3º Domingo de T.O. (reflexión de Mario Yépez)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año CLeave a Comment

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Author: Mario Yépez Barrientos, CM. · Source: Congregación de la Misión en Perú.
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La proclamación del libro de Ley en tiempos postexílicos que recoge el escrito de Nehemías manifiesta la importancia que tiene para Israel la presencia de Dios en medio de su pueblo y provoca el afianzamiento de la esperanza de saber que su identidad como pueblo solo tiene sentido desde la alianza con Dios y no desde las seguridades temporales (tener una tierra, un gobierno monárquico, etc). El contexto de la vuelta del exilio no es nada alentador para el pueblo de Israel diezmado y empobrecido. Empieza a tener una fuerte crisis de identidad, pocas ganas de afrontar el desafío de reconstruir la ciudad, un gran temor de que las cosas puedan afectar mucho más su ya pesada vida ante un futuro incierto. Además, empieza a suscitarse el conflicto de definir quiénes son el verdadero Israel (el resto de Israel); los que se quedaron o los que se fueron y ahora regresan. ¿Quién tiene la autoridad para llevar adelante la reconstrucción?

Pero surgen las figuras de Esdras y de Nehemías, escriba y gobernador, quienes ponen el cimiento de la reconstrucción de la identidad del pueblo desde la alianza. El gesto de leer el libro de la Ley invita a la reflexión profunda del valor de la alianza hecha por parte de Dios para con su pueblo, motiva un sincero arrepentimiento en el pueblo por no haberla cumplido, pero también suscita un tiempo de gracia y de esperanza para recomenzar el diálogo con Dios y con la comunidad. Un proceso necesario y maravilloso que tenemos que ir descubriendo también nosotros como pauta de revisión sobre nuestra relación con Dios y la comunidad. Cuán importante es de verdad, sentir que esta alianza siempre es actual y recordar que es para siempre. Desde la fe del Antiguo Testamento hay una impronta peculiar: escuchar las proezas de Dios en el pasado y las promesas de Dios reveladas a los hombres, entusiasman para confiar que Dios no dejará nunca de manifestarse en fidelidad a su palabra. Esta tarea se convierte cada vez más difícil cuando el escepticismo del corazón, el de aquel hombre que solo piensa en su egoísmo y llevado por su prepotencia, cree que no tiene nada que ver con una historia salvífica que trasciende el tiempo y permite la edificación de un mundo promisorio. Se puede saber mucha historia, estudiarla, rumiarla, pero como no se lee la historia desde los ojos de la fe, cuesta mucho hacerla trascender para el ser humano. En otras palabras, es preciso volver a confiar en la Palabra de Dios.

Conocemos por la misma carta a los Corintios que esta comunidad atravesaba un momento difícil de confusión que los estaba llevando a la división. Las pistas que va recogiendo Pablo obligan a una necesaria intervención por parte de quien fundó y acompañó esta comunidad cristiana. La fuerza de los carismas empezaron a crear ciertas desconfianzas y la necesidad de una coherencia en la fe se cernía en los pensamientos de la mayoría. Pablo parte de lo fundamental: Cristo es uno; nosotros también. Podemos ser muchos pero somos uno. Esto es un rasgo de identidad básico en la comunidad cristiana. Quien no puede sintonizar con ello, será difícil que pueda mantenerse en la comunidad. Por tanto, no puede haber prejuicios de ningún tipo unos con otros. Hay una igualdad que rompe los esquemas sociales y étnicos. Pero también hay una distinción que no es exclusiva sino más bien inclusiva. La diferencia entre los miembros no está para afectar la unidad sino más bien para fortalecerla. En el reconocimiento de la diferencia del otro abrimos la oportunidad de la valoración del otro. Nadie siendo miembro puede pretender ser cuerpo. No podemos considerarnos indispensables, pero sí somos importantes. De esta forma, Dios puso a cada cual en su lugar y cada quien debe buscar no su apariencia formal ante los demás, sino su vocación de servicio que lo convierte en miembro fiel y responsable para sus hermanos. Importante discernimiento que no deberíamos olvidar.

Esto se convierte en una tarea que parte de una toma de conciencia del significado profundo de cómo vivir la comunión en Cristo.

Lucas ha visto por conveniente iniciar su evangelio como los historiadores de aquellos tiempos, fundamentando la eficiencia de su investigación y el propósito fiel de transmitir una experiencia de fe muy particular. Hay detrás de este propósito una convicción profunda que va más allá de narrar eventos cronológicamente ordenados; por lo que tendríamos que entender aquella «certeza», como la mirada de fe al acontecimiento Jesucristo que ha llegado a los oídos del corazón de Lucas y de los primeros oyentes del evangelio y que ahora a través de su obra intenta transmitirlo también a sus hermanos de una segunda generación y con ellos a los cristianos de todos los tiempos. La liturgia de hoy conecta este prólogo (Lc 1) con la revelación de Jesús como el cumplimiento de la Escritura (Lc 4). Para el evangelista, el ministerio de Jesús es suscitado por el Espíritu que lo lleva a Galilea. Pero el autor quiere situar este ministerio en una realidad global. Nazaret se convierte en el lugar donde Jesús tiene que manifestar la verdad de su misión. La fuerza de la Palabra de Dios, que ha acompañado al pueblo de Israel, esta vez no solo llega a ser proclamada, sino que trasciende hacia un momento actual y concreto. La ritualidad de la sinagoga se efectúa sin mayores sorpresas hasta que Jesús “encuentra” un texto de Isaías (61,1ss). El siervo de Yahvé, aquella imagen bíblica asociada a la esperanza mesiánica de un rey liberador y que traería un tiempo de paz, solivianta la expectativa de una comunidad que anhela vivir esta promesa. Jesús se está autoproclamando el «Ungido» por el Señor, pero además traza su itinerario misionero: anunciar buenas nuevas a los pobres, remisión a los cautivos, visión a los ciegos, libertad a los que están oprimidos y proclamar un año favorable del Señor. Su ministerio se sustenta en la predicación, en la sanación y en la liberación. ¡Cuánto hubiesen deseado aquellos nazarenos que aquella profecía se hubiera hecho ya realidad! Su atención gira en torno a este Jesús que ha proclamado esta profecía pero no intuyen el trasfondo de este gesto. No han podido encontrar aún la relación entre la palabra proclamada y la Palabra encarnada. Es así, que Jesús tiene que manifestar el verdadero sentido de lo que sus paisanos están presenciando: «Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos». Jesús es el cumplimiento de la Escritura. Dios vuelve a favorecer a su pueblo, y revela a su Ungido. Los pobres necesitan ser escuchados; los ciegos necesitan ver, los cautivos y oprimidos requieren liberación: el tiempo mesiánico obliga a un cambio necesario y radical. Pero este cambio no se da desde expectativas ni deseos humanos sino se lleva a cabo desde el cumplimiento de las Escrituras en el Ungido. Si no sintonizamos con él será en vano nuestro esfuerzo humano.

Una exigencia de justicia, muy necesaria, no puede mantenerse solo desde deseos de reivindicaciones humanas, tiene que sostenerse desde la caridad y desde el deseo de Dios. Hemos distorsionado una realidad de igualdad y el Señor nos ofrece a quien puede ayudarnos a restituir esta situación. El problema lo hemos construido nosotros aferrados a querer constituirnos «salvadores» cuando es Jesús la plenitud de aquella Palabra creadora. Somos manos o pies y hemos rechazado pertenecer al cuerpo porque creemos que no necesitamos de los ojos y de los oídos, y corremos el riesgo de oír con la mano y ver con los pies distorsionando lo fundamental de la vida. Con esto, también pienso que hay muchos pobres, oprimidos y ciegos que desean un cambio profundo, pero que empiece por algo fundamental en sus vidas: como poder convivir en un mundo que los rechaza porque son así, porque no son considerados parte de este cuerpo. Abramos el libro de la alianza, reflexionemos el acto salvífico de Dios en la historia, confiemos que hoy Jesús es el cumplimiento de la Escritura e intentemos con gestos concretos ayudados con los ojos de la fe a cambiar esta realidad partiendo del reconocimiento de nuestra igualdad y respeto a todos los hombres. «Que te agraden las palabras de mi boca y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón Señor …»

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