6º Domingo de Pascua (Rosalino Dizon Reyes)

Ross Reyes DizonHomilías y reflexiones, Año ALeave a Comment

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Espíritu de signos, vida y verdad

A petición de Jesús, Dios da el Espíritu Santo a los que aman a Jesús.

En primer lugar, ese Espíritu permanece en cuantos se acreditan amantes de Jesús por guardar sus mandamientos.  Como presencia del Subido al cielo y constituido Dador de dones, el Espíritu capacita a los creyentes para mayores obras.

Sí, los revestidos del Espíritu hacen signos que provocan admiración.  Maravilladas por los signos que ven, las gentes aceptan la palabra de Dios.  Luego, reciben ellas el Espíritu, mediante la imposición de las manos en oración, haciéndose, a su vez, testigos de Jesús.

El Espíritu Santo, en segundo lugar, devuelve la vida a los muertos al pecado.  Lo reciben ellos para que resuciten con el que murió por los pecados.

En tercer lugar, el Espíritu es el defensor que guía a los discípulos hasta la verdad plena.  Él les enseña a dar razón de su esperanza a los de buena voluntad.  Igualmente, instruye él a los perseguidos a causa de su fe.  Confortándoles él, no se preocupan de antemano por lo que van a decir o hacer.

De verdad, así es el Espíritu, y así son los revestidos de él, lo cual plantea unas preguntas.

¿Manifiestan nuestras palabras y obras el Espíritu Santo?  ¿Señalamos a Jesús, fijándonos en él, inhalando y exhalando su aliento?

Así era san Vicente de Paúl.  Su cristocentrismo se nota en su consejos.  Recordó al Padre Portail:  «Vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo …» (SV.ES I:320).  Al Padre Durand le dijo:  «Debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo» (SV.ES XI:236).  Sobre todo, es patente su fe firme y admirable.  Hablaba con Dios, con Jesús, continuamente.  Aun conversando con otras personas, iba insertando:  «¡Oh, Dios mío!»; «¡Oh, Salvador!»; «¡Bendito sea Dios!».  Esto lo hacía sin artificio; solo expresaba la espontaneidad de un corazón lleno de amor y fe (véase Delarue).  Con la luz de la fe, además, veía san Vicente a Cristo en los pobres.

¿Ambientamos así la escena de modo que resulte muy abarcadora y penetrante?  ¿Acaso somos como Felipe?  Él no se dejó llevar por los viejos prejuicios por los que se apartaban los judíos y los samaritanos unos de otros.  Tampoco lo detuvo el cómodo criterio del «siempre se ha hecho así» (EG 33).

Y, ¿será que, por concentrarnos en la doctrina ortodoxa y la práctica religiosa rigurosa, no reconozcamos las ocasiones de la visita divina?

¿Inventivos somos los partícipes de la Cena del Señor, comulgando con su amor infinitamente inventivo? (véase SV.ES XI:65).

21 Mayo 2017
6º Domingo de Pascua (A)
Hech 8, 5-8. 14-17; 1 Pt 3, 15-18; Jn 14, 15-21

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