«El bien no hace ruido, el ruido no hace bien» (SVdeP)
El pasaje del Libro del Levítico es un extracto de las leyes de pureza; y más especialmente de las que conciernen al tratamiento de la lepra. Se llamaba lepra a la mayor parte de las enfermedades de la piel. Estas concepciones testimonian una mentalidad muy primitiva, incluso supersticiosa, acomodada a las ideas que los sacerdotes posteriores al exilio tenían de la pureza. Será necesario que el temor a la impureza haya aflorado después del exilio, para que se vayan a buscar en el fondo supersticioso de oriente las prescripciones que, incluso en la legislación anterior, no se había creído necesario recordar. Desde el punto de vista religioso, la llamada lepra excluía a la persona enferma de cualquier posibilidad de participación en la vida de la comunidad. Un leproso era un muerto en vida.
Una de las ideas fundamentales de San Pablo es la unidad de cada uno con Cristo realizada por la Eucaristía. La sangre de la Alianza, es decir, la vida común entre Dios y el ser humano.
Por tanto, el pan y el vino son comunión con Dios; y, esta palabra “comunión”, entendida en este sentido, sustituye a la palabra “Alianza” del Antiguo Testamento, y se opone a la pretendida unión que el pagano cree poder realizar con las pseudo-divinidades mediante los sacrificios idolátricos. Y esa unidad de cada uno con Jesús realiza la comunión propia y de todos. Esa comunión no es, ni mucho menos, una simple yuxtaposición de individualidades; es, por el contrario, orgánica: constituye un “cuerpo”, que es la Iglesia en virtud de la bendición pronunciada sobre el Pan y el Vino de la Nueva Alianza.
La misión de Jesús en el Evangelio de Marcos se caracteriza por su eficacia y discreción. La eficacia se percibe en la ampliación progresiva tanto del campo de acción como de las actividades. Jesús, al igual que el Bautista, comienza como un predicador de la conversión, luego amplía con la enseñanza en las Sinagogas y junto al mar, y alcanza mayor reconocimiento por las curaciones que se hacen en la entrada de la ciudad. La acción comienza en la ciudad de Cafarnaúm, pero rápidamente alcanza toda la región de Galilea y sus alrededores en los que la mayor parte de la población es pagana. Al mismo tiempo, Jesús evita cualquier publicidad excesiva o cualquier mala interpretación del significado de su acción. De este modo se conjuga la eficacia con la discreción.
Dios actúa en Jesús desde abajo, desde los más excluidos y marginados, es decir, desde los más necesitados de salvación, como los leprosos, y esta acción ocurre con la mayor humildad y casi en el anonimato. El bien que Jesús busca no requiere publicidad.
El Evangelio, nos presenta una situación insólita: el enfermo se acerca a Jesús para que lo purifique. Lo normal era que el leproso anunciara su presencia con una campana de modo que los sanos pudieran salir corriendo. Más aún, el leproso desafía a Jesús con sus palabras.
Cualquier otro predicador o maestro hubiera salido huyendo, pero Jesús, llega hasta a tocar al enfermo para sanarlo. Jesús, rompe los esquemas sociales y religiosos para recuperar la vida de esta persona, aunque, como ocurre al final del relato, se vea obligado a permanecer en las afueras de la ciudad. Quien tocaba a un leproso quedaba impuro y debía pasar un tiempo en cuarentena o purificación fuera de cualquier centro poblado. Pablo nos invita a hacer del modo de vida de Jesús nuestro propio modo de vida, como ya él lo ha hecho. Jesús, no es sólo objeto de nuestra devoción; también debe ser el modelo de nuestra propia vida. Podemos participar de la misión de Jesús al reconocer que su preocupación por los excluidos, debe ser nuestra propia preocupación.
Imploremos al Señor nuestra propia sanación: el miedo a obrar con caridad y justicia, el odio, el rencor, la violencia, como algunas lepras que hoy nos alejan de Dios.
«Si se pregunta a Nuestro Señor qué habéis venido a hacer en la tierra? A ayudar a los pobres… a otra cosa? ¡A ayudar a los pobres!» (SVdeP)







