3º Domingo de Pascua (reflexión de Julio Suescun, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?

julio_suescunEn los evangelios encontramos diversos relatos referentes a los acontecimientos que sucedieron en los días inmediatos a la primera Pascua Cristiana. Todos ellos nos ayudan a confirmar nuestra fe en la resurrección, a disipar las dudas que tal acontecimiento puede suscitarnos, y a darnos una confianza en la presencia y acción salvadora del Resucitado entre nosotros. Estos relatos junto a la afirmación fundamental  del hecho de los encuentros con el Resucitado, traen también detalles que no son fáciles de compaginar unos con otros, pero que tampoco son importantes porque no pertenecen al núcleo mismo del mensaje que trasmiten. Son cuestiones que pueden quedar abiertas a la discusión de los expertos. Pertenecen sin duda a las distintas tradiciones que corrían de boca en boca entre los discípulos y que  los evangelistas incorporaron a su obra de acuerdo con la intención que les animaba.

El evangelio de hoy, tomado de San Lucas, nos presenta al Resucitado, vivo en medio de la comunidad de los discípulos. Hablaban, como no podría ser de otra manera, de las experiencias que habían tenido cada uno después de la crucifixión de Jesús. El texto alude en concreto a la experiencia del camino, cuando los discípulos reconocieron al Señor en el partir del pan. Se refiere, sin duda, al episodio de Emaús (Lc.24,23-35), pero nos enseña que al Resucitado podemos encontrarlo siempre vivo en el camino de la vida, en las escrituras y en el compartir el pan, tanto el pan eucarístico como el pan de la ayuda a los necesitados.

En el grupo había un ambiente de duda y de inseguridad. No todos creían a los testigos que decían haber visto al Señor vivo. No es extraño que en este ambiente, la presencia sorprendente de Jesús suscitara miedo. Después de todo, todos ellos se habían desentendido de él dejándolo sólo como había predicho Jesús (Jn.16,32).  El Resucitado se hace presente e intenta tranquilizarlos y ante todo disipar sus dudas: es él mismo, en persona, no un fantasma imaginario; pueden tocar y ver sus manos y sus pies atravesados por los clavos. El miedo se torna en alegría, pero no es suficiente para vencer sus dudas. Atónitos, no acaban de creer lo que están viendo, hasta que vieron a Jesús comer delante de todos. Compartir la comida, como en Emaús, es una evocación de la última cena, de la Eucaristía, sobre todo desde la alusión a lo que Jesús decía cuando estaba con ellos. Pero aun así no se aclaraban sus sentimientos entre la estupefacción, el miedo y la alegría.

Jesús por fin, les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Otra vez la fe, como don de Dios que llega a través de la comprensión de las Escrituras. No es el mero conocimiento de las Escrituras lo que da la fe. Ha habido muchos buenos conocedores de las Escrituras, que sin embargo no eran creyentes. Los mismos judíos, conocían bien las Escrituras del Antiguo Testamento, pero al no aceptar al Enviado de Dios, fijos en sus convicciones y enseñanzas, no las comprendían en lo que se refería a Cristo.  Y es que uno puede acercarse a las Escrituras desde muchas actitudes previas. Puede acercarse a las Escrituras el ignorante que no sabe leer, el curioso que busca su satisfacción, el malintencionado que busca justificar sus errores o ridiculizar la conducta de los creyentes, el sabio que desde ellas pretende encauzar la acción de Dios, forzando la libertad del Omnipotente. Sólo desde la fe, las Escrituras iluminan los acontecimientos sorprendentes de la vida, como el misterio de Cristo, la pasión y la resurrección de Jesús. Con precisión apunta el texto del evangelio que entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las escrituras. La fe es don de Dios que el hombre no puede conseguir solo con su esfuerzo.

En los evangelios de los siguientes domingos podremos continuar viendo que Jesucristo no es un ser mítico, ni únicamente perteneciente al pasado, ni ajeno a nuestro mundo de hoy, sino que vive hoy y para siempre en la Iglesia. Ella se nutre de la vida de Jesús, se orienta por su enseñanza, predica su evangelio y en su nombre anuncia y celebra el perdón de los pecados a todos los pueblos.

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