Visión de conjunto de la evangelización de una diócesis

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Mons. Delicado Baeza · Year of first publication: 1976 · Source: V Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca..
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Pablo VI ha publicado una importante exhortación apostólica sobre la evangelización: Evangelii nuntiandi. En ella aparece Cris­to como primer evangelizador, que anuncia el reino de Dios; la Buena Noticia, cuyo núcleo es el anuncio de la salvación, «liberación de todo lo que oprime al hombre, pero… sobre todo, del pecado». Los que acogen con sinceridad esta noticia se reúnen en una comunidad «en el nombre de Jesús para buscar juntos el reino, construirlo, vivirlo. Ellos constituyen una comunidad que es a la vez evangelizadora». La Iglesia nace de la acción evange­lizadora de Jesús y es enviada a evangelizar.

Se trata de anunciar una noticia capaz de transformar nuestra tristeza en alegría, nuestro rebelde o resignado desaliento en espe­ranza, capaz de transformarnos a nosotros mismos, no sólo nues­tro estado de ánimo Es una noticia de algo que sucede fuera de nosotros mismos; un acontecimiento que va más allá de nuestras esperanzas, pero que de algún modo responde a ellas, si no a nuestras esperanzas «razonables», sí a los deseos o necesidades oscuramente presentidos. Por eso, es un suceso que nos concierne personalmente y suscita en nosotros una respuesta. La noticia es que el Padre nos ama tanto que nos da a su Hijo y éste nos ama tanto que se entrega por nosotros. Muerto y resucitado por nos­otros, por nuestra salvación integral, vive con nosotros para siempre, en cada uno de nosotros y en una misteriosa comunidad que todos formamos en El. Es una noticia tan buena, tan fuera de serie, que parece increíble. Jesús quiere vivir por la fe en nuestros corazones; así es como experimentamos su gozo, la alegría de ser salvados, y nos hacemos capaces de dar testimonio de esta esperanza.

El contenido de la evangelización es un testimonio al amor del Padre; el centro del mensaje es la salvación en Jesucristo; un mensaje de liberación que afecta a toda la vida humana —sin reducciones ni ambigüedades—, liberación evangélica, centrada en el reino de Dios, que exige una necesaria conversión del cora­zón y es fermento de cambios estructurales… Por eso, «la Iglesia se esfuerza por inserir siempre la lucha cristiana por la liberación en el designio global de salvación que ella misma anuncia».

Para evangelizar hay que estar evangelizados; mejor, hay que dejarse evangelizar continuamente: la noticia y la verificación de la misma —su realidad— nos llegan incesantemente. Hay que recibir la Palabra de Dios que, en el Espíritu, quiere «incorpo­rarse» también a nuestra vida. Si la acogemos con docilidad, la noticia se hace acontecimiento, una realidad en constante des­arrollo. Una comunidad cuyos miembros escuchan y cumplen así la Palabra se hace signo de evangelización por su propia vida, por su actuación. Evangelizar no es primariamente decir cosas a los demás o representar un papel. Más que explicar algo o ex­poner una doctrina, es dar testimonio de Alguien —Cristo resu­citado—, señalar de las mil maneras posibles que El está presente, nos llama a todos y nos quiere librar de nuestras mezquindades, porque quiere reunirnos en una gran fraternidad. Por eso, más que una clase escolar es un misterio de vida. ¿Cómo se podrá anunciar esto de una manera «creíble» para el hombre de hoy, que ya no ama los misterios? Desde luego, no sin vivirlo el evan­gelizador: el evangelizador evangelizado. Esto es lo que dice el Papa: «Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma».

Y es toda la Iglesia la que debe evangelizar, a través de sus miembros, instituciones y actividad multiforme. Si la Iglesia se hace acontecimiento especialmente en una diócesis, es necesario que esta acción se considere en el conjunto de la vida diocesana, es decir, que se contemple el ser y actuar de la iglesia local como organismo viviente. Por eso se comprende cada vez más la nece­sidad de una pastoral de conjunto u orgánica, que finalice y coor­dine todas las energías vitales de la diócesis, unificadas de algún modo en la persona del obispo, en esta misión evangelizadora.

Esta actividad evangelizadora es un deber «único e idéntico en todas partes y en toda situación, si bien no se ejerce del mismo modo según las circunstancias. Por consiguiente, las diferencias que en esta actividad de la Iglesia hay que reconocer no provienen de la naturaleza íntima de su misión, sino de las condiciones en que tal misión se cumple», dice el Concilio (AG 6).

Es preciso, pues, hacerse cargo de los destinatarios de la evan­gelización en sus propias circunstancias condicionantes, de los distintos campos en que tienen que actuar las comunidades evan­gelizadoras. Ello justifica la calificación que se da al título de esta ponencia: evangelización rural; el medio rural ofrece tan especí­ficas características que merece una consideración propia en el conjunto de la acción evangelizadora de la diócesis, si bien hemos de indicar que aún en este medio hay una gran variedad de cir­cunstancias, según las distintas regiones del país, que lo diversi­fican notablemente. Pero en su conjunto tiene muchos factores de coincidencia que lo definen, incluso en la problemática pastoral, que suele ser bastante común.

Medio ambiente de especiales características, en continua transformación

Los cambios rápidos y profundos también afectan, a pesar de su tradicional estabilidad, al mundo rural, que, con menos defensas que el resto del organismo social, se pregunta ahora especialmente si tiene motivos para esperar sobrevivir a estas transformaciones y si merece la pena luchar por ello. El campo, en muchos lugares, se vacía, al paso en que crecen incesantemente las ciudades de ciertas regiones. Pero no sólo es la transformación cuantitativa la que afecta a nuestros pueblos en la disminución de su población; se dan también otros cambios cualitativos.

Las comunidades rurales, en épocas pasadas, tenían una eco­nomía más de subsistencia que de producción; estaban formadas por personas de escasos conocimientos —abunda el analfabe­tismo— y experiencias —apenas han salido de la provincia— ; sus instituciones recreativas eran domésticas y folklóricas; la convivencia era dominada por los «notables» del pueblo y la institución familiar estaba marcada por los imperativos de la economía de subsistencia. El conformismo, en este conjunto de circunstancias, es la norma comúnmente vivida y admitida, orientado a la búsqueda de la seguridad.

La comunidad es estática, conformista, tradicional y cerra­da, y el cristianismo respondía a esos condicionamientos: la parroquia rural también es una institución que tiene esos mis­mos caracteres, formando un sistema cerrado e integrador. La parroquia tiene una gran influencia en la vida y en los controles de las pautas de comportamiento, y el párroco forma parte del pequeño grupo de los notables del pueblo.

La visión religiosa del mundo es simple y elemental: Dios es el Señor de la naturaleza y de la vida, y, casi al margen de las causas segundas, dicta acontecimientos y respuestas, aún supuesta su bondad reconocida, cuyo favor, no obstante, hay que ganar a través de ritos y costumbres religiosas, votos o bendiciones. Por eso el sacerdote tiene un puesto de primer orden en esta elemental cosmovisión.

Pero todo esto va a sufrir cambios radicales: los descubri­mientos científicos, las técnicas aplicadas en todas partes, la ven­tilación de ideas y costumbres por los medios de difusión y las corrientes migratorias, transforman la manera de pensar y esti­mar, las costumbres y los condicionamientos de nuestros pueblos, aunque éstos conservan su contorno físico, ecológico y socioló­gico. Pero cambia la institución económica, educativa, recreativa, social, familiar y también la religiosa. El mismo sistema de valo­res pasa del conformismo, resignación y trabajo por la seguridad y la subsistencia, a un anhelo de vivir bien, de adquirir un nivel de vida más alto a través de la posesión de cosas (por eso, és­tas se buscan donde se encuentran, si no llegan a nuestros pue­blos); la fiebre, en una palabra, que se ha generalizado en nues­tro tiempo, de poseer y consumir.

Se ha producido un trasvase de ideas, valores, costumbres y modos de vida, entre lo urbano y lo rural en tal grado que hace preguntarse si existe, además de la morfología de nuestros pue­blos, distinta de la de la ciudad, una cultura verdaderamente rural como contradistinta de la urbana.

Todavía hay, sin embargo, diferencias contrapuestas: perso­nalismo frente a la masificación; controles frente al anonimato; espacio reducido de convivencia con sus relaciones casi primarias frente a la movilidad, superación territorial y relaciones esporá­dicas; interdependencia sentida y aceptada frente a la libertad buscada; nivel de asimilación de los factores de cambio (en los medios rurales se tienen que asimilar más aceleradamente: como una civilización medieval que accediese por salto a una tecni­ficada) frente a una situación que sube gradualmente sin sobre­saltos. Sí; existe el medio rural, a pesar de la ventilación de las ideas y costumbres, a pesar del trasvase de la cultura. Persisten sus condicionamientos bajo otras «formas nuevas», influenciadas por la cultura urbana.

Cambio en la institución religiosa

Todo esto afecta radicalmente al modo de vivir el cristianismo, a su aceptación o rechazo, En síntesis, lo que se produce es un fe­nómeno de «envidia» del modo de vivir urbano, ya que ofrece modelos de «vida mejor» en todos los aspectos que cuestionan, sobre todo en las nuevas generaciones, lo recibido hasta aquí, incluidas, claro está, las concepciones y prácticas religiosas.

Ante esta nueva situación no cabe duda de que las respuestas pastorales tienen que ser en parte diferentes, ya que los hombres a los que se dirigen se encuentran en estas circunstancias nuevas. Si el mundo rural está innovándose sin cesar y, a veces, por saltos, es preciso que la comunidad eclesial tenga en cuenta estas nuevas realidades socio-culturales y hasta que posea un sentido de in­tuición para anticiparse y posibilitar en ellas la existencia cris­tiana. Por ello, no valen ya el aislamiento parroquial, el autori­tarismo clerical, el conformismo costumbrista, el control religioso, el sentido de un providencialismo ingenuo e ignorante o de un ritualismo superficial y, a veces, mágico o supersticioso. Y, en­horabuena, porque el Evangelio tampoco es eso. Sin embargo, no se trata de dar un salto en el vacío, en una acción eliminadora o destructora, sin ofrecer soluciones de recambio, sino de una tarea educadora apoyada en los valores cristianos positivos que tienen nuestros pueblos; es una labor de suyo compleja, difícil y dolorosa en muchas ocasiones, porque nuestros campesinos, que caminan hacia esa nueva «tierra», como siempre sucede en el corazón humano, anhelan y temen la misma cosa: la novedad se torna así deseable y peligrosa, y, por eso, hay una natural ten­dencia defensiva a refugiarse en la costumbre y en la tradición.

El desconcierto del clero

Junto a la pregunta de los rurales sobre su propio porvenir, si merecerá la pena luchar por mantenerse en el campo, si pueden esperar unas condiciones de vida mejores sin abandonar la tierra de sus padres o si será mejor emigrar de ella a la ciudad, cunde el absentismo de muchos que se relacionan con la vida rural, y aun el mismo clero, según sondeos que se han hecho en distintos lugares, muestra, en porcentajes no despreciables, estar perplejo e inquieto, por las circunstancias adversas en que tiene que des­empeñar su ministerio en los medios rurales.

Todas estas transformaciones han alterado los juicios de valor, las costumbres y las prácticas religiosas y aun las creencias. Los sacerdotes no saben a veces cómo responder a unas necesidades que ya no se sienten como en tiempos pasados, a unas gentes que ya no acceden con tanta regularidad a los templos (porque se les ha alterado el ritmo de vida, por las nuevas ideas, por desafección, desconcierto o confusionismo, etc.), entre las exigencias de con­servadurismo de unos grupos y la necesidad de ofrecer un servi­cio más vital y realista, para que el cristianismo pueda fructificar en esa nueva tierra.

Los sacerdotes quisieran saber estar presentes en esas nuevas circunstancias de una manera válida; pero, como no son recla­mados sus servicios como antes, sienten el deseo de saber peda­gogía, sociología, economía y toda clase de conocimientos, para ayudar en una tarea de animación comunitaria en armonía con los cambios presentidos. Quisieran no perder el tren en el deseo de acompañar a su pueblo, pero no saben cómo actuar, ya que las personas más valiosas y las nuevas generaciones se suelen marchar, y les ronda la sensación de la frustración por un trabajo que les resulta, a veces, escaso, pobre y poco satisfactorio. Por añadidura, se sienten aislados e impotentes frente a este fenómeno, sin re-recursos materiales (no sólo por retribuciones con frecuencia inferiores a los mismos rurales, sino en condiciones dolorosas de soledad, ya que a veces no encuentran quién les asista) y sin otros apoyos pastorales necesarios: incomprensión por parte de los otros sacerdotes de la diócesis y aun de los mismos responsa­bles primeros de la vida diocesana.

La atención a los pobres

Frente a esta situación, digamos de entrada que si hay pobres hoy, si hay una «Iglesia de los pobres», es la del mundo rural: los obreros de la industria lo son menos, aun en medio de las dificul­tades, desigualdades e injusticias existentes. Juan xxm, en la Mater et magistra, indicó, para una situación que continúa, esta suerte desigual que tiene que sufrir el sector agrícola, que es, por eso, un sector deprimido en relación con el de la industria y los servicios. Por eso, si más allá de las palabras, se desea de verdad un servicio a los pobres, hay que pensar en ese clero rural que permanece años y años en este ministerio, silenciosamente, en cir­cunstancias adversas. No sólo no es un clero de inferior catego­ría eclesial, sino de una primera significación eclesiológica. ¿Qué hace la Iglesia por los pobres? Permanecer con ellos, compar­tiendo sus incertidumbres, sus sufrimientos y sus esperanzas.

Hay que suscitar vocaciones para el mundo rural, hombres responsables del mismo entre las diversas profesiones y funciones sociales que éste necesita, superando la tentación de absentismo fácil e irresponsable. Pero es preciso asimismo que el sacerdote rural esté también capacitado para ayudar a los hombres del mundo rural en sus nuevas circunstancias, en el plano de las di­versas profesiones, con una auténtica animación cristiana, per­sonal, familiar, comunitaria y social. Valgan estas afirmaciones para subrayar la importancia de esta tarea en la Iglesia y la ne­cesidad que todos tenemos, no sólo los que viven en el campo, de comprenderla y apoyarla. Hay que añadir, a renglón seguido, que se trata de perfeccionar esta presencia pastoral, cambiando incluso la actitud, de conservadora en misionera. Me decía un cura rural, lamentándose: «Antes los tenía a raya; ahora ya no puedo. Van al baile, faltan a misa, hablan cuando están en la iglesia; ellas entran sin velo ni medias y con manga corta. ¿Qué hacer?». El Rvdo. Vianney, cuando llegó a Ars, superó el má­ximo obstáculo para la pastoral de juventud pagándo a unos músicos para que no volvieran al pueblo a organizar bailes… Ahora no se puede pensar en nada semejante: las costumbres han cambiado, y las parroquias rurales están inevitablemente abiertas.

Por una pastoral rural misionera

El cristianismo en los comienzos tenía una fuerza expansiva irrepresable. De la ciudad, en donde se iniciaron las primeras comunidades, saltó al campo. La fundación de los centros rura­les se verificaba progresivamente con la elección de los lugares clave. Estas iglesias rurales, en estrecha vinculación con el obispo, extienden su influjo misionero sobre un vasto campo; la parcela­ción parroquial ha de venir en tiempos posteriores. La importan­cia de esta evocación histórica reside principalmente en el con­texto de evangelización en que nacen las parroquias rurales: sur­gen a impulsos del celo misionero. Antes del Edicto de Milán había cristianos en el mundo rural, pero eran poco numerosos y vivían aislados. Los habitantes de los distritos rurales («pagi») se llamaban, por eso mismo, paganos. En el siglo rv, habiendo conquistado el cristianismo la ciudad, el campo permanecía an­clado en sus prácticas idolátricas; de ahí el nombre de paganos con que se designaba a los no cristianos. La tarea, pues, en los siglos iv y y, fue emprender la evangelización de este mundo ru­ral por la fundación de parroquias presbiterales. La parroquia o la diócesis era al principio un inmenso territorio no evangelizado, confiado al celo apostólico de la iglesia local episcopal. Si hacia el siglo vi ya se distinguen claramente las iglesias parroquiales de la diócesis, todavía no hay zonas delimitadas de influencia precisa.

Las instituciones pastorales de la ciudad están abiertas y co­municadas entre sí por una comunión perfecta y atendidas por un clero jamás solitario y siempre unificado en la persona del obispo. Este modelo se imita después en el campo, y así surge incluso la figura del arcipreste rural, que es el sacerdote que pre­side su comunidad propia, en la iglesia diocesana, con el clero respectivo. Pero estas comunidades locales se extendían sobre territorios ilimitados donde no había aún ninguna organización eclesiástica. A veces estas comunidades fundaban puestos avan­zados en el interior de esos territorios, lugares que necesitaban la atención del clero. Todo este clero formaba como una especie de «presbyterium» alrededor del sacerdote responsable de la dirección de la comunidad central irradiante. Estos colaboradores pueden ser encargados de oratorios auxiliares en el interior de la parroquia; pero no permanecen allá más que el tiempo requerido para cumplir las tareas pastorales, volviendo al centro pa­rroquial, en donde residen con el arcipreste y el resto del clero.

Si he recordado estas cosas, aun sin los matices que hubiera sido menester, ha sido fundamentalmente para indicar que la parroquia surge en un contexto misionero que fuimos perdiendo en el curso de los siglos; en sus comienzos supo adaptar su ac­tividad a las diversas situaciones. Estas diversificaron dos planos pastorales: el urbano, con un gran sentido unitario de la ciudad por la ventilación de todas las comunidades relacionadas con la primera sede, unificadas en la persona del obispo, y la pastoral rural, que fue la plantación de centros misioneros en los lugares más estratégicos del campo, con una irradiación apostólica a sus contornos. Si las transformaciones presentes están reclamando la superación de una pastoral estática y aislada por una más di­námica, realista y conjunta, esto debe comenzar por los mismos sacerdotes para ayuda mutua, cooperación en el mismo ministerio e impulso misionero y protección contra la soledad. Por eso re­comienda el Concilio: «A fin de que los presbíteros encuentren mutua ayuda en el cultivo de la vida espiritual e intelectual, puedan cooperar mejor en el ministerio y se libren de los peligros que pueden sobrevenir por la soledad, foméntese alguna especie de vida común o alguna conexión de vida entre ellos, que puede tomar formas muy variadas, según las diversas necesidades per­sonales o pastorales; por ejemplo, vida en común; donde sea posible, mesa común, o a lo menos frecuentes y periódicas reu­niones» (PO 8).

El Concilio insiste en la colaboración de los presbíteros que ejercen en el territorio el oficio pastoral y pide la conexión entre sí con los arciprestes y con los sacerdotes que se dedican a las obras de índole supraparroquial, «para que no falte unidad en la diócesis en el cuidado pastoral e incluso sea éste más eficaz» (ChD 30, 1). Así puede darse un equipo nuclear de convivencia y con él un equipo más amplio de trabajo, «de frecuentes y pe­riódicas reuniones». Y todo ello, para un planteamiento y pro­gramación misioneros del trabajo pastoral en ese territorio, atendiendo a las circunstancias cambiantes.

El tiempo, por la escasez de clero, por las necesidades de con­vivencia de los sacerdotes y hasta por razones económicas, además de las ventajas pastorales, parece que va a ir imponiendo estas concentraciones comarcales, centros de convivencia misionera desde los que se hará irradiar una acción evangelizadora y edu­cadora en la fe junto a los necesarios servicios religiosos. Claro está que en esta acción deberán participar, cada vez más, seglares bien formados y comprometidos y no digamos las mismas reli­giosas. La encomienda de determinados ministerios eclesiales a estas personas puede ser especialmente conveniente para esta evangelización o pastoral de los medios rurales: piénsese en ce­lebraciones de la palabra, determinados servicios sacramentales, animación comunitaria, formación de militantes, acción cate­quética y acciones de promoción humana en general…, en ciertas regiones donde empieza ya a escasear o ausentarse el clero por las dificultades reales de permanencia.

Esto supone una estrategia diocesana de conjunto: personas, recursos económicos, medios de distintas clases tienen que po­nerse al servicio del mundo rural, necesitado de especiales aten­ciones. No deberíamos olvidar que en el mapa de la presencia de los dispositivos personales e institucionales de la Iglesia se con­centran las banderitas o se densifican las señales en las áreas en donde abundan también los medios económicos. Bien es verdad que las personas y las instituciones tienen necesidad de vivir, pero este desigual reparto es significativo de que todavía no hemos hecho una verdadera comunicación de bienes, de lo cual tiene que hacerse consciente toda la comunidad diocesana. Si la Igle­sia no quiere pecar de absentismo o inhibición en relación con el mundo rural, tiene que procurar que en la distribución de los bienes del Reino, no sea para ella también éste un sector depri­mido como lo es en el orden social. Esta reflexión deberían ha­cerla especialmente los institutos religiosos masculinos y femeninos, por su significación testimonial en la Iglesia y por los medios con que cuentan para prestar estos servicios.

Educar para una fe adulta

Unicamente así podrá surgir una pastoral de conjunto, adap­tada y misionera, sobre todo el territorio. Claro está que hay que actuar teniendo en cuenta las líneas mayores de la edificación de una comunidad de fe, de culto y de amor. La pastoral se hace dinámicamente teniendo en cuenta que son personas las que, en esa situación de cambio del medio rural a que aludíamos, han de vivir la existencia cristiana, tendiendo a la madurez de la fe, que se han de insertar en comunidades de intensa vida cristiana, abiertas y misioneras, fermento de transformación de la misma sociedad.

En una acción evangelizadora y educadora debemos tener presente el objetivo que se ha de pretender: ¿Cómo ha de ser el creyente en el medio rural, su acción y su convivencia, como signo de la fe y de la comunidad cristiana?

En el curso de una visita pastoral reciente un hombre me pre­guntó, en uno de nuestros acostumbrados coloquios, sobre el milagro de los ángeles que conducían la yunta mientras San Isidro oraba, acaso temiendo una respuesta negativa. Procuré ex­plicar que nuestra fe se debe apoyar en la palabra de Dios tal como la proclama la Iglesia, y que los milagros que se relatan de las vidas de los santos y aun de la Santísima Virgen sólo tienen un valor relativo. Más importante que este episodio, sea el que sea su valor crítico, es el testimonio de la vida de San Isidro: su espíritu de trabajo y de oración, su humildad y fortaleza ante las pruebas, su caridad heroica frente a sus calumniadores y su amor a los pobres, a los que invitaba frecuentemente a su mesa.

Sin embargo, esa reciedumbre de espíritu castellano y pro­fundamente evangélico de San Isidro, se mostraría quizá de forma diferente en el medio rural de nuestro tiempo. Probablemente hubiera sintonizado muy bien con ese otro gran campesino que fue Juan X3CLIE, que ha sido el Papa que más ha hablado de los problemas del campo. Sus orientaciones en la encíclica «Mater et magistra» son de gran actualidad: lamenta el éxodo motivado por las condiciones de subdesarrollo en que se encuentra el campo, y por eso insiste en que se le dote de los servicios esenciales y pide para este sector un desarrollo económico en armonía con los otros, por las técnicas productivas, la selección de cultivos y las estructuras administrativas; propugna una adecuada política eco­nómica relativa a impuestos, al crédito, a los seguros sociales, a la defensa de los precios, a la promoción de industrias integra­tivas, a la adecuación de las estructuras de la empresa. Y todavía aconseja más cosas: la promoción en las zonas agrícolas de in­dustrias y servicios relativos a la conservación, transformación y transporte de los productos agrarios. Indica con una gran clarividencia que los protagonistas de la promoción rural deben ser los mismos trabajadores de la tierra; por eso las asociaciones en este sector son de importancia vital. Dice a este respecto el Papa Juan: «Los trabajadores de la tierra deben sentirse soli­darios los unos de los otros y colaborar para dar vida a coopera­tivas y asociaciones profesionales o sindicales, unas y otras nece­sarias para beneficiarse en la producción con los progresos cien­tífico-técnicos, para contribuir eficazmente a la defensa de los precios de los productos, para ponerse en un plano de igualdad frente a las categorías económico profesionales de los otros sec­tores de la producción, ordinariamente organizadas para poder hacer llegar su voz al campo político y a los órganos de la admi­nistración pública —las voces aisladas casi nunca tienen hoy posibilidad de hacerse oír y mucho menos de ser acogidas».

Yo me imagino a San Isidro, puesto en nuestro tiempo, tra­bajar en el campo con el empeño y fidelidad con que lo hizo, pero luchando también por estos objetivos en aras de esa caridad fraterna que ennobleció su vida. Seguiría orando mucho para tener la fortaleza necesaria, a fin de poder superar las dificultades e incomprensiones que una opción de este tipo implica. Las acti­tudes de fe y oración, humildad y fortaleza, trabajo y caridad serían las mismas, pero expresadas en circunstancias y de formas diferentes: en aquellas que hacen más válido y claro el testimonio cristiano en nuestros días.

Por eso los cristianos en el medio rural deberían ser, personal y comunitariamente, fermento de cambio y de inspiración cris­tiana de sus propias estructuras rurales. «Entre evangelización y promoción humana —desarrollo, liberación— existen efectiva­mente lazos muy fuertes —dice Pablo vi en la citada exhortación apostólica—. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención, que llega hasta las situaciones muy concretas de in­justicia, a la que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el autén­tico crecimiento del hombre?» (n. 31).

La fe, por consiguiente, no ha de ser una fuerza frenadora y justificadora de un orden estable e injusto, sino más bien un fer­mento de renovación y de cambio hacia situaciones de fraternidad y de convivencia cada vez más justas, que deben traducirse en estructuras que propicien ese orden nuevo. No hay que educar en una inercia tradicional o en una renovación de superficie; la fe exige un dinamismo y un compromiso mayores, aunque no todos los puedan comprender.

Por eso hay que superar ciertos estadios en la acción pastoral tal como se ha desarrollado en el medio rural. Para subrayar un objetivo pastoral primario, que es urgente en este plano en que nos encontramos, digamos que todos los esfuerzos deben tender a educar en una fe adulta. La fe «infantil», tradicional en el mundo rural, con esos rasgos que señalábamos, ya no le permite a éste hacer frente a las corrientes ideológicas y culturales de nuestro tiempo. Por eso enseña el Concilio: «De poco servirán las cere­monias, por hermosas que sean, o las asociaciones, aunque flo­recientes, si no se ordenan a formar a los hombres para que con­sigan la madurez cristiana. En su consecución les ayudarán los presbíteros para poder averiguar qué hay que hacer o cuál sea la voluntad de Dios en los mismos acontecimientos grandes o pe­queños. Enséñese también a los cristianos a no vivir sólo para sí, sino que, según las exigencias de la nueva ley de la caridad, pon­gan cada uno al servicio del otro el don que recibió y cumplan así todos cristianamente su deber en la comunidad humana» (PO 6).

Pero esta acción educadora hay que realizarla con lucidez y amor. Insiste el Papa: «Un signo de amor será el deseo de ofrecer la verdad y conducir a la unidad. Un signo de amor será igual­mente dedicarse, sin reservas y sin mirar atrás, al anuncio de Jesucristo. Añadamos ahora otros signos de este amor. El primero es el respeto a la situación religiosa y espiritual de la persona que se evangeliza. Respeto a su ritmo, que no se puede forzar dema­siado. Respeto a su conciencia y a sus convicciones, que no hay que atropellar. Otra señal de este amor es el cuidado de no herir a los demás, sobre todo si son débiles en la fe, con afirmaciones que pueden ser causa de perturbación o escándalo en los fieles, provocando una herida en sus almas. Será también una señal de amor el esfuerzo desplegado para transmitir a los cristianos certezas sólidas basadas en la Palabra de Dios, y no dudas e in­certidumbres nacidas de una erudición mal asimilada. Los fieles tienen necesidad de esas certezas en su vida cristiana; tienen de­recho a ellas en cuanto hijos de Dios que, poniéndose en sus brazos, se abandonan totalmente a las exigencias del amor» (EN 79). Estas condiciones son especialmente necesarias en la evange­lización del mundo rural y cuyo descuido es tan contraproducente, según acredita la experiencia de nuestros días, como es insuficiente, por el lado opuesto, una pastoral rutinaria e inmovilista que des­emboca en una fe inmadura.

Todo ello quiere decir que una verdadera acción evangeliza­dora del mundo rural exige una atención, una dedicación y una lucidez no menores que las que pueda reclamar cualquier otro sector de la pastoral diocesana.

Se trata de una educación profundamente cristiana, vital y realista. Las fases de este proceso educativo son: ayudar a ver (visión de fe de personas, cosas, acontecimientos, situaciones), a fin de pasar de la inconsciencia a la conciencia; ayudar a juzgar (discernir, dar razón de la esperanza, hacer preguntas, criticar, confrontar con el ideal del Evangelio), comprobando lo que to­davía falta, para pasar del conformismo a la insatisfacción, a las bienaventuranzas (pobres, hambrientos de justicia, pacificadores, aun a costa de sufrir por la justicia, etc.), y ayudar a actuar (mo­vimiento de la caridad, entrega desinteresada, suscitar colabora­ción), a fin de pasar de una actitud de posible inconformismo pasivo o verbal a la actividad, y de una actividad individualista a un trabajo comunitario. Un viejo proverbio chino dice: «Lo que oigo se me olvida; lo que veo lo aprendo; lo que hago lo sé». Es la educación por la acción y la participación, sobre todo en el cristianismo, que es vida.

En esta tarea no se debe olvidar jamás que se trata de educar personas, es decir, seres libres, para una liberación personal y para que sean portadores de la misma ante los demás. Por eso importa mucho la convicción, la asimilación, la decisión personal, más que la pronta ejecución de la norma sin motivar ni asimilar. En este intento hay que respetar el ritmo evolutivo de cada per­sona, para promover, sin lesionar ese núcleo personal, el creci­miento interior, teniendo en cuenta los centros de interés.

Esta educación difiere no sólo de la mera instrucción, sino tam­bién de la educación utilitaria e individualista que tuviese como objetivo la propia salvación del alma en un futuro despreocupado del presente y en un aislamiento desligado de las demás personas; salvación asegurada acaso a través de garantías menos evangé­licas, porque en realidad prescinde de la caridad, que es la máxima garantía. Esta educación, por su profundidad, su sentido diná­mico y realista, por su aplicación a todas las edades, es la que permitirá la asimilación de lo fundamental cristiano, relativi­zando todo lo demás y, por consiguiente, estará abierta en la es­peranza a cualquier futuro imprevisible; más todavía, podrá ser una energía constructora de ese futuro.

Esta acción educadora habría de realizarse en grupos de for­mación y de compromisos de trabajo en el medio en que viven, de manera que sean grupos que irradien en el ambiente y ayuden en la concienciación de sus propios problemas en todos los aspectos con una visión cristiana y en círculos de influencia cada vez más amplios.

Por dónde avanzar

Importa que tengamos claros los fines y los objetivos: la pa­rroquia rural debe ser una comunidad de fe, de culto y de amor, pero de personas que tienden a la «madurez cristiana», a través de una continua educación en la fe, activa y de participación; el camino o los métodos para conseguir esos fines es lo que se hace problemático y lo que exige de nosotros, los pastores, junta­mente con los seglares más comprometidos, imaginación, seriedad y búsquedas conjuntas.

Es imprescindible una presencia pastoral, solícita y disponible del pastor que ama de verdad, conoce a su rebaño y está dispuesto a entregar su vida y tiempo por él en la máxima cercanía y convi­vencia posibles. Sin esta condición los demás métodos pastorales resultarían, por técnicos acaso, poco humanos y evangélicos.

La presencia no es única ni principalmente en el templo para las celebraciones; hay que salir de él para encontrar a los hombres en la vida:

  • Labor educativa cristiana apoyándose en las costumbres, tradiciones e innumerables valores positivos de los pueblos; en la religiosidad popular. La exhortación Evangelii nuntiandi habla de los valores y contravalores de la religiosidad popular y ofrece unos criterios orientadores (n.° 48).
  • Presencia en los hogares (amistad, sucesos, enfermedad, muerte, etc.).
  • Presencia en los centros escolares (catequesis escolar, co­munidad educativa).
  • Presencia en los centros de influencia que hay en la vida de los pueblos; habría que conocer cuáles son. Esta presencia (ambientes y estructuras) de la levadura cristiana no puede ha­cerse sin los seglares.

La evangelización es asunto de toda la comunidad cristiana. Por eso es indispensable:

  • La formación de militantes cristianos (Mov. Apostólico Rural) y constitución de grupos de formación integral cristiana con esta visión liberadora.
  • La formación de hogares cristianos (reuniones domici­liadas).
  • Reuniones sencillas, coloquiales, permanentes.
  • Períodos también de catequesis o predicación extraordi­naria: v. gr.: adviento, cuaresma, misiones con una finalidad concreta, etc.
  • Cursillos de formación, abiertos, bien organizados y con distintas finalidades y para distintos grupos de personas.
  • Atención al conjunto del pueblo: una liturgia cada vez más comunitaria y misionera en todos los aspectos; una misa o asamblea dominical viva y educativa exige tiempo de preparación y colaboración activa de todos los que estén dispuestos a prestarla.
  • Descubrir la dimensión misionera y el compromiso cristiano en las demás celebraciones sacramentales.
  • Habría que estudiar la posibilidad también de otras asam­bleas cristianas que tengan como finalidad la revisión del com­portamiento de los cristianos y de su compromiso en la vida del pueblo y si existen o no las funciones eclesiales fundamentales y cómo perfeccionarlas.

Deberían coincidir en lo esencial, salvadas las convenientes adaptaciones locales en aspectos secundarios, las líneas pasto­rales de toda la región en los distintos aspectos catequísticos, li­túrgicos, económicos, sociales, comunitarios, etc., ensayando y perfeccionando métodos y experiencias y enriqueciéndose en mu­tuas y periódicas confrontaciones.

La Iglesia cambia de actitud: Sale de las murallas y convive con los hombres; la palabra de Dios sigue siendo palabra de Dios, pero ilumina los problemas que éstos viven y es una exigen­cia de compromiso y una luz y energía que construye el mundo. La Iglesia así no se parece a una institución que quiera ejercer ninguna forma de control o dominio, sino una comunidad fra­ternal de servicio y salvación.

Si los sacerdotes aprendemos a trabajar juntos; si suscitamos la colaboración de los seglares, para que ellos colaboren en la comunidad en virtud de su propia vocación cristiana, conscientes y comprometidos; si se fomenta una colaboración territorial y se destacan las constantes comunes que posibiliten la colaboración interparroquial; si otros sectores de la diócesis llegan a compren­der que en el mundo rural está presente de un modo especial «la Iglesia de los pobres», y presta su comprensión y ayuda, nos pondremos en camino hacia una pastoral rural adaptada, que, como se ve, depende de todos.

Así aparece la evangelización no como un asunto privativo del clero, sino de toda la comunidad cristiana y al servicio de todo el pueblo. Y no de unas comunidades o grupos aislados, sino de toda la diócesis o iglesia local.

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