Saber esperar

En la Biblia encontramos no solo escritos apocalípticos como Daniel en el Antiguo Testamento y el Apocalipsis en el Nuevo Testamento, sino que también encontramos fragmentos de este género o estilo literario en muchos de los escritos proféticos y también en los evangelios.
Este estilo surge en contextos de difícil situación, especialmente, cuando la fe se siente vulnerada ante los acontecimientos que van surgiendo en donde hay muchas más cosas relacionadas con la intencionalidad humana que con las propias fuerzas de la naturaleza. Pero es evidente, que el lenguaje utilizado en este tipo de expresión literaria juega con mucho simbolismo, y que en el fondo es una denuncia frente a la inclinación humana de apartarse de Dios. Esta actitud en el hombre lo lleva a pretender convertirse en soberano de un mundo que él no ha creado pero que lo conduce de una manera tal que solo genera caos y destrucción. De seguro, esta corriente apocalíptica estuvo muy enraizada con el profetismo, pero que luego marcó su distancia en su peculiar manera de presentar tal denuncia y su particular manera de retratar la adversidad del presente, la mirada de un juicio definitivo y la esperanza de una restauración portentosa de Dios. Sin duda, hay una mirada profética de por medio, pero hay una conjugación de elementos que la convierten en una literatura de difícil comprensión (quizá más en relación al contexto en que nació) pero de profunda invitación para cualquier generación que viva circunstancias de adversidad y sobre todo en donde la fe se ve amenazada.
Es evidente, que el juicio político tiene una marca particular en esta literatura. Es la denuncia de los que desafían el poder y la autoridad de Dios, arrogándose esta dignidad, pero también es una crítica frente a quienes, siendo creyentes, toman partido por este atrevimiento y disfrazan su religiosidad a costa de no ser aislados o perseguidos en una sociedad que no quiere aceptar a Dios como su Señor.
El libro de Daniel toma estos carçacteres, en el posible contexto de la invasión helénica (S. IV-III aC) que trajo muchas dificultades para los judíos (aunque el escrito utiliza la anterior y más dura realidad de conflicto que fue el éxodo babilónico), exhorta a la constancia en la fidelidad a la Ley revelando el triunfo de Dios sobre el atrevimiento del poder humano, y el reconocimiento de quienes saben comprender los «tiempos que se viven» y los que ayudan a otros a ser «justos»; quienes brillarán y resplandecerán como estrellas en el firmamento. Es el preludio de la mirada más allá de la muerte, de un triunfo definitivo que escapa al gran límite de la vida considerado así por un judío (el sheol) y que, en contexto de persecución y apostasía, provoca el planteamiento del problema de la justicia divina.
Desde la fe cristiana, hemos aceptado el misterio revelado de la resurrección de Cristo y con él, la esperanza de nuestra resurrección. Es la confirmación de una esperanza en la que Dios ha trazado un plan de salvación y es fiel a su promesa. También el evangelista se plantea, partiendo de esta convicción, la terrible conmoción que vive él y su comunidad, en un contexto de difícil convivencia no solo con el judaísmo sino también con el mundo dominante de aquel entonces, Roma. Muchos afirman que este pasaje apocalíptico de Marcos refleja aquellos momentos tensos previos a la guerra judía que terminó con la destrucción de Jerusalén el año 70 dC. Lo cierto es, que el texto refleja un momento de tensión y de exhortación a saber esperar, a tener esperanza en medio de las adversidades que pueda vivir un creyente, pero que éste la afronta de una manera diferente porque que ha puesto su confianza en Cristo, el que ha sido puesto a la derecha de Dios.
Quizá el problema de fondo sea cómo nuestras expectativas pueden confundirse con la esperanza objetiva de la salvación. El hombre exige justicia, pero Dios es el Justo. Deseamos que el mal sea destruido, que desaparezca pero está allí; y entonces, anhelamos que en algún momento el mal sea eliminado completamente y pedimos a Dios que lo haga. Y confiamos que lo hará. Pero seguimos viviendo, seguimos sufriendo, seguimos afrontando el día a día, seguimos esperando. A nadie nos es ajeno la sabiduría de la vida: «nos hacemos fuertes en la dificultad»; «tenemos que pasar por el crisol de la perseverancia», «no se forja la persona si no se pasa antes por los golpes de la vida». Esto está tan reflejado en la apocalíptica que a veces no caemos en la cuenta de ello.
Una vez más, nos planteamos el valor de la esperanza cristiana. No callaremos de por sí, el grito del dolor y del por qué de lo que vivirmos, no nos cansaremos de exigir justicia cuando hemos sido atacados en nuestra dignidad, seguiremos pidiendo a Dios que haga algo; eso es preciso hacerlo; somos esa generación que está llamada a contemplar hoy «los signos de los tiempos». La vida continúa, pero el cristiano debe tener una convicción clara: Dios tiene la
última palabra; no para hacer realidad nuestra limitada concepción de justicia, sino una más elevada y verdadera: la hora de Dios; y en ella tiene mucho que ver Jesús, el Hijo del hombre, aquel que se encarnó y nos conoce tan bien, que ofreció su vida una vez y para siempre por nuestros pecados.
Que la fuerza del Espíritu Santo, nos conserve en la perseverancia de nuestra fe y que podamos unirnos a la voz confiada del salmista: «mi cuerpo descansa seguro, porque no abandonarás mi vida al sheol, ni permitirás a tu fiel vea la fosa».







