- Compás de espera y envío a la misión (1623-1629)
La Señorita está ya segura de que debe permanecer al lado de su esposo hasta que éste muera. Mientras tanto cuida de él con esmero y cariño. Una doble actitud de servicio y de amor patentiza los desvelos de Luisa junto al lecho de Antonio Le Gras, enfermo y moribundo (1623-1625). Los años siguientes, hasta el envío a las Caridades, definen un tiempo de discernimiento y maduración del designio de Dios, que se revela gradualmente, al compás de los acontecimientos y necesidades propios y ajenos, y que termina con el envío a la misión como visitadora de la Cofradías de la Caridad (1625-1629).
«Yo estaba sola con él para asistirle»
Antonio Le Gras fallecía el 21 de diciembre de 1625. La noticia de su última enfermedad y muerte se la debemos a la misma Señorita, que con admirable precisión de datos da cuenta del óbito de su amante esposo al cartujo P. Hilaron Rebours, primo hermano del finado. La enfermedad se agravó seis semanas antes de su muerte, provocada por altas fiebres, insomnios y hemoptisis. La noticia termina diciendo:
«Yo estaba sola con él para asistirle, en este paso tan importante, y él dio testimonio de tal devoción que mostró hasta el último suspiro que su espíritu estaba pegado a Dios. Nunca pudo decirme otra cosa que: ruega a Dios por mí, yo no lo puedo más: palabras que estarán para siempre grabadas en mi corazón. Le ruego que se acuerde usted de él cuando rece las Completas; él las tenía una devoción tan particular que casi ningún día dejó de rezarlas».
La lección de paciencia y conformidad con la voluntad de Dios, dada por Antonio, antes de abandonar la escena del mundo, será recordada con emoción por su agradecida esposa. Con la muerte del exsecretario de María de Médicis, Luisa rescata la libertad para darse más plenamente a Dios y al servicio de los pobres. Nuevos horizontes se abren a su vocación y misión, tanto más claros cuanto más se avecina la hora de la Providencia.
En búsqueda continua de la voluntad de Dios
La señorita tiene treinta y cuatro años cuando queda viuda. Todavía es joven y acumula mucha experiencia de Dios y de la vida. Ha pasado por la prueba purificadora de la fe y ha aprendido a amar en el sufrimiento y a servir en el dolor. Hasta que se manifieste la voluntad de Dios, máximo exponente de conducta moral, permanece recogida, honra el «no-hacer» del Hijo de Dios, ora incesantemente, medita las páginas escritas por Francisco de Sales y consulta a su nuevo director, Vicente de Paúl. Su oración favorita puede ser la misma del salmista: «Indícame, Señor, el camino que he de seguir, pues levanto mi alma a ti… Enséñame a cumplir tu voluntad, ya que tú eres mi Dios. Tu espíritu que es bueno me guíe por tierra llana» (Sal 142,8.10). Casi de forma imperceptible recupera la paz interior. Para eso ha sido sometida pacientemente por Vicente de Paúl a una terapia que tiene como fin devolverle la confianza en sí misma y en la Providencia que cuida con mimo de sus hijos. De la pluma y labios de su director escucha de continuo consejos que tienen el mismo sabor. «Confía en el Señor, sé valiente, ten ánimo, confía en el Señor» (Sal 27,14).
«Consagrada y dedicada a Dios para ser su hija»
Animada por el espíritu de Jesús, Luisa renueva su antiguo ideal de vivir como hija de Dios por el bautismo; renueva también el voto de viudez. En el Acto de protestación se declara «consagrada y dedicada a Dios para ser su hija». La mística del bautismo constituye el objeto de sus preferencias espirituales. La vuelta al sacramento del agua y del Espíritu reanima su vocación cristiana y estimula su celo en la participación de la muerte de Cristo para resucitar con él a una vida nueva, a vaciarse de sí misma para llenarse del Espíritu de Dios. Unida al Padre, con el Hijo, en la comunión del Espíritu, radicaliza su fe y caridad en el misterio trinitario.
La muerte y el bautismo son inseparables en su experiencia religiosa. Rara vez encontramos en sus escritos una referencia a cualquiera de esos temas en que no aparezca el deseo de configurarse con el Hijo de Dios en la tierra. De jovencita había intuido la amplitud y profundidad de la mística bautismal; pero es ahora, a los treinta y cuatro años, cuando explicita los compromisos derivados del sacramento del bautismo. Comenta:
«Confieso y renuevo la sagrada profesión hecha en mi nombre a mi Dios en mi bautismo, y me resuelvo irrevocablemente a servirle y amarle con más fidelidad, entregándome por completo a él».
«Siendo el bautismo un nacimiento espiritual, se desprende que aquel en quien hemos sido bautizados es nuestro Padre y que como buenos hijos debemos parecernos a él, ya que bautizados en la muerte de Jesucristo, toda nuestra vida debe ser una muerte continua…
Vivamos, pues, como muertas en Jesucristo y, por lo tanto, ya no más resistencia a Jesús, no más acciones que por Jesús, no ya más pensamientos que en Jesús, en una palabra, no ya más vida que para Jesús y el prójimo, para que en este amor unitivo ame yo todo lo que Jesús ama, para que por este amor, cuyo centro es el amor eterno de Dios por sus criaturas, alcance de su Bondad las gracias que su misericordia quiere concederme».
La vinculación al destino de Jesús la empuja a acatar la voluntad del Padre, a cargar con la cruz cada día y a amar la muerte que une con el Salvador del mundo. Nada hay superior al ideal de Jesús, quien tantas veces le ha inspirado por su amor la práctica de la humildad, de la pobreza y de la caridad, virtudes que definen el espíritu del Evangelizador de Nazaret.
«Me abandono enteramente al designio de su santa Providencia»
En el mismo Acto de protestación deja confirmada su decisión firme de no apartarse jamás del beneplácito divino. Su lema es seguir paso a paso a la Providencia, según se lo recomienda Vicente de Paúl. Ella insiste ante su director en que desea trabajar más intensamente con los pobres, pero que no lo hará transgrediendo una orden suya; que esperará hasta el momento oportuno:
«Me abandono enteramente al designio de su santa Providencia, para que se cumpla en mí su voluntad, a la que me entrego y sacrifico para siempre, acogiéndola por mi soberano consuelo».
Nunca se había rebelado contra el plan de Dios, pero de aquí en adelante promete seguir fielmente el designio divino. El cumplimiento de la voluntad del Padre se convierte en su alimento diario, y manifiesta su lealtad incondicional a la propia conciencia y al director espiritual, con el que guarda relaciones amistosas, traducidas en obediencia y respeto. Este es su mayor consuelo; revelación, por otra parte de su intimidad nunca asaltada por la indiscreción de Vicente de Paúl, pero desvelada por la misma Señorita Le Gras, deseosa de conformar enteramente su voluntad con el designio divino.
«Nuestro Señor desempeñará el oficio de director»
Juan Pedro Le Camus había orientado a la Señorita hacia Vicente de Paúl, que es aceptado incondicionalmente como director, tras un primer rechazo instintivo por parte de Luisa, habituada al trato afectuoso con el obispo de Belley. El encuentro entre ambos fue providencial. Cuando desaparecía Margarita de Silly de la escena vicenciana, entraba Luisa para continuar la obra de caridad emprendida por el misionero de los campos. La amistad entre los dos testigos de la caridad de Cristo será una muestra más de las «grandes amistades» que fomenta la santidad en la Iglesia. Los pobres serán, en este caso, los principales beneficiarios de la amistad espiritual entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. El primero orientará a su dirigida hacia el servicio de los pobres, centrando su devoción en Jesús, enviado del Padre para salvar al mundo.
De nuevo en el Acto de protestación, copiado de la Introducción a la vida devota, 1.a, C. XX, la Señorita promete obediencia a su director, a la vez que le pide que sea exigente con ella. Después de implorar el auxilio del Espíritu Santo, para confirmarse en el propósito de servir a Dios y al prójimo, añade:
«Y ante la faz de la santa Iglesia militante que me oye en la persona de mi padre espiritual, que, al ocupar para mí en la tierra el lugar de Dios, debe, por favor, con su caritativa dirección ayudarme a llevar a la práctica estas mis resoluciones y hacerme cumplir la santa voluntad de obedecerle en esto».
El Sr. Vicente extrema con Luisa un trato respetuoso y delicado, lleno de paciencia. Tiene siempre en cuenta las necesidades concretas de su dirigida: el estado de ansiedad y nerviosismo, el sentimiento de culpabilidad, el apego fácil a las personas queridas, las alteraciones frecuentes de salud y los accesos de tristeza.
Ella es una persona de baja estatura, pero de corazón grande: sencilla, humilde, dócil, abierta a la comunicación de sus secretos más íntimos y agradecida a cualquier gesto de atención. No oculta nunca sus pensamientos, acciones e intenciones, que pide reiteradamente al Sr. Vicente se tome la molestia de conocer al detalle. A veces es pesada y cargante. Le hubiese gustado tener siempre a su lado al director para consultarle cualquier clase de duda. No tolera las ausencias imprevistas o prolongadas de su padre espiritual. Con frecuencia se lamenta en estos o parecidos términos:
«Espero me perdonará usted la libertad que me tomo de manifestarle la impaciencia de mi espíritu, tanto por su larga ausencia como por el temor del porvenir, y por no saber el lugar a donde se dirigirá usted después de aquel en que se encuentra. Es cierto, padre, que la consideración del motivo por el que se aleja mitiga un tanto mi pena, pero no impide que en mi pereza, a veces, los días se me hagan meses; quiero, sin embargo, aguardar con sinceridad la hora de Dios y reconocer que es mi indignidad la que la retrasa».
Desea, con pasión, que llegue el momento de ser enviada a los pobres, pero el Sr. Vicente la retiene. Además, él se debe a la evangelización de los pueblos y no puede organizar su programa a merced de los gustos de la Señorita, aunque ésta forme parte de su preocupación pastoral. Según sean las circunstancias, así contesta a las inquietudes de su impaciente dirigida, que busca en todo tiempo y lugar apoyo, consuelo, fortaleza, alegría y paz. En una de tantas ocasiones le envía el Sr. Vicente esta misiva: «No le di aviso de mi partida, porque fue más repentina de lo que me imaginaba y tenía miedo de darle un disgusto al comunicársela. Pero, en fin, nuestro Señor le tendrá en cuenta esa pequeña mortificación, si lo tiene a bien, y él mismo desempeñará el oficio de director; ciertamente que lo hará, y de forma que le hará ver que se trata de Él mismo. No contesto a todas sus cartas, por no estar en disposición de hacer todo lo que me indica».
Tampoco al Sr. Vicente le faltó confianza para decir a Luisa lo que él pensaba y quería. No se dejó nunca maniatar por nadie, ni abandonó las misiones para atender a la Señorita. Consejos como el siguiente abundan a lo largo de la correspondencia mantenida con su hija espiritual: «Sea muy humilde y sumisa y muy llena de confianza, y espere siempre con paciencia la manifestación de su santa y adorable voluntad». «Dios, hija mía, tiene grandes tesoros ocultos en su santa Providencia; ¡y cómo honran maravillosamente a nuestro Señor los que la siguen y no se adelantan a ella!» 20. «Honre la adorable vida oculta de nuestro Señor, tal como le dio el Señor deseos desde su juventud» 21.
¡Cuántas veces no comentaría ella con el Sr. Vicente aquella su vocación fallida de ser religiosa capuchina! Pues bien, ahora es el momento, a juicio de su director, de vivir el silencio, el recogimiento, la oración, la lectura y la vida oculta. A Luisa se le hace cuesta arriba permanecer más tiempo en la aparente inactividad. Tanta espera paciente la consume. Desea ir cuanto antes a hacer la caridad corporal y espiritual a los pobres. Pero todo irá llegando, se la daba a entender de mil maneras.
La Señorita sufre por muchas causas cuando queda bajo la dirección del Sr. Vicente (finales de 1624 o principios de 1625). Su pena principal obedece a la supuesta infidelidad a Dios. El pecado de ingratitud aflora en su conciencia a cada paso. Si está enferma o si su hijo Miguel atraviesa alguna dificultad, ella es siempre la culpable. Por eso el director repetirá los mismos consejos con fórmulas nuevas: «Hay que aceptar la enfermedad como un estado divino. Es cierto que nuestro Señor le ayuda de una manera especial. Pero me parece que usted es verdugo de sí misma por el poco cuidado que de ella tiene. Esté alegre, se lo suplico». «Déjele (a su hijo) y entréguelo al querer o no querer de nuestro Señor. Sólo a Él le pertenece dirigir a esas pequeñas y tiernas almas. Más interés tiene Él que usted, ya que a Él le pertenece más».
Y puesto que María ha sido elegida como ejemplo
vivo de todas las virtudes, nada mejor que fijarse en ella: «Honre las penas que la Santísima Virgen pasó al ver a su Hijo; añada a este honor el de la aceptación del Padre Eterno en la contemplación de los sufrimientos de su único Hijo, y espero que Él le hará ver cómo ha de agradecer a su divina Majestad el que le honre con la unión de sus sufrimientos a los de El, y cómo la carne y la sangre le alejan de la perfección del verdadero amor que el Padre Eterno y la Santísima Virgen le tenía a su Hijo. Piense en esto, mi querida hija, y consuélese».
Luisa medita en las consignas recibidas. La docilidad prestada a su padre espiritual la convierte en modelo de entrega a Dios y de servicio al pobre. Es la gloria más alta de Vicente de Paúl. La que comenzó siendo «hija» o «mi querida hija», fue tratada luego simplemente como «señorita», sin menoscabo del aprecio y admiración que siempre le prestara su director. Dios lo hizo todo en ella, pero Vicente de Paúl fue el instrumento humano que la transformó en mujer fuerte. Nunca trató de separarla de la devoción al Espíritu Santo; procuró, eso sí, que no cayera en las exageraciones de la «escuela abstracta»; que ardiera, por el contrario, en deseos de revestirse del espíritu de Jesús de Nazaret. Bien sabía él que toda corriente espiritual, practicada con sinceridad, es compatible con el servicio de Jesús en la persona de los pobres. La devoción al Espíritu Santo y a la humanidad de Jesús se compenetran y exigen en la experiencia y enseñanza de Luisa de Marillac.
«Su humanidad santísima quiere ser el único modelo de mi vida»
A través del Resumen de Ejercicios practicados en 1628 podemos adivinar qué clase de oración animaba la vida espiritual de la Señorita. Aunque los temas de meditación fueran los propuestos por Francisco de Sales o Fray Luis de Granada, ella se orientaba hacia la contemplación del misterio trinitario; pero nada le impedía centrarse en el Hijo de Dios, que, llegada la plenitud de los tiempos, se encarnó en el seno de María y nació para la salvación del mundo. Jesús, Dios y hombre verdadero arrebata su pensamiento:
«La invención de su amor divino me enseña y permite asirme al más poderoso de los medios que me haya ofrecido para conseguir mi fin, que es su humanidad santísima, a la cual, con su santa gracia, quiere ser el único modelo de mi vida».
Así fue, porque el camino señalado la condujo a Jesús orante y evangelizador. Por la vía de la humanidad de Cristo avanzó segura en la perfección cristiana. Según las orientaciones recibidas de Vicente de Paúl, medita en los temas de ejercicios. La cuarta jornada de los mismos, dedicada a la meditación del infierno, la sumió en la contemplación de los decretos divinos, uno de los temas más acariciados por la orante:
«Tan pronto como la naturaleza humana hubo pecado, el Creador, en el Consejo de su Divinidad, quiso reparar esta falta y para ello, con un supremo y purísimo amor, decidió que una de las tres Personas se encarnase, con lo que aparece, aun en la Divinidad, una profunda y verdadera humildad, de la que he de sacar una gran confusión para mi orgullo, y reconocer que en parte es ignorancia, ya que, en realidad, la humildad es conocimiento de la verdad y, según me parece, eso es lo que ha podido hacer se dé en Dios».
La profundidad del pensamiento teológico de Luisa proviene de su experiencia de Dios, de su formación humanística y de su temperamento reflexivo. Lejos de perderse en disquisiciones inútiles, abreva su sabiduría en la fuente clara del saber teológico. De las consideraciones más altas sabe descender al terreno práctico con aplicaciones concretas. ¡Cuán distante está del rigorismo moral de las religiosas de Port-Royal y del iluminismo que invade los conventos de su tiempo! Si los pobres no aparecen todavía en el Resumen de Ejercicios, no se debe a ignorancia o a falta de aprecio hacia ellos. La atracción por la humanidad de Cristo sienta ya el fundamento del amor a los pobres, descubiertos hace tiempo en la persona misma del Señor, portador de sufrimientos humanos.
«Vaya, pues, señorita, en nombre de nuestro Señor»
La Señorita permanece casi oculta en su domicilio de la calle Saint Victor, cerca del colegio de Bons-Enfants, donde reside el Sr. Vicente. La proximidad de domicilio facilita los encuentros entre el director y la dirigida. Los años transcurridos han madurado la vocación de «sierva de los pobres» que había anhelado Luisa. Insiste en que desea ser enviada, pero su director frena de nuevo sus ímpetus apostólicos y le aconseja calma: «Procure vivir contenta en medio de sus motivos de descontento, y honre siempre el no-hacer y el estado desconocido del Hijo de Dios. Allí está su centro y lo que Él espera de usted por el presente y por el porvenir. Si su divina majestad no le hace conocer de una forma inequívoca que Él quiere otra cosa, no piense ni ocupe su espíritu en esa otra cosa. Déjelo a mi cuenta. Yo pensaré en ella por los dos»27.
Suena, por fin, la hora de la Providencia. Es el 6 de mayo de 1629. El Sr. Vicente escribe con urgencia: «Vaya, pues, señorita, en nombre de nuestro Señor. Ruego a su divina Bondad que ella le acompañe, que sea ella su consuelo en el camino, su sombra contra el ardor del sol, el amparo de la lluvia y del frío, lecho blando en su cansancio, fuerza en su trabajo y que, finalmente, la devuelva en perfecta salud y llena de buenas obras». ¡Hermoso ramillete de consejos y deseos, inspirado en el Itinerarium clericorum! Luisa ha encontrado su camino. En adelante avanzará a pasos agigantados por la ruta de la caridad.
Esto era lo que necesitaba oír. Ni corta ni perezosa, emprende viaje a Montmirail, donde el Sr. Vicente está predicando una misión a las gentes del campo.
ORCAJO, A.: «La Pasión por el Espíritu de Jesús. Luisa de Marillac». Ed. Paulinas







