Al verlo, se indignó
Jesús se encuentra, por primera vez en el relato evangélico de San Marcos, con un leproso. Hay que recordar lo que significaba la lepra para los judíos contemporáneos de Jesús. Esta no era una enfermedad más. Estaba sometida a rigurosas restricciones legales (lectura 1ª). El leproso se veía obligado a vivir lejos de la sociedad, advirtiendo incluso a gritos de su presencia, para que los demás pudieran huir a tiempo y así no ser contaminados por él. El progresivo deterioro del aspecto externo, la ruptura de los lazos de convivencia con los demás y la exclusión de los lugares comunes, hacían del leproso un muerto en vida. Por eso su curación venía a ser como una resurrección.
En tiempo de Jesús había muchos leprosos en Palestina y muchos de ellos fueron curados por Jesús. Al hablar de éste, al comienzo de su evangelio, el evangelista quiere exponer hasta dónde llega el poder sanador del reino que anuncia Jesús y cómo su fuerza debe ir transformando la sociedad. Jesús anuncia un reino de vida del que ningún hombre puede ser excluido contra su voluntad. Por eso el leproso que se presenta y al que Jesús toca con su mano, queda limpio; es reintegrado a la vida. Solo falta que presente ante el sacerdote la ofrenda prescrita por la ley de Moisés y en adelante será un ciudadano más, en el pueblo de Israel. La curación está apuntando también a la vida total, a la vida de la resurrección, que podrá conseguir todo el que crea en Jesús.
El texto que hemos leído dice que Jesús, al verlo, sintió lástima. Algunos códices antiguos leen que Jesús se indignó. Es una indignación semejante a la que Jesús sintió al ver el templo convertido en una cueva de bandidos (Mc.11,15-18). Jesús no puede consentir que se desobedezca tan abiertamente la ley del Padre que quiere hacer del templo su casa de oración y ser glorificado en la vida del hombre a quien Él ha creado a su imagen. Indignado por la situación inhumana de marginación extrema en que viven los leprosos, Jesús salta por encima de las leyes judías. No sólo permite al leproso acercase a él y a los que caminan con él, sino que Él mismo toca al leproso, sin hacer caso de las prescripciones de la ley. Y es que la ley no puede ser expresión de la voluntad de Dios en contra de la valoración que Dios mismo hace del hombre. No hay ley que valga frente a los derechos del hombre otorgados por Dios.
Encontramos aquí otro modo de reaccionar al encuentro con Jesús. El leproso no seguirá en el grupo con Jesús. Se le envía al sacerdote y se le encarga silencio sobre lo acaecido. Pero el gozo y la alegría por el don recibido no se pueden contener y el que antes tenía que esconderse, ahora alaba y bendice a Dios “con grandes ponderaciones”. El cristiano, favorecido con la gracia de su pertenencia al Reino, desde cualquier lugar en que viva, ha de glorificar al Padre con toda su vida como lo ha hecho Jesús. Es el encargo que nos hace Pablo en la segunda carta a los corintios: “hacedlo todo para gloria de Dios, no buscando el propio bien, sino el de los demás” (lectura 2ª).







