Queridos amigos,
Había vivido 26 años en Nazaret y aquí se vino, cuando después de sus experiencias del Jordán y el Desierto, empezó su misión de Mesías. Amaba a su pueblo y quiso regalarle lo específico o a primicia de anunciarle quién de verdad era él, a qué iba a dedicarse y qué habría de marcar la diferencia en su vida. Regalarle también la gracia de que ellos, su pueblo, fueran los primeros en creer en él y en acogerlo. No por la fama que le precedía ni porque pudiera hacerles algún milagro, sino por la fe en su persona y en su mensaje. Jesús sabía de antemano que lo que les proponía era muy difícil, pero aun así le nacía y sentía el deber de darles esta oportunidad.
¿Qué pasó para que lo que comenzó tan bien (Mt 13,54-58; Mc 6.1-6; Lc 4, 14-21), terminara tan mal? En su cita de Isaías (Is 61, 1-2a), Jesús les había dicho que Él y cuanto Él hiciera habría de ser siempre en favor de los pobres, marcado por la compasión: que la misericordia habría de ser el distintivo de su vida. Esto, que el Papa Francisco ha captado tan bien y expone como lo principal en Dios y en Jesús, agradó mucho a los nazaretanos. Hasta que vieron que todo quedaba ahí, que no continuaba la cita, que silenciaba lo que Israel más esperaba del Mesías: “el Día de la venganza de Dios”. Jesús no lo leyó, porque sabía muy bien que, siendo Dios pura misericordia, no cabían en Él la venganza ni el castigo.
El auditorio empezó a sentirse incómodo. La indignación vino cuando Jesús empezó a decirles que Yavé era el Padre Dios de todos, Que amaba a los paganos tanto como a su pueblo Israel ¡y que hasta los prefería!, según un par de casos que les contó. Esto era ya demasiado, indignante e insultante, así que le hicieron cargamontón con la intención de desbarrancarlo (Lc 4,21-30). Simplemente tenían otra idea de Dios y del Mesías. Digamos que es lo que nos pasa a nosotros: nos vamos haciendo un Dios y un Jesús según nuestras conveniencias. Respecto a Su persona, ellos conocían muy bien la madera de la que estaba hecho: ¿no era el hijo de José?
Hoy también son muchos los que no acaban de creer en Jesús (ni en su iglesia), incluso llamándose cristianos. Por orgullo, unos, (muchos sedicentes científicos, agnósticos, ateos), pues, en definitiva, no creen necesitarlo. Por interés y conveniencia, otros, (los corruptos, los traficantes (de tantas cosas), los pecadores), pues no quieren dejar todavía el vicio. Más tarde…, piensan y hasta lo dicen, arriesgando su salvación. Por prejuicios, bastantes, especialmente contra la iglesia, pues, sin conocerla a fondo, la juzgan, la critican y la condenan. En relación con todo esto, Jesús nos dejó dos dichos, que siguen siendo muy actuales y pueden ayudarnos: Nadie es profeta entre los suyos (Lc 4,24) y no hay peor incrédulo que el que no quiere creer (Mc 6, 6).







