SANTA LUISA POR CAMINOS OSCUROS (1591-1613) (2)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. La juventud inquieta (1604-1613)

A la muerte de Luis de Marillac, la joven vuelve a París. Tiene trece años. Los nueve que comprende el período 1604-1613 son años de búsqueda continua de la voluntad de Dios, de discernimiento de la vocación cristiana.

“En casa de una señora hábil y virtuosa”

Gobillon sugiere que Luis de Marillac, antes de morir, sacó a su hija del monasterio de Poissy y la colocó “en casa de una señora hábil y virtuosa que le enseñara las labores propias de su condición, sin olvidar nada que pudiera perfeccionarla corporal y espiritualmente”. De ser así, la joven se estableció en la nueva pensión hacia el año 1602, cuando Antonieta Le Camus, su madrastra, es llevada a juicio por Luis de Marillac.

Luisa convive con esa señora diestra en las labores domésticas mientras prosigue en la tarea de la propia formación integral: lee mucho, reflexiona, ora, borda, pinta y hace obras de caridad con los pobres. París ofrece un espectáculo de miseria: vagabundos, pordioseros y mendigos pululan por las calles de la capital. En ella se refugian muchas víctimas del hambre, de la peste y de las guerras, plagas que azotan el país.

Pero París ostenta además la gloria de las letras y el porvenir espiritual. Aunque el pueblo ha quedado cons­ternado con el asesinato de Enrique IV (14 de mayo de 1610), en el terreno religioso se respiran aires de reno­vación. La capital del reino se convierte en una encruci­jada de corrientes espirituales donde soplan la mística renano-flamenca, la devoción moderna y el humanismo devoto. Cada escuela tiene sus representantes. Contri­buyen a crear ese ambiente oxigenado de espiritualidad la vuelta de los jesuitas a París (1603), el establecimiento del carmelo descalzo (1604) y de las monjas capuchinas (1606) y la fundación del Oratorio de París (1611). Tales eventos y otros de carácter religioso no dejan insensible a Luisa, que se siente fuertemente atraída por el claustro.

Al cumplir los catorce años, la joven comienza a experimentar el “don sagrado” de la oración. Puede que sea de simple meditación; tal vez disfrute ya a ratos de contemplación. En todo caso, por medio de la oración se siente más unida a Dios.

Al día siguiente de celebrar su cumpleaños (13 de agosto de 1610) es declarada “mayor de edad”. Está ya en condiciones de elegir estado. Nadie puede impedírse­lo. A los diecinueve años recién estrenados se le abren nuevos caminos. Su preocupación gira en torno al cum­plimiento de la voluntad de Dios, al que desea agradar en todo.

“Dios tiene otro designio sobre usted”

Luisa hace uso de sus derechos y, en respuesta a las llamadas del claustro, decide entrar en el convento de religiosas capuchinas. Está convencida de que Dios la llama al silencio, a la oración y a la renuncia total. Así se lo promete al Señor, dueño absoluto de su vida. Pero antes necesita consultar al P. Honorato de Champigny, hombre de gran prestigio por su ciencia y virtud.

Desde 1612, aproximadamente, Luisa lleva dirección espiritual con el célebre capuchino, perteneciente a la misma comunidad que el P. Benito de Canfield, autor de la obra Regla de perfección. Ambos religiosos profesan los ideales de la “escuela abstracta”. El sabio director de la joven —sigue aclarando Gobillon— disuade a su di­rigida de entrar en clausura, porque su débil complexión no soportaría la rigidez de la regla conventual. “Dios tiene otro designio sobre usted”, añadió el director para tranquilizar la conciencia de Luisa. Pero la razón que la impedía ingresar en el convento tal vez fuera su condi­ción de hija ilegítima. La Providencia, de todas formas, había hablado por boca del P. Honorato. No obstante la negativa recibida, Luisa seguirá frecuentando la conver­sación y el trato con las monjas capuchinas.

La joven toma contacto de nuevo con la espirituali­dad cristiana, esta vez por medio de la escuela francisca­na capuchina, de estilo afectuoso e intimista, abstracto y metafísico. En él encuentra conducto apropiado para expresar su ternura y devoción en profundas reflexiones teológicas.

Su oración, durante este tiempo de búsqueda y de discernimiento vocacional, se alimenta con la lectura de obras selectas entonces en boga: la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis, el Combate espiritual de Lorenzo de Scupoli, la Introducción a la vida devota y el Tratado del amor de Dios de Francisco de Sales, el Breve discur­so de la abnegación cristiana de Pedro de Bérulle, la Oración y contemplación y Guía de pecadores de Luis de Granada. Leería también con mucha probabilidad la Academia evangélica de Honorato de Champigny, la Regla de perfección de Benito de Canfield, la Perla evangélica, traducción hecha por el cartujo Beaucousin, y la Santa filosofía de Du Vair.

Pecaríamos de ingenuos si pretendiésemos explicar la actitud básica espiritual de Luisa principalmente por las dependencias “abstractas” —que son innegables—, y no por su experiencia temprana de un Dios que rige los destinos de sus criaturas. El temperamento reflexivo de Luisa se concentra para entender el designio divino, in­dependientemente de las teorías de los “abstractos” y de los “devotos”. Tal comportamiento, evolucionado en los años venideros por circunstancias personales, aparece claro en la dinámica de su vida cristiana.

Si Dios no la llama al claustro, ¿cuál es su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo? En principio no tiene otra salida que el matrimonio. Desde luego que está preparada para todo, con tal de que su decisión responda a la voluntad de Dios: tiene harta experiencia de la vida, sabe trabajar y ganarse el pan de cada día, es buena administradora de los propios bienes. ¿Pero es esto sufi­ciente para comprometerse con un hombre sin romper el pacto de amor que ha hecho con Dios? Pese a todo, entra por la puerta del matrimonio.

“Me hicieron emprender el estado de vida (matrimonial)”

Poco antes de la fecha fijada para la celebración de la boda, la prometida abandona la casa de la “señora hábil y virtuosa” y se traslada al palacio de los Doni D’Attichy, Octavio y Valence, verdaderos artífices del enlace matrimonial entre Luisa de Marillac y Antonio Le Gras. En el palacio firman el contrato de esponsales; en el mismo aparecen como testigos figuras relevantes de la política y de las finanzas.

La ceremonia religiosa tiene lugar en la parroquia de San Gervasio, de París, el 5 de febrero de 1613, fecha memorable para toda la vida de la contrayente. El marido procede de Montferrand, en Auvernia. Tiene treinta y dos años, diez más que su esposa. Es secretario de la reina regente, María de Médicis. Dentro de la sociedad ocupa el rango de “burgués”, lo que concede a su mujer el título de “señorita”, no de “señora”, reservado para las mujeres de origen noble.

Gobillon despacha ligeramente el asunto del matri­monio; se limita a decir: “La propusieron el estado ma­trimonial y lo aceptó”. En realidad hubo presiones fa­miliares. Escribiendo ella algunos años más tarde al Conde de Maure, marido de Ana de Attichy, deja caer esta interesante noticia: “Pero ¿a quién iba yo a descubrir estas penas, que mi pundonor me ha hecho ocultar por mucho tiempo, sino a usted, que es para Dios todo lo que es, y para mí ocupa el lugar de aquellos que con su dirección me hicieron emprender el estado de vida que me ha puesto en la situación en que me encuentro?”.

Hasta ahora no hay nada que parezca preocupante en la vida íntima de Luisa; sin embargo está afectada de un virus que se manifestará en forma de miedo, inseguridad y desconfianza de sí misma, fruto de una infancia pasada en soledad y a la intemperie de cariño familiar. El estu­dio de estos sentimientos pertenece al psicólogo, que tiene la última palabra sobre su explicación; pero al pro­yectarlos la paciente en el terreno espiritual, también el teólogo tiene algo que decir sobre “el caballo de batalla” de Luisa durante casi toda su vida. El miedo e inseguri­dad para tratarse a sí misma son carne de su cuerpo; no puede liberarse de ellos sin despellejarse.

ORCAJO, A.: “La Pasión por el Espíritu de Jesús. Luisa de Marillac”. Ed. Paulinas

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