San Vicente (Collet) 24

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Luis XIII había perseguido con tanto vigor estos sueños, que se los creyó disipados para siempre. Pero si el error cuando se siente demasiado débil sabe ocultarse por algún tiempo, sabe también aprovechar las ocasiones de reproducirse, cuando cree encontrarlo favorable. Las confusiones desdichadas que agitaron el Reino durante la minoría de Luis XIV, parecieron apropiadas a nuestros Iluminados para restablecer sus negocios: comenzaron por levantar la cabeza en diferentes barrios de Francia, sobre todo en la Diócesis de París y en la de Bazas. Los Monasterios de Mujeres fueron de ordinario la primera conquista que intentaron. Sorprendieron también a un número de personas de toda condición y de todo sexo. Por suerte el mal no había echado aún raíces muy profundas cuando el Siervo de Dios fue informado. Mandó enviar a las Comunidades, a las que la seducción había atacado, a personas  sabias y virtuosas. Que hicieron sentir el peligro de estas falsas máximas. Se vigiló de tan cerca de los que eran sospechosos de dogmatizar y se los asustó de tal forma que se apresuraron en regresar por segunda vez a sus tinieblas. Parece ser que la Guía espiritual de Molinos de los derribos de esta Secta, o que al menos fue dirigido por el mismo espíritu que habían tenido por Maestro los Fanáticos de los que acabamos de hablar. No terminaríamos si quisiéramos escribir al detalle todos los servicios que Vicente de Paúl prestó a la Iglesia y al Estado durante la Regencia de Ana de Austria. Nos contentaremos pues con decir en general que él emprendió toda clase de acciones que pudo. Fue él quien, para exterminar la blasfemia, y abolir la práctica condenable de los duelos, hizo renovar las antiguas Ordenanzas y publicar aquellos hermosos Edictos, por los que Luis XIV comenzó su Reinado. Fue él quien hizo anular la licencia que hombres sin fe y sin virtud se atribuían de decir, escribir y mandar imprimir contra la Religión y las buenas costumbres, todo lo que el demonio del libertinaje y de la impiedad les sugería. Fue él quien manifestó al Rey que, para atraer la bendición de Dios sobre sus armas, había que reprimir la insolencia de los soldados, que se cuidaban menos de lo sagrado que de lo profano, y que tras asolar los Templos del Señor, vejaban también de la manera más ultrajante a las personas que le estaban consagradas. Fue él quien, no pudiendo abolir la Comedia, a la que el Ministro asistía sin escrúpulos, hizo al menos prohibir a los Comediantes las Escenas indecentes y escandalosas que hacían a los espectáculos doblemente criminales. Finalmente, fue él quien, habiendo conocido que los prisioneros de Estado encerrados en la Bastilla no tenían a nadie que les enseñara a santificar sus penas, hizo que la Reina aprobara que un Eclesiástico virtuoso de la Conferencia fuera a visitarlos, que introdujera entre ellos el uso de la Oración de la mañana y de la tarde, que les hiciera piadosas exhortaciones, y que a la vez que les hacía entrar en gracia con Dios, los disponía a volver a los favores del Rey.

Pero, por más ganas que tengamos de abreviar una materia, que parece habernos detenido demasiado, es preciso no obstante que, para la mayor gloria de Dios, por la misericordia de quien los Santos son todo lo que son, es preciso, digo, advertir al Lector que Vicente, durante los diez años que estuvo trabajando en el Consejo del Rey, sirvió a su Príncipe con un desinterés y una prudencia, de los que es difícil hallar ejemplos.

No pretendemos censurar a los que se apegan a los Soberanos con la esperanza de que tendrán en cuenta sus servicios. Si los rebeldes son castigados,  es justo que los que se consagran al bien del Estado sean recompensados. Sin embargo estaremos de acuerdo en que hay más nobleza  y más grandeza de alma en no trabajar para el Príncipe más que por la sola intención de agradar a Dios. Este hombre generoso, desinteresado que, muy lejos de correr tras el oro, la plata y los honores los pisoteó siempre; este hombre en fin, a quien buscó inútilmente el Sabio en su tiempo y a quien hubiera prodigado los más hermosos elogios –Qui  est hic et laudábimus eum-, Francia le vio y le admiró en la persona de Vicente de Paúl. Aunque al alcance de tener parte en las gracias que manaban en abundancia de una fuente de la que estaba tan cerca, no se mantuvo nunca por estos motivos, que sostienen a tantos otros. Fue únicamente el deseo de procurar siempre la gloria de Dios el que le llevó a aceptar los empleos, con que se le honró, el que le unió inviolablemente a los intereses del Rey en los tiempos más difíciles y el que le hizo superar las contradicciones, las calumnias, las persecuciones, hasta los peligros, a los que su fidelidad, su justicia y su rectitud le expusieron más de una vez.

Hemos dicho ya que, cuando la Reina al principio de su Regencia le concedió el honor de llamarlo al Consejo de los asuntos Eclesiásticos, no consintió en ello sino haciendo violencia a su humildad y a la inclinación que tenía de pasar el resto de sus días en el retiro y la separación del mundo. Mientras estuvo en este empleo, habría podido servirse de la confianza que se tenía en él para establecer con ventaja a su Compañía. Sus casas eran todas bastante pobres y la mayor parte muy cargadas por la Ley, y se hicieron trabajando gratuitamente en sus principales funciones. El santo Sacerdote, a quien se había confiado la distribución de un gran número de Beneficios, habría encontrado con toda facilidad los medios de reunir unos pocos a su Congregación: no se le ocurrió nunca; y si alguna vez ha habido suerte en los Seminarios, cuya dirección llevaban los suyos, no se debió sino a las insistentes súplicas de los que los poseían, o que tenían derecho a conferirlos. Alguna vez incluso les costó más tener su consentimiento de lo que a hombres ávidos de los bienes de la Iglesia  les costaba procurárselos. Además, al aceptarlos, cuando ya no era posible negarse a ellos, su plan no era ni enriquecer a sus casas ni colocar a los suyos cómodamente, sino en emplear con fidelidad todas las rentas en instruir y en formar a los  serían llamados al santo Ministerio.

Hay quien más de una vez se esforzó en corromper su virtud con el cebo del dinero, al que todo obedece. Hemos dicho arriba que un Magistrado le tentó prometiéndole devolver a la casa de S. Lázaro a sus antiguos derechos. No es la única ocasión que su integridad se vio puesta a prueba. Uno de sus amigos más íntimos vino un día a verle, y le ofreció cien mil libras de parte de algunas personas, que deseaban mucho que el Consejo del Rey aceptara ciertas propuestas que le habían presentado. Parecían razonables y no tenían nada de oneroso para los pueblos. En esto se apoyaba el amigo de Vicente para hacerlas valer: pero aparte de que el santo Sacerdote no habría creído poder vender el favor que tenía en la Corte, hizo ver a su amigo que el sistema que se le pedía apoyar podía lesionar los intereses del Clero: así, levantando los ojos al Cielo, sólo dio esta repuesta: Dios no lo quiera, antes querría morir que decir una sola palabra sobre esto.

El puesto que ocupaba le ponía al alcance de ganarse el favor y la amistad de todo lo que el Reino tenía de más grande y más distinguido. Pero si bien su virtud no tenía nada de salvaje y estuviera muy lejos de granjearse gloria disgustando a los Poderes del siglo, su regla inviolable era no contentar a nadie más que por orden de Dios. Cuando, sin herir los deberes de su conciencia, podía hacer lo que se le pedía, no era preciso volver dos veces a la carga, se prestaba a todo de la manera más servicial; y en este caso servía a un hombre de clase inferior con tanto afecto como a un Mariscal de Francia: pero, si lo que le exigían era opuesto las verdaderas reglas, no había entonces ni peligros, ni amenazas, ni persecuciones, ni vida, ni muerte que pudieran apartarle de su deber. Dios, que era el único a quien quería agradar, era también el único a quien temía ofender.

Hablaremos más tarde de la forma indigna como fue tratado en su persona y en la de sus Hijos, por razón del inviolable afecto demostrado a Sus Majestades. Pero esta persecución igualmente injusta y cruel no nos es necesaria para constatar su desinterés. Se ha llegado a saber por los conductos más seguros que le había llevado hasta el extremo, y que en diferentes ocasiones había hecho recaer sobre otros las gracias, que la Reina le destinaba. Era tan respetado de esta augusta Princesa que según confesión de cuantos conocían la Corte, no había nada que él no pudiera esperar de su buena voluntad. Se difundió el ruido incluso que quería pedir para él el honor de la Púrpura Romana, y algunos de sus amigos se apresuraron a felicitarle: pero el modo como recibió a los primeros dispensó a los demás del cumplimiento que habían preparado. Un hombre tan perfectamente muerto a sí mismo estaba más muerto aún a todas las grandezas de la tierra, y estaba tan alejado de las menores distinciones que la sola idea de las que son más brillantes le desconcertaban. En una palabra, vivir y no ser humillado era para él un martirio.

Al desinterés más señalado unió Vicente una prudencia y una sabiduría consumada. Yo sé que se encuentran hombres bastante poco juiciosos para pretender que un devoto, es su término, es poco idóneo al manejo de los grandes negocios; que hay en él más celo que discreción; que todo brillo de bien le deslumbra; y que finalmente, bajo pretexto de correr tras un fantasma de perfección, compromete con frecuencia al Soberano en empresas perjudiciales al bien de sus Estados. Si este principio fuera verdadero en toda la extensión que se le quiera dar, la situación de los Reyes sería bien lamentable, y no habría nada más fastidioso que la necesidad a la que se verían reducidos de comenzar por excluir de sus Consejos todo lo que lleve el carácter y la imagen de una sólida virtud. Pero nuestro Santo será suficiente de por sí para demostrar de una máxima tan contraria a los intereses de la piedad. Al examinar por orden sus cualidades personales, se verá que poseía en un grado eminente  las que son más necesarias a los Consejeros de los Príncipes.

Las disposiciones que son más necesarias para tratar con prudencia los asuntos son, a juicio de los antiguos Romanos, la exención de las pasiones desarregladas y de los prejuicios, la madurez, la fidelidad en el secreto respecto de las deliberaciones, la sumisión a la autoridad de la razón,  de cualquier lado que se presente, y por fin, la firmeza en la ejecución de los proyectos justos, que se hayan formado una vez. Pues este retrato, tan extenso como es, encaja perfectamente en el de Vicente de Paúl.

Como en primer lugar, todos los que le conocieron mejor estuvieron de acuerdo en que, sea gracia, sea fuerza de espíritu, parecía estar libre por completo de estas emociones de estos fallos, a los que se ven demasiado sujetos los mayores hombres de bien: o si los experimentaba, su virtud y su sujeción a la voluntad de Dios, le habían hecho tan dueño de sí mismo, que no se llegaba a descubrir nada, ni en sus gestos, ni en sus palabras, ni siquiera en su rostro. La serenidad de su frente era siempre igual; y no había éxitos inesperados, ni accidentes, ni afrentas que le alterasen. Hay más, y se ha advertido en un gran número de ocasiones, nunca era más moderado, más circunspecto, más presente en sí mismo, que cuando su paciencia era puesta a las más duras pruebas.

A esta libertad de espíritu se unía una extrema vigilancia contra los prejuicios. Los que no hablan a la ligera y sólo proponen su opinión después de haberlo pensado bien, están inclinados a defenderlos con calor. Vicente era firme en sus consejos, pero no se apegaba a ellos con exceso; no los sostenía con ese aire imperioso, que quiere someterlo todo: bien persuadido que otro podía ver lo que él no había visto, estaba siempre preparado a ceder. Pero no era siempre por la forma como él decía, a juicio de las personas que le eran superiores, sometía su mente a la suya, cuando podía hacerlo sin herir su conciencia. Además, fueran las que fuesen las propuestas que se oponían a las suyas, no se le escapaban ni quejas ni invectivas: después de cumplir con su deber, se quedaba en un respetuoso silencio, y dejaba a la Providencia el éxito y acontecer de los asuntos.

Hemos visto varias veces en el curso de esta historia que era enemigo de la precipitación. Lo que dice Tito Livio que la celeridad en las deliberaciones hace dar los más falsos pasos, era como natural en su gusto. Por eso no decidía nada, sobre todo en los asuntos de importancia sino después de reflexionar sobre ello con madurez. Se tomaba el tiempo necesario para examinar las cosas sobre las que era consultado; pesaba atentamente las razones de una y de la otra parte, profundizaba las circunstancias, preveía las consecuencias: pero una vez que había tomado partido, era tan pronto en la ejecución como lento i circunspecto en el examen: y entonces bien porque el evento fuera favorable o no, se quedaba en paz; bien seguro con un antiguo Padre, que el Sabio no debe juzgar de las cosas por el éxito, sino por la intención, la justeza y la proporción de los medios; y que un asunto de acuerdo con todas las reglas puede salir mal, mientras que otro arriesgado temerariamente saldrá bien.

En cuanto al secreto, por cuya falta vemos todos los días fracasar proyectos tan excelentes, el Santo era invulnerable en ese aspecto. Nunca le sucedió decir una sola palabra fuera de lugar, ni sobre lo que había sucedido en el Consejo, ni sobre las resoluciones que se habían tomado. Cuando volvía de la Corte, era tan religioso en guardar el silencio sobre los asuntos de Estado que se hubiera creído que salía de la celda de un Cartujo. Pero no era la naturaleza de los grandes asuntos que se tratan en el Gabinete de los Reyes, era su propia virtud la que le hacía tan circunspecto. Un hombre que no decía más que lo que era necesario decir, y que desde hacía mucho guardaba una inviolable fidelidad a ese gran número de personas que venían de todas partes a abrirse a él, estaba bien lejos de revelar esos misterios que, según el consejo del Espíritu Santo, deben quedar ocultos en lo más profundo del corazón, para no salir nunca. –Sacramentum Regis abscondere bonum est-.

Por lo demás, y no puedo por menos que repetirlo, todas estas buenas cualidades de Vicente de Paúl nacían de un solo principio, quiero decir, de su afecto a la Ley de Dios y a las Reglas del Evangelio. De esta fuente tan pura sacaba sus luces; y hay que confesar que la política que allí se aprende bien vale otra. Los Ministros de los Príncipes no están siempre bien persuadidos de esto: pero los que quieran prestar atención, reconocerán con facilidad que la Escuela de Jesucristo es la única que pueda enseñar eficazmente a lograr lo que se ha notado siempre en nuestro Santo, pero más que nunca durante el tiempo de que habamos; es decir un acceso favorable ante los Soberanos y un desprendimiento perfecto de todos los intereses del siglo; una prudencia política y una sencillez Cristiana; una grande actividad en los asuntos exteriores, y una unión muy íntima con Dios; ocasiones tan cómodas como frecuentes de ganarse amigos a expensas de las buenas Reglas, y una rectitud de corazón, que nada puede alterar; un trato continuo con toda clase de personas bien o mal intencionadas, y una igualdad de espíritu. Siempre constante, siempre uniforme; finalmente una inteligencia capaz de responder a todos los deseos de su Príncipe, y un corazón tan penetrado de su nada, como lleno estaba de piedad y de amor de Dios.

Únicamente para extender cada vez más este divino amor, envió ese mismo año Sacerdotes a diferentes Ciudades del Reino. Tres de ellos comenzaron a formar el Seminario de Cahors –el 4 de enero de 1643-, que quedó ligado a la Congregación por el santo Obispo Alain de Solminihac. Los otros se extendieron por diferentes Diócesis para dar misiones. Además de la de Montmartre, en la que trabajó el sr Fouquet Obispo de Bayona, hubo dos, entre las demás, que tuvieron un éxito particular. La primera –en febrero- se dio en Marsella en las siete Galeras mayores. Se emprendió a ruegos de la Duquesa de Aiguillon, y el fruto sobrepasó lo esperado totalmente: son los términos de Jean-Baptiste Gaud Obispo de esta ciudad. La segunda –en mayo- se dio en Sedan, y a pesar de los clamores de los Herejes, de los que estaba llena casi toda la ciudad, tuvo continuaciones felices.

Estas dos Misiones de las que hablaremos posteriormente con más detalles, procuraron a la Congregación del santo Sacerdote dos nuevas fundaciones. La Señora de Aiguillon se quedó tan maravillada por los grandes bienes que se habían hecho en las Galeras, y apreció muy bien que, para perpetuarlos en un Cuerpo donde nuevos criminales vienen casi todos los días a reunirse a los primeros, se necesitaba una especie de Misión continua, que estableció en Marsella a cuatro Sacerdotes de la Compañía de Vicente de Paúl. Luis XIV confirmó y aumentó esta Fundación; y a fin de que el Superior de los Misioneros, que –el 25 de julio- necesita de la ayuda de un gran número de Capellanes, tuviera sobre ellos toda la autoridad necesaria, quiso que representando al General de la Congregación, tuviera, con la anuencia de éste, los poderes de Capellán Real y pudiera, como él, colocar y deponer a los que juzgara oportuno. Aunque la Duquesa no hubiera fundado mas que a cuatro Sacerdotes, Vicente hizo partir a cinco Sacerdotes, bien persuadido de que teniendo en cuenta la amplitud de la obra que emprendían, les resultaría difícil aún salir de apuros. No se equivocó, y le sucedió al más joven de todos lo que había pasado en Bar-le-Duc –al sr Robiche, a este excelente Misionero, de quien hemos hablado en otra parte, es decir que a la edad de treinta y cinco años murió mártir de su celo y de su caridad. Se le lloró tanto más, cuanto que unía a las más sólidas virtudes una salud vigorosa y que no se había visto alterada nunca. Por todas las medidas que se habían tomado para celebrarle unos funerales sin ceremonias, toda la ciudad, que no se cansaba de admirar su caridad hacia los más pobres enfermos de las Galeras, acudió en masa a ellos, y la participación fue tan grande que, a pesar del orden que se trató de guardar, fue muy difícil enterrarlo.

A esta Fundación se unió –setiembre de 1643- la de Sedan. El Duque de Bouillon, que había entrado en la conspiración del cinco de Marzo –setiembre de 1641-, no bien hubo cedido –setiembre de 1642- a Luis XIII esta Plaza importante, para conservarse la vida, cuando este Religioso Monarca deseó que Vicente diera allí Misiones, para instruir y afirmar a los Católicos, quienes por razón de su trato continuo con los pretendidos Reformados, estaban en peligro de perder la Fe. Se remitió de parte de Su Majestad una suma considerable al santo Sacerdote. Pero habiendo muerto el rey entretanto, la Regente que fue informada de los grandes bienes que la primera misión había logrado en Sedan, quiso que el dinero que sobraba fuera empleado en la Fundación en esta ciudad de una Colonia de Sacerdotes que trabajaran allí sin interrupción. Vicente envió a seis, a los que Leonor d’Estampes de Valencay Arzobispo de Reims puso en posesión de la Parroquia. No encontraron allí más que a mil quinientos Católicos. Las cosas fueron cambiando poco a poco de cara, por sus cuidados, y por los de las otras dos Comunidades –los PP. Jesuitas y los PP. Capuchinos-, que se establecieron allí a petición del Siervo de Dios. De más de diez mil habitantes que hay en Sedan, no quedan hoy más que una tercera parte que persevere en en el cisma y en la rebelión contra la Iglesia.

También fue este mismo año cuando Francisco Mallier Obispo de Troies estableció a los Misioneros en la pequeña ciudad de Montmirel, a petición de Pedro de Gondi Duque de Retz. Los de la región vieron con agrado a los ojos de Vicente de Paúl en un Lugar donde habían admirado tantas veces su virtud y su celo Apostólico. El tiempo, que lo borra todo, no ha borrado hasta hoy sus primeros sentimientos de respeto y veneración. Los padres se los han transmitido a sus descendientes, y el brillante Milagro, que Dios realizó allí hace algunos años por la intercesión de su Siervo, es una prueba que si Montmirel continúa rindiendo a la memoria del Santo los homenajes más justos, el santo continúa queriendo y protegiendo a Montmirel.

Si Vicente vio con alguna satisfacción a sus Sacerdotes a punto de servir más cómodamente a la Iglesia en un buen número de Diócesis, la tuvo mayor aún al ver que se multiplicaban sin perder nada de su primer Espíritu. Nunca, dijo en una Carta que escribió por este mismo tiempo al Superior de la Casa de Roma, nunca se ha visto más regularidad, más unión y cordialidad, que la que se ve ahora. Pero, añadía él, una gran calma anuncia de ordinario alguna tempestad.

Su pronóstico resultó justo, y su Congregación se vio en este punto tener, con la muerte de este santo fundador, la mayor pérdida que fuera capaz de sufrir. Las ocupaciones domésticas y exteriores, la pena infinita que tenía al verse en el Consejo, los líos prodigiosos que le atrajo este empleo, que fue siempre su martirio, la falta de descanso para un hombre ya avanzado en edad y que, levantándose exactamente a las cuatro de la mañana, no estaba acostado a veces hasta medianoche, tantas fatigas agotaron al fin su naturaleza, y la hicieron sucumbir. Su enfermedad hizo temer por él desde los primeros  momentos. El santo Sacerdote, para disponerse a la muerte que miraba como próxima, comulgaba todos los días. El amor de Dios ocupaba todo su corazón; y en un delirio que le duró algún tiempo, no se advirtió en él, como en otro tiempo S. Francisco Javier, más que movimientos plenos de ardor, tiernos suspiros hacia el cielo, deseos inflamables de ver la disolución de esta casa de barro, que impide al alma reunirse con su adorable Príncipe.

Habiéndose extendido el ruido de su mal a la ciudad, la gente de bien se alarmó. Varios quisieron testimoniarle a él en persona lo que les preocupaba su situación. El P, Jean-Baptiste de Saint-jure de la Compañía de Jesús, conocido por un número de Obras de piedad se apresuró a venir a ver a su querido enfermo que era su íntimo amigo. Tuvo el dolor de encontrarle en un violento transporte; pero en este estado mismo, consiguió de él lo que le habría costado conseguir de muchas personas cuyo espíritu hubiera estado más libre. Vicente, que no le oía más de lo que oye un hombre que se halla en lo peor del delirio, le respondió con estas palabras de la Escritura: In spiritu humilitatis et in animo contrito suscipiamur a te, Domine; es decir, Dignaos, oh Dios mío, ponerme y recibirme en los sentimientos de una verdadera humildad, y de un sincero dolor por las faltas que haya tenido la desdicha de cometer. Los Hijos del santo Sacerdote abrumados por la tristeza no sabían qué partido tomar. Unos se abandonaban a las lágrimas y a los gemidos; los otros hicieron por él un Voto a Nuestra Señora de Chartres: pero nadie dio mejor testimonio de su deseo por el restablecimiento del Hombre de Dios como un joven Sacerdote llamado Antoine Dufour, cuya memoria debe vivir para siempre. Él mismo estaba enfermo en el mismo tiempo de la enfermedad del Santo. Apenas se enteró de que este respetable Anciano estaba en peligro de muerte, pidió a Dios que aceptara su vida en lugar de la de un Hombre, que era más necesario que nunca a la Iglesia, al Estado, y a la Congregación en particular. Desde entonces Vicente comenzó a estar mejor, y el joven Sacerdote a bajar de una manera tan sensible que murió poco tiempo después. Era poco más o menos medianoche cuando entregó los últimos suspiros; en el momento mismo los que velaban en la Cámara de nuestro Santo, oyeron dar tres golpes en la puerta; fueron a abrir, pero no encontraron a nadie. Vicente, a quien no le habían contado todavía la muerte de Dufour, ordenó a un Clérigo de la Congregación recitar a su lado una parte del Oficio de Difuntos y cuando al amanecer se supo lo que había ocurrido, no se dudó que había sido informado por vía sobrenatural. Se le persuadió con facilidad que se sabía de más de un lugar que los secretos más impenetrables eran a menudo resueltos y descubiertos a sus ojos. Es lo que han asegurado varias personas dignas de fe, cuyos testimonios podremos además producir. Nos contentaremos por ahora con el de uno de los más antiguos y de los más famosos –sr Martin Husson Abogados del Parlamento de París quien, algunos años después de la muerte de Vicente de Paúl escribió –el 2 de febrero de 1661- a un Hermano de la Congregación en estos términos. Se me olvidaba deciros que el Bienaventurado Difunto me predijo cosas secretas y ocultas, que sucedieron dos años después y que él no podía entonces prever, sino mediante una ilustración particular o, mejor dicho, por un espíritu de Profecía.

Una vez  recobrado algo, volvió a comenzar sus ejercicios y sus trabajos con tanto fervor y asiduidad como si no le hubieran llevado a las puertas de la muerte. Uno de sus Misioneros que hacía en Roma las funciones de Superior, le apremiaba entonces a aceptar una nueva Fundación en Cataluña, que él mismo había arreglado con mucho cuidado: pero un Hijo de la Providencia, tal como lo era Vicente de Paúl, le convenció con sus respuestas que convenía seguirla y no adelantarse a ella; que la Congregación recibía nuevas Casas, cuando no podía evitarlo, pero que no daba pasos para buscarlas, y que siempre sería verdad decir, que Dios arranca la Viña que no ha plantado.

El Santo habría aceptado con mejor talante la propuesta que Roma le hacía en ese mismo tiempo de enviar obreros Apostólicos a Babilonia y a las Indias Orientales. Había mucho que sufrir y, al parecer, grandes bienes que hacer en esos dos países; motivos así causaban siempre una gran impresión en su alma: pero la muerte del Papa Urbano VIII que ocurrió -29 de julio- mientras tanto, y los compromisos, que Vicente se vio obligado a aceptar, pararon una parte de estos proyectos, y suspendieron la otra. El santo Hombre, a la espera que la voluntad de Dios se manifestara con mayor claridad, partió para Richelieu. La esperanza de realizar allí un bien, que otros habían intentado inútilmente, fue la única razón de este viaje. Ya que es bueno señalar que no los hacía más que por obediencia o por necesidad. Él mismo dijo que había aprendido del Cardenal de la Rochefoucault, que un Superior debe amar la residencia –carta del 4 de enero de 1645-; que el bien que hace en sus Casas, al visitarlas, no está compensado por la pérdida que sufre la suya propia con su ausencia; Y que, mientras se encuentra de camino, una cantidad de asuntos exteriores, que a menudo no permiten retraso, no pueden arreglarse como es debido. Así los recorridos que se veía obligado a hacer de tiempo en tiempo no tenían para él  el atractivo que tienen a veces para los demás; y él mismo confiesa que mientras estuvo en Richelieu –carta del 5 de octubre de 1644- estaba ocupado de la mañana hasta la noche.

Todavía no había regresado cuando la Reina le dio orden de enviar a sus Sacerdotes a Fontainebleau para dar una Misión allí. A pesar de la autoridad de la que mandaba, no la emprendió más que con el permiso no sólo del Arzobispo de Sens, sino también del Párroco del Lugar. René Alméras, que sucedió a nuestro Santo en el Cargo de Superior General, se trasladó allí con un buen número de celosos Operarios. Las necesidades eran grandes, el éxito respondió.

Ocurrió en el curso de esta misión que Vicente aceptó al fin la dirección perpetua del Seminario de Saintes. Hacía más de tres años que sus Sacerdotes trabajaban por la salvación de los pueblos de esta Diócesis. Jacques Raoul, que era su Obispo y que había tenido todo el tiempo necesario para conocerlos a fondo, les rogó –el Acta de unión es del 27 de setiembre- que se encargaran del cuidado de sus jóvenes Eclesiásticos. Vicente no ratificó el Acta de Unión hasta dos meses después, bien porque quisiera que recayera este Seminario en alguna otra Comunidad; bien porque tenía por entonces gran necesidad de un buen número de Sacerdotes para la ejecución de los grandes designios que meditaba.

En efecto, aparte de la misión de le Mans, para la cual el Preboste de Nuestra Señora de Coëfford y los Señores sus Cofrades cedieron, con anuencia del Rey, todo lo que dependía de ellos, el Siervo de Dios, que sabía por su propia experiencia a qué peligros están expuestos los Esclavos Cristianos de Túnez, de Argel, de Bizerta, y de los demás Cantones de Berbería, pensaba seriamente en procurarles una ayuda, que él no había tenido en el tiempo de su cautividad. Julien Guerin nacido en la Diócesis de Baïeux, hombre que, antes de asociarse a Vicente de Paúl, había sabido santificarse en la profesión de las Armas fue aquel a quien el Santo, que conocía su virtud y su valor, dio el Departamento de Túnez. Hubiera sido difícil hacer una elección mejor. El sr Guérin unía a una unción capaz de mover los corazones más endurecidos un celo comparable al de los mayores Apóstoles. El Obispo de Saintes, en cuya Diócesis había trabajado, decía bien claramente que no conocía a nadie en el mundo en quien la Obra de Dios apareciera con mayor claridad, y que tuviera más gracia en anunciar las verdades del Evangelio. Aunque se decía de él, como de S. Juan Bautista, que vivía sin beber ni comer, trabajaba con tal continuidad y ardor que se necesitaba una especie de Milagro para conservarle la vida. Había deseado siempre morir entre los cautivos y los bárbaros. La sola idea de que pudiera ser un día bastante feliz para sufrir lo que sufren los Mártires, le transportaba de alegría. Como alguien le dijera un día, la víspera de su partida, que iba a ser colgado en Berbería: es demasiado poco, respondió, no quisiera ir si creyera  que iba a ser por algo tan barato. Espero que Dios me haga la gracia de  ser empalado, o de sufrir alguna cosa peor.

Estas ideas heroicas continuaron en Túnez. El hombre Apostólico con su trabajo logró que su paciencia fuera invencible en las persecuciones y su amor por las cruces, frutos prodigiosos de los que hablaremos en el octavo libro de esta Historia, que hemos destinado a las misiones, y principalmente a las que se dieron en Países extranjeros. Si Dios no le hizo alcanzar la Corona del Martirio, le honró al menos con la que se debe a la más eminente caridad. No hacía aún cuatro años que estaba en Berbería cuando, debido al trato easiduo que mantuvo con los Esclavos afectados de la peste, él mismo fue víctima de ella, y acabó así una vida santa con una muerte preciosa a los ojos del Señor. Por suerte para los Cristianos de África, había obtenido del Day, que es como el Rey de Túnez, desde el año precedente, el permiso de hacer venir de Francia a un segundo Sacerdote, que pudiera ayudarle a recoger una cosecha demasiado abundante para un solo hombre: y Vicente a quien no le costaba tratándose de ayudar a los miserables, había mandado –en 1648 salir al momento a Jean le Vacher Sacerdote de la Diócesis de París. Fue este hombre incomparable quien, después de trabajar durante más de 23 años por la salvación de los Esclavos, y de los Turcos mismos en Túnez y en Argel, tuvo por fin la suerte de ser puesto en la boca del Cañón –en 1683- y ser el primer Hijo de Vicente de Paúl que, en este país infiel y bárbaro, haya derramado su sangre por la Fe de Jesucristo. Diremos algo en otra parte, pero hemos de confesar que es debilitar la memoria de estos Héroes Cristianos si les damos a conocer tan a la ligera. Las vidas de más de veinte de ellos, que quedan manuscritas en los Archivos de S. Lázaro, no podrían sino edificar a muchos que tienen piedad y Religión.

El Siervo de Dios no descuidaba en Francia los ejercicios de caridad que sus Sacerdotes realizaban tan generosamente en una tierra extranjera. La persecución que los Católicos y sobre todo los Sacerdotes sufrían en Gran Bretaña, donde el hipócrita y perverso Cromwel, con el nombre de Milord Protector, ejercía toda la autoridad de los mayores Reyes; esta persecución, digo, obligó a abandonar su Patria a un número de Eclesiásticos y a implorar la caridad de Vicente, asilo ordinario de la virtud oprimida. El Santo, después de remediar las necesidades del cuerpo con las limosnas que les hizo distribuir, se esforzó por detener las necesidades espirituales que, aunque menos sensibles, son mucho más peligrosas. Como había en su Congregación algunos Sacerdotes de los mismos Reinos, les encargó de reunir con frecuencia a estos pobres fugitivos y darles Conferencias Eclesiásticas. Este medio iba dirigido a reunirlos y llenarlos poco a poco de las virtudes de su Estado. Pero le división que reinaba en su País, donde el hermanos estaba armado contra su hermano, se interpuso entre ellos. Cada uno tomaba el partido de su Provincia y quería justificar la conducta que había observado, o que observaba aún en la época de los disturbios. Por más que se les manifestaba que no era cuestión de saber si Escocia tenía razón, o si Irlanda estaba equivocada, no podían estar juntos sin disputas. Así fue necesario romper estas Asambleas. Los hubo entre estos Señores a quienes se persuadió vivir en comunidad, y quienes con el tiempo se determinaron a ello.

Vicente, a quien una obra buena no dejaba nunca de ver la luz para comenzar otra, quiso hacer a favor de un número de Sacerdotes del Reino, lo que había emprendido por los Extranjeros. Había visto y advertido por sí mismo y con mucho dolor que entre esta multitud de Eclesiásticos, a quienes el deseo de estudiar, las ganas de hacer fortuna, la necesidad de sus asuntos, la curiosidad misma, y con bastante frecuencia el amor de una libertad peligrosa, atraen a París, hay muchos a los que la mediocridad de su fortuna obliga a residir en tabernas, que por cierto no son lugares de virtud ni de inocencia. Estos Sacerdotes, la mayor parte de los cuales habrían hecho mejor con no subir al Altar, iban de Iglesia en Iglesia a mendigar sus Misas, o más bien la retribución que las acompañaba. Celebraban sin respeto, sin preparación, y a menudo sin saber las ceremonias. Los había que pedían limosnas en público y que, envileciéndose a sí mismos por el modo indecente con que fatigaban la caridad del prójimo, envilecían  por consiguiente el Sacerdocio de Jesucristo. No había más que un partido que tomar para detener este desorden; y este partido era reunir a estos Sacerdotes en Cuerpos de Comunidad, hacerles conocer la grandeza de su vocación, instruirlos en sus obligaciones, colocarlos poco a poco en disposición de servir en Parroquias, y pedir a sus Obispos que les dieran empleos, una vez que se les hubiera hecho capaces de trabajar con edificación. Vicente, siempre preparado a hacer el bien, se encargó de emprender éste. Y lo hizo con tal desinterés que le ha dado tanto honor ante Dios y ante los hombres. Este es el modo cómo lo consiguió.

El Seminario establecido en el Colegio de los Bons-Enfants, era la única de sus Casas, donde podría alojar a estos Eclesiásticos, mandó salir a los jóvenes Clérigos, que se educaban allí según el Plan del Concilio de Trento, y los trasladó a la casa de S. Charles, en la que continuaron formándolos como antes. Dio a los Sacerdotes de quienes hablamos las Habitaciones que estos chicos habían ocupado anteriormente; y contentándose con los honorarios de sus Misas a cambio del precio de su alimentación, los hizo instruir en todo lo que debían saber por sí mismos y para los pueblos. Mas para que perdieran menos tiempo y que, los que, después de arreglar los asuntos de su conciencia, eran juzgados capaces de celebrar no se vieran obligados a ir a buscar su Misas a derecha y a izquierda, se determinó con los Señores del Capítulo de Nuestra Señora, que irían a decirla en la Catedral, y a la hora que les fuera señalada. Eran por lo general unos cuarenta, y habría habido más, si no hubiera faltado el alojamiento. Es verdad que esta acción de caridad fue muy onerosa para la Congregación. En términos tan costosos como lo eran aquellos, la retribución de una Misa no era suficiente apenas para el alimento de un hombre. Sin embargo se contentaban con menos: y Vicente les entregaba a menudo una parte para su mantenimiento, cuando sus familias no se lo daban. El santo Sacerdote salió bien recompensado por el buen ejemplo que dieron al público estos hombres que hasta entonces no le habían edificado. Se volvieron graves, modestos, recogidos; y muchos de ellos de regreso a sus Provincias, realizaron allí muchas obras buenas.

Ya que hemos vuelto a este Seminario, no nos saldremos demasiado de nuestro propósito al señalar que nuestro Santo visitaba de vez en cuando a los Eclesiásticos que se formaban allá en la virtud. Sus discursos unidos al gran modelo de virtud que llevaba a todas partes consigo, hacían una especie de impresión en estos corazones jóvenes, a los que la gracia había preparado ya para el bien. Parece que algunos de ellos hasta  eran dirigidos por él particularmente. Fue él quien formó a Luis Eudo de Kerlivio en esta piedad grande y sólida, que le otorga un rango tan hermoso en las Vidas de los Santos de Dom Gui-Alexis Lobineau -21 de marzo-. Aunque no hubiera cumplido todavía los veinticuatro años, el Siervo de Dios decía de él que igualaba ya a los más fervientes Religiosos; que él no merecía dirigirle y que, si viviera mucho tiempo, llegaría a un grado muy alto de perfección.

Eclesiásticos de este carácter eran la alegría y en consuelo de Vicente de Paúl. Estaba pronto a hacerlo todo, a sufrirlo todo por ellos: era más sensible a sus intereses de lo que lo era a los suyos propios. Dio por ese mismo tiempo una prueba clara con ocasión de una terrible afrenta que se hizo a Jean-Jacques Olier, su íntimo y antiguo amigo. Este digno Fundador del Seminario de S. Sulpicio era entonces Párroco de la Parroquia del mismo nombre. Quien se la había renunciado y le había animado mucho a aceptarla, seducido por personas, a quienes no les gustaba un Pastor tan vigilante como el sr Olier, quiso volver a ella. Los que apoyaban sus pretensiones, hicieron correr la voz que le habían engañado, y que el Beneficio que le habían dado a cambio, no valía lo que le habían prometido. En ese mismo momento una multitud de sediciosos se armaron con todo lo que les cayó en mano. El sr Olier fue expulsado de su propia casa, arrastrado por la mitad de la calle, y perseguido a punta de espada. Un Decreto del Parlamento que le restableció no calmó los espíritus. Desde el mismo día su Presbiterio fue sitiado; trataron de forzar las puertas y de escalar las paredes; y a no ser por unas Compañías del Regimiento de la Guardia, que envió la Reina, con toda seguridad que le habrían quemado vivo en su Presbiterio.

Como la transacción entre el antiguo y el nuevo Párroco había tenido lugar como consecuencia de la Misión famosa, que Vicente había dado en el barrio de S. Germain; que el mismo sr Olier era un gran Misionero, y que al hablar bien  en su nombre, bien en nombre de los que le eran más afectos, decía con frecuencia: El sr Vicente es nuestro Padre y nosotros debemos honrarle como tal; se pensó en la corte que estos dos grandes Siervos de Dios, no teniendo más que un corazón y un alma, ellos y sus Sacerdotes no formaban más que un solo cuerpo. Por eso, cuando Vicente fue a saludar a la Reina después de este alboroto, recibió por ello reproches bastante vivos de varias personas de distinción, de los Príncipes mismos y de los Ministros de Estado. Es claro como el día que podía con una sola palabra cerrarles la boca: pero este humilde y perfecto amigo quien, si se hubiera tratado de una cosa que los Cortesanos hubieran tenido como honrosa pata el sr Olier y a sus Sacerdotes, no habría dejado de atribuirles toda la gloria, se condujo de diferente manera en una coyuntura en la que tanta gente estaban, aunque mal, aconsejadas contra ellos. Sin decir ni quiera insinuar que había entre las dos Comunidades otros lazos que el de la caridad y de la estima, hizo bien claramente la apología del Párroco de S. Sulpicio, como un Padre habría hecho la de su Hijo: justificó sus pasos, y desengañó a cuantos quisieron serlo. Esta conducta que le envolvía en la querella de su amigo y que le exponía  a la misma tormenta, pareció grande y generosa a las personas que sabían o que supieron después el fondo de las cosas. Enseña a quienes están a favor a ayudar cuando pueden sin lesionar la justicia, los intereses de los que no lo están. La ocasión de servir es preciosa; no se la tiene todos los días.

Vicente envió el mes de julio a algunos de sus Sacerdotes a la Diócesis de S. Malo. Aquiles de Harlai de Sancy, que era su Obispo los deseaba hacía ya tiempo y los había pedido con mucha insistencia. Los estableció en S. Méen, de donde era Abate, y que estando situada en el corazón de su Diócesis, era más idónea que ningún otro Lugar para la erección de un Seminario.

Ninguna Fundación causó tanto dolor al Siervo de Dios como ésta. Apenas hubieron entrado sus Misioneros, cuando en virtud de un Decreto del Parlamento de Bretaña fueron desalojados de allí. Vicente, que algunos meses antes había escrito a uno de los suyos que era mejor perder que pleitear, comenzó por hacer lo que un hombre como él debe hacer; es decir que quiso retirar a sus Sacerdotes, a quienes necesitaba en otro lugar, pero el Obispo se opuso con todas sus fuerzas. Le expuso que no había hecho nada disconforme con las Cartas Patentes del Rey -del 20 de octubre de 1643-; que no había en la Abadías de S. Méen más que dos ancianos Monjes, cuyo consentimiento había obtenido, y que no eran ni querían ser reformados; que la Abadía, constantemente sometida a la Jurisdicción de sus Predecesores y a la suya, no era miembro de ninguna Congregación y que, independiente de todo otro Cuerpo, nunca había recibido visitas más que por parte de los Obispos. Vicente le dejó pues sus Sacerdotes y les dio orden de obedecerle, pero tuvo mucho cuidado de meterse en pleitos, y nunca lo hizo, ni por sí ni por los suyos.

Para oponer de algún modo la fuerza a la fuerza, el sr de S. Malo puso a la Iglesia de S. Méen en entredicho; prohibió a sus diocesanos, bajo pena de excomunión, poner el pie en ella, mientras estuviera bajo el poder de los que se habían apoderado de ella; y llevando al Rey las pruebas que le parecían justas, consiguió un Decreto del Consejo privado, por medio del cual, los que habían despedido a los otros, fueron despedidos a su vez. Este remedio, que de por sí es violento, no hizo sino agravar el mal. El Parlamento consideró como obtenido por sorpresa el Decreto, del que acabamos de hablar: dio un Decreto de Aplazamiento personal contra el señor de Orgeville, Gran Vicario de S. Malo, que le había hecho ejecutar; y Pedro de Beaumont, uno de los que el Siervo de Dios había enviado a Bretaña, habiendo entrado por orden de este mismo Gran Vicario en la Casa de S. Méen, fue conducido a Rennes, y encadenado.

A las primeras noticias de esta conducta, que la Corte consideró atentado, el Rey mandó partir a un Oficial de la Cadena, con orden de reivindicar al prisionero. Vicente escribió por su parte al Primer Presidente. Le suplicó por las entrañas de Jesucristo que tuviera a bien proteger la inocencia de un buen hombre de bien –8 de septiembre de 1646-; y que no había cometido la falta de tomar una habitación en la Abadía más que porque no entendía nada de los Procesos, y había creído obrar bien, siguiendo las órdenes de su Obispo y del Rey. Parece por otra Carta del Santo –del 12 de setiembre-, que estas reflexiones habían sido ya hechas en Rennes y que el señor de Beaumnont, después de cuatro o cinco días de detención había sido despachado. Sea como fuere, los últimos Procedimientos del Parlamento fueron anulados con mucho escándalo, y las Cámaras reunidas concluyeron con una nueva declaración de leves advertencias. Esto es lo más fuerte que encuentro; y la imparcialidad, de la que un Historiador debe, cuando la Religión se lo permite, hacer una profesión constante, me obliga a no disimularlo. Los Señores del Parlamento, después de admitir que los Sacerdotes de la Misión, de quienes no hablan por otra parte ni mal ni bien, son Seculares por su Estado, continúan en estos términos: Vuestra Majestad sabe que, cuando se trata de extinguir la calidad de un Beneficio y de Regular que es hacerle Secular… un cambio tan importante no se hace, y no se puede hacer sin intermedio y autoridad de quien es el Jefe visible de la Iglesia universal como Vicario de Jesucristo.

Fue, al parecer, para evitar este inconveniente, cuando bajo Fernando de Neufville Sucesor del Señor de Harlai, el Clero de la Diócesis que, queriendo un Seminario en S. Méen, había tomado el partido de su Obispo, se proveyó en la Corte de Roma. El asunto se examinó con toda la lentitud que se acostumbra usar en esta clase de casos. Las partes interesadas, quiero decir, del Agente del Clero de S. Malo, por un lado, y el Procurador General de la Congregación de S. Maur, del otro, fueron escuchadas. Finalmente, después de una larga discusión, el Papa dio su Bula. Señala en ella en términos formales que otorga a las súplicas insistentes de todo el Clero de la Diócesis de S. Malo que reunido en Sínodo se la ha pedido: hable de una manera muy honrosa de los Sacerdotes de la Misión, de sus trabajos en los Seminarios y de las bendiciones quiere darles.

Como la Sede de S. Malo estaba vacante por el traslado del sr de Neufville al Obispado de Chartres, la Bula de Alejandro VII fue dirigida al Obispo de Dôle. Las formalidades volvieron a empezar, y antes de fulminarla, el oficia dio los informes jurídicos del procedimiento y de la conducta de los Misioneros. Nunca Sumarios fueron más gloriosos a aquellos a quienes se les tributó. El Clero, la Nobleza, los Jueces mismos de los Lugares del vecindario depusieron a favor de los Hijos de Vicente de Paúl. Todo el mundo dijo, cada uno a su modo, que desde que estaban en Méen, la cara de la Diócesis había cambiado; que los pueblos del campo estaban instruidos, y que los Eclesiásticos, no sólo de S. Malo sino también de Vannes, de Dôle, de S. Brieu y de Rennes, estaban formados en todas las funciones del ministerio. El Rey mandó expedir nuevas Cartas Patentes; pero como esto no fue hasta después de la muerte del Siervo de Dios, el hecho no entra en mi Historia. Yo no he hablado por otra parte con tanta extensión del asunto de S. Méen, más que debido a que el Promotor de la Fe le puso una objeción, cuando se trabajaba en beatificar al santo Sacerdote. Es, como se ve, tan sólida como la que se saca de la Feria de S. Lorenzo, de la que mucha gente, o poco instruidos, o mal intencionados, ensordecen al público. Se enterarán cuando les plazca que hacía más de dos años que Vicente no estaba ya, cuando el Parlamento de París registró las Cartas que permitían establecerla  en pie donde hoy se encuentra: y le agradaría hacer ver que su erección no puede causar daño a la memoria del sr Alméras, por cuyos cuidados ha sido colocada poco más o menos en el estado en que  se encuentra todavía hoy.

Trad. Máximo Agustín

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