La Transfiguración
El evangelio nos dice que Jesús separó a sus tres amigos predilectos, se encaminó con ellos a la montaña y ante sus ojos se transfiguró. Milagro de fe. El hombre al que habían acompañado, Jesús es el Dios que contemplan extasiados sus ojos. El Dios que contemplan es el hombre que, dentro de poco, morirá clavado en una Cruz por la salvación de todos los hombres.
Catequesis de fe y esperanza. Caminan con Jesús, participan callados y atentos del diálogo entre Jesús, Moisés y Elías. Oyen la voz del Padre que les dice: “Este es mi hijo amado, escuchadle”.
Compromiso de fidelidad desde la escucha, la aceptación y el seguimiento hasta la meta de la esperanza. Camino andante y dialogante, camino ascendente hacia la cumbre al encuentro del Dios de la fe, camino descendiente hacia el llano al encuentro del hombre que espera su liberación y que sólo la encontrarán en ese hombre-Dios al que acompañan.
Cristo los ha ido empujando suavemente, cariñosamente, hacia el misterio de la divinidad, los ha dejado gozar de su presencia y hasta ha permitido a Pedro dar rienda suelta a sus sueños de grandeza, pero inmediatamente los hace volver a la realidad y les exige reanudar el camino hacia el Misterio de la Redención, misterio que está aún muy lejos de comprender y aceptar. Quiere que desde la fe, desde el misterio de Dios vayan comprendiendo y aceptando que Él, “el Hijo amado de Dios” en su divinidad, es el mismo “Hijo de Dios” que tiene que morir para que todos acepten ser Hijos de Dios.
Ha subido el “hombre” para manifestarse como Dios, baja Dios para cumplir su misión de hombre. Hombre-Dios, Dios-hombre en el misterio amoroso de Dios en su divinidad, misterio amoroso del hombre en su humanidad. Este es el Dios de nuestra fe, el Dios al que adoramos y servimos. El Dios de la Eucaristía y el Dios de la vida. El Dios que permanece en el cielo y el Dios que habita en el hombre. El Dios al que seguimos esperanzados hacia la meta de nuestra transfiguración y el Dios al que tenemos que seguir hacia nuestra misma Redención.
No sé la cumbre que nos espera. Escuchemos la voz. Sigamos su eco. Lo importante es que Jesús vaya delante de nosotros para abrirnos las puertas de la casa del Padre.







