SANTA LUISA UNA LUZ BRILLA EN LAS TINIEBLAS (1613-1633) (1)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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La segunda etapa del recorrido espiritual de la Señorita Le Gras comprende veinte años justos, desde la fecha del matrimonio hasta la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad (1613-1633). Comienza la etapa por el camino llano de felicidad, la sigue por sendas tortuo­sas de incertidumbre y la culmina en la montaña nimbada de claridad. La travesía se desarrolla en tres períodos. El primero lo cubren espesas tinieblas disipadas por la luz de pentecostés (1613-1623). El segundo se desarrolla entre el dolor por la muerte del marido y el gozo de la caridad practicada con los pobres (1623-1629). En el tercero ve coronados sus esfuerzos con la fundación de las Hijas de la Caridad, mientras alcanza en las giras apostólicas experiencias místicas imborrables (1629­1633).

  1. Un gozo fugaz en la vida de matrimonio (1613-1623)

Alrededor de cinco años dura la felicidad plena del matrimonio Le Gras (1613-1618). Al cabo de este tiem­po surgen las pruebas y desgracias. Ninguno de los dos sospecha que la situación de dicha puede cambiar en breve. Ellos permanecen unidos por el amor. Pero la muerte precipitada de Antonio, postrado por la enferme­dad, hiere vivamente la sensibilidad de su esposa, que cae en profundo abatimiento interior.

El consuelo del Espíritu no tarda en llegar al corazón de la Señorita (1619-1623).

«Santísima Virgen, dígnate tomar a mi hijo y a mí bajo tu protección»

El estado natural matrimonial no interfiere la vida espi­ritual que llevó Luisa durante su doncellez. No tiene nada que corregir de la juventud pasada en la inocencia y generosidad con Dios. En la medida de sus posibilida­des, recortadas por las obligaciones domésticas, sigue visitando enfermos y ayudándoles lo que puede.

A los nueve meses de la boda, tiene el primero y único hijo, Miguel Antonio (19 de octubre de 1613). La presencia de este retoño colma de alegría a sus padres. ¿Qué más podían desear? No les faltaban medios econó­micos suficientes ni ascendencia social. Y para colmo de bienes, ¡la bendición de un hijo!

Nos hubiera gustado disponer de un escrito auténtico de la época para traducir fielmente los sentimientos maternos de la Señorita; pero tenemos que deducirlos de otro posterior, perteneciente al tiempo de viudez. Es de suponer que, dada la sensibilidad y piedad de la madre, ofreciera al Señor y a María el fruto de sus entrañas, como lo sugiere la siguiente oblación:

«Santísima Virgen, dígnate tomar a mi hijo y a mí bajo tu protección y ten como grata la elección que de esa protección hago para servirme de guía; recibe mis votos y súplicas, junto con mi corazón que te entrego por entero, para glorificar a Dios por la elección que su Bondad hizo de ti para ser Madre de su Hijo»‘.

La Virgen María es elegida como modelo de madre humilde y hacendosa. La maternidad divina encaja per­fectamente en el cuadro de resonancias de la Señorita, que se recrea con la memoria del embarazo de María por obra del Espíritu Santo. Los títulos de Virgen Madre, Virgen Inmaculada, Virgen Esposa, recuerdan a Luisa cómo ha de vivir ella su dignidad de madre cristiana.

Pero Miguel Antonio daba pruebas evidentes de ser un niño enfermizo y voluble según crecía en edad y en estatura. El que comenzó siendo la alegría de la madre, se tomó pronto en fuente de lágrimas y preocupaciones. No por eso dejó ella de amarle profundamente, corriendo solidaria con la suerte de su hijo. El afecto y ternura de Luisa, aunque purificados por el fuego del amor, son no­tas que caracterizan su personalidad humana y cristiana.

La caridad de Antonio Le Gras

El paso de 1618 a 1623 es determinante para interpretar los hechos que provocan la «noche oscura» de la Señorita. Las tinieblas no la envolvieron de repente. Existe una concatenación de causas que originaron su caída de áni­mo. La descripción de la prueba podría parecemos inven­ción suya si otros místicos no nos confirmaran en la mis­ma realidad purificadora, obrada en el silencio de Dios.

La felicidad matrimonial se trueca en angustia cuan­do ella cae enferma. Nunca había presumido de buena salud, pero se confirma su debilidad física. Yace también enfermo su marido, que se agrava por días. La familia Le Gras presenta un cuadro desolador a partir de 1618.

A esta desgracia hay que añadir la desaparición de Octavio D’Attichy, en 1614, y la de su esposa Valence en 1617. Este mismo año muere asesinado Concini, y María de Médicis es exiliada a Blois. El cambio político de la nación afecta a la economía de la familia Le Gras, sobrecargada con el cuidado de los siete hijos que dejan los Attichy, cuatro de ellos menores de edad. La caridad de Antonio no regatea sacrificios y cariño con los huér­fanos, preocupándose más del cuidado de sus sobrinos que de sí mismo. Al menos ésta es la convicción que abriga su esposa, que hacia 1643 desvela el secreto a Vicente de Paúl:

«En lo que únicamente reconocía haber faltado a mis deberes de buena madre para con mi hijo, era en no haberle infollnado (al P. D’Attichy) de que mi difunto marido lo había consumido todo, su tiempo y su vida, en cuidar de los asuntos de su casa, descuidando por completo los suyos propios» 2.

En medio de la desolación familiar no faltó el con­suelo de los amigos verdaderos. El obispo de Ginebra, Francisco de Sales, enterado de la enfermedad de Luisa y de Antonio, se apresura a hacerles alguna visita. La presencia del prelado suavizó la pena de los esposos, que no olvidarán jamás tanta delicadeza, sobre todo Luisa. Es incalculable la influencia espiritual de Francisco de Sales en nuestra humanista del espíritu. Más que ningún autor, el obispo de Ginebra ejerce en el pensamiento y en la oración luisianos una preponderancia incomparable, como pronto se verá a través de los textos citados.

«Caí en un gran abatimiento de espíritu»

El año 1623 es clave en la vida de la señorita; señala un hito en su itinerario espiritual, un punto de referencia para valorar su progreso incesante en la vocación cristia­na. Es el año de la confusión interior seguida de la luz de pentecostés, el año de la amarga tentación superada por la gracia del Espíritu, el año de la gran revelación mística del mundo.

El corazón de la Señorita se ha convertido en un acerico acribillado de dolores. La prueba llega a su culmen en los días que median entre la ascensión y pente­costés, del 25 de mayo al 4 de junio. Entonces experi­menta la crisis o purificación más abrasadora. Ella misma nos desvela las causas que la hacen caer «en un gran abatimiento de espíritu» y en una «aflicción increíble»‘. Así nos lo cuenta con puntos y señales.

«El día de santo Tomás, a lo largo de todo el día tuve grandes decaimientos de espíritu por los sentimientos de la propia abyección, que me hacen aparecer como una cloaca de orgullo y fuente de amor propio;

de desamparo, anonadamiento de mi miseria, aban­dono de Dios merecido poi mis infidelidades;

con una opresión de corazón tan grande, que en los momentos más violentos, me hacía sufrir en el cuerpo;

y, a veces, viéndome en la estima de las que han equivocado su (camino), llegaba a creerme por esta cau­sa en estado de no merecer que se cumpliese en mí la santa voluntad de Dios.

Aceptando esta disposición, sentí un poco más de tranquilidad, habiendo tomado como tema de la orienta­ción: «La paz de Dios que supera todo conocimiento» (Flp 4,7).

Desde hace cinco años viene padeciendo el mismo mal, que se agranda cada vez que le ronda el pensamien­to de su supuesta infidelidad a Dios. El dolor es tan intenso que repercute en su salud física. El silencio de Dios se hace en ella ensordecedor detrás de la palabra. No abandona la oración; cuanto más arrecia la tempes­tad, más se sumerge la barquilla de su fe, suspirando por la paz de Dios.

En términos de hoy, sabemos que la Señorita padece un sentimiento agudo de culpabilidad, acompañado de escrúpulos horrorosos, de inseguridad total, de abandono de Dios y de los hombres, de infravaloración de sí mis­ma. Propicia ese estado su propia psicología, inclinada al interiorismo y encerramiento de las potencias, al estudio puntilloso de su conciencia, a la contemplación del Es­píritu inmanente en la historia.

Sin duda la doctrina agustiniana sobre la debilidad de la naturaleza humana herida por el pecado original con­tribuye a crear la carga de pesimismo que pesa sobre ella como una roca aplastante. Dado su temperamento y for­mación inicial, no extraña que diga de sí misma que es como «una cloaca de orgullo y una fuente de amor pro­pio», fórmula por lo demás que se repite incansablemente en los autores contemporáneos.

En esta situación de hundimiento, de poco o nada le sirven los consejos de su tío Miguel de Marillac, sim­patizante del círculo Acarie, amigo de Bérulle y del P. Honorato de Champigny. Miguel de Marillac disfruta ante Luisa de cierta aureola de ciencia y virtud, razón por la que ella acude a él en demanda de consejo. Las res­puestas del tío la conducen por las sendas del anonada­miento y despojo de todo lo creado. Miguel se muestra frío e intransigente con su sobrina. Y, aunque es «un gran siervo de Dios y un hombre de mucha oración», no acierta a consolar ni a curar la herida sangrante de la Señorita.Juan Pedro Le Camus, obispo de Belley, es su direc­tor en el tiempo de la prueba. Camus orienta a su diri­gida, entre los años 1618-1624, por las vías de la paz interior, de la alegría, de la confianza y de la conformi­dad con la voluntad de Dios. Si no consigue tranquilizar­la del todo, evita al menos que la angustia estrangule a su hija espiritual. Procura sosegarla y corregir su «exce­siva vehemencia» por la santidad. En 1623 obtiene per­miso para que la familia Le Gras pueda leer la Biblia en francés según la traducción de los doctores de Lovaina. En las cartas que se conservan del obispo, insiste más en los aspectos ascéticos que en los místicos, aunque él propende hacia la mística renano-flamenca, bien que matizada por el humanismo devoto de Francisco de Sa­les, de quien se declara discípulo. A pesar de todos los esfuerzos por imprimir en Luisa cierto optimismo prác­tico, no obtiene de ella efectos notorios. La paciencia está persuadida de que la curación, si viene, la consegui­rá por intercesión del difunto Francisco de Sales.

Tres caras de una misma tentación

La descripción de la «noche oscura» luisiana pertenece a un escrito autobiográfico, posterior a la prueba misma. Su lectura nos remonta a un momento crucial de la pa­ciente. Se trata de una tentación tricefálica o de tres bocas dispuestas a devorar a su víctima. En la fecha indicada más arriba, la Señorita encumbrada en lo más alto de la montaña, queda envuelta de espesas tinieblas. Ella piensa que está hundida en el abismo. No sospecha que se está obrando una purificación más pasiva que activa. Démosle la palabra de nuevo:

«El día siguiente de la ascensión caí en un gran abatimiento de espíritu, por la duda que tenía de si debía dejar a mi marido como lo deseaba insistentemente, para reparar mi primer voto y tener más libertad para servir a Dios y al prójimo.

Dudaba también si el apego que tenía a mi director no me impediría tomar otro, ya que se había ausentado por mucho tiempo y temía estar obligada a ello.

Y tenía también gran dolor con la duda de la inmor­talidad del alma. Lo que me hizo estar desde la ascen­sión a pentecostés en una aflicción increíble».

Tanto el contenido como el lenguaje mismo nos su­gieren la presencia de un fenómeno místico experimen­tado por quien sufre la ausencia de Dios. El alejamiento del Señor es el temor que la invade ante la duda de haber roto un pacto de amor y de pertenencia total a Dios cuando contrajo matrimonio. El apego a su director Juan Pedro Le Camus, ausente de París para atender la pasto­ral de la diócesis de Belley, atiza aún más el fuego que la consume por dentro. Sólo pensar en un cambio de director —sin él no sabría dar un paso hacia adelante—acrecienta su inseguridad y preocupación. Finalmente, la duda sobre la inmortalidad del alma ahoga su esperanza de alcanzar plenamente a Dios. Una por una, cada boca de la tentación constituye una amenaza terrible; pero las tres juntas paralizan la vida de la enferma. Sólo una acción de Dios puede devolverle la paz.

La conquista de la paz interior es el anhelo de su vida. Cuando se halla algo sosegada, medita sobre alguna sentencia evangélica alusiva a la tranquilidad del alma. Si queda de momento apaciguada, cualquier leve recuer­do de su antigua infidelidad la hunde en el abismo.

«En un instante, mi espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas»

Al fin, la noche se hizo día en el corazón de la Señorita. Una luz esplendorosa disipó las tinieblas y brilló en el alma. Todo sucedió «en un instante», como cuentan de sí mismos otros místicos experimentados. Ella nos lo detalla con profusión de notas:

«El día de pentecostés oyendo la santa misa o hacien­do oración en la iglesia, en un instante, mi espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas. Y se me advirtió que debía permanecer con mi marido, y que llegaría un tiem­po en que estaría en condiciones de hacer voto de pobre­za, de castidad y de obediencia, y que estaría en una pequeña comunidad en la que algunas harían lo mismo. Entendí que sería esto en un lugar dedicado a servir al prójimo; pero no podía comprender cómo podría ser, porque debía haber (movimiento de) idas y venidas.

Se me aseguró también que debía permanecer en paz en cuanto a mi director, y que Dios me daría otro, que me hizo ver (entonces), según me parece, y yo sentí re­pugnancia en aceptar; sin embargo, consentí pareciéndo­me que no era todavía cuando debía hacerse este cambio.

Mi tercera pena me fue quitada con la seguridad que sentí en mi espíritu de que era Dios quien me enseñaba todo lo que antecede, y pues Dios existía, no debía dudar de lo demás».

El fenómeno experimentado no puede ser revelado con más sencillez. Desde ahora, el Espíritu de pentecos­tés juega un papel decisivo en la vida cristiana de Luisa. Con razón afirma Calvet que, «entre los santos, Luisa se nos presenta como la que permanece recogida en la ca­pilla del Espíritu Santo». La devoción al Espíritu modela su psicología espiritual y marca los pasos de su con­figuración con Jesús evangelizador de los pobres.

Que las dudas desaparecieron «en un instante» obede­ce a datos de experiencia comunes entre los místicos. Santa Teresa, por ejemplo, dice: «Ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar a la misericordia de Dios, que a deshora, con una palabra solo suya o una ocasión que acaso sucedió lo quita todo tan de presto que parece no hubo nublado en aquella alma, según queda llena de sol y de mucho más consuelo».

La gracia de la luz pudo haberla recibido Luisa en un momento de recogimiento pasivo, en la misa o fuera de la misa, pero relacionado con la eucaristía. Entonces entendió cuál sería su vocación en la Iglesia y en el mundo. Incluso le fue mostrado el instrumento humano que la orientaría en el futuro: Vicente de Paúl.

El difunto obispo Francisco de Sales se le mostró como intercesor de la gracia recibida, «por haber deseado mucho, antes de su muerte (22 de diciembre de 1622), comunicarle esta aflicción y por haber sentido después gran devoción y recibido por su medio muchos favores». Monseñor de Ginebra había pasado también por trance parecido durante su juventud, saliendo purificado de la prueba.

El escrito sobre la luz de pentecostés constituye una pieza maestra de producción mística. No es el único que sale de la pluma de la Señorita, pero sí el primero en revelarnos la capacidad para la oración extraordinaria. La fiesta de pentecostés y el Espíritu Santo se identifican en la experiencia y enseñanza luisianas, que, según conven­ga, apelarán a la acción del Espíritu en el nacimiento de la Iglesia o de las pequeñas comunidades e incluso en el desarrollo de la vida espiritual de los hijos de Dios. El mismo Espíritu Santo manifestado en pentecostés activa en Luisa la pasión por el espíritu de Jesús humilde, sen­cillo y caritativo, y por el servicio de los pobres.

ORCAJO, A.: «La Pasión por el Espíritu de Jesús. Luisa de Marillac». Ed. Paulinas

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