Preguntas que exigen una respuesta de Fe
El fragmento que escucharemos del libro de Isaías, es muy conocido por la reflexión bíblica y teológica. Es uno de los cánticos del Siervo de Yavhé insertado a continuación de una profecía de castigo a Israel por sus rebeldías (Is 50,1-5) quizá pretendiendo demostrar cuál debería ser la actitud de los verdaderos creyentes en el Señor.
Este personaje misterioso, diversamente interpretado, asume en este cántico una actitud completamente paradójica. Aquel llamado a ser el testimonio vivo de la palabra del Señor encarna en su propia vida una realidad de sufrimiento que conmueve hasta las entrañas. Hay tres momentos que se repiten como estribillo hablando de la acción del Señor: «me abrió el oído» (Is 50,5) y en dos oportunidades: «me ha ayudado» (Is 50,7.9). Hay una clara implicancia de la acción de Dios en favor de su siervo. Pero lo que realmente llama la atención es que en esa consciente seguridad de la presencia cercana de su Señor (Is 50,8), el siervo manifiesta su fidelidad en medio del escarnio y de las humillaciones, de aquellos que buscaban hacerle sentir vergüenza pero que al final parece no lo consiguen (Is 50,6-7). La fortaleza asumida en los momentos de dificultad cambia radicalmente en el desafío del Siervo ante sus contrincantes. Es tiempo de un juicio y en él ya hay quien sale a hacerle justicia frente a sus rivales, pero hay una clara advertencia para ellos; ya que no podrán rebatir en absoluto (Is 50,8). Hay un abierto desafío del Siervo hacia sus rivales, desde la confianza de saber que con el Señor de su parte no hay refutación alguna y no habrá condenación para él (Is 50,9). Su sufrimiento por tanto no ha sido en vano.
Continuamos con la reflexión sapiencial de la carta de Santiago. Uno de los estribillos más populares de la Sagrada Escritura es sin duda este que leemos hoy: «muéstrame tu fe sin las obras y yo a ti te mostraré desde mis obras la fe». Pues bien, el autor de esta carta está convencido de que un cristiano no puede basar su fe solamente en un acto de creer, quizá cercado en el marco de la convicción de boca o de ciertas actitudes externas de piedad. Es difícil sopesar bien esto ya que insiste mucho en su carta en una dimensión de praxis cristiana muy insistente y comprometedora para quien se siente animado a vivir su fe en Cristo. Esta exhortación introduce algo muy importante en la comprensión de la fe: es un movimiento de ida y vuelta. Cuando se refiere a que la fe no puede salvar (St 2,4), está refiriéndose sin duda a la respuesta que tiene que dar todo creyente de que realmente cree. Y esa respuesta está en las obras. Si nos fijamos, hay una motivación frente a esta explicación: «¿Cuál el beneficio?» o «¿De qué sirve?» (St 2,14.16). Hay una preocupación en el autor de la carta y la actitud de que muchos cristianos puedan vaciar el verdadero sentido de la fe si separan la fe de las obras. El ejemplo que pone clarifica mejor su posición: la necesidad llamando a la puerta y la respuesta es un deseo de palabra que traduce claramente la indiferencia, cerrando así la puerta «buenamente» a quien nos pide una ayuda.
El evangelio de Marcos nos sigue presentando este itinerario del seguimiento de Jesús entre la admiración de la gente, la cercanía aunque todavía perturbada de parte de sus discípulos y la abierta oposición de los fariseos, escribas y herodianos. Para el evangelista este es el momento en que se hace necesario que sus discípulos disciernan lo que están viendo y oyendo y por medio de ello reconozcan ante quién están. La opinión de la gente es la primera medida y se oyen voces diversas (Mc 8,27). Jesús quiere ahora la opinión de sus propios seguidores (Mc 8,28). Aquí entra a tallar la figura de Pedro quien no solo hará una confesión de fe sino que también entrará en conflicto con su propia afirmación (Mc 8,29). Una vez más, Marcos insiste en el silencio de su persona (Mc 8,30), pero se adentra en la confianza con sus seguidores hablando con total libertad y sin esconder nada (parresia) y les revela la
fase final de su camino: su padecer, la cruz y su resurrección (Mc 8,31). Es evidente que la cruz se convierte en el gran problema de discernimiento para sus seguidores, y será, nuevamente, Pedro quien encarne el conflicto que se ha suscitado por las palabras de Jesús. Es el momento de las reprensiones (Mc 8,32-33): primero la de Pedro a Jesús (epitiman) y luego la de Jesús a Pedro (epetimesen). Entra a tallar la verdadera esencia del «ir detrás de él» (opiso mou). La perspectiva de los hombres puede convertirse en un obstáculo para comprender los designios de Dios, el que quiera anteponer su vida a Cristo y al evangelio, no podrá caminar detrás de Jesús. Jesús ha convoca a todos, ya no solo a sus seguidores (Mc 8,34), y es que si queremos ir detrás de él, hay una cruz que nos espera para ser llevada. Quizá el problema de fondo es que este camino de cruz ha terminado por opacar totalmente el misterio de su resurrección y entonces resulta cada vez más difícil comprender ayer y hoy este camino para salvar la vida. Aunque, la insistencia de Marcos quizá justamente esté en que aún cargando la cruz, aún no entendiendo esto, debemos guardar la confianza de que al final hay una última palabra, la de Dios.
Este silencio de Dios, escondido en la dimensión del sufrimiento y del dolor será siempre el gran cuestionante del ser humano. Aunque la confianza de saber esperar ese momento en que Dios hable la última palabra que será de salvación y de reivindicación, es duro pasar por la cruz. La figura simbólica del Siervo de Yahvé no solo ha quedado guardada en el corazón del pueblo de Israel para saber soportar las afrentas esperando al que le hará justicia, sino que ha trascendido a la dimensión de la fe de quien necesita apoyarse en una promesa de salvación en medio de las adversidades de la vida. Cuando pienso en la reprensión de Pedro, siento que en ella está latente la incomprensión de un corazón que va buscando la clave de la vida y que necesita una orientación adecuada. Y cuando veo la reprensión de Jesús siento que necesitamos darnos cuenta de que necesitamos los ojos de la fe para entrar en el discernimiento desde la perspectiva de Dios que no solamente está en confiar en él cuando estamos bien sino que podamos descubrir el misterio del sentido profundo de creer hasta en los momentos más difíciles de nuestra vida. Ahora comprendo cuánto de cierto tiene la exhortación de la carta de Santiago. Las obras no solo muestran la fe, la hacen más sólida y como dice el mismo autor la hace viva, no muerta. Caminemos en la presencia del Señor, intentémoslo hacerlo cada día y aún en medio de las severas contrariedades de la vida unámonos a la confianza del salmista: «El Señor guarda a los sencillos, estando yo sin fuerzas me salvó»







