Dt 18, 15-20; Sal 95, 1-2. 6-9; 1 Cor 7, 32-35; Mc 1, 21.28
«La gente se asombraba de su enseñanza»
¿Me permites, Abba Dios, que hoy toque a tu puerta? Verás, he leído este pasaje de san Marcos y también yo me he quedado asombrado. Este Jesús -que tú nos enviaste- habla y actúa desde lo que es, desde lo hondo de su ser y de su relación contigo, no como los eruditos. Enseña, crea, innova, y expulsa a esos sabios diablos que saben mucho y hablan en plural mayestático para confundirme.
Mira, Señor mío, cuánta necesidad tengo de parecerme a tu Hijo. Y de expulsar de mi vida toda inmundicia y eso de estar dividido entre el Sí y el No, entre la oscuridad y la luz. Como me dice hoy la segunda lectura, yo también quiero servirte con un corazón entero y sin divisiones. Eso es lo que veo en tu Hijo; no andaba dividido, sino del todo en las cosas de tu Reino, del bien nuestro. Por eso, su autoridad manaba de él como agua limpia y sin añadiduras. No me extraña que el autor del Deuteronomio nos diga hoy, de tu parte, que «a quien no escuche sus palabras… tú le pedirás cuentas». ¡Ay, Señor, qué poco y mal escucho al que nos reveló tu amor y tu misericordia, y al que nos enseñó cómo servir a los demás!
Dame, Abba Dios, que yo –y quien lea esta plegaria- nos dejemos tatuar por tu Hijo. Amén







