26º Domingo de Tiempo Ordinario (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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Author: Mario Yépez, C.M. .
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No impidáis la obra de Dios

Nos encontramos con este pasaje del libro de los Números, que ha configurado en sus capítulos diversas tradiciones de la travesía por el desierto que también encontramos en el Éxodo. Aquí se recoge la tradición de las quejas de Israel a Dios y un castigo por tal atrevimiento (Num 11,1-3) que nos recuerda a la narración del becerro de oro del Éxodo. A esto se suma las necesidades de comer también conocidas en el libro del Éxodo (Num 11,4-9) y que en esta narración de los Números es circunstancia propicia para sustentar la decisión de crear una especie de representación que pueda ayudar a Moisés, quien también levanta su clamor a Dios, en la conducción del pueblo cuya conducta cada vez era más conflictiva (Num 11,10-15). La acción de profetizar quizá más a modo de «profetas extáticos», de los que conocerían en aquellos tiempos, era un signo de la particularidad de estos hombres designados, pero que aquí el libro de los Números intenta justificarlo desde el deseo de Dios de infundir el espíritu que había otorgado a Moisés para capacitarlo en su tarea y que éste pueda extender a los setenta ancianos, ayudantes de Moisés (Num 11,16-17; 25). Sin duda, esto refleja el asombro tanto del joven que corre a comunicar a Moisés el caso de estos dos que se hallaban profetizando en el campamento y la tajante intervención de Josué (Num 11,27-28). Quizá la respuesta de Moisés tenga la mayor validez de profecía en el sentido teológico y que quiera intentar reflejar el texto (Num 11,29). La vocación de ser el pueblo elegido no pasa solo por el hecho de que Dios despliegue su poder para manifestarse en favor suyo sino que exige al pueblo una actitud de receptividad a su manifestación comprendiendo así que no están solos en el camino del desierto aunque las cosas parezcan complicarse. El signo de la profecía de éxtasis de aquellos elegidos solo duro un poco, lo que se exige realmente en el pueblo elegido es la apertura a dejarse invadir por el espíritu de Dios y a leer los acontecimientos a la luz de la fe y la confianza en Dios y esto no debe durar poco, sino siempre. Este es el auténtico espíritu de profecía. Josué lo comprendió cuando más adelante puso clara su opción y la de su casa de servir siempre a Dios.

La carta de Santiago va concluyendo con diversas exhortaciones y advertencias sobresaliendo está hacia los ricos en el contexto de la espera por la venida del Señor (St 5,7s). No es raro escuchar estas advertencias a los ricos que nos recuerdan también las dichas en los evangelios. El peligro de las riquezas siempre están allí, latentes, y más para un cristiano, llamado a vivir la caridad y el desprendimiento de los bienes materiales porque nuestra esperanza está puesta en la recompensa del cielo cuando llegue el Señor en gloria. Esta es la verdad creíble, pero luego entra a tallar la realidad del día a día. La mayor miseria del hombre rico es pensar que todo lo que tiene le servirá para toda la vida; el problema es que nuestra vida es pasajera mientras que parece la riqueza perdurará aunque ya no para el goce personal truncado por la muerte, sino que tendrá que pasar para otro y que quizá siga pensando lo mismo, generándose un círculo vicioso que destruye a todo el que lo rodea (St 5,1-3). Es el drama del que vive a expensas de su poder adquisitivo. Peor aún, cuando esta riqueza se ha obtenido de la manera más vil que es explotando a los que trabajan para uno (St 5,4). La exhortación usa imágenes muy duras para estos personajes y que reflejan la seriedad de la situación en el marco de la justicia (St 5,5-6). Para Santiago el juicio está por venir y para éstos con mucho más peso, pues si se aferran coherentemente a sus convicciones de «riqueza terrenal», pues coherentemente tendrán que aceptar que las cosas cambiarán rotundamente para ellos cuando se imponga el criterio de la fraternidad y de una salvación donde la riqueza no tiene lugar ni espacio.

Nuevamente estamos en el «contexto» del segundo anuncio de la pasión, muerte y resurrección que Jesús da a conocer a sus discípulos. Luego de la penosa discusión entre ellos acerca de quién era el mayor, Juan interviene avisándole al Maestro sobre uno que echaba demonios en su nombre y cómo se lo había impedido (de seguro con sus compañeros) porque no les seguía (Mc 9,38). Es curioso y puede sonar tonto,

pero suena de verdad a una especie de deseo de configurar un equipo muy particular, donde no exista más que ellos y nadie más, herederos de un privilegio propio. Más aún, el punto de referencia no es que aquel siga a Jesús sino que no les sigue a ellos. La respuesta de Jesús es contundente, aleccionadora y sorprendente. Hoy nuestros oídos también se pueden escandalizar. Todo aquel que pueda ayudar o colaborar a que Jesús sea reconocido como el Señor, capaz de destruir las fuerzas del mal que esclavizan al hombre, no puede ser enemigo ni de Jesús ni de sus seguidores (Mc 9,39-40). Pero Jesús retoma la consideración fundamental no quedándose solo en la parte de aquellos que pueden hacer signos de poder, sino incluso especificando a quienes pueden ser capaces de ofrecer signos, insignificantes a la vista, pero grandes en el sentido de colaboración para el anuncio de la Buena Noticia (Mc 9,41). De esta forma, no hay peor actitud contraria para la Buena Noticia que el escándalo. La fuerza del anuncio del evangelio de seguro al comienzo de la vida de las comunidades cristianas tenía una fuerza carismática arrolladora, pero eso no significaba que solo se daba credibilidad ante ello, sino que también se estaba haciendo necesario el reconocimiento de aquellas humildes y sencillas actitudes que hablaban más fuerte de la presencia del Reino y de la exigencia de seguir a Cristo. La conclusión de esta parte habla de todo aquellos que es posible evitar para no suscitar escándalo en la comunidad perjudicando el crecimiento en la fe. No hagamos de nuestra vida algo perjudicial para los demás. No seamos materia inflamable que tenga que ser arrojado al desperdicio (Mc 9,43.45.47), cuando podemos hacer de nuestras vidas algo útil para los demás.

¡Cuánto quisiéramos de verdad que el espíritu de profecía nos ayude! Necesitamos ver la realidad con los ojos de Dios. Pero para ello hay que cambiar la mirada, puesto que muchas veces las riquezas pueden desviarla, llevándonos a cometer excesos y daños tanto para uno mismo como para los demás. Descubramos pues la verdadera riqueza de la colaboración y la participación en el crecimiento de la fe de los hermanos. No seamos obstáculos para ellos. No cerremos el patrimonio del amor y el poder de Dios en unos pocos. Si algo nos ayuda a ser mejores cristianos, agradezcamos de corazón a Dios, fijemos nuestra confianza en él que nos propicia en tantos hermanos su revelación y huyamos del escándalo que hace mucho daño a la comunidad. Unámonos con el salmo que recuerda con exactitud cuál es la verdadera riqueza para el creyente: «la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma».

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