4º domingo de Cuaresma (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año CLeave a Comment

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Author: Mario Yépez, C.M. .
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La casa del Padre exige la comunión fraterna

El libro de Josué nos narra la entrada a la tierra prometida del pueblo de Israel luego del itinerario largo por el desierto donde la sola promesa de una nueva tierra fortalecía el caminar de este pesado pueblo. Moisés había muerto y la responsabilidad recaía en Josué, cuyo nombre expresa toda la esperanza en la salvación de Dios para su pueblo. El pasaje que se nos cuenta es la proclamación del momento en que luego de tantos años de peregrinación por fin Israel puede celebrar la pascua dentro del territorio prometido por Dios. Guilgal se convierte en el símbolo de un nuevo comienzo donde cesa el pan del cielo (maná) para dar paso al producto de la tierra a ellos entregada. La comensalidad expresa el regocijo de que el Señor portentosamente ha cumplido sus promesas con Israel y por tanto se abre una nueva página en su historia, donde está llamado a disfrutar de la tierra pero sin olvidarse de su origen: el camino del desierto. Dios hizo alianza con Israel en la absoluta necesidad, Israel ahora tiene que valorar su fidelidad en la prosperidad. Esto, como sabemos, no le fue fácil asimilar y se convertirá en la constante llamada de atención por medio de los profetas, para que no abandonen la alianza.

Pablo en esta segunda carta a los corintios está convencido que el cristiano tiene que marcar una impronta en este mundo. Con Cristo se abre una nueva perspectiva de relaciones no sólo con la comunidad cercana sino con toda la creación. El mundo por el pecado ha sido distorsionado y turbado, pero la presencia de Cristo ha ayudado a devolver la armonía de la creación. De allí que comprendamos la insistente reflexión de Pablo sobre la reconciliación. Es preciso restituir las relaciones y solo se puede lograr la reconciliación desde la donación de una vida santa, la de Cristo, incluso en medio del pecado, para abrir el acceso a la justificación de cuantos necesitamos de salvación. Por eso, el cristiano no puede ser sino también embajador de la reconciliación, porque justamente reconoce el gran beneficio que ha recibido y necesita compartirlo y propiciarlo en medio de tantas generaciones de seres humanos que aún no comprenden el alcance de la acción salvífica de Cristo.

En el evangelio, Lucas nos presenta una hermosa parábola introducida dentro de un peculiar grupo de tres comparaciones motivada por el mismo contexto de cercanía por parte de Jesús hacia los publicanos y pecadores que es mal vista por los fariseos y escribas, lo que nos habla de una peculiar insistencia por reconocer la importancia de la alegría por la recuperación de un hermano de la comunidad que se había perdido. Estamos ante una parábola maravillosa que no tiene una conclusión a modo de final feliz, pues solo ha quedado en la invitación del padre a que su hijo mayor participe de la alegría y el regocijo por la vuelta de su hermano. Esto habla de una exigencia en la respuesta por parte de quienes no comprenden la actitud de Jesús con los pecadores y publicanos y que de seguro les habría costado aceptar, como en el caso del hijo mayor, las atenciones del padre ante el hijo despilfarrador. Y es que de verdad, todo lo que se narra acerca del padre es conflictivo. Un padre que es capaz de dar si es posible toda su propiedad a sus hijos ya en vida, de aceptar y comprender los errores de los hijos, de ofrecer solamente atenciones a quien regresa después de haber malgastado los bienes concedidos, de invitar a quien no se siente parte de la alegría familiar. El padre se convierte en el eje de la narración y desde donde se entiende todo lo que está sucediendo. El gran conflicto se suscita cuando ante quien se presenta siempre como el «padre», prácticamente se ha quedado sin «hijos». Este es el verdadero drama pues ni el hijo menor quiere volver a la casa como hijo sino como un siervo más ni tampoco el hijo mayor que estando en casa se comporta como hijo pues prefiere continuar siendo un servidor. Pero el padre insiste en que quiere tener a ambos como sus hijos. La alegría familiar debe pasar no solo por aceptar de nombre que se tiene un padre sino de asumir la completa responsabilidad de ser hijos y sobre todo de ser hermanos. La celebración debe ser completa y solo se puede lograr cuando todos puedan sentarse a la mesa vestidos y constituidos como hijos de un mismo padre.

Es verdad que en la vida se cometen muchos errores, pero sin duda el más grande error es no permitirnos celebrar con júbilo la fraternidad. Por eso el pecado gana terreno, porque no sabemos participar ni de los dolores y equivocaciones de los hermanos y peor aún no sabemos aprovechar los grandes momentos de felicidad comunitaria desde la fe.

Para el cristiano, la propia vida debe ser una nueva era abierta al pasado en agradecimiento y al futuro en promesa y esperanza, como lo vivió Israel con Josué al entrar en la tierra prometida. Pero también se convierte en un desafío pues el mundo debe ser reconciliado y estamos llamados como cristianos a ser embajadores de la reconciliación. Cristo es el

paradigma a seguir y esto sin duda nos exige muchos sacrificios pero es grande la recompensa, la cual se traduce en la comensalidad y en el regocijo fraterno. Es verdad que nos duele más recordar las equivocaciones pero seamos más conscientes de que tenemos muchos momentos en que hemos vivido la alegría del perdón y la reconciliación. ¡Vivámoslo intensamente! No volvemos a la casa y somos recibidos bien porque tengamos que hacer cosas para recuperar la supuesta dignidad perdida. Es nuestro Padre quien hace todo lo posible por reconstituirnos y hacernos nuevamente dignos de una condición que simplemente muchas veces olvidamos. Es él quien nos hace recordar cuál es nuestra dignidad. Nuevamente, nos acercamos a la casa del Padre; aprendamos a ser realmente hijos, reconociendo con humildad el mal proceder y a valorar más a nuestro Padre que nos ama, pero también a aprender a morir a nuestro vano orgullo de querer ser perfectos siervos cuando el Señor nos quiere como perfectos hijos y, más aún, perfectos hermanos. Por eso, hagamos nuestro la antífona del salmo que manifiesta este hermoso deseo: «Gustad y ved que bueno es el Señor».

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