Manual del Visitador del Pobre (Prólogo)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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PRÓLOGO

Concepción Arenal y «El Manual del Visitador del Pobre»

Concepción Arenal (1820-1893) es una mujer clave del siglo XIX español, no en vano numerosas ciudades de España la tienen dedicadas calles y monumentos. Había nacido en el Ferrol, su padre era militar de ideología liberal, y una vez fallecido éste, la familia se instala en Madrid. En su Universidad, los años 1842-43, asistió probablemente a sus clases vestida de varón, ya que entonces la mujer tenía pro­hibido el acceso a los estudios universitarios. En 1848 con­trae matrimonio con Fernando García Carrasco, del matri­monio nacerán varios hijos. Comienza su carrera literaria al lado de su esposo, hasta el fallecimiento de éste en 1857 en el periódico La Iberia. Instalada en Potes tres años más tarde, inicia sus publicaciones sobre temas sociales y crea una Conferencia de San Vicente de Paúl. En 1863 es nombrada visitadora de prisiones de mujeres en La Coruña. Continua con sus publicaciones sobre temas sociales, lo que acrecien­ta su prestigio y reconocimiento, y el Gobierno provisional, en 1868, la nombra inspectora de casas de corrección de mujeres, cargo que ocupará durante cinco años. Sigue a su hijo Fernando, ingeniero de caminos, canales y puertos, cuando éste es destinado a Gijón, desde esa fecha desarrollará una fecunda labor literaria con numerosas publicaciones, más tarde y siempre acompañando a la familia de su hijo se instalará en Vigo, donde fallece el 4 de febrero de 1893.

EL CONTEXTO SOCIAL

La situación de la pobreza hacia mediados del siglo XIX, reinado de Isabel II, se acentuó entre los españoles por efecto de las guerras y epidemias. También contribuyó la pérdida de la mayoría de las colonias españolas, el desorden político con los cambios constantes de gobierno, la mala administración y la desamortización sistemática realizada por los liberales.

Los barrios donde vivían los obreros en las ciudades como Barcelona, Bilbao o Madrid, carecían de las más ele­mentales condiciones de higiene, lo que hacía que las enfer­medades de todo tipo proliferaran, en especial la tuberculo­sis y el cólera.

Su vestido y alimentación eran del mismo tenor, des­pués de jornadas laborales agotadoras, superando las 12 horas de trabajo en muchos casos, su comida era más que deficiente: una copa de aguardiente por la mañana, pan y algo de queso a mediodía y legumbres cocidas o una ensala­da de cena. Sus únicas distracciones eran la taberna, con la proliferación del alcoholismo y los teatros populares.

Como no existía ningún tipo de seguridad social que cubrieran los periodos de paro o enfermedad, ni tan siquie­ra la jubilación se contemplaba, los obreros que tenían alguna de esta situación caían en la más absoluta miseria y debían acu­dir a los hospitales y asilos que la beneficencia pública había creado.

Ciudades como Madrid, con una incipiente industria y una abundante actividad burocrática, por ser la sede del Gobierno, contaban con una abundante población en esta situación. Cierto que las ciudades más prósperas atraían al mendigo profesional, no es menos cierto que existían otras muchas personas que vivían en la miseria, fruto de un injus­to sistema económico; se había afirmado: «el pobre de oficio es una plaga, pero el pobre accidental es una inmensa des­gracia social».

Los testimonios de la época nos hablan de personas muertas de hambre: «En el barrio de las Injurias yacía tendi­do en la calle un hombre de unos veinticinco años. Llevado a la Casa de Socorro, falleció a los pocos minutos, certifican­do los facultativos que había muerto de hambre»‘

En este mundo de miseria se movían libremente la gente del hampa, aventureros, golfos y delincuentes; el número de delitos registrados cada año era muy elevado. Sin olvidar el elevado número de mujeres, algunas muy jóvenes.

LA GESTACIÓN DEL MANUAL DEL VISITADOR DEL POBRE

Viuda, Da Concepción Arenal se instala en Potes (Cantabria). Allí ella misma confiesa que vive aislada del mundo por las altas montañas, «conversando nada más que con algunos libros, y en la mayor soledad su inteligencia y sus sentimientos». Crisis de profunda soledad, incomunica­ción, vacío y tristeza.

¿Cómo superó esta crisis? ¿Contó con la ayuda de alguien para superarla? La casa que alquiló era propiedad de la madre de Jesús Monasterio, famoso violinista y composi­tor nacido en ese lugar el año 1836. Pese a la diferencia de

Dª Concepción, que recibe muy pocas visitas, y el trato es de franca familiaridad: mientras hablaban era frecuente que ella cosiera su ropa. El testimonio de la hija de Jesús Monasterio no deja lugar a dudas; en una ocasión al recibir a Monasterio le había dicho: «Mire usted, Jesús, hay que hacer de todo; y hoy la escritora tiene que soltar la pluma para agarrar la aguja y remendar las calcetas”.

La anécdota demuestra algo más que un trato familiar entre ambos personajes; es prueba evidente del comporta­miento y actitud de una mujer intelectual y pionera que no se avergüenza de practicar las modestas tareas manuales adjudicadas por la tradición a la «mujer de la casa».

Esta amistad supuso para Concepción Arenal dar rienda suelta a su necesidad intelectual, en un ámbito cerrado y pueblerino, un escape que la liberó de la tensión intelectual a la que estaba acostumbrada. Para el joven músico, por su parte, suponía un estímulo intelectual el trato con aquella mujer inteligente y sensible. Aparte de otros considerandos que las visitas pudieron dar que hablar a las mentes estrechas del Potes, lo cierto es que entre ambos surgió una sincera y tierna amistad, una admiración entre el músico y la escrito­ra. Dos personalidades sensibles y llenas de ideas nobles, preocupadas por los temas sociales.

Jesús Monasterio era por entonces no sólo un violinista famoso, un joven en pleno éxito de su carrera artística, sino que era también un hombre muy religioso a quien preocu­paba la cuestión social. Había fundado en Potes las «Conferencias de San Vicente de Paúl» y sugiere a esta mujer en plena crisis, entristecida y desorientada, que encauce su energía creando la rama femenina de esta obra.

LAS CONFERENCIAS DE SAN VICENTE DE PAÚL

Para continuar nuestro relato sobre el origen del Manual del visitador del pobre, es preciso que nos detengamos unos momentos a conocer el origen y fines de esta Sociedad cari­tativa.

El liberalismo que se expandió por Europa occidental supuso el fin del Antiguo Régimen, pero no supo, o no quiso, abordar la cuestión social planteada por el nuevo sis­tema económico capitalista traído por la revolución indus­trial. El romanticismo, teñido de una religiosidad indiscuti­ble, contribuyó a una beneficencia sensiblera, ya que no abordó el problema de fondo, le faltó una visión de futuro y le sobraron prejuicios clasistas.

En este panorama de gravísima injusticia social, común en toda Europa, nacieron las «Conferencias de San Vicente de Paúl», fundadas en París en 1833 por un grupo de jóvenes universitarios católicos, entre los que se encontraba el Beato Federico Ozanam, ante la interpelación que les hacen, otros compañeros, desde pos­turas de increencia y de dura crítica a la Iglesia.

Se organizaron en pequeños gru­pos que actuaban en los barrios más pobres de la capital de Francia, a los que llamaron «Conferencias»; en sus primeras andanzas contaron con la valiosísima orientación de una Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl: la hoy Beata Sor Rosalía Rendu. Su misión era conocer y remediar, según sus propias fuerzas, la miseria existente en la sociedad de comienzos del siglo XIX. Para conocerla emplearon el sencillo méto­do de visitar a los necesitados en sus pro­pias casas, llevando su ayuda espiri­tual y material de forma cercana y evangélica.

Para organizar y coordinar las distintas «Conferencias», que muy pronto surgieron en París y en toda Francia, crearon la Sociedad de San Vicente de Paúl, con los requisitos de una asocia­ción civil cualquiera y, al mismo tiempo, obtuvieron la aprobación Pontificia de una obra creada por Sor Rosalía Rendu

seglares que venía a dar respuesta a los signos de los tiempos en un momento histórico difícil y complejo.

LAS CONFERENCIAS DE SAN VICENTE DE PAÚL EN ESPAÑA

Una obra de estas características no podía limitarse a una ciudad o a una nación concreta, ya que los problemas y nece­sidades eran sin duda generales. La vocación católica, universal, de las «Conferencias» pronto se plasmó en su fundación en distintos países, tanto de Europa como de fuera de ella.

Su fundación en España es obra del Siervo de Dios Santiago Masarnau Fernández (1805-1882). Nacido en Madrid de padre catalán y madre oriunda de Cantabria, fue también un niño prodigio para la composición e interpretación con el piano.

3) El Proceso de Canonización de esta excepcional personalidad; tanto por sus dotes artísticas, culturales y cristianas, se inició en la Archidiócesis de Madrid el 5 de junio de 1999 y se clausuró el 14 de diciembre del año 2000. Actualmente sigue su curso en la Congregación para la Causa de los Santos en Roma, donde se encuentra en fase muy avanzada.

LA FAMILIA MASARNAU

El padre fue empleado de la Real Casa, donde ocupó distintos cargos, lo que le llevó a residir en Córdoba cuando estalla la Guerra de la Independencia en 1808. En esta ciudad muere prematuramente su madre, Da Beatriz, dejando huér­fanos a tres niños de corta edad. Para preservarlos del venda­val bélico la familia se instala en Granada.

Terminada la contienda, en 1814 vuelve a ocupar el trono Fernando VII y la familia regresa a Madrid, donde el padre, D. Santiago Masarnau Torres, es nombrado secretario de la Mayordomía de la Casa Real. El joven Santiago conti­nua sus estudios, tanto secundarios como los musicales, en la capital y corte. Pero el conocido como Trienio Constitucional (1820-1823) trae consecuencias negativas para la familia, ya que sus simpatías por las ideas liberales, suponen que el padre pida la jubilación y él pierda la condi­ción de Gentilhombre de la Real Casa, que había recibido por sus precoces condiciones para la interpretación y com­posición musical.

En esta complicada situación, Santiago decide marchar al extran­jero para completar su formación musical, residiendo más de diez años entre Londres y París, donde se relaciona con los exiliados libera­les españoles y con lo más florido del movimiento romántico euro­peo. En esta última ciudad, el año 1838, experimentará una profunda crisis personal que culminará en un profundo y radical cambio en la vivencia de su fe, él lo llamará su conversión.

Buscando una forma más auténtica de la vivencia de su cristianismo, un joven estudiante francés le habla de las recién fundadas Conferencias de San Vicente de Paúl. Asiste a una reunión de dicha Asociación y queda cautivado para el resto de su vida por ella. Se integra como miembro activo en la «Conferencia» de la Parroquia parisina de San Luis d’Antin, de la que es nombrado tesorero. Conoce pues esta obra en su mismo origen y trata a los que fueron sus funda­dores.

En 1843, llamado por su hermano Vicente, Catedrático de Química de la Universidad de Madrid, para que le ayude en la dirección del Colegio por él fundado en la Calle Alcalá, n° 17, se instala definitivamente en la capital española. Su vida sigue siendo ejemplar y metódica: trabajó en el Colegio como Vicedirector y profesor de música, vida espiritual intensa y actividad caritativa en los distintos establecimientos de beneficencia que por entonces funcionaban en la ciudad.

Desde París sus antiguos consocios le instaban a que fundara la obra de las «Conferencias» en España, pero las cir­cunstancias sociopolíticas, e incluso eclesiásticas, no lo acon­sejaba. Pero finalmente, el 11 de noviembre de 1849 funda la primera «Conferencia» española junto con Vicente de la Fuente y Anselmo Ouradou, ambos profesores del Colegio Masarnau. A este grupo inicial pronto se unió Pedro Madrazo.

Desde ese momento, la expansión de la Sociedad vicentina fue, tanto por el número de socios como por la cantidad de obras sociales que desarrolla, espectacular en toda España.

La Revolución de 1868 disuelve por Decreto las «Conferencias» intentando detener injustamente la obra que D. Santiago había iniciado con tanto esfuerzo y entrega. En esta triste coyuntura muchas voces se levantaron para inten­tar la rectificación del gobierno revolucionario, entre ellas la de Da Concepción Arenal. Nada se consiguió, aunque curio­samente el Gobierno sí autorizó el funcionamiento de las «Conferencias» femeninas.

Fue un periodo de silencio y callada actividad, que ter­minó cuando la Sociedad fue legalmente reestablecida en 1875, siendo rey de España D. Alfonso XII.

EL MANUAL DEL VISITADOR DEL POBRE

Pero retomemos el hilo de nuestro relato, es decir, el momento en que el entusiasmo del joven Jesús Monasterio trata de contagiar a Da Concepción con la fundación de una Conferencia femenina en Potes, estamos en el año de 1860.

Sabemos que su estado de ánimo ha cambiado, ella vuelve a escribir. De su pluma, entre otros escritos, nace La Beneficencia, la Filantropía y la Caridad, donde expone a grandes rasgos la historia de la beneficencia en España, desde la dominación romana  hasta sus días. Analiza los tres conceptos: el primero es obra de los gobiernos, que pasando el tiempo, se ha converti­do en uno de los derechos básicos de todo ciudadano con la Seguridad Social en el sentido más amplio de la palabra: asistencia en caso de enfermedad, paro, jubila­ción, etc. El segundo, la Filantropía, es una preocupación de carácter

filosófico, una preocupación por las necesidades y dignidad de todo ser humano, sentimiento ya expresado en la Revolución Francesa y que hoy aparece en la Carta de los

Primeras ediciones de            Derechos Humanos. En cuanto a la Caridad, tercero de los conceptos, es la compasión-mise­ricordia cristiana, que obra espontánea e individualmente por amor de Dios y por amor al prójimo. En aquellos momentos estos tres conceptos estaban poco claros, la dis­tinción entre unos y otros resultaba necesaria y permitía dis­tinguir matices entre estas tres formas de actuar ante un mismo problema.

Este trabajo fue presentado a un concurso convocado por la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Su triste experiencia anterior, cuando dejaba sin firmar artículos para La Iberia, dada su condición femenina, la lleva a firmar el tra­bajo con el nombre de su hijo, Fernando García Carrasco, que tenía entonces once años de edad. Este estudio es exa­minado por los académicos y recibe un entusiasta comenta­rio por Olózaga. Pero se descubre el engaño sobre la autoría y después de no pocas discusiones entre los académicos, dada la forma poco ortodoxa de presentarlo, se decide, por primera vez en la historia de la Academia, conceder el pre­mio a una mujer.

Con esta obra entra en contacto con los temas de carác­ter social y humanitario que desarrollará poco después con El visitador del pobre.

Al fundar la «Conferencia de San Vicente de Paúl» de Potes, Concepción Arenal percibe lo poco preparadas que están las señoras que forman parte de dicha Conferencia para visitar, a los pobres y a los enfermos, en sus propios hogares. Tienen sin duda buena voluntad, pero cometen tor­pezas, no saben bien cómo tratarlos ni qué decirles.

CONCEPCIÓN ARENAL Y SANTIAGO MASARNAU

Concepción Arenal manifiesta esta preocupación en una carta dirigida a Jesús Monasterio. En ella, pide a su joven amigo que al hablar con Don Santiago Masarnau, a la sazón Fundador y Primer Presidente de la Sociedad de San Vicente de Paúl en España, como ya hemos referido, le indique la conveniencia de escribir un Manual para el visitador del pobre y le pregunte si cree posible que una mujer se encargue de esta tarea, al tiempo que le pide que trate de conseguirle una entrevista con Masarnau.

La respuesta parece que fue positiva ya que Concepción Arenal se puso a escribir. Cuando terminó la redacción pidió a Monasterio que lo leyera y le diera su sincera opinión. El joven artista, después de leerlo, hizo los más calurosos elo­gios del libro. Pero ella desconfiaba del entusiasmo de su joven amigo y le pidió se lo diera a leer a Don Santiago Masarnau.

El Siervo de Dios leyó el manuscrito y quedó cautivado ante la agudeza y el tacto con que estaba escrito. Fue un sin­cero estallido de entusiasmo y elogios. Como consecuencia de ello, pidió conocer personalmente a la autora. Fue el pro­pio Jesús Monasterio el que hizo la presentación, aunque hay datos suficientes para reconocer que D. Santiago recela­ba de ella: «Esta mujer — decía — sabe infinitamente más que yo, tiene una lógica fascinadora…, ¡la verdad la tengo miedo!»; la comunión entre ambos fue instantánea: dos inteligencias superiores unidas por un mismo ideal de servi­cio a la humanidad doliente desde una perspectiva evangéli­ca. Amistad que, pese a los acontecimientos posteriores, se mantuvo por ambas partes hasta el fallecimiento de Don Santiago Masarnau.

Como anécdota de este encuentro sirva el hecho de que muchos años después, cuando Concepción Arenal le envíe recuerdos a Masarnau a través de Monasterio, parece que

on Santiago se sorprende de que aún le tenga presente en su memoria, lo que hace exclamar a la Arenal: «iSí será coquetón!».

Nos resulta difícil juzgar a distancia la actitud profunda de Masarnau, dado el grado de las virtudes cristianas que practicó, entre ellas una sincera humildad, pero lo cierto es que la admiración que por él sintió Da Concepción ha que­dado plasmada en varios artículos que publicó a su muerte y que hoy constituyen un documento irrefutable de la fama de santidad que Don Santiago tuvo en vida.

El visitador del pobre está dedicado a «las hijas de San Vicente de Paúl» y como aclaración añade la autora de que este nombre no sólo lo da a las Hermanas de la Caridad, sino a todas las personas que procuran el consuelo de los pobres «siguiendo el sublime espíritu de San Vicente de Paúl, que es el espíritu del Evangelio». El enfoque que da a esta obra es enteramente nuevo en su época, ya que al definir que es el pobre, hace la siguiente reflexión: «El pobre, decimos, falta a la verdad, es descuidado, imprevisor, vicioso, ingrato… pero si en vez de hablar de pobre dijéramos de pobreza seríamos más exactos y menos agresivos…».

La obra es una modelo de sensatez y de amor al que sufre. Su tacto para tratar con las personas humildes, incul­tas; su agudeza psicológica sorprende y causa admiración. Fue en su momento, y de alguna manera sigue siendo, un instrumento valioso para aquellas personas preocupadas por acercarse a los que sufren.

Por iniciativa del Siervo de Dios Santiago Masarnau, se hicieron varias ediciones de este libro y su lectura fue viva­mente recomendada a los socios de las «Conferencias de San Vicente de Paúl»; en 1862 la obra aparece anunciada en el Boletín de la Sociedad vicentina.

Personas de la altura intelectual y política de Salustiano Olózaga, de ideas avanzadas, elogiaron el libro sin reservas. Siendo también encargado por los miembros de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de redactar un informe sobre el alcance social del trabajo realizado por la señora Arenal. El informe publicado más tarde por acuerdo de la Real Academia, consta de cincuenta y cuatro páginas y trata de «La Beneficencia en Inglaterra y España»; en dicho informe se decía:

«Para los señores académicos que no hayan leído todavía El visitador del pobre puedan formarse una idea de cómo va en él unida la profundidad del pensamiento con la ternura y delicadeza del sentir, y aquella difícil facilidad todo lo que se siente…. ¿Quién habría sido capaz, nos decíamos unos a otros, de escribir esto? Tal pensamiento prueba que es un gran filósofo; tal observación es propia de un hombre de Estado, tal conocimiento del mundo sólo puede haberlo adquirido un anciano… ciertas pequeñeces que no alcanza nuestra vista y sobre todo un sentimiento vivo, tan penetrante y deli­cado, y una ternura tan natural, tan dulce y tan encantadora, revelan el gusto y el corazón de una mujer».

En una serie de cartas posteriores cruzadas entre Concepción Arenal y Jesús Monasterio, alude Da Concepción a D. Santiago Masarnau. Cierto que la amistad entre ambos se mantuvo a lo largo del resto de sus vidas, pero ésta no estuvo libre de dificultades, ya que «el espíritu de la excep­cional mujer (la llevó) por vías aventureras e inseguras, donde no podía el de su admirador, libre también y elevado, pero tan humilde y rígido en sus creencias. Da Concepción no sólo dejó de pertenecer a la sociedad de señoras, sino cediendo a las veleidades de su razón y a los halagos de los librepensadores, quiso fundar las decenas…

Jamás se desmintió sin embargo su respeto personal, al que tan opuestos principios profesaba, y que estimándola siempre, ningún día cesó de rogar a Dios para que conserva­ra en el regazo de la Iglesia católica a aquella superior inteli­gencia… En ausencia de ella, estuvo su hijo Fernando, dis­tinguido Ingeniero de Caminos, al lado del ínclito anciano, prestándole su compañía en las postreras visitas a los pobres y sus cuidados en lo más grave de la enfermedad…»‘

APOYO EN MOMENTOS DIFÍCILES

El apoyo de Concepción Arenal a Santiago Masarnau y a la Sociedad por él fundada — «Las Conferencias» — en momentos especialmente difíciles fue pleno y sin fisuras. Fue en el doloroso trance que sufrieron las «Conferencias de San Vicente de Paúl» tras el triunfo de la Revolución de 1868 – «La Gloriosa» -, pues un Decreto dado por el Gobierno provisional disolvía las «Conferencias de San Vicente de Paúl»; firmaba el decreto el entonces Ministro de Gracia y Justicia Don Antonio Romero Ortiz. El asunto tuvo un eco importantísimo en la vida nacional, así lo refleja la prensa del momento, como el Diario de sesiones del Congreso de los Diputados. Entre las voces que protestaron por esta injusta medida se destaca la de Concepción Arenal:

«Sesenta y cinco mil pobres que se quedan sin socorro y sin con­suelo, cerca de ocho mil niños que quedan sin patrocinio, de un gran número de acogidos en los asilos de las conferencias, arrojados a la calle y gimiendo en el más completo desamparo. Y esto, ¿por qué razón? ¿El decreto no lo dice? Ni una palabra de que justifique, que miente siquiera medida tan grave, tan dura, y este silencio, reminiscencia des­dichada del ordeno y mando del despotismo, es bien extraño y bien incomprensible».

Como se ve por el texto citado, Da Concepción se muestra disconforme con una medida que consideraba arbi­traria de un Gobierno que a ella la había beneficiado y reco­nocido con nuevos cargos, y al que inicialmente había apo­yado, pero que se había mostrado precipitado en destruir y perseguir a instituciones intermedias, para solucionar los graves problemas sociales del momento, sin proponer otras alternativas nuevas.

Algún efecto tuvo su escrito, pues el Gobierno revolu­cionario autorizó el funcionamiento de la sección femenina de «Las Conferencias». No obstante, dos años más tarde de esta primera publicación, con el título de «La sociedad de San Vicente de Paúl y la revolución» aparece publicado en La Voz de la Caridad, otro artículo en el que afirmaba: ‘Antes nos hubié­ramos dejado cortar la mano derecha que firmar ese decreto. Comprendemos la vida con el cuerpo mutilado, pero no con el alma acongojada por la idea de haber hecho tanto mal».

Pero es en el momento del fallecimiento del Siervo de Dios Santiago Masarnau, ocurrido en Madrid el 14 de diciembre de 1882, cuando Concepción Arenal manifiesta el sincero y auténtico concepto que de él tenía. En una nota necrológica, publicada, pocos días después del óbito, en La Voz de la Caridad, revista por ella fundada el año 1870:

«DON SANTIAGO: Así le llamaban los afligidos, así le lla­maban los consolados, así le llamábamos todos, y la manera de pro­nunciar este nombre venerado y amado, era como el apellido que le distinguía de los demás, porque Don Santiago era él, y no podía ser otro. Sabiendo la especie de horror que tenía por la publicidad de sus buenas obras e íntimos afectos, creo oírle que desde el cielo me recon­viene porque no guardo absoluto silencio sobre su vida y su muerte, y con aquella sonrisa que parecía seguro presentimiento de la dicha inefable y reflejo de la de los niños que acariciaba, me pregunta: ¿Por qué lloras? Lloro porque ya no volveré a oír aquella voz que daba siempre gusto, lección y consuelo; la palabra del artista, del sabio y del santo; lloro por los que han perdido al que enjugaba sus lágrimas; lloro por la patria insensata e infeliz, que ha visto desparecer al más grande de sus hijos sin un estremecimiento doloroso, como esos enfer­mos tan graves que se pueden mutilar sin que lo sientan”.

CONCLUSIÓN

A modo de conclusión, podemos afirmar que Concepción Arenal puede considerarse un precedente signi­ficativo del Trabajo Social en España. Sus primeros trabajos relativos a la cuestión le proporcionaron estímulo y recono­cimiento en su momento, aunque sus iniciativas concretas no tuvieron el seguimiento necesario para alcanzar logros mínimos.

Sus dos primeras obras, como ya hemos señalado, sobre la cuestión social: La Beneficencia, la Filantropía y la Caridad y El Manual del visitador del pobre recogen la esencia de lo que fue su pensamiento sobre la beneficencia y la actividad cari­tativa.

Su enfoque propone la distribución de funciones entre Estado, sociedades filantrópicas y la caridad individual. Este último aspecto queda profundamente tratado en El Manual del visitador del pobre cuando aborda los valores y habilidades necesarios para ofrecer ayuda, es decir, formar a las personas con sensibilidad social y cristiana, hoy conocidos como «voluntarios», al acercarse a la pobreza; formación necesaria entonces como ahora, si quieren que su labor sea fructífera. Con este espíritu, y conocidos los orígenes y fines de esta obra, debe el lector sacar el mayor fruto posible de ella.

Concepción Arenal

Bilbao 2009

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