13º Domingo de T.O. (reflexión de la S.S.V.P. en España)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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ssvp“Pues en definitiva la sabiduría humana se engaña y se extravía con frecuencia del camino recto; pero las palabras de la sabiduría divina son infalibles y sus caminos son rectos y seguros” (SVdeP III,87)

La victoria de Cristo sobre la muerte, ilustrada en la resurrección de la hija de Jairo, se ilumina con las palabras del Libro de la Sabiduría: “Dios no hizo la muerte, sino que por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. De suerte si hemos sido redimidos del pecado por la muerte de Cristo, somos ya unos resucitados en la esperanza en Cristo. San Pablo pide a los cristianos de Corinto, que ayuden a sus hermanos de Jerusalén, recordándoles que ayudar al pobre, es imitar a Cristo.

La igualdad forma parte fundamental en el anuncio cristiano de Pablo. Sin igualdad será imposible que haya justicia y paz. Jesús, mismo, siendo rico, se hizo pobre como nosotros, por pura solidaridad y para demostrarnos que si queremos construir un mundo lleno de paz y de justicia, tenemos que empezar por ser iguales en dignidad y derechos. Definitivamente la fe en Jesús está íntimamente ligada a la vida. Creer en Jesús es participar de la vida plena. Dios se manifiesta en Jesús como un Dios de vivos y no de muertos. Así lo expresa el Libro de la Sabiduría que nos presenta la liturgia de este domingo.

La vida cristiana es un compromiso por la vida y con la vida. Comprometerse con la vida significa compartir con los necesitados, buscar la justicia para todos, promover espacios de solidaridad y fraternidad, apoyar y participar en proyectos que contribuyan a crear un ambiente de paz, y cuidar la vida como don de Dios. Esto es lo que Pablo quiere decir a los Corintios.

En el relato de la resurrección de la hija de Jairo, su padre, siendo jefe de la Sinagoga, manifiesta una fe absoluta en Jesús. Le suplica “con insistencia” que vaya a poner las manos sobre ella para que se cure. Jesús, accede. Pero yendo a ver a la niña se le acerca una mujer que tiene doce años sufriendo de hemorragia. Su situación es desesperada. Está impura por su flujo de sangre, y debe ser tratada como tal. No tiene acceso al lugar sagrado. Todo lo que toque queda impuro. Pero sobrepasa las barreras impuestas y decide tocar las vestiduras de Jesús. En seguida, se siente que ha sido curada. Jesús, confirma la curación y manda a casa a la mujer, que se constituye en modelo de fe y confianza en Él.

Mientras tanto, llega la noticia de la muerte de la niña. Pero Jesús va a la casa e interrumpe las ceremonias funerarias. Proclama que la niña no está muerta, sino dormida. Tomándola de la mano le manda que se levante. Ella se incorpora en seguida, come y camina como un signo de incorporación a la vida.

El milagro de sacar a una mujer del aislamiento físico, religioso y social, y el de devolver la vida a una niña, dejan en claro que el Espíritu de Dios, que elimina fronteras que separan el cielo de la tierra, lo puro de lo impuro, al judío del gentil, al reino del mal del Reino de Dios, es el reino de la resurrección y la vida en abundancia. En medio de la maldad, la exclusión y la injusticia, el Reino de Dios avanza hacia su segura culminación. ¿No sería bueno, preguntarnos, no sólo este domingo, sino que toda la vida, si demasiadas veces no pensamos que “ya se murió” lo que aún pudiera tener vida o puede resucitar, si actuamos con fe y se lo pedimos a Dios? No temamos, basta que tengamos fe.

«Lo que se hace por caridad, se hace por Dios; es una gran dicha para nosotros el que hayamos sido dignos de emplear todo lo que tenemos por la caridad, esto es, por Dios que nos la ha dado; agradezcámoselo y bendigamos a su infinita bondad” (SVdeP III,109)

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