Tiempo de orar

Abraham es reconocido por el redactor de esta narración como un hombre que creyó en la promesas de Dios (Gen 15,6), pero el proceso de tal aceptación tuvo muchos momentos de crisis que no siempre los llegamos a valorar como experiencias determinantes en su propio camino de fe. Dios hace alianza con Abraham en el contexto de una búsqueda angustiosa por saber quién podría asumir la herencia de sus bienes. Dios le había prometido un hijo, pero éste no llegaba, mientras que Lot, su sobrino, se había alejado de su casa y solo estaba con Abraham su siervo adquirido responsable de su casa, Eliezer de Damasco. ¿Sería él el elegido? Abraham entiende las promesas pero busca cómo concretizarlas. Aún no ha llegado a comprender que la única y verdadera promesa era ésta: «Yo seré tu Dios» (Gen 17,7). Dios ha tomado la iniciativa, pero Abraham tiene que responder a este gran proyecto que le tiene preparado. Abraham quiere creer y requiere garantías y pruebas de que las promesas puedan ocurrir. Este relato que recoge un rito muy antiguo pasa a convertirse en el signo de la alianza totalmente libre y gratuita de parte de Dios para Abraham. Dios pasa por medio de las víctimas en la imagen del fuego y sella con este acto su pacto con Abraham. De esta forma, la tierra pasará a ser una de las promesas aunque no la más determinante de esta relación formal con Abraham. Pasará mucho tiempo después cuando al releer esta historia patriarcal, se constate que a pesar de no tener tierra, Israel pertenece a Dios. Por eso Abraham se convierte de verdad en el padre de la fe. Él propiamente no vio la tierra como suya, ni una descendencia numerosa, él creyó marchando en un itinerario largo y a veces confuso, hasta darse cuenta que más que las promesas que recibía de parte de Dios era la propia presencia de quien le salió al paso para proponerle un proyecto mucho más grande que sus propias expectativas: ser padre de un pueblo. Llegará más adelante el momento en donde Abraham se perteneció totalmente a Dios cuando fue capaz incluso de sacrificar la mayor de las promesas por la opción de la absoluta confianza en Dios (Gen 22).
Pablo exhorta a los filipenses a que aprendan de su propio testimonio sobre todo en el marco de la propia fidelidad que él tiene hacia Jesús. Pablo no se encuentra en una situación favorable, se halla preso por Cristo, pero no se siente disminuido en sus fuerzas sino por el contrario se siente fortalecido porque su esperanza es muy grande. Puede haber quienes confundan las cosas aferrándose a las cosas de este mundo, oponiéndose incluso a la fe en Cristo crucificado, pero él reconoce que la verdadera ciudadanía no es la que ofrece esta sociedad ni este mundo sino la pertenencia a Cristo. Marca una notable diferencia entre los creyentes que confían que han sido renovados totalmente en virtud de la muerte y resurrección de Jesús y por lo que mantienen la esperanza de su venida. Por eso Pablo pide que le imiten, no por vanagloria, sino por convicción de saber que no hay mayor esperanza que la de Cristo y su situación le favorece en credibilidad, las cadenas por Cristo no son ningún obstáculo para su discernimiento de fe y su esperanza y los filipenses lo saben.
Lucas nos ofrece desde su perspectiva la experiencia de estos tres apóstoles ante la transfiguración de Jesús. La gloria del resucitado es adelantada según la propuesta de los días («ocho», Lc 9,28a, no citada en esta lectura) y es revelada a Pedro, Juan y Santiago, quienes comparten un momento de intimidad de Jesús con el Padre. Sabemos que Lucas siempre resalta la oración de Jesús como ejemplo para todo creyente, y este episodio es contextualizado en uno de estos momentos. En primer lugar, Jesús es transfigurado manifestándose de una forma distinta en su rostro y en sus vestidos. La presencia de Moisés y Elías prefiguran un encuentro con el Antiguo Testamento y más aún con la referencia a la «partida de Jesús» que es el tema de conversación de estos personajes con Jesús. Hay un éxodo que Jesús tiene que realizar, una experiencia de paso importante y necesario, hacia Jerusalén y que también sus seguidores tienen que experimentar. Pero esto parece que no se vive intensamente por los tres apóstoles, pues se encuentran cargados de sueño. Prácticamente se han perdido de toda la revelación. Aún esta esperanza en la resurrección se encuentra lejana a su comprensión. Su sorpresa es tal que cuando al despertarse, Pedro ofrece hacer tres tiendas, recordando quizá la experiencia de Israel en las tiendas alrededor de la Tienda del Encuentro. Pero se manifiesta de pronto una nube y Pedro junto a sus compañeros son introducidos en ella recordando la gloria del Señor que inundaba el Templo consagrado de Jerusalén. Se escucha la voz del Padre: «Este es mi Hijo elegido, escuchadlo». Dios ha elegido entonces un nuevo canal de gracia y de relación. Dios ya no solo acompaña a su pueblo en una Tienda, ya no está con su presencia gloriosa en el Templo, ahora Dios despliega su misericordia por medio de su Hijo, el elegido, que ha asumido nuestra propia carne. Es por medio de Jesús donde el creyente tiene que encontrar esta nueva manera de relacionarse con Dios. La experiencia necesita ser reflexionada. Son ellos los que callan. Reconocen que esto aún les supera. Hay todavía mucho camino hacia Jerusalén.
Dios nos invita a reflexionar cómo vamos dejándonos sorprender por una relación nueva que se ha forjado con la presencia de Jesús, su Hijo, en la tierra. La gloria del Señor rebasa todo templo y toda realidad inerte por una experiencia profunda de encuentro entre personas y por ello la esperanza no se da ya desde marcos estructurales sino desde la confianza de saber que Jesús es el elegido, a quien es preciso escuchar. Por eso Pablo nos advierte que nuestra ciudadanía es la del cielo, no la de este mundo. Por eso el cristianos afronta con sentido los acontecimientos que le suceden y siempre motivados por una esperanza mayor. Y esta experiencia de fe se tiene que forjar en un itinerario de fe muchas veces arduo y poco esperanzador como lo vivió Abraham, pero que cuando encontró que la verdadera promesa era su presencia por siempre con él y sus descendientes, se perteneció solo a Él y vio que su vida tenía sentido no en las promesas de Dios sino en el Dios de las promesas. Pidamos a Dios que nos mantengamos firmes en la oración y que aprendamos a disfrutar de los momentos de revelación de Dios, sí en la vida diaria, pero también en el silencio de nuestro encuentro en oración. «Y tu Padre, que ve en lo escondido te recompensará». Por eso podemos decir con fe y esperanza uniéndonos al salmista: «Tú rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro».







