SANTA LUISA UNA LUZ BRILLA EN LAS TINIEBLAS (1613-1633) (3)

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  1. Visitadora de las Cofradías de la Caridad (1629-1633)

Nada detiene ya los pasos de esta mujer inteligente, sa­crificada y llena de celo por la gloria de Dios y el amor a los pobres. Ni los malos caminos, ni las incómodas hospederías, ni las enfermedades ordinarias, ni los duros trabajos asustan su intrepidez. Los viajes no la impiden mantenerse en la presencia de Dios ni experimentar el don de la oración. Con un poco más de paciencia verá corona­da su ilusión de vivir en una comunidad donde haya “idas y venidas” para servir a los pobres (1626-1633).

Reglamento de vida en el mundo

Lo mismo que el Acto de protestación, el Reglamento de vida en el mundo fue escrito por la Señorita en los pri­meros años de viudez. Su lectura trasluce un espíritu detallista. Todos los actos del día y los ejercicios de piedad del año están escrupulosamente previstos. Ni los reglamentos más minuciosos de la Devoción Moderna bajan a tantos detalles. Y todo porque le anima el deseo de permanecer atada a la voluntad divina:

“Pediré la gracia del Espíritu Santo, en la que he de tener una gran confianza, para que se cumpla en mí su santísima voluntad, que será el único deseo de mi co­razón”.

Luisa se propone seguir fielmente las huellas de Je­sús, llenarse de su Santo Espíritu. La carga de actos de oración, de mortificación, de visitas a los enfermos, de lecturas, que a nosotros nos parece excesiva, ella la con­sidera efecto de la animación del Espíritu, que la quiere esclava de su amor:

“Por el amor que te debo, Padre, me abandono ente­ramente a las disposiciones de tu santa voluntad… y te suplico, por el amor que tienes a tus criaturas, la asis­tencia de tu Espíritu Santo, para el total cumplimiento del designio que, desde toda la eternidad, ha tenido su santa voluntad sobre mi alma y sobre todas las que han sido redimidas por la sangre de Jesucristo…”.

No puede razonar más lógicamente para exigirse actos que no constituyen la Ley del Amor, pero que responden a una actitud de fidelidad. Aunque parezca una paradoja, así piensa y así obra. No extraña nada que el Sr. Vicente le recomiende prudencia y moderación, para no ser “verdugo de sí misma”. No es masoquista castigando su cuerpo, pero lo tiene sujeto a disciplina. No tolera un movimiento de la carne. Aspira a que todo su ser, cuerpo y espíritu, sea una ofrenda agradable a Dios, como acon­seja el apóstol Pablo en Rom 12,1-2. Con esa mentalidad será capaz de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, conveniente y acabado.

La Virgen y Madre de Dios queda constituida en modelo de entrega y pertenencia a Dios. En ella fijará sus ojos para no vivir como dueña de sí misma, sino para los demás, y se compromete a renovar todos los primeros sábados de mes sus votos y buenas resoluciones:

“precisamente en sábado, como testimonio de haber to­mado a la Santísima Virgen por mi protectora, a causa de mi debilidad e inconstancia…”.

El Reglamento de vida en el mundo da cuenta, ade­más, de otras prácticas piadosas y de los ejercicios espi­rituales que todos los años hará, de ocho a diez días, durante el tiempo que media entre la ascensión y pente­costés, y en adviento. Son los dos tiempos litúrgicos elegidos, porque señalan sus dos grandes e inseparables devociones: al Espíritu Santo y a la humanidad de Jesu­cristo.

Los himnos litúrgicos preferidos

Si no fuera porque los dos himnos que vamos a reseñar son fuente de inspiración doctrinal para la Señorita, no merecería la pena detenerse en ellos. Pero, casualmente, ayudan a descifrar los sentimientos y enseñanzas de la Santa. Cuando menos ella lo sospecha, se ve envuelta por el espíritu que rezuman las dos composiciones poético-teológicas. La piedad de Luisa está marcada por la litur­gia. De ahí su belleza de pensamiento y su profundidad de doctrina, que a muchos se les escapa, acusándola de subjetiva e intimista. Por el contrario, hunde sus viven­cias cristianas en la actualización de los sacramentos y acciones litúrgicas. No es un caso insólito en este terre­no. Otros muchos cristianos, anteriores, contemporáneos o posteriores a Luisa, maduran su fe en la lectura y meditación de los textos sagrados. La himnología y los comentarios bíblicos constituyen el mejor alimento para la oración cristiana. Si no rebasara los límites de esta obrita, los himnos litúrgicos preferidos por la Señorita podrían ser objeto de un estudio detenido a través de sus escritos auténticos y de la correspondencia. En el Regla­mento de vida puntualiza:

“Durante todo el año, el día (de la semana) en que cayere la fiesta de Navidad, rezaré el himno Iesu Re-demptor omnium, y el día (del mes) en que cayere la de Pentecostés, la secuencia Veni Sancte Spiritus”.

Tanto el himno como la secuencia resuenan en los oídos de Luisa ya desde niña. Los escuchó por primera vez en Poissy y, probablemente, los cantó. Volvió a es­cucharlos y cantarlos en el convento de las capuchinas, de París, a donde acudía para hacer oración antes de que cambiara de domicilio, de Courteau-Villain a la calle Saint Victor, en 1626. Se los sabía de memoria y los saboreaba en la lengua original.

El himno Iesu Redemptor omnium

Iesu Redemptor omnium,

Quem lucis ante originem

parem paternae gloriae

Pater supremus edidit.

Tu lumen et splendor Patris,

Tu spes perennis omnium,

Intende quas fundunt preces

Tui per orbem servuli.

Memento, rerum Conditor,

Nostri quod olim corporis,

Sacrata ab alvo Virginis

Nascendo, formam sumpseris.

Testatur hoc praesens dies,

Currens per anni circulum,

Quod solus e sinu Patris

Mundi salus adveneris.

Hunc astra, tellus, aequora,

Hunc omne, quod caelo subset

Salutis auctorem novae

Novo salutat cantico.

Et nos, beata quos sacri

Rigavit unda sanguinis

Natalis ob diem tui,

Hymni tributum solvimus.

Iesu, tibi sit gloria,

Qui natus es de Virgine,

Cum Patre et almo Spiritu

In sempiterna saecula.

Jesús Redentor nuestro,

a quien el Padre engendró eterno

igual a su paternal gloria,

antes de la creación del mundo.

Tú, luz y esplendor del Padre,

eterna esperanza de todos,

escucha las plegarias

que por el mundo te dirigen tus siervos.

Acuérdate, creador de las cosas,

que un día, al nacer

del seno purísimo de la Virgen,

tomaste un cuerpo como el nuestro.

Este día que los años nos traen,

nos recuerda que tú viniste

del seno del Padre sólo

para la salvación del mundo.

El cielo, la tierra, los mares

y todo cuanto existe bajo el cielo

saludan con cántico nuevo

al autor de la nueva creación.

También nosotros, que hemos sido lavados

en el río de tu sangre divina,

te ofrecemos el tributo de este himno

por la gracia de tu nacimiento.

Oh Jesús, que naciste de la Virgen, gloria a ti sea dada

en unión con el Padre y el Espíritu

por los siglos sempiternos.

 

Salvo pequeñas variantes de texto, es el mismo him­no que recitó Luisa de Marillac. Su composición perte­nece al siglo IV y es uno de los más antiguos de la himnología cristiana. De autor desconocido. Cada estrofa consta de cuatro versos, y cada uno de éstos, de cuatro pies yámbicos o dímetros yámbicos. El tema está centra­do en la encarnación del Hijo de Dios. Él es el autor de la nueva creación. La doxología final confiesa la fe en la Trinidad santa de Dios.

No encontramos en los documentos de Luisa una sola alusión a los aspectos literarios del himno; abundan, en cambio, los comentarios a los contenidos doctrinales, repartidos a lo largo de sus escritos de forma espontánea. No desliga la meditación sobre la encarnación del Verbo de Dios de la consideración sobre la redención, misterios que explican su vocación de hija de Dios.

Adviento es fecha aguardada, precisamente por las notas que caracterizan este tiempo litúrgico: la vigilan­cia, la esperanza en el Salvador, la conversión y la ala­banza divina. La meditación sobre el Mesías prometido la sume en la contemplación del decreto de Dios, que envió a su Hijo a la tierra para salvar a los hombres, y vincula su existencia al amor trinitario:

“La Santísima Trinidad, en la unidad de su esencia, me ha creado sólo para Sí, y habiéndome amado por toda la eternidad, ha visto que no podía ser ni subsistir fuera de Él, que siendo mi principio y mi único origen, quiere y debe ser también mi único fin, habiendo creado a todas las criaturas para que me sirvan como medios para llegar a Él, de la misma manera que los hitos del camino conducen al manantial de una corriente”.

El salto de la humanidad a la divinidad de Jesús lo da Luisa con fe y alborozo; por eso adviento es el tiempo propicio para avivar la confianza en el príncipe de la paz y en el juez de vivos y muertos al final de los tiempos.

La secuencia Veni Sancte Spiritus

Veni, Sancte Spiritus,

et emitte caelitus

lucis tuae radium.

Consolator optime,

dulcis hospes animae,

dulce refrigerium.

Veni, pater pauperum,

veni, dator munerum,

veni, lumen cordium.

In labore requies,

in aestu temperies,

in fletu solatium.

O lux beatissima

reple cordis intima

tuorum fidelium.

Sine tuo numine

nihil est in lumine

nihil est innoxium.

Lava quod est sordidum,

riga quod est aridum,

sana quod est saucium.

Flecte quod est rigidum,

fove quod est frigidum,

rege quod est devium.

Da tisis fidelibus

in te confidentibus

sacrum septenarium.

Da virtutis meritum,

da salutis exitum,

da perenne gaudium. Amen.

Ven, Espíritu Santo,

y envía desde el cielo el rayo de tu luz.

Consolador admirable,

dulce huésped del alma,

dulce refrigerio.

Ven, padre de los pobres,

ven, dador de dones,

ven, lumbre de los corazones.

Descanso en el trabajo,

frescor en el calor,

solaz en el llanto.

Oh luz beatísima,

llena lo íntimo del corazón

de tus fieles.

Sin tu inspiración

nada hay en la luz

nada hay innocuo.

Lava lo que está sucio,

riega lo que está seco,

sana lo que está enfermo.

Doblega lo que está rígido,

calienta lo que está frío,

endereza lo que está torcido.

Concede a tus fieles

que en ti confían

tus sagrados siete dones.

Otorga el mérito de la virtud,

concede el éxito de la salvación,

comunica el gozo eterno. Amén.

Por tratarse de una secuencia, los versos no se miden por pies métricos, sino por rima. La “secuencia dorada”, como comúnmente se la conoce, merece la fama que se le ha otorgado en la literatura cristiana. Su composición, del siglo XII, tiene como autor al papa Inocencio III o al arzobispo Stephen. Las ideas vertidas en los versos recogen las funciones del Espíritu Santo en los fieles. Luisa encuentra en la lectura de la secuencia una vena inagotable de inspiración doctrinal y de oración. Los tí­tulos de luz, consolador, huésped del alma, padre de los pobres, etc., tributados al Espíritu Santo, dan frescura a la palabra y vida de Luisa de Marillac, fortalecida con la gracia del divino Espíritu.

A la secuencia habría que añadir el himno Veni Creator Spiritus y la invocación Veni Sancte Spiritus, seguida de la oración Deus qui corda fidelium, que mantenían a la Señorita bajo la influencia del Espíritu, autor del “don sagrado de la oración” e inspirador del amor a la huma­nidad de Cristo. El mismo Espíritu Santo, amor del Padre y del hijo, crea y recrea el amor indivisible con que la “sierva de los pobres” se dirige a Dios y a los hombres.

“Una forma de desposorios”

La Visitadora de Caridades emprende sus giras apostóli­cas con la ilusión de “llevar al prójimo al conocimiento de Dios” 36. Después de Montmirail, primera Caridad vi­sitada, pasa a Asniéres, luego a Saint-Cloud, Sannois, Francoville, Herblay, etc. Aprovecha su estancia en los pueblos para instruir a los niños y a los adultos, y para animar a las Asociadas de la Caridad. Revisa los Regla­mentos e incluso, si es necesario o conveniente, redacta uno nuevo. Concluida la visita, escribe el resumen de la misma, que comenta posteriormente con el Sr. Vicente.

Son interesantes, en particular, los resúmenes de las visitas a Asniéres y a Saint-Cloud. El último, del 5 de febrero de 1630, recuerda el aniversario de su boda, celebrada en 1613, en la iglesia de San Gervasio, de París. Pero la boda que ahora entusiasma a la Señorita es “una forma de desposorios” que le ha parecido vivir con Cristo:

“Salí el día de santa Águeda, 5 de febrero, para ir a Saint-Cloud. En la sagrada comunión me pareció que Nuestro Señor me daba el pensamiento de recibirle como el esposo de mi alma, y aun, que esto me era ya una forma de desposorios, y me sentí tan fuertemente unida a Dios en esta consideración que para mí fue extraordi­naria, y tuve el pensamiento de dejarlo todo para seguir a mi Esposo y de mirarlo de aquí en adelante como a tal, y de soportar las dificultades que encontraría como re­cibiéndolas en comunidad de sus bienes”.

El desarrollo de vida cristiana que experimenta la Señorita llega al grado eminente de oración conocido con el nombre de “desposorios místicos”. Así lo reconocen algunos biógrafos de la Santa”. Sin embargo, de la sim­ple lectura del documento no cabe concluir necesaria­mente que lo alcanzara. De lo que no hay duda es que escaló un alto nivel de vida espiritual. La oración de unión estática o de “desposorios”, anterior a la unión transformante o de “matrimonio”, indica sobre todo una cumbre elevada de experiencia de Dios. Como norma, esta altura supone las últimas purificaciones pasivas, que pueden presentarse bajo formas muy distintas: contradic­ciones, enfermedades, dudas angustiosas, sentimientos de abandono de Dios, etc.

Algunas de estas pruebas visitaron ya a Luisa; de todas salió vencedora por la fuerza del Espíritu. Ahora se mueve en un nivel extraordinario, si lo comparamos con el rasero de los cristianos insensibles a la gracia. Ahora aparece la categoría de la santa mujer, de la mística enraizada en el bautismo, de la urgida por la caridad de Cristo. El momento de la experiencia es solemne: acaba de recibir sacramentalmente a Jesús y se dispone a visitar a los pobres. A los que tantas veces ha socorrido, ahora los descubre en el Señor que ha comulgado. ¡Con qué asombrosa facilidad entra en la presencia de Dios, deján­dose invadir por el amor, y corre luego en ayuda de los necesitados! Liberada de la tiranía de los sentidos, no encuentra trabas para conjugar la oración extraordinaria con el servicio humilde.

“El Espíritu del Señor será su regla y su guía”

El Sr. Vicente prosigue la misma línea de orientación espiritual y apostólica de hace un quinquenio. Se mantiene en los mismos consejos sobre el desprendimiento del

hijo, el rechazo de los sentimientos de culpabilidad y el mantenimiento de la devoción al Espíritu Santo. Escribea Luisa: “El reino de Dios es la paz en el Espíritu Santo. Él reinará en usted si su corazón está en paz”. “El Espíritu del Señor será su regla y su guía”.

Aconsejar en este tono era sensibilizar el ser entero de la dirigida. Ella camina hacia una paz estable, aunque se advierten todavía recesos desconcertantes, pruebas evidentes de su psiquismo. La nounativa disciplinar que se había dado a sí misma no tiene por qué sofocar la inspiración del Espíritu, que en cada momento sugiere lo que más conviene. Tampoco debe angustiarse cuando deja alguna de sus otras prácticas piadosas, pues es más urgente la caridad que la ley impositiva de otras obliga­ciones o gustos personales.

La Señorita pasa la semana anterior a pentecostés de 1633 en ejercicios espirituales; ora y pide luz ante la obra que contempla en lontananza; sin duda es de cuño nuevo en la Iglesia y requiere maduración y consejo. Está con­vencida de la urgencia y necesidad de una nueva comu­nidad que se entregue por completo a Dios para servir a los pobres. Las Señoras de la Caridad, en efecto, no responden satisfactoriamente a todas las necesidades y demandas de los pobres. La Señorita se lo hace notar al Sr. Vicente, que contesta: “Le pido que le encomiende (al Señor) este asunto durante estos días (anteriores a pentecostés), en que él comunica con mayor abundancia las gracias del Espíritu Santo, así como al propio Espíritu Santo”.

Aunque la ejercitante de 1633 disfruta de equilibrio y ecuanimidad interiores, necesita recuperarse del dolor provocado por la muerte de dos familiares muy queridos, víctimas ambos de represalias políticas: Luis de Marillac, Mariscal de Francia, decapitado en la plaza de Greve, de París, el 10 de mayo de 1632, y Miguel de Marillac, muerto en la prisión de Cháteaudun el 7 de agosto de 1632.

“He pensado seriamente en esa buena obra”

La futura fundadora de las Hijas de la Caridad viene ensayando, desde hace unos meses, cierta forma de vida comunitaria con jóvenes deseosas de servir a los pobres. Las visitas a las Cofradías de la Caridad y el trato con las gentes han proporcionado a la Señorita harta expe­riencia apostólica, muy valiosa para lo que ella pretende según el designio de Dios. Acuciada por la caridad, in­siste ante el Sr. Vicente en la urgencia de dar comienzo oficial a la obra. Cuando él diga, la comunidad quedará establecida como tal y empezará su andadura histórica a partir de la fecha fijada. En agosto de 1633 responde el Sr. Vicente: “Hace cuatro o cinco días que su ángel bueno ha comunicado con el mío a propósito de la Ca­ridad de sus hijas, pues es cierto que me ha sugerido con frecuencia el recuerdo y que he pensado seriamente en esa buena obra”.

Pasaron todavía tres meses más hasta ultimar detalles de la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad. El ejemplo de Margarita Naseau pesaba mucho en la estima de Vicente de Paúl, que veía en esa joven de Suresnes la primera Hija de la Caridad, “a la que todo el mundo quería, porque no había nada en ella que no fuese digno de amor”. Por fin llegó la hora de la Providencia para dar nacimiento a la comunidad: era el 29 de no­viembre de 1633, víspera de san Andrés. Pero este acontecimiento abre nuevo capítulo en la vida y obra de la Señorita Le Gras.

ORCAJO, A.: “La Pasión por el Espíritu de Jesús. Luisa de Marillac”. Ed.Paulinas

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