durante doce días que han visto a su querido superior, han visto en su resignación, su paciencia, su piedad, su bondad, su religión, su dulzura, la edificación que les había dado continuamente.
Toda su pena, y nada hace conocer mejor su celo y su caridad, toda su pena era no poder ir más a misiones. Desde que sus debilidades le retenían en casa, él acompañaba a sus cohermanos de corazón y en espíritu, y no cesaba de pedir por el éxito de sus trabajos. Las bendiciones con que Dios había acompañado siempre su celo en esta santa función sobrepasan lo que se puede decir. Su aire afable, sus maneras insinuantes, su piedad, su religión, su vida siempre ejemplar, sus discursos sencillos, pero al propio tiempo sólidos y útiles, le habían ganado la estima y el corazón, no sólo de las gentes del campo que, viendo en él a un hombre lleno del espíritu de Dios, se aprovechaban siempre de sus instrucciones, sino que también de los pastores y de las personas más distinguidas que justificaban la solidez de sus talentos y de sus virtudes. La afluencia de la gente que asistió a su entierro ha demostrado que la fama de su sabiduría y de su santidad se conocían también en Fontenay. Apenas se expuso su cuerpo, todos por estima de su virtud, llegaron para tocar sus libros, sus rosarios. Las personas más distinguidas de la ciudad, respetando religiosamente lo que él había usado, quisieron tener parte. Se le miraba como a un santo.
En efecto su justicia parece haber sido completa. Fiel a todos sus deberes, era exacto en la oración, en la plegaria, en las lecturas, en todos los demás ejercicios; atento a mantener como ha podido el orden y el deber, como en las casas más regulares. Tierna e inviolablemente aferrado a su vocación, cientos y cientos de veces mostraba a Dios su perfecta gratitud por este inestimable beneficio. Sobrio, comedido en la bebida y en la alimentación, si se hallaba alguna vez en mesas extrañas, en el caso de que esta distracción fuera conveniente, no sólo vigilaba exactamente sobre sí mismo, sino también cuando veía que todos habían tomado su honrosa suficiencia, » levantémonos», decía con una agradable libertad: cosa que edificaba a aquellos mismos que, menos severos, hubieran sentido la tentación de pasar de la necesidad al placer. Hombre prudente y fiel a todos sus demás votos, los ha observado con la más edificante exactitud, el de la pobreza en especial. Por eso la casa de Fontenay es deudora a su administración del estado cómodo, agradable y fácil en que se halla ahora. Anciennes Relations, p. 546.







