6º Domingo de T.O. (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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Vencer la marginación con amor

A nadie le gusta ser marginado por los amigos, por la gente del barrio, por los compañeros de trabajo, por las autoridades civiles o religiosas, por la sociedad en general; nos crea una sensación de cólera y rabia. Pero, ¿cuántas veces hemos caído en la terrible desgracia de marginar a otro u otra? Esto es un fenómeno tan cuestionante que no terminamos de sorprendernos cómo hemos hecho de esto una práctica tan frecuente.

Hemos sido creados seres humanos únicos e irrepetibles, diferentes y con “marca de autenticidad”; y pareciera que no estamos conformes con ello. Pero aún, hemos llegado a una marginación tal que no hemos mostrado reparo alguno en justificarlo con criterios religiosos y eso lo vemos y constatamos hoy en el mundo entero. Los textos bíblicos son el reflejo de esta búsqueda a tropezones sobre nuestra concepción de Dios y por ello, tenemos un referente en ellos para que lo contrastemos y hagamos también “sagrada” nuestra propia experiencia de fe pero entendiendo bien cuál es el sentido al que nos lleva el confesar nuestra fe en Jesucristo el Hijo de Dios y, con ello, nuestra condición de hermanos entre los hombres y mujeres.

El evangelista Marcos inició la proclamación de la “Buena Nueva” por parte de Jesús y a continuación, subrayó justamente que este primer anuncio tenía un signo evidente: la autoridad de Jesús (Mc 1,22). Y si hemos entendido, que tal autoridad era justamente la capacidad que brinda Jesús para que todo ser humano se realice plenamente, pues una de las grandes esclavitudes que aqueja al hombre ayer, hoy y siempre es la enfermedad y con ello la marginación social, convirtiéndose en una realidad a la que tiene que enfrentarse esta autoridad.

Miren en este tema a dónde hemos llegado. Con tantos avances científicos, con tantas especializaciones médicas, con mayores posibilidades de tratamientos; sigue habiendo más enfermedades y enfermos y, peor aún, siga dándose tanta soledad en el corazón del que sufre; tanto más por el dolor de la misma enfermedad como por la marginación que se vive en esa realidad. Es cierto que la pureza de fe se hallaba fundamentada en la concepción religiosa del pueblo de Israel bajo el influjo de prevenirse de toda maldad y de todo condicionamiento por mantenerse en fidelidad a la alianza a Dios; pero esto se había manifestado en normativas cúlticas y legales que hacían más daño que bien (Lev 11-16). No cabe duda, que la exigencia de la vida cristiana tiene que romper esquemas, no porque no nos gusten las normas o leyes (terrible criterio), sino porque se ha llegado a comprender que desde la sola ley del amor se puede lograr limpiar y purificar más y mejor que la coerción y el abandono. Esto, quizá no se encontraba aún en aquel tiempo y estaba expresada en tales normas; pero resulta más contradictorio que aún se siga pensando eso en la actualidad.

Si Jesús va más allá de las normas de pureza es porque entiende que el amor vence la impureza (Mc 1,41: “compadecido, extendió su mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda limpio”) y lo hace capaz de insertar en esta auténtica vivencia de fe a quien se siente solo y marginado hasta por su propia manera de creer en Dios. Por ello, Jesús insiste en que tenga que cumplir lo estipulado en la ley del Levítico (Mc 1,44), convirtiéndose lo sucedido en un signo de la gracia de Dios que trae algo nuevo a la humanidad en la persona de Jesús.

Pero incluso en esta emoción de verse renovado como persona, el evangelista sigue insistiendo en el peligro de confundir la persona de Jesús con uno más que viene solo a impresionar o a sorprender con falsas esperanzas terrenales (¿basta solamente con recuperar la salud?). No es suficiente abrir los brazos a los que se sienten marginados; es preciso darles a conocer quien hace posible eso y para ello debemos seguir caminando detrás de Jesús y confirmar cada día que es nuestro Maestro, para poder luego hablar con convicción.

Fíjense en el testimonio de Pablo frente a un hecho que venía aconteciendo en la comunidad de Corinto, aunque parece que podría haberse dado en muchas de las comunidades conversas del mundo pagano (1 Cor 8-10). ¿Se puede comer carne sacrificada a los ídolos? ¿Qué hacer si esa carne está en venta en el mercado? ¿Y que pasa si se les invita a banquetes donde hay peligro de caer en la idolatría pagana? Pablo reconoce y sabe que lo que importa realmente es la intención del corazón y cree que no debería haber problema en comer sin caer en idolatría, pero Pablo también entiende que en la naciente comunidad si el Señor les había enseñado a ir siempre más allá de las leyes; podían comprender cada situación desde el marco de la fe y la caridad. Por ello, Pablo apela a la prudencia y al saber que no podemos herir la susceptibilidad de los hermanos suscitándoles el escándalo, es mejor evitar tales provocaciones o situaciones. Pablo comparte su experiencia y recomienda hacerlo no por él sino por lo que aprendió de Jesús.

Con todo, realmente hay cosas por las cuales si valdría la pena gritar: “¡Impuro, impuro!” …¡cuando estamos haciendo las cosas mal! Pero, cuidado, no seamos tontos; no desaprovechemos oportunidades. Con esas mismas ganas de gritar, habría que inmediatamente salir a buscar a quien nunca nos dejará de tocar para ser purificados (actitud de Jesús muy citada en el evangelio de Marcos), así tengamos la peor de las impurezas y así comprender que estando lejos de él y de la comunidad no somos plenamente personas.

Por ello, la enfermedad, realidad tan propia del ser humano, se convierte en el espacio de mayor vulnerabilidad de nuestra fe y de nuestra vida. Finalmente, es tan importante creer que la enfermedad no puede convertirse en una muralla que nos aparte de Dios y de los hermanos ni tampoco debemos propiciarlo quienes nos encontramos sanos. No renunciemos a confiar que Jesús está también en esos momentos con nosotros.

Canta con el salmista: “Había pecado lo reconocí, no te encubrí mi delito, propuse confesaré al Señor mi culpa y tú perdonaste mi culpa y mi pecado”. No seamos piedra de tropiezo para la comunidad y entendamos por fin de una vez en que consiste la pureza que no es cárcel sino liberación.

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