Si en Isaías fue un himno de esperanza, en Jesús es un canto de un presente de gozo y alegría. Si en Isaías era una promesa mantenida por el pueblo y que le obligaba a gritar: “Ven, pronto, Señor”, en Jesús la promesa ya es una realidad con su misma presencia. “Yo estoy en medio de vosotros”. “Hoy, en mí, se ha cumplido la promesa”. Ya no tienen que soñar y suplicar. Ahora tienen que aceptar y vivir la nueva realidad.
Por eso, la palabra de Jesús no sólo es anuncio de una verdad. Jesús proclama una realidad nueva y presente. Jesús anuncia y proclama su propio compromiso con la misión encomendada: hacer realidad el proyecto de Dios, el Día de la Gracia, el Día de la Gran Liberación. Su fidelidad a esta misión marcará toda su existencia: su pensar y su actuar, su vivir y hasta su morir, un día, en una cruz. Y es al final, con su resurrección, cuando nos daremos cuenta de su verdad y Jesús se convertirá en la gran esperanza para los pobres, en palabra de vida para los sordos, en luz para los ciegos, en salud para los enfermos, en liberación para los esclavos y oprimidos, en vida para los muertos, pues hasta la misma muerte habrá sido vencida.
Esta es la fe que lo llevó a Lucas a un encuentro con el Señor y la razón de su evangelio. Él es consciente, porque lo ha experimentado en carne propia, que la Buena Nueva de la Salvación se ha hecho presente con Jesús. Por eso todo su evangelio será un testimonio vivo de su fe por la cual nos quiere llevar a creer, a aceptar, a vivir y a comprometernos con esa presencia liberadora de Jesús, con la Buena Nueva de la Salvación que Cristo nos ofrece y que nosotros tenemos que hacerla realidad en nuestro mundo.
Por eso, para nosotros, si de verdad nos consideramos cristianos, aceptar la presencia de Jesús en nuestra propia historia, aceptar que Jesús es la Buena Noticia para nuestra existencia, aceptar que en Él se encuentra nuestra verdadera liberación, que Él es la Palabra, la Luz, la Verdad y la Salud para nuestras vidas, es comprometerse a seguirlo hasta la meta triunfante de su resurrección, realización plena de una promesa: “El que camina conmigo poseerá la vida eterna”. ¿Te atreves a seguir el ejemplo de san Lucas? Tú también has sido llamado a ser anunciador de la Buena Nueva.







