Yo doy la vida por las ovejas
La imagen de Buen Pastor no está en el evangelio para que hagamos estampitas que miremos con cariño agradecido por la ternura de Jesús que se desprende de ella. Haciéndolo así no hacemos nada malo, pero nos podemos quedar en un sentimentalismo estéril. La imagen del Buen Pastor va mucho más allá.
Esta alegoría del Buen Pastor forma parte de las discusiones enfrentadas que Jesús mantiene con los fariseos. Jesús acaba de curar al ciego de nacimiento. Es sábado y los fariseos se enfurecen aún más. Llaman al que había sido ciego y lo interrogan inquisitorialmente, por dos veces, pidiéndole que explique quién, cómo y por qué le ha curado. Desconfiando de él, llaman a testificar a sus padres. Lo tratan de ignorante y empecatado desde su nacimiento, lo llenan de improperios y terminan echándolo de la sinagoga como indigno de pertenecer al pueblo de Dios. Los fariseos son malos pastores que, por intereses personales, malinterpretan las Escrituras y someten al pueblo a una tradición que no refleja la voluntad del Dios del amor, de la misericordia y del perdón. Jesús en cambio es el Buen Pastor que hace las obras del Padre y que ha venido al mundo como luz del mundo. Por eso propone otro modo de entender la religión, de ordenar la sociedad y de convivir en el pueblo de Dios. La alegoría es una bella exposición de esta diferencia. Enterado de que habían echado fuera de la sinagoga al que antes había sido ciego, sale a su encuentro y le invita a unirse a su compañía, a creer en él como el mesías, el enviado, el Hijo del Hombre. Creo, Señor, fue la respuesta. A seguido de esta confesión y justamente antes de proponer esta alegoría con la solemnidad que indica el en verdad en verdad os digo, Jesús ha dicho: Para un juicio he venido yo a este mundo para que los que no ven vean, y los que ven, se queden ciegos. Es cuestión de elegir entre seguir a Jesús o permanecer en la ceguera de los fariseos.
La alegoría, con el consiguiente discurso de Jesús en el templo sobre su propia identidad mesiánica, ocupa todo el capítulo 10 del evangelio según san Juan, que comprende 42 versículos. De ellos, en la liturgia de hoy, apenas hemos leído ocho. Atendiendo únicamente a estos ocho versículos, señalamos estas características del seguimiento cristiano:
Jesús, el Buen Pastor es dueño de las ovejas, no un asalariado: En la Biblia las imágenes del pastor y del rebaño o de las ovejas son frecuentes. Es bellísima la descripción que hace Ezequiel de la atención con que Dios, el Pastor de su pueblo, defiende a las ovejas frente a los malos pastores (Ez 34,10-31) Yo suscitaré, para ponérselo al frente, un solo pastor que las apacentará, mi siervo David: él las apacentará y será su pastor (Ez. 34, 23). La soberanía y realeza de David se encierran en la figura del Buen Pastor. Él es nuestro Señor, nuestro único Dueño.
El Buen Pastor da la vida por las ovejas. No así el asalariado que mirando únicamente por sus intereses, permanece con las ovejas en tanto se lo exige el salario que percibe y no más. Nadie espera del asalariado que se juegue la vida por defender las ovejas de los ataques de los lobos. Jesús ha entregado libremente su vida por salvarnos, por redimirnos de nuestros pecados. Este acto de obediencia hasta la muerte es fruto del amor del Padre que no abandona al Hijo en manos de sus enemigos, sino que lo glorifica en su pasión, muerte y resurrección. Sus seguidores habremos de desvivirnos, como Él, en la tarea de construir unas relaciones de perdón, de la paz, de justicia y de solidaridad.
Entre el Buen Pastor y sus ovejas se da un conocimiento mutuo: No se trata de un conocimiento teórico, sino de un conocimiento experiencial, por vía del amor, que nos une con Él a los designios del Padre. El amor del Padre, que ama al Hijo, y que atrae hacia el Hijo a cuantos quiere, nos introduce en esa comunión de amor con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. ¡Cuánto hay para agradecer y contemplar!
El Buen Pastor se cuida también de las otras ovejas, que aun siendo de su propiedad, viven fuera del redil. Hasta ellas ha de llegar la voz del Buen Pastor y sus gestos de amor. Es la invitación a testificar y proclamar la Buena nueva del Buen Pastor en nuestro mundo.
Como sucede con otros ejemplos, también aquí aparecen puntos no suficientemente explicados. No se trata de seguir a Cristo en rebaño, borreguilmente, unos detrás de otros, sin saber dar razón de lo que hacemos. Lo que se nos propone es el reconocimiento de Cristo como único Señor, la obediencia responsable a los designios del Padre, el amor a Cristo hermanado con la misericordia y compasión a los hermanos, recibido como gracia de Dios y favorecido con nuestra meditación contemplativa y con una preocupación apostólica por los alejados de nuestra comunidad cristiana.







