125 Aniversario de la «Obra de Oriente»

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: J.J. Virolleau · Year of first publication: 1982 · Source: Ecos de la Compañía, 1982.
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«En tanto mis fuerzas me lo han permitido, he ido todos los días a la calle del Bac, a la Capilla de la Medalla Milagrosa, para pedir el apoyo, la ayuda de la Santísima Virgen. Allí he recibido numerosas gracias. Siempre ha sido Nuestra Señora quien me ha guiado, y es a Ella a quien me confío para res­ponder a la voluntad de Dios.»

(Mons. Marelleau).

Si lo mencionamos en el Apartado de la Comunidad, es porque en la Obra de Oriente es uno de nuestros grandes bienhechores, especialmente en la re­gión del Próximo Oriente, en Turquía y Etiopía. Se conserva el recuerdo de Mons. Marolleau, que tanto amaba a las Hijas de la Caridad. Hoy, Mons. Ver- nade, su sucesor al frente de la Obra, ha tenido especial empeño en visitar Padres y Hermanas, como lo recuerda el Boletín Trimestral, del que saca­mos algunos extractos, debidos ya a él, ya al P. Virolleau.

En Etiopía.

El 9 de diciembre, después de Misa celebrada en la comunidad de los Hermanos, lo que es siempre el mejor momento del día, salí a visitar la Es­cuela de los misioneros que cuenta 654 alumnos, desde el jardín de infancia hasta el nivel secundario. Clase tras clase, fuimos viendo a los profesores y a los alumnos; después, tuve la alegría de ver al Vicario Apostólico de Jima, Mons. Bommers, que se ocupa por sí mismo de la parroquia de Nekemte y de las comunidades de Dembidolo, donde se hallan las Hijas de la Caridad y los misioneros, 10 escuelas, 1 orfanato, 2 hogares o residencias de estudian­tes, 2 hogares sociales, 3 dispensarios.

Las Hermanas de San Vicente de Paúl me acogieron a continuación en su escuela «Santa María» Acompañado por la incomparable Superiora, Sor Antonia, recorremos las clases que reúnen a 840 alumnas, hasta el nivel se­cundario. Como por todas partes donde están, las Hermanas hacen un trabajo magnífico, dedicado especialmente a los pobres.

Por si fuera necesario, tengo la prueba de ello al dirigirme a lo que aquí llaman Escuela San Jorge. Son dos minúsculos hangares de chapa ondula­da, insoportables de calor durante el día, puesto que el sol no deja de dar encima con toda su fuerza. Separados en 4 piezas, 618 alumnos de primaria se amontonan allí: 3 ó 4 en cada mesita —que nadie, fuera de allí, querría utilizar… Todos pobres niños de ese barrio de leprosos y mendigos. Sor Hirut no está allí cuando llegamos nosotros; porque anda buscando a quien con­fiar a una pobre niñita que no tiene ni padre ni madre: finalmente, será la familia de la Hermana quien la herede. Me entretengo bastante en esta es­cuela… Y tengo que volver para escuchar a la Hermana que me descubra tantas miserias y me diga los apuros que pasa para pagar a los profesores… y si no sería posible que un día tuviera un verdadero edificio al que ver­daderamente se le pudiera dar el nombre de escuela. ¡Cómo me gustaría que aquellos a quienes Dios ha provisto de bienes estuvieran hoy aquí conmigo!

Salen del pueblo Etíope tantas I la mulas hacia el Cielo y hacia lo espiri­tual que, en definitiva, es de Esperanza de lo que hay que hablar… (Mons. Vernade).

Cuando las Hijas de la Caridad marchan hacia Oriente

«Las Hijas de la Caridad llegaron a Beirut el 24 de septiembre de 1847 (eran cuatro Hermanas francesas) y ocuparon una instalación rudimentaria para establecer en ella una escuela y un dispensario…»

Tengo ante la vista el documento que las Hermanas de la calle de Bac han tenido la amabilidad de proporcionarme. Es un sencillo informe, sin adornos literarios, que leo entusiasmado y conmovido.

La sencillez de los números y de algunas anotaciones nos hace entrever, adivinar, el trabajo, el cansancio, las esperanzas, las inquietudes, sufrimien­tos y alegrías vividos durante casi 150 años por las Hijas de San Vicente de Paúl; de procedencia urbana o rural, de todas las clases sociales, un buen día lo dejaron todo para darse, con su juventud, al servicio del Señor en sus pobres, y marcharon a compartir la vida de aquellas poblaciones del Próximo Oriente, hacia las que el amor a Cristo las impulsaba.

150 años, sí. Porque ya en 1836 llegaban las Hijas de la Caridad a Alejan­dría para encargarse del hospital europeo, y de allí desparramarse por la ciudad, en donde empiezan por abrir una escuela. Así fue como empezó la implantación de la Compañía en aquellas tierras. En 1852, la apertura del Canal de Suez y la afluencia de niños europeos dan un gran impulso a las clases de las Hermanas. Pero en 1880, epidemia de cólera, matanzas de cris­tianos, bombardeos e incendios, dispersan a las Hermanas y a los niños. En 1897, todas pueden regresar. Las obras se reanudas y se extienden a El Cairo, Ismailía, Port-Tewfik y Port-Said.

1914, las Hermanas sirven en la Cruz Roja a los heridos franceses de Salónica.

1940, de nuevo la guerra, cercana. Las Hermanas se encargan de un puesto de socorro. Después de la tormenta, las obras recobran su vitalidad y se ex­tienden al Alto Egipto, en donde reina una enorme miseria.

Actualmente, las Hermanas dirigen 4 escuelas en Alejandría y en El Cairo, 2 hospitales en El Cairo y en Port- Said; 2 casas de misión en Alto Egipto, en las que se ocupan de catequesis, promoción femenina, dispensarios, jardi­nes de infancia.

Las necesidades son muchas y grandes. La población aumenta sin cesar. La vida se encarece. El paro es endémico. Atestadas de «clientes» todas esas casas tienen escasos recursos para ayudar a familias subalimentadas y faltas de medicamentos.

A la sombra de las pirámides y de las palmeras del Nilo, junto a los tem­plos y necrópolis antiguas, las Hijas de la Caridad conocen un Egipto que las propagandas turísticas no enseñan y desempeñan un trabajo que tam­poco está señalado en las mismas…

Lo mismo ocurre en otras partes. Pasemos al Líbano, que no es necesario presentar a nuestros lectores. Allí se encuentran las Hijas de la Caridad, con los Padres dé la Misión, ampliamente implantadas entre todas las diversida­des de este país dolorido y maltratado.

Allí estaban —lo hemos visto— en 1847.

Ayudadas por los Padres, sus obras progresan rápidamente. Casas de «Mi­sericordia», escuelas, hospitales, «cunas», se van fundando. Cuando en 1894, se crea la Provincia del «Próximo Oriente», reciben un impulso nuevo. Pero las dificultades no han faltado. Su enumeración no necesita comentario.

1860. Matanza de cristianos por los Drusos; las Hermanas permanecen en su puesto y transforman las clases en ambulancias. Recogen también a jóve­nes solas.

1914. Numerosos daños, muchas dificultades. Las Hermanas deben reinte­grarse a Francia. En 1919, regresan a su tarea. Durante la segunda guerra mundial algunas marchan de nuevo; otras, pueden dedicarse a diferentes obras propias de la guerra. Recobrada la paz, de nuevo vuelven a florecer las obras.

Entre las dos guerras, tanto el país como sus iglesias se expansionan. «Mi­lagrosamente», dura la paz hasta 1974. Después…

Actualmente, en torno a la Casa Provincial y el Noviciado de Beirut, exis­ten 18 casas: 8 escuelas, 3 hospitales, 3 hogares de niños, 3 casas de cari­dad, 1 cuna.

En Siria, tan cercana, se establecen las Hermanas en 1854. Llegan mon­tadas en asnos o mulos y tienen que dormir al raso.

Como los cristianos las desean, pronto organizan sus obras, clases de ni­ñas y dispensarios, en el centro de la capital, en esa ciudad colorista de Da­masco, en la que Pablo recibió el bautismo.

Pero, apenas llegadas, se desencadena la epidemia de cólera. Y también aquí, en 1860, la rebelión de los Drusos provoca matanzas de cristianos. Si las Hermanas escapan a la muerte, es gracias a la protección de Abd-El-Ka­der, que bajo escolta militar las lleva a Beirut.

Pueden regresar, con nuevo entusiasmo, en 1868. Se construye un hospi­tal en 1902, una leprosería en 1938, en Duma, de donde, desgraciadamente, son despedidas en 1945.

Llega la guerra de los Seis Días (1967). La escuela ha de convertirse en puesto de socorro; las leyes escolares prohíben la enseñanza a las Herma­nas en. Damasco. Entonces, se dedican a la catequesis y a los movimientos juveniles, para no perder un contacto provechoso con las alumnas.

De todas formas, y aunque en situación un tanto inestable, la escuela ha podido volver a abrir sus puertas. El hospital continúa. Las necesidades que se plantean actualmente son de orden financiero y humano. Hacen falta «bra­zos y corazones para servir».

Tierra Santa.  Hubiera sido necesario empezar por ella. En 1886, las alas legendarias de las Hijas las de la Caridad hacía su aparición tras los muros de la ciudad vieja de Jerusalén. Las peripecias son múltiples, la pobla­ción muy pobre. Pero empieza a crecer una casa para albergar todas las miserias: ancianos, inválidos, sordomudos, ciegos, disminuidos físicos o mentales.

1914. Los Turcos echan a las Hermanas y dispersan a los ancianos y los niños.

Vuelta a empezar. Protectorado británico. De 1939 a 1945, gran corriente de inmigración judía, que se intensifica cada vez más. Después, la guerra: 14 de mayo de 1948, Jerusalén es el centro de los combates. Al cese de las hostilidades, la ciudad queda cortada en dos. De ello se resienten las obras de las Hermanas, separadas unas de otras.

La guerra de los Seis Días reunifica la ciudad; va alejando cada vez más fronteras provisionales. Pero los problemas están ahí, tan gravosos para el hospicio de Jerusalén, los 2 hospitales de Belén y Nazaret, los 3 hogares de niños de Betania (muchachos), en Ain Karim y Haifa (minusválidos). Gracias a la Obra de Oriente, un ascensor podrá prestar servicios inapreciables a los minusválidos: se ha instalado en el hospicio de Jerusalén. La casa de Haifa necesita importantes reparaciones.

Tierra Santa, tierra de Cristo, eres siempre la tierra en que está clavada la Cruz; pero desde la Cruz toda obra de amor anuncia la Resurrección.

Pasemos a Turquía, bajo el signo de la Media Luna Verde. Fíjense bien. «Las Hijas de la Caridad llegaron a Constantinopla el 8 de diciembre de 1839, para abrir un embrión de escuela y un dispensario: su atuendo religioso causó enorme asombro a la población».

El 8 de diciembre. No era una casualidad. Y el asombro irá aumentando. Ya en 1839, en Esmirna, ante una farmacia y un dispensario. En 1841, con los auxilios prestados a los Turcos víctimas de un siniestro. Todo ello es bastante extraordinario para el pueblo. En 1845 ocurre el terrible incendio de la ciudad que queda en parte destruida. Muchas víctimas turcas, france­sas y también entre las Hermanas. 1878: otro desastre: una epidemia de tifus. Las Hermanas se dan sin contar a la cabecera de los enfermos. Varias de ellas mueren.

Lo que no impide que el gobierno turco, en 1914-1918, se apodere de todos los establecimientos dirigidos por las Hijas de la Caridad: escuelas y hospitales. El 10 de mayo de 1915, algunas Hermanas son encarceladas. La Visitadora sufrió 79 días de reclusión, «sometida a las peores vejaciones».

Los cristianos seguían siendo una pequeña minoría en este país musul­mán que, sin embargo, fue antaño el Asia Menor cristiana recorrida por San Pablo, en la que residió San Juan y donde, según la tradición, tuvo lugar la «dormición» de María. Bajo el mandato de Mustafá Kemal y la revolución laica, las Hijas de la Caridad que regresaron después de 1919, pudieron rea­nudar 5 casas; 2 hospitales, 2 escuelas —una de ellas, liceo de segunda en­señanza—, un hogar de niños; añadiéndose el anexo de Meryem Ana, célebre santuario dedicado a María.

Más quizá que los demás países, ha conocido el Irán los sobresaltos políti­cos. Son recientes. Todo el mundo los conoce.

Las Hijas de la Caridad se encontraban en Persia —como entonces se lla­maba— desde 1856, en Kosrosa. Los comienzos fueron florecientes.

En 1875, llegaron a Teherán, donde abrieron una escuela y un orfanato. Numerosas musulmanas acudían a recibir educación e instrucción francesas. Mientras tanto, se hizo la fundación de Ourmiah.

Pero la revolución kurda echó abajo numerosos esfuerzos ya realizados. Los cristianos tuvieron que huir, también las Hermanas. Y durante 13 años, la misión de Irán quedaría abandonada.

Por fin, en 1931, las Hijas de la Caridad regresaron a Ourmiah y abrie­ron escuelas, obras de juventud, internado, visitas a las aldeas, dispensarios. Todo recobró su antiguo auge.

La revolución islámica es una nueva peripecia. A las Hermanas encarga­das de las escuelas «se las ha rogado que salgan del país». Quedan en él 4 casas.

Teherán: casa de ancianos y catequesis, para cristianos de rito caldeo. Ispahán: dispensario, catequesis, hogar de niños.

Tabriz: leprosería abierta en 1973 (600 enfermos).

Ourmiah: jardín de infancia, catequesis.

Actualmente, es muy difícil establecer la comunicación, ¡y sería tan im­portante poder alentar a las Hermanas material y moralmente!

Queda por decir algo sobre el hermoso Archipiélago Griego a donde abor­daron las Hijas de la Caridad en 1855 con el Hospital San Pablo. Los católi­cos no constituyen más que un 15 por 100 de la población y se hallan en Atenas, Salónica y en las islas de Sira y Tinos. 4 casas solamente: 2 para ancianos, 1 hospital y 1 escuela de Salónica. Muchas preocupaciones por encontrar maes­tras; muchas preocupaciones de orden económico.

Rápidamente hemos sobrevolado aquellas tierras y no hemos podido dete­nernos a distinguir los rasgos de los rostros, a escrutar los corazones, a con­templar las muchedumbres que acuden a casa de las Hermanas. Sí hemos podido, sin embargo, medir la amplitud de la tarea de las Hijas del Señor Vicente en aquella su Provincia del «Próximo Oriente», en la que, fieles a su fundador, siguen entregándose sin medida y en la que muchas han dejado su vida por Cristo doliente en sus hermanos.

En aquellas tierras, son la Congregación más numerosa actualmente: 387 Hermanas de 24 nacionalidades. La Obra de Oriente las ha ayudado mucho, está a su lado, desde siempre, y por dondequiera se encuentren.

Permanezcamos unidos a ellas en la oración y con una solidaridad eficaz. Ya ven que, más que nunca, necesitan de ustedes, porque los pueblos a los que han ido a servir las necesitan todavía a ellas.

Las Hermanas están en correspondencia continua con la Obra de Oriente, a la que comunican sus noticias:

Belén

«Gracias a ustedes hemos podido instalar la calefacción solar, lo que nos permite un gran ahorro de fuel-oil y por lo mismo ayudar a muchas más miserias…

«No podemos mantener nuestra obra en el hospital si no es con la cola­boración de asociaciones como esa Obra de Oriente, porque cada día se nos presentan nuevos casos que remediar, sobre todo de refugiados palestinos de la clase más pobre de Belén y pueblos cercanos.

«Nuestros niños de la Cuna proceden de familias verdaderamente misera­bles. Entre otros, hemos recibido dos pequeños, una niña de dos años y un niño de uno, en la miseria más completas el padre, ciego; la madre, en el psiquiátrico… ¿Cómo salir al paso de tantas calamidades?»

Broumana (Líbano)

«Gracias a ustedes, hemos podido acostar en una cama a cada uno de nuestros 140 internos.

«El problema, ahora que empezamos el séptimo año de guerra, es el sueldo de monitores y maestros… sin hablar de lo que cuesta el avituallamiento para nuestros muchachos. Comen como fierecillas, y gracias a eso se mantie­nen en buena salud… ¿Podremos contar con asegurarles esa salud tan indis­pensable, el único capital que podemos darles junto con la educación y la instrucción?»

Addis Abeba (Etiopía)

«¡Es increíble lo que tienen que sufrir los pobres a causa de la escasez y del hambre!… ¡Saben ustedes lo que comen! Por eso, hay tantos enfermos o enfermizos. Dos Hermanas trabajan día y noche en el Dispensario. Muchos enfermos vienen de lejos. ¡Cómo explicar el sufrimiento de estas pobres gen­tes! Nosotras sufrimos con ellos… ¡Son tantas las dificultades que tienen que parece no se va a lograr nunca acabar con ellas!»

Istanbul (Turquía)

«Este año todos estábamos invitados a mostrar nuestro interés por los disminuidos.

«El Hospital de la Paz era de los que estaban en primera fila… Los ancia­nos afectados por su edad, unida a la enfermedad, no tienen otra salida más que la hospitalización. Son las mismas familias las que vienen a supli­carnos que nos hagamos cargo de sus padres o parientes mayores: ciegos, in­curables, paralíticos…

«Hay que intentar dar vida, alegría, serenidad, lo que podamos, pero con afecto.

«Es muy importante la atención médica, pero carecemos de ‘Predios: apa­ratos, camas especiales, nos harían mucha falta. Tenemos que vivir al día y pagar las cuentas de farmacia y otras para los indigentes. En cuanto a los servicios de crónicos mentales, están siempre llenos. También hay que inten­tar mejorar su suerte y sobre todo quererlos.

«¡Quisiéramos tanto poder hacerlo mejor!

«¡Quisiéramos tanto proporcionarles un poco de alivio y de esperanza!

«Es necesaria infinita paciencia, que no puede conseguirse más que por la oración; en ella ponernos nuestra Esperanza.»

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