Abiertos a la esperanza

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: José Riol, C.M. · Year of first publication: 2001 · Source: Informativo Hijas de la Caridad Provincia de Zaragoza.
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«Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… para liberamos… y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios. Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abba! Padre» (Gal 4. 4-6).

La plenitud de los tiempos se identifica, como nos dice la encíclica «Ante el Tercer Milenio», con el misterio de la encarnación del Verbo. Hoy nosotros sentimos este paso al tercer milenio como un tiempo en plenitud. Lo hemos preparado con toda intensidad y cuidado. Largo e intenso ha sido nuestro camino de preparación para alumbrar este nuevo siglo, este nuevo milenio del don de la encarnación del Hijo de Dios y de la redención realizada por él. Con la comunidad de los creyentes, guiados por la Iglesia, nos hemos ido preparando desde la oración, la reflexión y el diálogo para alumbrar caminos de esperanza en nosotros y en nuestro entorno. Renovándonos, hacemos nuevo todo lo que tocamos.

Atrás quedan los años de preparación y la reflexión de los misterios de nuestra fe. Hemos vivido el «Jubileo» como una gran plegaria de alabanza, acción de gracias y de renovación de toda la Iglesia, por el don que Dios nos ha hecho del Verbo encarnado. Es momento apropiado para ver hasta qué punto, en cada uno de nosotros, se ha producido el cambio, la transformación y la conversión pedida por la Iglesia para comenzar este nuevo milenio de nuestra salvación. Es hora de hacer un profundo examen de conciencia. No son suficientes las espléndidas celebraciones que a lo largo de estos años tanto nos han emocionado. No son suficientes los encuentros multitudinarios que a todos los niveles hemos tenido, si ahora nosotros continuamos sin tener una clara perspectiva de lo que Dios quiere de nosotros. Tendré que interrogarme: ¿Y ahora qué? ¿Qué espera Dios de mí para que actualice su encarnación y la redención en mí y la lleve a los pobres? ¿Después de todo lo que hemos celebrado y vivido, va a seguir todo igual? ¿Qué me dice este instante que vivo? ¿Qué voy envejeciendo? ¿Qué la vida se acaba? ¿Qué el tiempo es apremiante para que todos conozcan la salvación de Dios obrada por Jesucristo? ¿Qué me dice el lema que tanto hemos rezado, cantado, meditado, contemplado: «Cristo ayer, hoy y siempre»? ¿A qué me lanza y a qué me compromete?

Ahora que de verdad comienza el tiempo nuevo, que ya ha terminado la preparación, punto de partida para un milenio que entre todos podemos hacer más feliz y más cristiano, viene la fiesta. No es tiempo ni de Adviento ni de Cuaresma, es el tiempo de la Natividad y de la Pascua, es tiempo de sentir y palpar la presencia salvadora de Dios. Es tiempo de vivir la transformación que en nosotros se ha debido ir produciendo en estos años. Ahora ha llegado a su plenitud, ahora debe sentirse y manifestarse esta transformación a nivel personal y comunitario. Al estudiar este curso las Constituciones podemos ver los caminos por dónde el Señor nos lanza y quiere que vivamos la redención del Señor.

Al comenzar un nuevo siglo y milenio, todo apunta que estamos en momentos de cambios profundos, lo percibimos claramente en múltiples situaciones y realidades. Todo en nuestro entorno hace referencia a preguntas sobre los rasgos de este nuevo siglo que tendrá que ser muy distinto al anterior, de lo que debemos alegrarnos, pero caminamos aún desconcertados porque no acertamos a ver con toda claridad los grandes rasgos que los tiempos venideros nos traen. Por otra parte sabemos, que no podemos esperar el futuro sentados, mano sobre mano. El futuro hay que hacerlo, porque es la mejor forma de hacer que llegue tal y como nos lo hemos imaginado.

Nosotros, que nos preocupamos por el futuro religioso de la humanidad, no podemos permanecer pasivos, no podemos lamentarnos ni de lo que fue el pasado ni de lo que queremos que sea el futuro, creyendo que no puede ser porque las señales que vemos en nuestro entorno van en dirección contraria de lo que queremos alumbrar. Estos años de preparación hemos intentado profundizar en nuestras vidas, personal y comunitariamente, en actitudes de fraternidad y solidaridad, actitudes de esperanza en un futuro mejor para todos aquellos que viven insatisfechos, marcados por un presente de injusticia, desequilibrio, desigualdad, hambre, terrorismo, desarraigo, soledad…

Estamos siempre alumbrando lo nuevo. Siempre dejamos atrás el camino recorrido entre luces y sombras, queremos alumbrar un día radiante. Somos conscientes que sería fatal no avanzar, cansarse, desesperarse, desorientarse, enfermar de desencanto, de desilusión, no creer en los sueños, en las utopías, estar siempre volviendo, sabiendo que aún no hemos llegado a la meta.

Pasemos de la lamentación a la acción, la Compañía y el mundo entero necesita mucho más de personas comprometidas, ilusionadas, que no se arredran ante nada, que de plañideras lacrimógenas que todo lo ven negro y no sienten que la luz brilla en nuestras vidas con nuevo resplandor.

Tomemos este nuevo milenio como un tiempo lleno de sentido. Dios nos concede una magnífica oportunidad para actuar nuestra salvación y la de todo el mundo. Hablamos continuamente de los «regalos» de Dios: «esto es un regalo». Entendemos el hoy como un don maravilloso de Dios para nosotros, Dios quiere hacer todo nuevo y quiere hacernos totalmente nuevos. Como profetas de nuestro tiempo somos llamados a alumbrar una esperanza inquebrantable para nuestro mundo. Dios nos hace partícipes de la fuerza de su amor que todo lo recrea.

Se nos pide sembrar signos de esperanza porque somos personas con esperanza. Nuestra esperanza es el Señor, porque es quien únicamente nos salva. Él es la tienda de Dios para el hombre, es médico divino, es anticipo del hombre nuevo. Nuestra esperanza de salvación es Jesucristo, que curó nuestras heridas más profundas, expulsó nuestros demonios y venció nuestras muertes. En él se anticipa nuestro futuro.

Nuestra esperanza se fundamenta en el gran amor de Dios, que no nos abandona, que nos capacita para conocerle y poseerle, capaces de Dios. Esperamos porque somos amados. Esperamos porque podemos amar. Esperamos porque el Reino de Dios ya está aquí, como dinamismo de superación y progreso. Esperamos porque Dios cuenta con nosotros y nosotros contamos con Dios. Por eso, a pesar de las derrotas y fracasos, esperamos. Siempre se pueden hacer las cosas mejor. Pero los signos de esperanza aparecen por doquier. Volvemos a empezar nuestro camino, porque confiamos también en el ser humano. Pero confiamos, sobre todo, en la fuerza que nos viene de Dios. Todo nos es generosamente dado.

Llamados por Dios a continuar su obra, a ser creadores con él. Nos llama a la renovación personal, a ser criaturas nuevas, renovadas, transformadas. Debemos llegar a conseguir la libertad plena, el dominio respetuoso, la armonía con todas las cosas. Debemos llegar a ser nosotros mismos, llegar a ser lo que estamos llamados a ser. Y lo que estamos llamados a ser es algo que da vértigo, estamos llamados a ser hijos de Dios.

Estamos llamados a recrear nuestro mundo hasta hacer «unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habite la justicia» (2 Pe 3, 13). Debemos hacer triunfar en todas partes el derecho y la verdad. Llamados a construir la casa universal, en la que todos los hombres se sientan hermanos. Para ello, estamos llamados a seguir derribando muros, construyendo puentes y aprendiendo día a día el lenguaje universal del amor, la entrega generosa sin medida, al estilo de Cristo.

Tenemos que estar siempre alerta a la contradicción que llevamos dentro de nosotros mismos; creados para grandes empresas, para embellecer la creación, para llevar alegría y paz, llamados a llevar vida, portadores de vida en cada una de nuestras acciones, con harta frecuencia no respondemos a estas expectativas.

Cuanto más sentimos nuestra limitación, nuestra debilidad; cuando nos parece que no queda salida, escuchamos la voz del profeta: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?». (Is 43, 18-19). Somos convocados a renovarnos y a renovar todas las cosas en Cristo. Se nos piden nuevas energías y nuevas ilusiones. ¿Vamos a retroceder ante el reto que nos lanza el Espíritu? ¿Qué excusas, pretextos, disculpas daremos a Dios para no realizar lo que él nos está demandando?

Siempre se puede y se debe esperar algo nuevo. Sólo necesitamos una cosa: fe, confianza en Dios. Saber y creer que él está en medio de nosotros, que nos acompaña, nos anima y empuja. No podemos continuar acumulando desengaños. Confiemos en nuestro Dios. Él quiere construirnos, edificarnos: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 127 1). Con él somos capaces de construir el mundo que Dios nuestro Padre sueña y que ha dejado en nuestras manos.

Siempre abiertos a la acción del Espíritu y a su acción renovadora. Si no confiamos en la fuerza renovadora del Espíritu, no seremos capaces de proclamar y vivir nada nuevo que nos transforme y transforme nuestro entorno. Seguiremos en nuestros esquemas y nuestros estilos de siempre. Lo nuevo no se impone, es algo que nace de dentro. Pueden cambiarse las formas a golpe de decreto, pero la vida nueva se engendra en el Espíritu.

Nuestras esperanzas tienen que remontarse por encima de esas cortas esperanzas que divisamos en nuestro entorno. No podemos contentarnos con vivir en paz, sin contratiempos, sin enfermedades, sin preocupaciones, sin que nadie nos lleve la contraria, o que todos me aprecien… Nuestra esperanza, funda sus raíces y se alimenta de dos grandes realidades: la debilidad humana y la fortaleza de Dios, la miseria humana y la misericordia divina, la capacidad humana para sufrir y la generosidad divina para redimir el sufrimiento, la sed del hombre y la capacidad de Dios para saciarla, el poder creador del hombre y la animación de Dios, la libertad del hombre y el respeto de Dios.

La esperanza cristiana se va enraizando con la paciencia, el sufrimiento, el tesón y la constancia, es un «esperar contra toda esperanza». Es tensión y vigilancia constante. No se doblega ante las dificultades porque se cimienta en Dios. Es una esperanza siempre abierta a las promesas más grandes y a los sueños más elevados. Sabe que la utopía tiene que hacerse realidad. Sueña con ella y en cada poro de su ser intenta hacerla realidad. Es una esperanza que no se contenta con las migajas que ofrece la vida de cada día. Quiere los derechos de la primogenitura. Lo que esperamos es la satisfacción de todos los más hondos anhelos y deseos de nuestro corazón. Es la esperanza más grande, porque se apoya en el Dios más grande, el Dios de las promesas y de la creación sin límites, el Dios de la utopía y del futuro, el Dios de Jesucristo.

Esperamos algo nuevo: un mundo con justicia y con amor para todo ser humano, que llegue hasta el último rincón de la tierra. Esta nueva época, nuevo milenio de nuestra salvación, nos demanda un compromiso nuevo y muy serio por la justicia y la solidaridad. Nos pide renunciar a viejos vestidos de egoísmo y comodidad. Nos pide estar más cerca de los depositarios de la utopía y la esperanza, los que fueron objeto de las bienaventuranzas de Jesús de Nazaret.

Parece que en nuestro tiempo hemos rebajado las utopías. Nos vemos mayores para creer en ellas. Nos parece falta de realismo y decimos que hay que pisar tierra. Es cierto, pero gracias a la utopía, sabemos hacia dónde dirigirnos. La utopía nos permite aspirar y soñar en grandes empresas misioneras. Sin ideales utópicos perdemos el sentido de la plenitud, del misterio de la perfección. ¿Quién no quiere soñar con la santidad? ¿Aspirar a una realidad mejor que la que nos rodea? ¿Cómo, sin esta dimensión utópica en nuestras vidas, podremos dedicar nuestras vidas al servicio evangelizador de los pobres? Porque sabemos que una vida marcada por el pesimismo y el desencanto, sin ilusión y sin ninguna esperanza, es una muerte anticipada.

Esta larga preparación de años para iniciar este nuevo milenio, la hemos hecho con las miras puestas en alumbrar algo nuevo y mejor que lo vivido en el siglo xx. Hemos experimentado y comprobado que dentro de nosotros hay fuerzas y energías capaces de alumbrar algo nuevo para una humanidad renovada, para una Iglesia y una Compañía abiertas, como se nos dice, a los nuevos retos que el Señor pone delante de nosotros. Si lo hace así es porque nos cree capaces de llevarlos a feliz término, para eso nos da su gracia. Como le sucedió a María, Dios también espera de nosotros una respuesta; siempre seremos libres para decir y hacer. ¿Qué queremos responder? Nuestra respuesta se estará diciendo en cada una de nuestras actuaciones. Ahí entra nuestra libertad y nuestras aspiraciones, anhelos y esperanzas. ¡Ojalá! no defraudemos las expectativas que el Señor ha depositado en nosotros.

Las realizaciones concretas a que nos impulsa los nuevos tiempos, el nuevo milenio, es a reavivar el espíritu vicenciano. Realidad clave y fundamental porque entra dentro del núcleo de nuestro propio ser, del ser de la Iglesia. La Constitución 13 nos dice: «Las virtudes evangélicas de humildad, sencillez y caridad son la vía por la que las Hija de la Caridad se dejan conducir por el Espíritu Santo». Reconocemos que el Espíritu Santo actúa en nosotros, nos revitaliza y anima para vivir en fidelidad creadora nuestro propio espíritu. Cuando se dice espíritu de Dios, Espíritu de la Iglesia, Espíritu del Padre y del Hijo, Espíritu de Cristo, espíritu cristiano y espíritu de la Compañía; se habla del único y mismo Espíritu que nos impulsa en esperanza renovadora a una fidelidad constante a nuestro ser vicenciano.

El Espíritu nos impulsa y nos guía a ser cada vez más don total a Cristo servidor de los pobres. Es el Espíritu el que inspira, alienta y sostiene nuestra donación; desde el amor nos impulsa a darnos sin medida al servicio de los verdaderamente pobres.

El Espíritu Santo impulsa, desde la diversidad de carismas y dones, a crear la comunidad de Jesús a semejanza de la comunión trinitaria que nos anima a vivir la tarea de construir el Reino con nuestro servicio a los pobres.

Vivir el espíritu vicenciano, me obliga a vivir, como nuestros Fundadores, en una actitud de plena docilidad al Espíritu, que reclama una fidelidad creadora. Además me obliga a salir de mis apatías y autosuficiencias, me impulsa a salir de mis instalaciones y falta de realidad; nos inquieta, nos azuza, nos despierta y nos alerta, denuncia nuestros pequeños ídolos, increencias e infidelidades.

El Espíritu Santo es el que nos envía a misión. Es el mismo Espíritu que ha ungido a Jesús y nos hace partícipes de la misión evangelizadora y servidora de los pobres. ¿Hacia dónde nos guía hoy el Espíritu? ¿Cómo abrir caminos de esperanza? Para llevar a feliz término la obra que el Espíritu nos ha encomendado, no hay duda que tenemos que empezar por donde comenzó san Vicente.

La conversión. Una verdadera conversión, un verdadero volverse hacia los pobres. Volver a Cristo con toda intensidad y con todo deseo de seguir las huellas de este Cristo que se vuelca en los pobres como realidad central de nuestra existencia. También hoy debemos empezar por el mundo de los pobres, en el contacto físico y cercano a ellos. Debemos ir mucho más allá de una atención burocratizada. Para nosotros, la dedicación a los pobres es el único camino que tiene acceso a Dios por Cristo, la relación lo más directa posible con el pobre concreto, es el primer paso que abre el camino propio hacia Dios.

Dejarnos guiar e iluminar por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo quiere iluminar nuestras mentes para que conozcamos con más profundidad las necesidades del mundo. Atención hacia las personas, su vida, las realidades socioculturales de los pueblos y atención al Espíritu Santo de Dios que actúa en el mundo. Acoger con valentía los nuevos caminos por donde nos lanza el Espíritu para vivir nuestro carisma, aunque para ello tengamos que romper amarras con situaciones anteriores, muy queridas, pero que ahora vemos con claridad que no son lo que los pobres nos demandan.

No podemos volver a caer en el respeto medroso a la historia pasada. De la experiencia espiritual de nuestros fundadores debemos extraer los elementos que nos lancen a vivir una auténtica experiencia vicenciana, saber aplicar el espíritu vicenciano a estas circunstancias históricas cambiantes y a las cambiantes formas de pobreza, siempre bajo la inspiración del Espíritu.

Nos encontramos en una encrucijada histórica en la que el mundo está en continuo cambio, las personas son diferentes a las del tiempo de san Vicente, la Iglesia tampoco es como la del tiempo de san Vicente y lo más importante, los pobres de hoy no son como en tiempos del santo,

Abiertos a la experiencia de Dios. Nuestra vocación debe estar alimentada por una profunda vida interior. Una espiritualidad que nos anime a vivir nuestra consagración de servicio. La eucaristía de cada día, nuestra oración, nuestra unión con Dios debe alimentar el espíritu vicenciano que nos lance a cumplir la misión. Llamados a renovarnos en nuestro encuentro con Dios en la oración de cada día. Oración que despierte el deseo de Dios, que nos haga reconocer la presencia de Dios en nuestras vidas. Oración sencilla, unidos a la Iglesia, que se apoye en la tradición vicenciana; debe ser flexible, adaptada a las diversas circunstancias.

Nuestra renovación y actualización pasa por una oración auténtica, oración personal, comunitaria y litúrgica. Oración que sea verdadero diálogo con Dios. ¿Estamos necesitando una oración más creativa, más festiva, más expresiva y significativa? Se puede afirmar que somos fieles a los tiempos de oración, pero, ¿es experiencia de Dios? ¿Diálogo con Dios? ¿En la oración, confronto mi vida y la misión con lo que Dios está esperando de mí? ¿Nuestra oración necesita una renovación ante los desafíos del tercer milenio? ¿Necesitamos una oración personal más viva y auténtica que nos lance cada mañana a vivir la misión con renovadas energías?

Invitados a vivir la Comunidad. Sabemos encontrar cauces adecuados para dar respuestas acertadas a las nuevas necesidades que nos plantea nuestra sociedad en el mundo de los pobres. Caminos nuevos y renovados, respuestas creativas en el servicio a los pobres. Nos resulta difícil encontrar caminos significativos para la renovación de la vida comunitaria. Abrirnos a la esperanza nos obliga a reavivar la vida comunitaria. Debemos examinar nuestra realidad comunitaria y revitalizar la comunicación, hacer que haya una verdadera y auténtica comunicación de la experiencia de fe, unos «Proyectos Comunitarios» expresión de la realidad de la comunidad, que ayuden a potenciarla y a crear un clima de cálida acogida a cada una de las personas que forman la comunidad. Potenciar un diálogo profundo y serio sobre nuestra vida y misión. Nos cuesta manifestarnos y más si es comunicar la experiencia personal de Dios y nuestra vida de fe.

De nuestra propia vivencia comunitaria dependerá en buena medida la renovación de nuestras vidas. Es nuestra tarea pendiente al comenzar este nuevo milenio. La comunidad me exige tiempo y esfuerzo. Hoy día es uno de nuestros principales desafíos: la refundación de la comunidad. Crear unas comunidades nuevas, significativas, atractivas. Comunidades más participativas, que se sienta como tarea común, cada una desde su puesto, pero siempre con la necesidad de contribuir, desde la situación personal de cada una, a la misión de todas. ¿Seremos capaces?

El espíritu misionero. Esencial a nuestra fe y a nuestro carisma. Nuestra vocación, nos decía san Vicente, consiste en ir por toda la tierra para hacer que todos amen a Dios. El espíritu misionero nos rejuvenece, nos da lozanía y nos atrae. Tenemos un ejemplo bien reciente: Libia. Este espíritu misionero, debe ser un aire fresco que invada nuestras comunidades, toda la Provincia, todas nuestras actividades. Aquí, aunque no lo creamos, tienen un gran campo las hermanas mayores que, desde la oración y la aceptación de su vida actual, son esenciales en esta tarea común de la Iglesia y la Compañía. Sólo así amanecerá una nueva primavera en este tercer milenio para la Provincia y la Compañía.

Nuestra herencia son los pobres. Nuestra vocación es servir a Cristo en los pobres, porque la caridad de Cristo nos apremia a acudir al servicio de todas las miserias. Porque este es nuestro fin: «el servicio a Cristo en los Pobres» (C. 8b). «Dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos, y que ese reino es para los pobres» (XI 387). Servirles corporal y espiritualmente como estamos oyendo continuamente. Este es nuestro carisma. San Vicente captó con toda perfección esta doble dimensión de la tarea de Jesús: anunciar el reino y curar toda dolencia: La tarea misionera y el reino de la caridad. ¿Son, en la actualidad, los pobres nuestra herencia? ¿Son los pobres nuestros hermanos a los que acompañamos en su pobreza? ¿Vivimos con los pobres? ¿Evangelizamos a los pobres? ¿Cuidamos de los pobres?

Avivar el espíritu vicenciano, abrirnos a la esperanza de cara a este tercer milenio, pasa por revisar nuestros trabajos para ver si estamos con los pobres, sirviéndoles. El estudio, diálogo y oración de las Constituciones que estamos haciendo este año, es imprescindible para tener claridad meridiana en este punto. A ninguno de nosotros nos cabe duda que nuestra renovación personal, comunitaria, lo mismo que a nivel Provincial y de la Compañía, pasa por abandonar toda tarea que no sea servicio a los pobres, y volvernos con claridad, como se nos pide, a servir a nuestros hermanos los pobres en las actuales pobrezas en que se encuentran.

Continuadores de la obra de Jesús, como nos decía san Vicente, somos ungidos por el Espíritu para ser enviados a dar la Buena Noticia a los pobres, anunciarles la liberación y un tiempo de gracia y libertad… En este tercer milenio, tenemos que seguir anunciando buenas noticias a todos los que sufren, luchan a favor de la libertad, combatir los poderes del mal, hacer posible para todos, días y años de gracia, de bendición, abrir caminos de esperanza.

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