Vida de santa Luisa de Marillac. 10. Una pedagogía personalizada

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1992.
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Una pedagogía personalizada

LUISA DE Marillac, cuya personalidad ha sido forjada por la vida y por su fe profunda, pone todo su ser de mujer y de cristiana al servicio de su función educadora. Su pedagogía es simple: perso­naliza la formación que da; parte de la realidad; transmite el dinamismo que encierra.

Recorriendo sus aproximadamente trescientas cincuenta cartas a las Hijas de la Caridad, sorpren­de comprobar cómo varían el estilo y el tono según las hermanas destinatarias. Luisa tiene en cuenta su nivel cultural, su carácter, su personalidad. Con las hermanas que tienen un «temperamento fuerte» se expresa de una forma muy directa, dando la impre­sión a veces de ser un poco ruda. En cambio, con las que son tímidas y retraídas, Luisa se muestra mucho más dulce y benévola. Adaptarse a su co­rresponsal es para Luisa una prueba de respeto.

Luisa no hará nunca un reproche sin destacar alguna cualidad: el sentido de compartir, el talento de pastelera, el deseo de fidelidad a Dios. Luisa sabe que las observaciones son para ayudar y hacer progresar, no para hundir o provocar rebeldías.

La delicadeza de Luisa se manifiesta muy en particular con las hermanas enfermas o moribun­das. No pudiendo la mayoría de las veces acudir a la cabecera de las que están lejos, envía a una hermana a que las visite. Así Isabel va a Nanteuil­le-Haudouin a llevar a Juana Dalmagne una carta emocionante de su superiora:

«Dios sabe lo que siento no poder asistiros en este último acto de amor que creo haréis entregando gus­tosa vuestra alma al Padre eterno, con el deseo de que honre el instante de la muerte de su Hijo» (E.107).

La muerte no se ocultaba en el siglo XVII; se vivía en familia. Para la Hija de la Caridad es un último acto de amor a Dios.

La atención de Luisa de Marillac no se detiene en la hermana. Se extiende a toda la familia. Fre­cuentemente es imposible el correo entre los pa­dres y las hijas que han ido lejos, pues muchos no saben leer ni escribir. Luisa sirve de intermediario, recibiendo o comunicando noticias por medio de las hermanas, y luego trasmitiéndolas. Las cartas permiten seguir la vida de la familia Angiboust, de los alrededores de Chartres, de la familia Ménage, oriunda de Serquex, de la familia Carcireux de Beauvais. Nos enteramos de los numerosos falleci­mientos, de las dificultades para encontrar trabajo, de las múltiples preocupaciones de la vida coti­diana.

De esta manera cada hermana se sabe conocida y reconocida por Luisa de Marillac. Cuando no lo advierte ya, lo dice con fuerza. Carlota Royer habla de la «mala Luisa», que la ha enviado lejos, a Richelieu. Ana Hardemont, persuadida también de haber sido alejada de París, expone desde Ussel por escrito todo su sufrimiento, a veces en términos poco amables. En su respuesta, Luisa de Marillac se esfuerza por calmar su angustia. Si ha sido posible establecer una verdadera relación entre Luisa y sus hermanas a pesar de todas las diferencias, es gracias al respeto de la personalidad de cada una. La confianza recíproca permite compartir con ple­na humildad y sencillez.

Luisa posee un conocimiento profundo de las realidades que viven sus hermanas. Está informada de ellas tanto por las cartas de sus hermanas, como al escucharlas cuando vuelven a la casa madre, como por las visitas que hace a las casas. Luisa recibe también correo de las Damas de la Caridad, de los administradores de los hospitales, de los párrocos y de los sacerdotes de la Misión que han visitado a las Hijas de la Caridad. Este conoci­miento le permite a Luisa partir de los hechos concretos, de los acontecimientos vividos, para inducir a sus hermanas a una reflexión profunda.

En Richelieu las dos hermanas se quejan de que no pueden hacerlo todo. Luisa las invita a una verdadera revisión de vida sobre el empleo del tiempo, detallando la manera de proceder. Las her­manas anotarán todo el desarrollo de su jornada desde que se levantan hasta que se acuestan, y se fijarán si no hay tiempo perdido, por ejemplo en charlas y visitas inútiles. ¿Son necesarias las comi­das fuera de la comunidad? Luisa les pide que examinen el espíritu que las anima a lo largo de la jornada: ¿qué importancia se da a la oración, a la obediencia? ¿Cuál es el móvil de su actividad entre los pobres? Luisa desea que le den cuenta por escrito de esta reflexión comunitaria.

En Angers Ia vida de comunidad se ha vuelto menos fraternal. Las hermanas son invitadas a mirar cómo se comportan las unas con las otras. De una manera muy simple, Luisa inculca nociones de psicología:

«Si nuestra hermana es triste, si es un poco nostálgica, si es demasiado viva, si demasiado lenta, qué queréis que haga; es su natural. Y aunque a veces se esfuerce en superarlo, sin embargo no puede impedir que las incli­naciones se manifiesten con frecuencia. ¿Y cómo a una hermana a la que hay que amar vamos a enfadarnos con ella, a maltratarla, a ponerle mala cara? Hermanas mías es preciso cuidarse mucho de ello y no dejar ver que nos damos cuenta de ello, ni discutir con ella, pensando que muy pronto seremos nosotras quienes tendremos nece­sidad de que ella haga lo mismo» (E. 113).

En ciertas comunidades surgen dificultades a causa de la mala interpretación de las recomenda­ciones hechas. La higiene, la limpieza son indis­pensables en toda vida de comunidad. Pues bien, algunas hermanas, con este pretexto, buscan un bienestar poco compatible con su vocación de Hi­jas de la Caridad. En numerosas parroquias las hermanas enseñan catecismo a las niñas pobres. Les es indispensable una preparación. Pero algunas encuentran tal satisfacción personal en el estudio que descuidan el resto: los trabajos humildes de la vida cotidiana, los servicios poco perceptibles que reclama el cuidado de los enfermos. Luisa muestra todo el peligro de querer salir de su condición de servidoras. Adoptar hábitos de Damas, pretender aparecer como sabia para llamar la atención sobre sí, es faltar a los propios compromisos y es tam­bién correr el riesgo de provocar la desaparición de la Compañía apartándola de su fin.

En toda su enseñanza, con todo su ser, Luisa trasmite a las hermanas la energía que la hace vivir: el amor al hombre sacado del amor a Cristo encar­nado. En las numerosas meditaciones que ha deja­do escritas, Luisa de Marillac dirige una mirada llena de admiración al hombre que Dios ha creado, al que Dios ha amado tanto que él mismo ha que­rido participar de su humanidad para hacerla más bella, para divinizarla de algún modo. Luisa subra­ya con fuerza cómo la encarnación del Hijo de Dios le ha devuelto al hombre toda su grandeza. En pos del Hijo de Dios hecho hombre, Luisa reconoce la grandeza de todo hombre y cree en sus posibili­dades, ya sea expósito, galeote, enfermo mental, rechazado de la sociedad… Se esfuerza en partici­par esta fuerte convicción a las hermanas, insis­tiendo en la estima, el respeto y el verdadero amor a toda persona:

«Nuestra vocación de siervas de los pobres nos ad­vierte sobre la dulzura, humildad y apoyo que hemos de tener con los demás; que debemos respeto y honor a todo el mundo; a los pobres porque son miembros de Jesucristo y nuestros maestros, y a los ricos a fin de que nos den los medios para hacer el bien a los pobres» (E. 466).

Luisa propone a las hermanas que contemplen la vida terrestre de Jesús para impregnarse de sus actitudes llenas de delicadeza y de caridad hacia los pobres. Enseña a las hermanas a contemplar la humanidad de Cristo padeciendo su pasión en to­dos los seres que encuentran en su trabajo. Con su servicio, la Hija de la Caridad prolonga la reden­ción, permitiendo que el hombre desprovisto, hu­millado y rechazado encuentre de nuevo la vida, una vida de hombre y de hijo de Dios.

Respeto a todo hombre, atención a la persona en todo su ser, servicio de amor, tales son las con­cretizaciones que Luisa saca de su fe profunda en Jesucristo, el Hijo de Dios y de María. Tal es el dinamismo que trasmite a las Hijas de la Caridad.

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