Triduo Pascual: De la Muerte a la Resurrección del Señor

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Augusto Pascual, O.S.B. .
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En tiempo de Jesús el pueblo israelita seguía celebrando con gran solemnidad la fiesta de Pascua, instituida por Moisés antes de la salida de Egipto. Era esta fiesta, por una parte, memorial del éxodo liberador de la opresión de los egipcios y, por otra, espera de los tiempos mesiánicos. Como israelitas temerosos de Dios, José y María subían todos los años a Jerusalén a la fiesta de Pas­cua, como dice San Lucas (Lc 2,41).Y sin la menor duda Jesús subió a Jerusalén todos los años durante su vida oculta. Los evangelistas ponen muy de relieve que así lo hizo durante su vida pública.

La esperada salvación mesiánica había comenzado a ser rea­lidad cuando «la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros» Un 1,14). Y fue plena realidad, cuando Jesús, durante la celebración de la Pascua de su pueblo, se ofreció al Padre por la salvación del hombre, pasando por la pasión y la muerte a la resurrección, convirtiéndose él en la Pascua del nuevo y eterno Testamento.

Antes, «la víspera de su pasión», había celebrado ya esta Pas­cua en el Cenáculo con sus discípulos y había mandado a éstos que la celebrasen ellos en su nombre: «Haced esto en memoria mía».

Los apóstoles comenzaron a hacerlo una vez que el Espíritu Santo descendió sobre ellos el día de Pentecostés. El día elegido para celebrar la Pascua del nuevo y eterno Testamento, para la «fracción del pan» —éste será el nombre que los primeros cris­tianos darán a la celebración de la eucaristía—, fue el primer día de la semana, es decir, el día en que el Señor resucitó. Muy pronto este primer día de la semana recibirá el nombre de «día del Señor» (kyriaké hemera = dies dominica = domingo). En los escri­tos del Nuevo Testamento son bastantes las alusiones a la cele­bración de la fracción del pan los domingos. Bien significativo es en este sentido lo que el libro Hechos de los Apóstoles dice ha­blando de San Pablo: «El primer día de la semana, estando no­sotros reunidos para la fracción del pan, Pablo…».

¿Celebraban también de algún modo todos los años los pri­meros cristianos la Pascua del Señor? Se puede dar por seguro, pero no ha llegado a nosotros ninguna referencia explícita de que lo hicieran. Seguirían celebrando la Pascua de sus padres —la mayoría eran judíos—, pero desde el primer momento la fueron cristianizando.

Las primeras noticias claras que tenemos de una celebración anual de la Pascua son de mediados del siglo H. En esta época, por lo que dicen, entre otros, Melitón de Sardes y el Pseudo Hi­pólito, el pueblo cristiano se reunía y pasaba la noche del sába­do al domingo leyendo los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento relacionados con la Pascua y orando. Pronto se ge­neralizó la costumbre de ayunar el viernes y el sábado y de cele­brar durante la Vigilia de esa santa noche los sacramentos de la iniciación.

En el siglo IV el Triduo es ya lo que, más o menos, seguirá siendo. A una celebración más y más viva y sentida contribuye­ron las exposiciones que de este misterio fueron haciendo los Padres tanto de oriente como de occidente. Lo hicieron de modo especial como sencillas catequesis a los catecúmenos que se preparaban para recibir los sacramentos de la iniciación du­rante la Vigilia Pascual.

La celebración del Triduo Santo seguirá siendo en la Iglesia el tiempo más fuerte del año litúrgico.

Pero pronto se introducen costumbres que desvirtúan un tanto la fisonomía de estas celebraciones.

Pero es sobre todo durante la Edad Media cuando se intro­ducen cambios en la liturgia, que pretendiendo enriquecerla la desvirtuaron no poco, distorsionando con frecuencia el esque­ma inicial y desviando la atención de los fieles del misterio cele­brado. De lo más llamativo en este sentido fue el desajuste de las horas en que tuvieron lugar los acontecimientos de la pasión del Señor, y que la liturgia seguía suponiendo y evocando, y las horas en que de hecho se celebraban. El problema de la lengua ha sido causa no pequeña de este desvío de la devoción.

Mérito del movimiento litúrgico fue redescubrir la centrali­dad de la liturgia pascual. Dom Guéranger († 1875), sobre todo en su obra L’année liturgíque, puso muy de relieve la importancia del misterio pascual y la centralidad de su celebración. Los es­critos del benedictino de Mana Laach, Odo Casel († 1948), bajo el aspecto teológico, y los de Plus Parsch, bajo el aspecto pasto­ral, entre otros muchos liturgistas y teólogos, hicieron sentir en amplios sectores de la Iglesia la necesidad de una reforma que devolviese al Triduo Santo su auténtica fisonomía.

Durante el pontificado de Pío XII estas ideas y estas ilusio­nes comenzaron a hacerse realidad. Y después del Concilio Va­ticano II, siguiendo las normas dadas en éste, durante los años 1969, 1970 y 1971 fueron publicándose los libros litúrgicos en los que aparecía el Triduo Pascual tal como hoy tenemos el gozo de celebrarlo.

La carta circular de la Congregación para el Culto divino del 10 de enero de 1988 presenta así el Triduo Pascual tal como hoy lo celebramos:

«La Iglesia celebra cada año los grandes misterios de la reden clon de los hombres desde la misa vespertina del Jueves Santo en la Cena del Señor hasta las Vísperas del domingo de resurrección Este periodo de tiempo se denomina Justamente el Triduo del crucificado, sepultado y resucitado, se llama también Triduo Pascual porque con su celebración se hace presente y se realiza el misterio de la Pascua, es decir, el transito del Señor de este mundo al Padre En esta celebración del misterio, por medio de los signos litúrgicos y sacra­mentales, la Iglesia se une en intima comunión con Cristo, su Esposo»

Triduo Pascual del que San Ambrosio, a finales del siglo iv dice que es el «Triduo sagrado dentro del cual Cristo padeció, descanso y resucitó» (Ep 23,13). Y algo más tarde San Agustín lo llama «Sacratísimo Triduo de Cristo crucificado, sepultado y resucitado» (Ep 55,14)

Durante este Triduo Pascual la Iglesia celebra como un todo la Pascua del Señor, su paso de la muerte a la resurrección, te­niendo muy presente que, como dice San Pablo, «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte no tiene señoreo sobre él» (Rom 6,9) Y con el paso de nuestro Señor celebramos nosotros nuestro paso.

Jueves Santo: Misa vespertina de la Cena del Señor

«Al atardecer, en la hora más oportuna, se celebra la misa de la Cena del Señor, en la que participa plenamente toda la comu­nidad local y todos los sacerdotes y clérigos que ejercen su mi­nisterio», dice el misal.

Como lo había hecho en años anteriores, Jesús había subido con sus discípulos a Jerusalén para celebrar la Pascua. Subía muy consciente de que iba a ser su última celebración de la Pas­cua de sus padres. El pueblo le había recibido como el esperado Mesías, lo que había exacerbado aún más el odio de sus enemi­gos. El primer día de los ácimos envió a Pedro y a Juan a prepa­rar el local y lo necesario. «Y llegada la hora se puso a la mesa con los apóstoles» (Lc 22,14).

Mateo, Marcos y Lucas centran su relato de la última Cena en la institución de la Eucaristía. San Juan, que, dándolo por sa­bido, no relata la Institución de la Eucaristía, se alarga recordan­do detalladamente los gestos y palabras del Señor en los que aparece el amor del Hijo de Dios al hombre y su exigencia de que éstos se amen unos a otros como él los ama.

Pronto este día, lleno de recuerdos tan evocadores y en el que el Señor había instituido la Eucaristía, adquiere gran impor­tancia en la Iglesia. Será el día dedicado a la admisión de los pe­nitentes, a la consagración del santo crisma y de los óleos, y también y sobre todo a recordar y celebrar la institución de la Eucaristía.

La liturgia de esta santa tarde es una de las que más se han beneficiado de la reforma litúrgica. Se ha introducido el lavato­rio de los pies y se ha enriquecido notablemente su liturgia. Y se introdujo la concelebración y la comunión bajo las dos especies.

De la misa vespertina dice el Ceremonial de los obispos•

«Con la misa que tiene lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa comienza el Triduo Pascual y evoca aquella úl­tima Cena del Señor Jesús, en la que, en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que esta­ban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los entregó a los Apóstoles para que los sumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sa­cerdocio también lo ofreciesen» (n.295).

La plegaria eucarística tiene hoy un valor añadido. Siempre du­rante ella se hace lo que el Señor mandó: «Haced esto en me­moria mía». El Señor «hizo esto» y nos lo mandó hacer a noso­tros durante la Cena que celebró hoy con sus discípulos en el Cenáculo. Pone esto de relieve la liturgia de la misa de la Cena del Señor incluyendo palabras alusivas a que «esto» lo realizó el Señor precisamente by y a esta hora.

La oración colecta centra nuestra mirada en el misterio que he­mos comenzado a celebrar: «Nos has convocado esta tarde para celebrar aquella misma Cena… el banquete de su amor, el sacri­ficio de la Alianza eterna…, te pedimos que la celebración de es­tos santos misterios nos lleve a alcanzar plenitud de amor y de vida». Toda esta tarde gira en torno al amor de Jesucristo que pide amor.

La primera lectura, tomada del Éxodo, relata la institución de la Pascua judía y de cómo la han de celebrar los israelitas. Jesús la celebró en el Cenáculo y en ella comieron el cordero degolla­do, cordero degollado que le simbolizaba a él que al día siguien­te moriría clavado a la cruz como inocente cordero. En la segun­da lectura San Pablo les recuerda a los corintios la institución de la Eucaristía en la noche en que iba a ser entregado y las exigencias que lleva consigo participar de la Eucaristía.

Como lectura evangélica se lee el relato del lavatorio de los pies de sus discípulos por Jesús, ejemplo sublime de amor humilde que el divino Maestro —»me llamáis Maestro, pues lo soy»— nos dio «en la hora en que iba a pasar de este mundo al Padre». A esta lectura, después de ser comentada por el sacerdote, sigue el mandato, el lavatorio de los pies, acertadamente introducido en la Eucaristía de este día. Es una escenificación de lo que el Se­ñor hizo y de lo que nosotros hemos de hacer para ser cristia­nos de verdad, cristianos comprometidos con nuestro Maestro, imitadores suyos: «Os he dado ejemplo».

La procesión de las ofrendas y del fruto de la caridad de los fie­les tienen en esta eucaristía una razón añadida. Nuestra con­ciencia de cristianos ha de verse especialmente interpelada hoy: el amor de Jesús a los hombres, pobres pecadores, no fue un amor platónico: dio su vida por nosotros. Nuestro amor a nues­tros hermanos necesitados ha de traducirse en hechos.

Antes de que la asamblea sea despedida y de que se retiren del altar la cruz, los candeleros y el mantel, se lleva procesional-mente el Santísimo Sacramento a una capilla. Esta reserva tiene dos fines: disponer de formas consagradas para la celebración del Viernes Santo y, si hubiere necesidad, administrar el viático; y hacer posible que los fieles oren y contemplen agradecidos la Eucaristía, cuya institución’ se acaba de celebrar.

Viernes Santo: Celebración de la pasión del Señor

«Y, cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Oli­vos», dice el Evangelio de San Mateo (Mt 26,3). Y el de San Juan: «Dicho esto, pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón donde había un huerto» Un 18,1). Jesús co­menzaba a recorrer su Viacrucis: Getsemaní, ante Anás, ante Caifás, en el Pretorio ante Pilato, ante Herodes, de nuevo ante Pilato, cargando con la cruz camino del Calvario, hasta que, cla­vado a la cruz, «reclinando la cabeza, entregó el espíritu» Un 19,30). La Pascua del nuevo y eterno Testamento era ya una realidad.

Pasados casi dos mil años, nosotros, discípulos del Señor, lo recordamos y celebramos todos los años. Lo hacemos en el Oficio de lecturas y Laudes que no todos pueden celebrar. Y lo hacemos, sobre todo, en la solemne celebración de la pasión del Señor.

Es probable que durante bastante tiempo ni en el Viernes San­to ni en el Sábado Santo hubiese celebración especial. Estos días formaban un todo con la Vigilia Pascual, eran una sola fiesta: Pascua. No eran, sin embargo, días vacíos. Por de pronto eran días de riguroso ayuno, con el que se unían a Cristo muerto y sepultado esperando su resurrección. Y eran días de silencio orante.

A no tardar mucho se organizaron oficios litúrgicos. Por Egeria sabemos que en el siglo iv se vivían estos días en Jerusa­lén intensamente con una liturgia apropiada. En los siglos VI y VII la celebración litúrgica es ya muy parecida a la actual. Una liturgia sin Eucaristía.

La celebración de la pasión del Señor nos introduce en el misterio insondable de la muerte del justo para redimir a los pe­cadores. Cristo es el servidor de Yahvé, anunciado por los profe­tas. Es el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo. Es el sacerdote de la Nueva Alianza, que se ofreció a sí mismo una vez para siempre como víctima, único sacerdote capaz de con­vertir la muerte en vida, los sufrimientos en causa de salvación.

San Pablo es el teólogo por excelencia de este misterio, so­bre él vuelve una y otra vez: «Ahora me alegro de mis padeci­mientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a los pa­decimientos de Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24). «Lo único que deseo es conocerle a él y participar en sus padecimientos, conformándome a él en la muerte» (Flp 3,10).

La liturgia de este día tiene tres partes: liturgia de la Palabra; adoración de la santa Cruz; sagrada comunión.

— Liturgia de la Palabra.

Como primera lectura se lee el «Cántico del siervo de Dios», impresionante figura profética de Jesús paciente. El siervo de Dios a quien Isaías contempla sufre física y moralmente. Sufre «porque el Señor cargó sobre él todos nuestros pecados». Es «como un cordero llevado al matadero…». Sufre «porque tomó el pecado de muchos, cargando con los crímenes de ellos». «Por eso tendrá una parte entre los grandes». A esta primera lectura el pueblo se une cantando como salmo responsorial parte del Sal­mo 30, un salmo que, puesto en labios de Jesús muriendo clava­do a la Cruz, adquiere todo su sentido. De hecho según San Lu­cas las últimas palabras de Jesús antes de expirar fueron: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu», que son el versículo 6 de este salmo.

La segunda lectura es parte de la Carta a los Hebreos. Cristo es nuestro Sumo Sacerdote, un sacerdote capaz de compadecerse de nosotros porque ha sido probado en todo como nosotros, excepto el pecado. Por eso «se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna».

El canto antes del Evangelio es la mejor presentación del miste­rio que se celebra hoy: «Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó so­bre todo, y le concedió el nombre-sobre-todo-nombre».

El punto culminante de la liturgia de la Palabra del Viernes Santo es la proclamación de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo se­gún San Juan, «el discípulo a quien Jesús quería» Un 20,20). San Juan es testigo de excepción de la larga pasión de Jesús desde el huerto cercano al Torrente Cedrón hasta que el Señor, clavado a la Cruz, expiró. El mismo apóstol pone esto bien de relieve.

La oración universal tiene hoy una relevancia especial. Hasta la reforma de la liturgia la oración universal de este día era la única que la Iglesia romana conservaba. Esta oración, sobre todo si se hace en la forma tradicional, es de un gran efecto. En ella se pide al Padre que los frutos de la muerte redentora de Cristo se apliquen a la Iglesia y a todo el mundo.

—   Adoración de la Cruz.

El emotivo rito de la presentación, adoración de la Cruz se viene haciendo desde muy antiguo. La peregrina Egeria cuenta con todo detalle cómo se hacía en Jerusalén en el siglo el obispo y los diáconos sostienen el sagrado madero de la vera Cruz y todo el pueblo se acerca y la besa. Poco a poco lo que se hace en Jerusalén es imitado por las demás iglesias.

—   Sagrada comunión.

Aunque hoy no se celebra la santa misa, desde hace ya mu­cho tiempo hoy se comulga con el pan consagrado en la misa de la Cena del Señor. La comunión en el día de la muerte del Señor ha de hacernos sentir con viveza lo que es siempre la comu­nión. San Pablo lo dice con estas palabras: «Cada vez que co­méis de este pan y bebéis de este cáliz proclamáis la muerte del Se­ñor, hasta que vuelva» (1 Cor 11,26).

Terminada la acción litúrgica, la Cruz queda bien visible como centro del templo. Los fieles pueden acercarse a ella, y agradecidos, besarla, y orar ante ella. Ningún día mejor que éste para recorrer las estaciones de Vía Crucis.

Sábado Santo

Muerto Jesús y obtenidos los permisos necesarios, su cuer­po exánime fue descendido de la Cruz y depositado por José de Arimatea y Nicodemo en un sepulcro nuevo donde nadie había sido sepultado (cf. Jn 19,38-41).

«Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al se­pulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, y se abstiene del sacrificio de la Misa» (Rúbrica del Misal). Pero sí se celebra la Liturgia de las horas, que son la mejor oración y meditación en este día santo.

La Iglesia, que brotó del costado de Cristo clavado a la Cruz, vela en silencio contemplativo. Triste, porque su Señor ha muerto, alegre, porque ha resucitado. Triste, porque la causa de la muerte de su Señor ha sido el pecado de sus hijos los hom­bres que siguen siendo pecadores, alegre, porque la pasión y la muerte de su Señor nos ha salvado.

Leamos como dicho a nosotros lo que San Pablo dice a los romanos. «Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo seguir vi­viendo en él? ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,2-4). «Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que lo resucitó de entre los muertos» (Col 2,12).

Domingo de Pascua de la resurrección del Señor: Vigilia Pascual

El pueblo hebreo celebraba todos los años como «memo­rial» con una vigilia nocturna el paso del Señor durante la noche para liberar a sus padres de la esclavitud del Faraón. La Iglesia ha visto siempre en este acontecimiento del pueblo hebreo una figura del paso del Señor, de la Pascua. Y desde tiempo inme­morial, teniendo como fondo la celebración del pueblo hebreo, ha celebrado con una vigilia nocturna la Pascua de su Señor.

Esta Vigilia ha sido siempre «la madre de todas las santas vi­gilias» (San Agustín), «la mayor de todas nuestras fiestas, la mayor de todas nuestras celebraciones» (San Gregorio Nacianceno).

Tiene cuatro partes: lucernario o solemne comienzo de la Vigilia, liturgia de la palabra, liturgia bautismal, liturgia eucarística.

— Primera parte: lucernario o solemne comienzo de la Vigilia.

En la antigüedad no era tan sencillo como ahora disponer, llegada la noche, de fuentes de luz. De ahí que la luz tuviese para ellos un sentido y un valor muy superior al que nosotros le concedemos. Cuando los cristianos se disponían a pasar toda la noche en la iglesia en oración, su primera preocupación era dis­poner de luz. Luz en la que «veían simbolizado a Cristo, que se había presentado a sí mismo como la luz del mundo: «Yo soy la luz del mundo». Este simbolismo lo seguimos sintiendo noso­tros, aun cuando dispongamos de otros medios de iluminación.

La Iglesia comenzó muy pronto a abrir la Vigilia de Pascua con un lucernario, muy bello y cargado de sentido «cristiano».

El traslado procesional del cirio de la puerta de la iglesia al presbiterio recuerda el largo caminar de los israelitas por el de­sierto hacia Tierra Santa guiados por una columna de fuego; y recuerda también nuestro caminar por la vida guiados por Cris­to, luz del mundo.

La bendición del fuego y del cirio se han de hacer a ser posi­ble en el exterior de la iglesia. Todas las luces han de estar apa­gadas. No hay más luz que la del cirio. Durante la procesión ha­cia el presbiterio, el que lleva el cirio canta varias veces: Luz de Cristo, a lo que todos responden: Demos gracias a Dios.

Colocado el cirio junto al ambón, el diácono, o el mismo sacerdote, entona el pregón pascual, pieza poética llena de liris­mo y de teología que invita a todos a la alegría pascual, porque ha pasado la noche y brilla ya la luz que es Cristo resucitado.

— Segunda parte: Liturgia de la Palabra.

Parte fundamental de toda vigilia ha sido siempre la lectura de la Palabra de Dios, lectura a la que el pueblo correspondía meditando y orando. «En esta vigilia «Madre de todas las vigi­lias», se nos proponen nueve lecturas: siete del Antiguo Testa­mento y dos del Nuevo: «epístola y evangelio»» (Rúbrica del misal).

La tres primeras lecturas: dos del Génesis y una del Éxodo, na­rran tres intervenciones de Dios: creación, sacrificio de Abrahán y paso del mar Rojo. En ellas aparece el amor de Dios al hombre, amor que ha tenido en la resurrección de Jesús su más alta mani­festación. A éstas siguen otras cuatro lecturas también del Antiguo

Testamento: dos de Isaías, una de Baruc y una de Ezequiel. Estos profetas animan al pueblo a ser fiel a Dios, a esperar en él. Espe­ra que ha de animar la certeza de que Dios cumplirá lo que pro­mete, sobre todo en el futuro mesiánico. El salmo responsorial y la oración que sigue a cada lectura son la respuesta cristiana, anima­da por la resurrección del Señor, a cada una de las lecturas.

Antes de proclamar la Palabra del Nuevo Testamento la Iglesia crea un clima de alegría pascual que es el que ha de do­minar en la asamblea durante las acciones litúrgicas que van a seguir: se encienden los cirios del altar, el sacerdote entona el himno Gloria a Dios en las alturas y mientras se canta este himno suenan las campanas que han estado mudas durante los días anteriores.

En la epístola el Apóstol les recuerda a los romanos —a no­sotros— algo que era constante en su predicación: por el bau­tismo hemos sido sepultados con Cristo para resucitar con él. ¡Cristo ya no muere!

Y antes de que uno de los tres sinópticos relaten el encuen­tro de María la Magdalena y sus compañeras con el sepulcro va­cío y con el ángel que les anuncia ¡ha resucitado!, el sacerdote entona solemnemente el aleluya. Durante toda la cuaresma había estado ausente de la liturgia; a partir de ahora, durante el tiempo pascual sobre todo, resonará continuamente en la liturgia.

— Tercera parte: Liturgia bautismal.

Aunque la falta de testimonios no permite hacer afirmacio­nes categóricas hasta el siglo ni, se puede dar por seguro que muy pronto se introdujo en todas partes la costumbre de cele­brar en esta noche santa el bautismo. Pascua y bautismo son dos realidades que van íntimamente unidas. Así lo dice por ejemplo Tertuliano: «Pascua es el día más conveniente para el bautismo, porque en ella se realizó la pasión del Señor en la que somos bautizados» (De baptismo, 19). Por el bautismo, en efecto, nos incorporamos a Cristo y pasamos de la muerte del pecado a la vida de la gracia, de las tinieblas a la luz; morimos con Cristo y con él resucitamos. Antiguamente durante la cuaresma se pre­paraba a los catecúmenos para ser bautizados hoy y participar por primera vez de la mesa del Señor. En esta noche recibió San Agustín el bautismo de manos de San Ambrosio.

Esta parte de la Vigilia es la que más ha ganado con la refor­ma litúrgica. En ella se contemplan varias posibilidades: la exis­tencia o no de bautizandos, la existencia o no de pila bautismal. Después de cualquiera de estos casos, todos los presentes, de pie, con las velas encendidas en la mano, renuevan las promesas bautismales. Antes han renunciado a Satanás y han hecho pro­fesión de su fe.

— Cuarta parte: Liturgia; Eucarística.

«La celebración de la Eucaristía es la cuarta parte de la Vigi­lia, y su punto culminante, porque es el sacramento pascual por excelencia, memorial del sacrificio de la cruz, presencia de Cris­to resucitado, consumación de la iniciación cristiana y pregusta­ción de la Pascua eterna» (Circular sobre las fiestas pascuales, 90). En efecto, la comunidad cristiana que ha cantado a Cristo ver­dadera luz del mundo, que ha sido instruida por la Palabra de Dios, que ha recibido, o renovado, la gracia bautismal, oyendo en su interior la invitación que el Señor le hizo en la última Cena y le hace continuamente: «Haced esto en memoria mía», lo hace al final de la Vigilia para luego sentarse a la mesa para el banquete que el Señor le ha preparado y recibir como comida el Cuerpo del Señor y como bebida su Sangre.

«Podéis ir en paz, aleluya, aleluya».

«Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya».

Domingo de Pascua de la resurrección del Señor: El día de Pascua

Pronto se sintió la necesidad de volverse a reunir el día que sigue a la noche pascual para recordar y celebrar los muchos acontecimientos que sucedieron al amanecer de este día. Hoy esta misa es más necesaria, porque son muchos los cristianos que por una u otra causa no asisten a la Vigilia.

Los cuatro evangelistas cuentan con todo detalle cómo las discípulas y discípulos descubrieron que el sepulcro estaba va­cío y que Jesús había resucitado, aunque las dudas tardaron en despejarse.

La liturgia de este día ofrece el relato de lo que sucedió este día, pero sobre todo trata de hacer vivir la gran verdad de que

Cristo está vivo, que está entre nosotros. Y que, por tanto, he­mos de ser testigos y anunciadores de ello, que hemos de bus­car no las cosas de este mundo, sino las de arriba, «donde está Cristo sentado a la derecha del Padre», que hemos de vivir la vida nueva de los resucitados con Cristo.

 

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