Conflicto de proyectos

El presente fragmento del escrito del Deuteronomio recoge el ritual que debe realizar Israel a la entrada de la tierra prometida. En él, se encuentra insertada una hermosa confesión de fe. La promesa de la tierra ha venido acompañando a la principal de las promesas: la alianza, que se traduce en: «Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo». Esta es la alianza perpetua que se ha ido manifestando en los signos concretos que manifiestan la proximidad de un Dios misericordioso para con Israel. Por esta razón, Israel tiene que reconocer su humilde origen para que desde allí pueda valorar que su razón de ser sólo se debe a la voluntad salvadora de Dios. Israel se aferra a una memoria en constante actividad. La historia del itinerario de Jacob es remembranza del itinerario de Israel que vivió como extranjero y que tuvo que reconocer en esa experiencia la grandeza de su elección. Su pasado de opresión es recordado con fervor, invitando al reconocimiento de la acción prodigiosa de Dios que lo ha rescatado del poder de Egipto y lo ha conducido a una tierra, en la que se hallan próximos a entrar. Por eso, los primeros frutos de esa tierra de promisión tienen que ser ofrecidos para el Señor. Israel debe ser fiel a una memoria que se arraiga en una experiencia histórica pero completamente religiosa. Israel ha surgido de una situación de maldición (no tener tierra) y ha sido conducido a una vivencia de redención que ha devenido en bendición (la entrada a la tierra). Esto no solo es un testamento de legitimidad para que Israel pueda acceder a esta tierra sino una profunda invitación a reconocer que Dios comparte su proyecto de salvación en el marco concreto del itinerario histórico de su pueblo. Jacob luchó con Dios, quiso imponer su proyecto, pero al final fue «tocado» y superado por el proyecto de Dios. Israel tiene que convencerse de que su existencia depende de su absoluta disponibilidad a la voluntad de Dios. Por tanto, pase lo que pase, Israel debe confiar que Dios siempre saldrá a su encuentro. Una vez el Señor se dignó escuchar su clamor, ¿cómo no va intervenir nuevamente a su favor en tiempo de aflicción?
Pablo invita a los cristianos de Roma a aceptar que Jesús es el cumplimiento de esa esperanza de Israel que narra la Escritura y por tanto es preciso confesar que la resurrección de Cristo ha marcado un punto de inflexión en la revelación del plan salvífico de Dios no sólo para Israel sino para toda la humanidad. Pablo entiende que ésta ha sido la misión de Israel y por tanto en este tiempo de gracia y salvación inaugurado por Cristo, no hay distinción entre los hombres. Con Jesús ahora el itinerario de fe se abre para todo hombre quien uniendo su corazón a sus labios profesa la verdad de la salvación universal. Así, la grandeza se Dios se revela en la humildad de un corazón agradecido y que comprende que existe y se salva sólo por pura gracia.
En el evangelio, para Lucas es preciso colocar este episodio de las tentaciones antes del inicio del ministerio público de Jesús. Es sin duda un intento de reflejar ya desde el principio la constante experiencia de un conflicto continuo en torno a su mesianismo que se expresa en las proposiciones del diablo para encauzar por otros senderos el plan salvífico. Jesús rememora la experiencia del éxodo, pero lleno e impulsado por el Espíritu. Este es un dato importante que lo distingue de Israel. Ha concluido su tiempo de ayuno en el interior del desierto, manifestando el absoluto reconocimiento de lo que es únicamente necesario para la vida del hombre: Dios. Y presto de seguro a volver para
iniciar el proyecto de Dios, es tentado por el diablo en tres momentos concretos. Quizá lo más característico de este episodio es la constante alusión a la Escritura no sólo por parte de Jesús sino también por parte del diablo. La Escritura puede ser leída e interpretada también para tentar a Dios por lo que es preciso discernirla desde el Espíritu para saber encontrar las convicciones más profundas y encauzar el verdadero itinerario de fe. No es por el poder de la magia ni por la grandeza del reino del mundo que el Mesías tiene que ser reconocido, sino por la humildad de quien nos enseña que Dios es lo único necesario y cuyas palabras y acciones manifiestan los signos del Reino de Dios. Para Lucas el Templo es muy importante en su evangelio y concluye estas tentaciones situando a Jesús en el alero del Templo de Jerusalén. La tentación del reconocimiento público es rechazado por Jesús apelando a la firme convicción bíblica de que no se puede poner a prueba a Dios. El texto concluye con una retirada momentánea, lo que hace presuponer, que estas tentaciones estarían siempre a la vista.
La cuaresma es tiempo de gracia y de salvación, pero desde una perspectiva de profundo replanteamiento de nuestras convicciones más profundas. La invitación a adentrarse al desierto no pasa por ser una búsqueda de aislamiento sino más bien un deseo de volver a nuestro origen y afianzar los pilares fundamentales de nuestra fe. Y las tentaciones surgen allí porque sentimos el deseo de aferrarnos a nuestros propios proyectos con los que entramos en conflicto, pues confesamos que Dios se ha manifestado en el itinerario de nuestra vida, que se ha revelado en su Hijo Jesús resucitado de entre los muertos, pero aún así seguimos actuando como si esto no fuera determinante en nuestra vida y nos dejamos llevar por «lo práctico», «lo propio de este mundo», «lo que todos hacen».
Por eso, el momento de la prueba es difícil, pero es necesario. Tenemos que ir a la raíz del conflicto, tenemos que situarnos en la perspectiva de un nuevo éxodo, pero con la notable diferencia que no estamos solos en este itinerario, tenemos al Espíritu Santo, a quien debemos dejar obrar en nosotros para poder discernir mejor la propuesta de Dios, la propuesta de su Reino. Actuemos por convicción y volvamos al origen de nuestro propio itinerario de fe. Confrontémonos cara a cara con Dios y demos una respuesta sincera al Dios que no sólo se ha manifestado en la historia de Israel, sino en tu propia historia y en la mía. Dios nos permita al alcanzar una resolución firme unirnos a la voz del salmista: «Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti» .







