4º Domingo de T.O. (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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Este episodio que nos presenta Marcos da inicio al ministerio de Jesús ubicándolo en un pueblo de la Galilea, llamado Cafarnaúm. Hay dos palabras que van a llamar la atención y que se convierten en la clave de interpretación de este pasaje: la enseñanza y la autoridad. Jesús irrumpe con una enseñanza novedosa aunque no se especifique aún de que trataba tal enseñanza. Lo cierto es que causa admiración en sus oyentes. Pero aún más, se le atribuye a esta enseñanza una peculiaridad: autoridad; y que no la tienen los escribas, conocedores de la Sagrada Escritura y que estaban llamados a ayudar al pueblo en la interpretación de la Palabra proclamada en las sinagogas. Se empieza a abrir una brecha muy grande con estos, los líderes religiosos de Israel, y que en esta primera parte el evangelista Marcos nos lo presenta vivamente en las siguientes cinco discusiones (Mc 2,1-3,6).

¿De qué autoridad se está hablando? Pues el episodio que viene a continuación lo refiere explícitamente. Se ha venido sustentando que en tiempos de Jesús todas aquellas enfermedades mentales o vinculadas a situaciones fuera de lo común en las personas, se atribuían a la posesión de espíritus impuros. Fuera de las discusiones médicas o científicas, lo cierto es que esa realidad estaba presente en tiempos de Jesús y se le daba cierta connotación religiosa. Sabemos que el mensaje de Jesús no se circunscribía solamente al ejercicio de su poder (Marcos es el que más habla desde esta connotación de “fuerza prodigiosa”) y está demostrado vivamente en los evangelios que Jesús no usaba esto como una estrategia para su beneficio (ya que podría mas bien causar confusión) sino mas bien todo lo contrario; asumen el papel de constatación o de consecuencia de una experiencia de fe personal y dialogal en donde el gran beneficiado era el creyente.

Para Marcos resulta de vital importancia manifestar cómo la presencia de Jesús encierra el proyecto de liberación de Dios de toda fuerza oscura y maligna que perjudica al hombre y lo aparta de Dios. Es una respuesta de fe a un dilema de fe. La lucha contra este poder asfixiante, deshumanizante, queda claramente retratada en este pasaje dado en el contexto del sábado y de la sinagoga (“un hombre teniendo un espíritu impuro”). Por ello, el enfoque que se da en este enfrentamiento resulta muy expresivo en este sentido. Fíjense como resalta los siguientes aspectos:

  • que son muchos contra Jesús (usa el plural en primera persona: “has venido a destruirnos”);
  • que lo reconocen como tal aunque no animados por la fe sino en clave de confrontación: “Eres el Santo de Dios”);
  • el espíritu impuro sale violentamente del hombre (fuerza del mal que lucha pero que en definitiva es vencido);
  • la admiración vaga de la gente por lo sucedido (“¿qué es esto?”)

Jesús viene a tomar partido por el ser humano; pero por un hombre libre de toda atadura. Jesús quiere que todo ser humano, criatura de Dios, abra su corazón a Dios desde la libertad y para ello le viene a ofrecer una oportunidad única y auténtica. Este es el sentido verídico de la autoridad de Jesús. Es aquel que ofrece todos los medios posibles para que el ser humano se desarrolle plenamente y por ello tiene autoridad para erradicar el poder del maligno y todo obstáculo ligado a él; porque la da en servicio a los demás.

¡Cuánto ganaríamos si devolviéramos el sentido de esta palabra en nuestros días! Reflexionemos y confrontemos si la “autoridad” en nuestro entorno lo entendemos como posibilidad de crecimiento y desarrollo pleno de las personas. Esta autoridad es la que sorprende; es la que comienza a cuestionar a los contemporáneos de Jesús. Pero aún no hay respuesta a esto, solo admiración. Y si entendemos que Jesús viene a traernos la plenitud de la revelación del plan salvador de Dios es porque la historia de la humanidad siempre ha tenido manifestaciones de esa cercanía de Dios en sus mediadores como los profetas siguiendo la reflexión del Deuteronomio en la promesa hecha a Moisés de no abandonar a su pueblo. Para nosotros, como cristianos, Dios ha hablado por medio de los profetas y de tantos hombres de Dios y hoy lo sigue haciendo. Pero hay una Palabra única e irrepetible que se ha manifestado a los hombres y es en ella donde debemos encontrar nuestra identidad: Jesucristo. Él se convierte en nuestra motivación para vivir.

Por ello, cada cual responde a Dios desde su estado concreto de vida, pero no puede ignorar su responsabilidad como creyente. Pablo, ilusionado con la acción misionera y la consagración al servicio de las comunidades en el crecimiento de fe discierne sobre lo importante de mantenerse célibe por esta misión, pero lo entiende desde su propio convencimiento de aquello que cree que es un objetivo mayor y mejor.

La Palabra de Dios por ello no solo debe ser solamente escuchada y dialogada (esto lo hacían los escribas); tiene que confrontar y destruir el poder del mal y liberar al ser humano. Esto es lo que hace Jesús y su pleno poder desde la fe del creyente. Esta es la Palabra verdadera y transformadora. Ponte a pensar en que te ha cambiado esta palabra o en qué te sigue cambiando y transformando. Ponte a pensar si con esta palabra ayudaste a otro u otra a encontrarse consigo misma y con Dios. Este es un buen criterio de discernimiento sobre tu crecimiento de fe.

Si la Palabra no nos libera; si nos parece tan cómoda; o simplemente nos dejamos “admirar” por su belleza y su discurrir; pero no tiene influencia en nuestra vida; pues nos quedaremos con la vaguedad de seguir diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué autoridad es esta? Por ello Marcos insistirá mucho en que hay mucho camino por recorrer por parte del discípulo y no es la fama de Jesús el criterio a seguir. Los fanáticos atropellan a ciegas; los discípulos siguen con la mirada en las huellas del maestro. Esta es la enseñanza de Jesús; y hoy resuena para nosotros invitándonos vivamente a aceptarla: “ojalá escuchemos la voz del Señor y no endurezcamos nuestro corazón”

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