Después de buscar y rebuscar por tierra, mar y aire, al fin he encontrado el tesoro anhelado. Un tesoro en forma de cuatro libros que llevan el mismo título: «Un periodista en el Concilio», del querido y mil veces recordado José Luis Martín Descalzo. Un tesoro que, hace muchísimo tiempo, está agotado en librerías y demás tiendas del ramo bibliográfico. E, inmediatamente, me he aplicado a su lectura. Es más, estoy devorando los cuatro volúmenes (correspondientes a las cuatro etapas del Concilio) como un alimento imprescindible, fundamental y riquísimo en proteínas históricas, eclesiales y teológicas. Y todo ello, como homenaje, memoria y actualización de aquel inmenso acontecimiento mundial que este año cumple su cincuentenario. Aquel 11 de octubre de 1962, el buen Pastor Juan XXIII inauguró el Concilio Vaticano II y, como subraya José Luis Martín Descalzo en su primer volumen, «en medio del otoño, para la Iglesia nació una nueva e inesperada primavera. El hermoso cielo romano que ha recogido por vez primera bajo su cúpula a 2500 obispos de todo el mundo, son testigos: la primavera ha venido».Hace algunos meses, hablando con un sacerdote muchísimo más joven que yo, le mencioné el tema del Concilio Vaticano II y la necesidad de luchar para que siga vivo, para que no lo entierren ciertas fuerzas reaccionarias, para que siga siendo el foco iluminador de la Iglesia en general y de cada cristiano en particular. Me llevé una tremenda decepción: a mi interlocutor eso del Concilio Vaticano II le sonaba a la guerra de las Termópilas, es decir, apenas le sonaba y, lo que es peor, no le interesaba demasiado. Es más, me llegó a decir que «todo ese rollo del Concilio Vaticano II sonaba a batallitas del abuelo cebolleta, que hoy vivimos en otro mundo y que pasásemos a otro tema más interesante».Estamos celebrando los cincuenta años del Concilio Vaticano II. Y vistas las cosas con la distancia de cincuenta años, se puede afirmar -y en esto existe un amplio consenso, tanto dentro como fuera de la Iglesiaque el Vaticano II constituye el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX y uno de los fenómenos más significativos de la historia reciente mundial. El «cuarto de hora de locura de Juan XXIII, como calificaba un monseñor romano la decisión del Papa Roncalli de convocar una asamblea de obispos de todo el mundo, se convirtió en un verdadero huracán del Espíritu, capaz de derribar los muros de incomunicación de la Iglesia con el mundo moderno.Hay que reconocer que ya se ha esfumado el entusiasmo que caracterizó la espera y la celebración del Concilio Vaticano II. También hay que lamentar que, prácticamente, ha desaparecido la casi totalidad de los que protagonizaron este magno acontecimiento (cardenales, obispos, teólogos, observadores…). Incluso se ha ido disipando melancólicamente como el humo la bélica llamarada del rechazo lefebvriano. Y, ciertamente, es evidente el profundo cambio que se ha producido en el contexto histórico, debido en gran medida a la misma celebración conciliar y a los grandes procesos que ella puso en marcha.
Sin embargo, a cincuenta años de distancia, el Vaticano II se presenta como un acontecimiento que ha posibilitado que la esperanza y el optimismo del evangelio vuelvan a ser actuales. Marcó, a través de sus textos y del espíritu renovador que en ellos latía, el final de una larguísima etapa de oscura cristiandad y sembró el terreno para que la comunidad de los creyentes pudiera inculturarse en una sociedad nueva. El Concilio Vaticano II hizo un inequívoco y explicito reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales, afirmó abiertamente los derechos y libertades de las personas y de los pueblos, defendió la libertad religiosa como derecho fundamental e inalienable de la persona…
La intención de Juan XXIII, de Pablo VI y de la inmensa mayoría de los Padres Conciliares fue muy clara desde el principio y a lo largo de las cuatro sesiones del Concilio: no condenar sino dialogar, no definir nuevos dogmas sino presentar el mensaje cristiano de forma actualizada a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Todavía resuena una brevísima frase acuñada en aquellos días y que, de alguna manera, se hizo santo y seña del Concilio Vaticano II: «Del anatema al diálogo».
Se ha resaltado, con toda razón, el avance que impulsó el Concilio Vaticano II en el terreno de la reflexión eclesiológica. Una reflexión que había quedado estancada durante los largos años que siguieron al Concilio Vaticano I. Hubo que esperar a los años que siguieron a la segunda guerra mundial para que la reflexión eclesiológica diera los primeros pasos hacia una nueva concepción de la Iglesia más en sintonía con la Sagrada Escritura, los Santos Padres y los nuevos signos de los tiempos. Y fue el Concilio Vaticano II el que recogió y articuló las aportaciones eclesiológicas de los mejores teólogos del momento, dándoles un sello magisterial.Y, cómo no, se ha subrayado muchísimo la Constitución «Gaudium et Spes» (sobre la Iglesia en el mundo actual), el debatido, famoso y novedoso «Esquema XIII». Incluso, para muchísima gente, este documento ha quedado como el más representativo del Concilio Vaticano II. Porque, con la «Gaudium et Spes», el Concilio quiere anunciar a todos (cristianos y no cristianos) cómo hay que entender la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual. Y la gran novedad consiste en la actitud de valoración positiva y de diálogo cordial y sincero ante lo bueno del mundo actual.
Entre las críticas al Concilio Vaticano II hay una muy especial: se ha dicho que el Concilio se movió en una perspectiva europea o, para ser más exactos, centroeuropea, con olvido de la realidad del Tercer Mundo; que su mensaje iba dirigido preferentemente a las iglesias de los países desarrollados, dejando al margen a las comunidades eclesiales de los pueblos subdesarrollados; que su interlocutor fue el hombre ilustrado de la sociedad científico-técnica, con descuido de las mayorías marginadas e iletradas. Sin embargo, es justo y obligado reconocer que han sido las iglesias del Tercer Mundo las que, en estos cincuenta años de postconcilio, han puesto en práctica el espíritu renovador del Concilio con más decisión y coherencia. Ellas son las que han llevado a cabo una profundización mayor y una traducción más adelantada de las orientaciones conciliares en sintonía con los problemas propios de ese mundo. Ellas son las que se han mostrado más solidarias «con los gozos y las esperanzas, con las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (Gaudium et Spes, 1).
También, a veces, se ha querido minimizar la importancia del Concilio Vaticano II diciendo que ha sido un Concilio simplemente «pastoral», como si lo pastoral fuera algo menor o marginal. Como explica el teólogo catalán Josep Mª Rovira i Belloso, «pastoral» quiere decir que no intenta definir «verdades», pero trata, en cambio, de algo previo y sin duda condicionante: trata de replantearse la situación de la Iglesia en el tiempo y en el espacio, en la historia y en la sociedad; «pastoral» quiere decir, pues, reforma, revisión. En definitiva, el Concilio Vaticano II, con su acento «pastoral», trató de resituar el modo de presencia activa de la Iglesia entre los hombres y entre las sociedades surgidas de la modernidad. Evidentemente, no fue intención del Concilio dar a luz una nueva «suma» doctrinal (según el Papa Juan XXIII, «¡para esto no se precisaba un Concilio!») ni dar respuesta a todos los problemas. La carga de renovación, el afán de búsqueda, la disponibilidad a la confrontación con el Evangelio, la atención fraternal a todas las personas, que caracterizaron al Vaticano II, no son aspectos superficiales o episódicos. Al contrario, se trata en esos casos del espíritu mismo de este inmenso acontecimiento que fue el Concilio Vaticano II.
Mucho se ha escrito sobre la «recepción del Concilio», es decir, sobre cómo fue y todavía es recibido el Concilio Vaticano II por parte de los cristianos. Y hay que decir que la gran mayoría de los fieles comprendieron y comprenden que el Concilio respondía a una extrema urgencia y le dieron y le siguen dando un apoyo sincero e incondicional. Están también los que mantienen la terca y contumaz nostalgia de un pasado feliz e irrevocablemente superado. Y no falta el grupo de los que sueñan con un Vaticano III, sin haber leído el Vaticano II y, sobre todo, sin haber asimilado sus riquezas. No faltan tampoco los que se esfuerzan en reducir la importancia del Concilio hasta la insignificancia mediante discursos más sutiles, pero no menos insidiosos; en resumen, este grupo difunde las siguientes ideas: «No exageremos la importancia del Vaticano II. Después de todo, entre los 16 documentos conciliares, tres no son más que declaraciones; los nueve decretos no hacen más que recoger y detallar los capítulos de la Lumen Gentium; la Gaudium et Spes es sólo una constitución pastoral; la constitución sobre la liturgia se refiere sobre todo a reformas disciplinares y prácticas; la Dei Verbum es el hueso a roer que se ha dejado a los exegetas para tranquilizarlos; el núcleo duro del concilio es la Lumen Gentium, que, por otra parte, no hace más que recoger la enseñanza tradicional de la Iglesia». Pero, como decía hace un tiempo un teólogo como René Latourelle, «podemos perfectamente afirmar que las resistencias humanas no conseguirán anular un Concilio tan visiblemente sostenido por la fuerza del Espíritu».
Cuando se habla de «actualizar» el Concilio Vaticano II, casi siempre se está apuntando a una pregunta fundamental: ¿Qué grandes ejes del Concilio pueden seguir siendo brújula, faro, guía para los cristianos de este siglo XXI? Y la respuesta nos la da uno de los más grandes expertos en los temas conciliares, el teólogo e historiador de la Iglesia José Oscar Beozzo, brasileño: la Iglesia, como Pueblo de Dios, el reto del ecumenismo, la Palabra de Dios en el centro de la vida de la Iglesia, una liturgia inculturada en los diversos y distintos pueblos, y, sobre todo, la opción preferencial por los pobres y con los pobres. Aunque, como también se ha dicho insistentemente, todo el Concilio Vaticano II sigue siendo el «libro de ruta» para la Iglesia caminante y peregrina de hoy.
No quisiera dejarme en el limbo algo muy vital que el Concilio Vaticano II aportó a los seguidores y seguidoras de Vicente de Paúl. Me refiero al grito conciliar en favor de la «Iglesia de los pobres». Esta expresión -«Iglesia de los pobres»fue lanzada por Juan XXIII un mes antes de la inauguración del Concilio cuando dijo: «La Iglesia se presenta tal como es y desea ser: la Iglesia de todos y, particularmente, la Iglesia de los pobres». En el discurso de clausura del Concilio, el 7 de diciembre de 1965, Pablo VI pronunció una frase paradigmática: «La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio». Y dentro del aula conciliar, hacia el final de la primera etapa, el cardenal Lercaro acuñó otra frase para la historia: «El tema central de este Concilio es la Iglesia de los pobres». Por eso, cuando se limita el espíritu del Concilio a la colegialidad episcopal o al diálogo comunitario en el interior de la Iglesia, no se refleja exactamente todo el dinamismo que el mismo Juan XXIII quiso imprimir al Concilio Vaticano II. Se está olvidando, no sé si consciente o inconscientemente, el gran empuje que el Concilio dio a la «espiritualidad samaritana». Es cierto que esta expresión de «Iglesia de los pobres» no ha sido recogida en los documentos conciliares, pero en ellos hallamos múltiples referencias a la imitación de Cristo pobre venido a evangelizar a los pobres y a la solidaridad especial con todos los pobres, marginados, explotados y necesitados.
Quiero creer que, después de cincuenta años, el Concilio Vaticano II sigue vivo. Me resisto a pensar que tanta esperanza como generó el Concilio se haya difuminado. Y doy gracias al Espíritu del Señor porque Él fue el verdadero protagonista, el auténtico agente de aquel inmenso e impagable regalo para la Iglesia y para la humanidad entera.
EL DISCURSO DE INAUGURACIÓN DEL CONCILIO VATICANO II, VISTO POR «UN PERIODISTA EN EL CONCILIO»
Esta mañana he querido dedicar mi meditación a una lenta lectura del discurso que ayer pronunció Juan XXIII. Y estoy aún impresionado. Ayer, un periódico vespertino, le llamaba con justicia un discurso pro corona, un discurso que marca toda una línea, programático. Me imagino que ayer los millones de tele-espectadores quedarían impresionados por las luces, por las mitras, por la grandiosidad de la ceremonia. Pero lo verdaderamente histórico de este día, lo que quedará, será este discurso.
Anoche lo comentábamos con un monje de la abadía de Chevetogne y nos decía que el discurso era tanto más importante cuanto que el Papa no había querido tener en la preparación del Concilio el menor «dirigismo». Había dejado a las comisiones trabajar libremente, sin entrar para nada en sus trabajos. Y he aquí que de golpe tomaba el timón en las manos y decía: «Por aquí hay que ir».
Y esto era aún más significativo en un Juan XXIII que nunca fue amigo de los grandes discursos. El Papa Roncalli ama charlar con sus oyentes, conversar, dejarse llevar por la palabra, acariciando viejos recuerdos, sacando del arca de su tierna experiencia.
Pero hoy, de pronto, las cosas cambian: su discurso no se limita a unas paternales palabras de circunstancias; es todo él una sólida estructura que sabe a dónde va, plenamente consciente. ¿Se dará cuenta el mundo de que estamos ante un discurso realmente, simplemente histórico? En él está ya todo el programa de lo que el Concilio va a ser y el camino que la Iglesia va a tomar. El sólo bastaría para trazar largos cursos de historia eclesiástica contemporánea.
Ante todo el Papa afronta directamente la más ardua pregunta que hoy hay que responder: ¿Cómo es el siglo en que nos encontramos? ¿Ha de contemplarlo el cristiano con miedo, como si todo estuviera a punto de derrumbarse sobre nosotros, o ha de mirarlo con confianza, sabiendo que mil hermosas raíces están naciendo en él? Porque hay muchos cristianos que siguen manteniendo una postura muerta de rotura con nuestro siglo, que creen que la Iglesia ha de seguir luchando contra él, contra su cultura, contra toda su alma. Porque -piensan en los tiempos modernos no hay más que prevaricación y ruinas. ¿Es justa esta postura? El Papa ha respondido sin el menor temor: no, no es justa. No podemos estar de acuerdo con estos profetas de desventura. No es cierto que nuestra hora haya empeorado en comparación con las pasadas. En el presente orden de cosas, en el cual comienza a dibujarse un nuevo orden de relaciones humanas, es preciso reconocer los designios de la buena Providencia que, a través de los acontecimientos y de las obras de los hombres, muchas veces incluso sin que ellos se den cuenta, se van realizando, haciendo que todo, incluso las fragilidades humanas, redunden en bien de la Iglesia.
El Papa ha dicho, pues, un solemne «Sí» al mundo moderno. El cristiano no tiene que presentarse ante él en postura defensiva, alarmada. También en nuestro siglo vive Dios, también en él vive su obra, también en él sigue latiendo la «buena Providencia».
Pero el Papa estima que este pensamiento es clave en la marcha del Concilio y vuelve sobre él para que quede bien claro: Es necesario, ante todo, que la Iglesia no se separe del patrimonio sagrado de la verdad recibida de los Padres. Pero al mismo tiempo tiene que mirar al presente, considerando las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo moderno, que han abierto nuevas rutas al apostolado católico.
Aún hay que aclararlo más. Y el Papa vuelve sobre sus ideas: La Iglesia de hoy quiere transmitir la doctrina pura e íntegra sin atenuaciones, pero nuestro deber no es sólo custodiar ese tesoro precioso, como si únicamente nos ocupásemos de la antigüedad, sino también es deber nuestro dedicarnos con voluntad diligente, sin temores, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que la Iglesia recorre desde hace veinte siglos.
¿Puede darse un mayor acto de fe en nuestro mundo, en el presente, que esta concepción de la Iglesia como caminante, algo inevitablemente actual? Desde estas posiciones el Papa quiere que el Concilio sea un salto hacia adelante, una fidelidad a la doctrina, sí, pero estudiando ésta y poniéndola en conformidad con los métodos de la investigación y con la expresión literaria que exigen los métodos actuales. Porque una cosa es la sustancia del «depositum fidei», de las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta, con paciencia, si fuese necesario, ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio prevalentemente pastoral.
¿Podía encontrar el Concilio un más claro y neto planteamiento? «Revisión desde la fidelidad», «adaptación desde la tradición», estos podían ser sus «slogans» y todo a la luz de esta palabra: «pastoral». No se trata tanto de erigir soberanas estructuras intelectuales, sino de servir, de «llegar», de ponerse al alcance del hombre.
Pero además de estas tres notas (fidelidad, modernidad, pastoralidad) aún ha de tener otras dos este Concilio: misericordia y tendencia a la unidad.
Con la misericordia se diseña un nuevo espíritu: el de un Concilio que «no quiere» condenar. En nuestro tiempo la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos. Un Concilio, pues, sin anatemas, sin luchas, sin posturas baratamente apologéticas. Un nuevo espíritu se abre: el que cree más en la virtud de la verdad en si misma, que en los frutos de la dialéctica polémica. Desde esta fe en sí misma -y no por una debilidad interiorla Iglesia católica quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad.
¿Cómo no subrayar lo importante de esta toma de postura que viene a cortar de raíz las esperanzas de cuantos soñaban este Concilio como la gran ocasión de aplastar a quienes no pensaban como ellos, de quienes hablaban de «cruzadas antital o anticual»?
Después de dicho todo esto el Papa tiene motivos para el optimismo. En verdad que ahora es sólo la aurora y el primer anuncio del día que surge. Un buen día va a ser. El Papa ha dado el golpe de timón hacia los nuevos mares: hacia un catolicismo hecho de fidelidad, de fe en este siglo, de apertura pastoral hacia todos los hombres, de misericordia hacia los que yerran, de brazos abiertos hacia los alejados. Un espíritu nuevo, en verdad, un clima respirable, un aire nuevo para quienes no han cometido otro delito que el de nacer en el siglo en que han nacido.
JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO
«Un periodista en el Concilio. Primera etapa»,
PPC, Madrid 1963, páginas 64-68







