Hago nuevas todas las cosas

En la primera lectura, Lucas nos da testimonio del viaje misionero que realizaron Pablo y Bernabé desde la comunidad de Antioquía hacia la zona de la actual Turquía. Una de las primeras impresiones que notamos en este texto es que se utilizan mucho los verbos de movimiento. Esto nos indica que estamos en una narración que, si bien busca narrar rápidamente el viaje de los misioneros, tiene el propósito de reflejar que es un trabajo muy comprometido y arduo, no exento de dificultades (tribulaciones), las cuales empiezan a ser sustentadas por una significatividad mayor (el reino de Dios). A través de este pequeño fragmento podemos también reunir aquellas tareas que le eran encomendadas a los misioneros itinerantes como el fortalecimiento de la vida de los cristianos, la exhortación a permanecer en la fe, la predicación de la palabra y sobre todo el reporte o el informe de su tarea misionera a la comunidad (iglesia) que les había enviado. También encontramos ya una especie de estructura necesaria para sostener las comunidades evangelizadas. Pablo y Bernabé, luego de orar con ayunos, designan «ancianos» (presbíteros) quienes son también encomendados para acompañar cada iglesia y para ello se constata claramente su fidelidad a Cristo en quien han creído y que, en definitiva, es el sostén de su ministerio. Esta misión no ha sido determinada por deseo humano. Lucas concluye que esta «obra» ha provenido de la gracia de Dios y es esta gracia la que ha podido ayudar a discernir que el evangelio debe ser anunciado a todas las naciones. La fe debe ser compartida a todas las naciones y las iglesias o comunidades van asumiendo esta responsabilidad de forma organizada, puesto que no solamente es necesario anunciar la Buena Noticia sino que también es preciso fortalecer y acompañar la fe de los iniciados y los creyentes.
El libro del Apocalipsis nos presenta la revelación fundamental de todo el libro. Luego de muchas visiones con una representatividad del poder del mal que parecía estar venciendo la constancia los creyentes, irrumpe la visión de la nueva Jerusalén que sube desde el cielo como signo de primacía del juicio de Dios a la historia y triunfo definitivo sobre todo poder que pretenda usurpar la autoridad de Dios y del Cordero. Cuatro veces es usado el adjetivo «nuevo», y esta se convierte en la impronta de la esperanza cristiana: tenemos que abrirnos a lo nuevo que nos trae Dios. Siendo una visión, los verbos de percepción ayudan a comprender que esto no es fácil de percibir: es preciso tener ojos para contemplar y oídos para escuchar pues hay algo viejo que está destinado a pasar y hay algo nuevo que está a punto de llegar. La nueva Jerusalén no surge de la nada, ni de la tierra, sino del cielo, adornada como novia que se presenta ante su «esposo». Ha sido preparada por Dios para una misión. Y es esta «ciudad nueva», que es morada de Dios, la que se abre para los creyentes. Se hace eco de las promesas del AT plasmadas en la alianza: «Yo seré su Dios, ellos serán, mi pueblo»; lo que revela que estamos ante un nuevo pacto en el que Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, que indican el fin del tiempo del mal, de todo aquello que ha golpeado el corazón del hombre y la apertura de un tiempo nuevo, el cual se inaugura con el propio deseo y acción del que está sentado en el trono, el Cordero: «hago nuevas todas las cosas».
Este pasaje del evangelio de Juan se encuentra en la primera parte del largo discurso de la cena que adquiere el tono de un testamento que deja Jesús a sus discípulos y en ellos a todos los que creerán posteriormente. Dos hechos narrativos la preceden: el lavatorio de los pies y el anuncio de la traición de Judas. Para Juan, la entrega de Jesús en su pasión y muerte sólo puede ser entendida desde la «glorificación». Así, desde este enfoque es preciso preparar a los discípulos ante lo que les sobreviene y justamente, Jesús no les pide que luchen por él sino más bien les exige que vivan un signo de que
realmente creen en Él. Por tanto, el testimonio de la comunidad de que comprenden en realidad la misión de Jesús es el mandamiento «nuevo». Para Juan sí es un mandamiento «nuevo» pues no está en sintonía particularmente con el mandamiento de la Ley. Aquel, que nos recordaban los sinópticos era: «ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo». Aquí Juan, dice claramente: «Amaos unos a otros como YO os he amado». La norma del amor es Cristo. Esto es algo «nuevo» y esto se convierte en el distintivo de la comunidad cristiana. Entonces, desde aquí puede entenderse mejor porque la muerte de Jesús no es signo de derrota sino de glorificación. Es la fuerza del amor que ha hecho posible que de la muerte pueda brotar la vida, que pueda brotar una comunidad que participe también de este amor de Cristo en los hermanos. Este es el desafío de la comunidad cristiana ayer, hoy y siempre. La exigencia está dada. La respuesta del creyente para toda acción externa simplemente es «amar como Cristo nos amó».
El tiempo de Pascua es tiempo de alegría y de esperanza, pero nos pone en perspectiva de saber aguardar también la Parusía, es decir, la segunda venida de Jesús. Hoy, podemos encontrar en estas tres lecturas motivaciones evidentes para saber vivir la esperanza de la venida en gloria de Nuestro Señor. En primer lugar, salir de nuestro letargo y nuestra pasividad. La obra misionera de la Iglesia sigue extendiéndose y gracias a Dios sigue habiendo misioneros que llevan la Buena Noticia por el mundo. Pero toda comunidad necesita fortalecer su fe y para ello es necesario el apoyo mutuo y la responsabilidad de saber acompañar y dejarse acompañar para superar las dificultades que puedan sobrevenir en el camino. Lo más importante, es no olvidar que esta es una obra de la gracia de Dios, no de un esfuerzo humano, y por ello, nuestras decisiones, no pueden estar ajenas al discernimiento desde la oración. En segundo lugar, mantener la esperanza es saber abrirse a lo «nuevo» que ofrece Dios y que muchas veces nos puede llevar a reorientar o reflexionar profundamente nuestra fe. No se percibe en la revelación del Apocalipsis una dimensión intimista de la fe sino más bien comunitaria. Son los creyentes, con el nuevo pueblo, el que es llevado a morar con Dios. nadie puede sobrellevar las cosas solo, la fuerza de la esperanza se sostiene en el apoyo de la comunidad. Nuestra propia fe descansa en la fe de la comunidad. No pretendamos construir una Jerusalén desde abajo, Dios ya nos la construye desde el cielo. En tercer lugar, la impronta por las que nos conocerán es el amor que nos tengamos pero que éste refleje el amor de Cristo para con nosotros. Este es el testamento de entrada que nos deja Jesús en este evangelio de Juan. No podemos pretender creer que Jesús es el Hijo de Dios glorificado en la cruz, sino alcanzamos este nivel del amor. Es duro escucharlo, pero es así. Esto no es motivo de desánimo, muchas veces podemos decir que nunca podremos amar a los demás con el mismo amor de Jesús, pero ¡es que ni siquiera nos proponemos intentarlo! Yo creo que el amor cristiano está mucho más allá de un simple sentimiento o estado de ánimo. Cristo es la norma del amor y en ello es urgente aferrarnos. Pidamos al Señor que nos permita comprender este sublime misterio del amor, pero sobre todo nos ayude a saber dejarnos invadir por lo «nuevo», por lo que nos ofrece como sostén de nuestra vida de fe. Una «nueva Jerusalén» nos espera, intentemos ser un espejo de esa Jerusalén en nuestras comunidades y así ya desde ahora podamos reconocer que nuestra propia vida depende totalmente de Dios, y exaltado de júbilo podamos unirnos a la voz del salmista: «bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey».







