
Quiero empezar por algo que me llama la atención en este texto del evangelio. Aquellos griegos, no pertenecientes al pueblo de Israel, quizá de aquellos llamados “temerosos de Dios” que peregrinaban a Jerusalén para las fiestas judías al enterarse de que Jesús estaba por allí no vieron mejor oportunidad que buscar la manera de encontrarse con él, que se “engancharon” a la mediación de Felipe, el de Betsaida, quien probablemente por ser de la lejana Galilea sería muy condescendiente ante el pedido. Lo cierto es que la narración nos introduce en algo que súbitamente rompe la tranquila ilación de tal encuentro. “Ha llegado la hora…”; “el que se ama a sí mismo se pierde…”; “ahora mi alma está agitada”. ¡Vaya manera de promocionarse! Pues, sí. Jesús quiere ser directo y claro para quienes deseen buscarlo con tesón y afán. Hay momentos donde nos es necesario escuchar las cosas sin ningún revestimiento que pueda aminorar la importancia de lo que estamos llamados a afrontar. Pero, cuidado, tampoco Jesús exige sin más; es el quien se pone como el modelo a seguir. Él es quien ha pasado en primer lugar por aquella “hora”. Por eso, la oferta de salvación que Jesús propone reúne todas las esperanzas puestas en Dios en la boca de los profetas y cuyos ecos ya resonaban en los corazones de los gentiles. Aquella “nueva alianza” solo podía ser entendida desde los parámetros de la primera, pero hay una superación de la misma. ¿Cómo legislar el corazón? Pues ese es el gran desafío de la nueva alianza, llegar hasta ese lugar tan recóndito, fuente de nuestras decisiones. No podemos mirar a la ley desde lo externo sino desde el interior y para ello necesitamos una nueva perspectiva para vivir y ésta por tanto tiene que ser: morir. ¿Cómo es posible esto? Pues esto es lo paradójico de la fe cristiana y lo que aún siento que no podemos entender. Quizá en ello los santos nos han dejado un legado que nos parece admirable, pero nos cuesta asumir.
Fíjense como el autor de la carta a los Hebreos insiste en presentar a un Jesús libre en sus decisiones (“a gritos y con lágrimas”) y como aquellas no tienen más orientación que la voluntad salvífica de Dios. Por eso hablamos de un Misterio pascual. No podemos disminuir o recortar la visión del sacrificio redentor de Cristo en esquemas que puedan opacar su realidad de auténtico misterio. Por ello, el testimonio del evangelio de Juan sobre este Jesús que tiene que ser elevado en lo alto para que todos puedan ser atraídos a él cobra sentido.
Mirar la cruz cuestiona mucho, pero es una invitación a ver más allá del propio Jesús clavado en la cruz. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da fruto. Hay que morir para dar vida. Y en esto debemos estar ciertos de que estamos hablando de la muerte como realidad de pecado, de abierta oposición al plan de Dios. Sabemos que moriremos algún día, eso no está en discusión. El problema es si de verdad hemos vivido intensamente con la ley escrita en nuestros corazones y haciendo que valga la pena que nuestros días se consuman intentando amar. La fe del creyente por ello siempre tiene un plus especial. Lo bueno de creer en el Dios de Jesucristo, es que siempre nos pone en actitud de purificación, de búsqueda, de admiración, de seguimiento, de perdón. Aquí entra a tallar la razón de la salvación. Dios ofrece un regalo porque lo quiere así, y nosotros lo aceptamos porque lo recibimos como tal. Un diálogo de amor exige sacrificio y crisis de voluntades para saber el valor de lo que podemos ofrendar. Jesús fue un ejemplo claro de esto. Por eso, Jesús es quien tiene el poder de destruir la muerte, y desde esa fibra última sale victorioso.
Estamos ya en la última semana de cuaresma y este adentrarse al desierto cuaresmal está pasando de ser un lugar de conflicto a un lugar de renovación de la alianza que hemos hecho con nuestro Dios. Cristo será levantado en lo alto y tiene que ser un signo de atracción, no de rechazo. No nos quedemos en lo superficial o en una sensiblería momentánea; es tiempo de renovar la alianza con el Cristo de la cruz, con el Cristo de la entrega, con el Cristo de la exigencia, con el Cristo del perdón, con el Cristo de la lucha interior, con el Cristo que muere para vivir. Tengo que dejarme escribir la ley en mi corazón, para así, llegado el momento también ser también crucificado, entregar mi vida por los demás, exigirme día a día, perdonarme a mí mismo, no rendirme ante las circunstancias y en definitiva, también morir
para vivir. “Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso, enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti” No olvidemos que una vida entregada por amor a los demás, cambia los corazones más duros y hace ver la vida desde otra óptica, muy contraria a la que viene ofreciendo el mundo (como realidad de oposición a Dios). Esperemos ser canales de vida y resurrección para muchos, aunque tenemos que empezar por nosotros mismos y así, una vez más, el Cristo que es elevado en lo alto, se convierta en un gran imán de atracción para todos los hombres de buena voluntad.







