Una nueva oportunidad

El profeta Isaías (cap. 43) anuncia un restablecimiento de las relaciones por parte de Dios con Israel. Dios estuvo callado mucho tiempo mientras que Israel experimentó la dura situación del exilio. Pero ahora llega la visita de Dios nuevamente y ofrece la oportunidad a Israel de ser saciada su sed en medio del páramo y del desierto. Pero, parece que Israel una vez más se resiste a este ofrecimiento. Ha sido muy dura la experiencia del exilio y les cuesta volver a confiar. No fijan su mirada en su actitud sino en la de Dios. Aún así, Dios invita a renovar su alianza, invita a mirar su pasado, a deslumbrarse por el poder del Señor que actuó en favor suyo contra sus enemigos. La esperanza de lo «nuevo», de algo que está brotando y sobre todo de su presencia configura la intención de volver a restablecer la relación herida por la experiencia del exilio. Una vez más Dios toma la iniciativa y pone en las manos de Israel la posibilidad de reconocer que a pesar del sufrimiento vivido, la salvación que ofrece es capaz de cicatrizar la herida, es capaz de sanar, y es capaz de fortalecerle para volver a empezar.
Pablo presenta su opción de vida en esta carta. Utiliza hábilmente el lenguaje del «ganar» y «perder» con lo cual estimula a los hermanos filipenses a valorar lo que también ellos han optado. No hay motivo para volverse atrás, sino más bien hay muchas razones para ir adelante. Pablo reconoce que el creyente tiene que poner de su parte, pero también constata que la acción salvadora de Cristo ya lo ha alcanzado. Es preciso conseguir el premio, aquel que incluso supera nuestra propia expectativa y que nos puede hacer ver de un modo distinto las realidades que vivimos. ¿Es que no creemos que hemos hecho una buena opción?
Este pasaje del evangelio de Juan (8,1-11) probablemente provenga del material lucano, pero que de alguna forma llegó a integrarse este evangelio. Aún así, es un relato vivo y conmovedor que pudo llegar a nosotros gracias a que lo encontramos en el evangelio de Juan. La perspectiva del conflicto propuesto parece que tiene una clara inclinación por la validez de la acusación. Aquella mujer tenía todas las de perder: por su pecado, por haber sido encontrada en el acto mismo y porque no tenía nadie quien la pudiera defender. Pero esta mujer y su acción pecadora pasa a convertirse en la posible causa para poder aprehender a Jesús en alguna contradicción especialmente con la ley de Moisés. La mujer es puesta en medio y todas las miradas de repudio recaen sobre su persona, pero es preciso esperar el pronunciamiento de Jesús. Hay una primera reacción y es la de no atender el caso. Jesús se inclina y escribe. Las insistentes preguntas revelan la agudeza de la situación. Jesús una vez más ofrece una respuesta que no es una respuesta. Revierte la acusación hábilmente y las dirige a los acusadores. Los presentes, que se ven aludidos por una acusación directa y contundente, deciden abandonar el lugar. No aceptan tal acusación pero la asumen como suya. Los ancianos son los primeros en irse, quizá su conciencia en torno a su experiencia de vida los ha confrontado terriblemente. De seguro, los jóvenes al ver tal reacción habrían seguido sus pasos. No hay más acusadores y queda solamente la mujer en medio. Esta vez Jesús puede hablar con aquella mujer libremente. No se puede reconocer a la persona tal cual es cuando solo hay ojos inquisidores alrededor. Es verdad que ha sido hallada en pecado y esto también es reconocido por Jesús en su última intervención. Pero su misión no es condenar sino salvar. Con Jesús ha llegado un tiempo nuevo, un tiempo de misericordia y de perdón. Es difícil que el pecador pueda cambiar si todos los ojos que lo miran solo irradian ira y venganza, es posible más bien que con una mirada de amor y
compasión pueda ofrecérsele una nueva oportunidad para reivindicarse. Y esto último tiene que asumirlo con toda la seriedad del caso. Jesús le dijo; «no peques más». No es una simple palmadita y asunto olvidado, hay un compromiso del pecador de aceptar la gracia del perdón y renovar su relación con Dios y su prójimo.
Nuestra vida está sujeta a tantas experiencias de ira y compasión que no pensamos más allá de nuestras súbitas reacciones. Es tan compleja nuestra vida que en muchos momentos nos desconocemos. Llegamos a acusar a tantos y tantas por algunas cosas graves y en otras veces por nimiedades, y no nos importa su vida, su persona, su familia, sus condicionamientos, pero cuando nosotros pasamos a ser los acusados…. Aún así hay algo en nuestro interior que nos arrastra a pensar que el ser humano puede cambiar. Es verdad que hay condicionamiento de por medio, pero es preciso dar el paso, romper la cadena de condena. Dios ofreció una nueva oportunidad a Israel después del exilio e Israel tuvo que romper la cadena de desconfianza, de pesimismo, de dolor. Pablo ve que es mucho más lo que ha ganado que lo que ha perdido al asumir el camino cristiano. Tuvo que romper con su pasado de seguridad en la ley, en el mero cumplimiento sin pensar en el daño que podía estar haciendo a los demás, para abrirse a la gracia y a la justificación de Dios en la muerte y resurrección de Jesús. Contempló la oportunidad que se le abrió y la persiguió con tesón. Esta mujer del evangelio se vio por un momento acosada por su pecado y en justicia merecedora de una condena. Pero se le extiende una nueva oportunidad desde la misericordia de Dios. De alguna manera es posible que los acusadores también hayan visto algo diferente en todo lo sucedido, puesto que se fueron. Aquel día no se levantó ninguna piedra condenatoria, en su lugar, una vida fue recuperada. ¿Se ganó o se perdió?
Siempre el amor cristiano nos llevará a un escalón más de lo que humanamente podemos considerar que es justo. La misericordia y la compasión nos invitan a pensar que es posible abrirse a una esperanza por restaurar las relaciones deterioradas. No es un camino fácil de conseguir, pero creemos que es posible y urgente buscar salvar vidas más que destruirlas. Intentemos no vivir con rencores que lo único que hacen es invitarnos a discutir con piedras cuando el Señor nos invita a dialogar con el corazón. Unámonos al sentir del salmista y desde esta reflexión sintamos de verdad que la acción misericordiosa de Dios nos puede ayudar a curar tantos resentimientos que podamos tener unos con otros y así poder cambiar nuestras relaciones para el bien mutuo: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión nos parecía soñar, la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares».







