El Reino de Dios, es decir, el nuevo orden de cosas traído por Jesús, fue anunciado en dos momentos: durante la vida de Jesús de Nazaret y a partir de la Resurrección. Los Evangelios narran e interpretan los hechos y las palabras de Jesucristo. También nos informan sobre cómo Jesús anunció e hizo presente el Reino de Dios: a través de las palabras y, sobre todo, por medio de su presencia personal entre nosotros. Los Hechos y las Cartas de los Apóstoles describen la acción misionera llevada a cabo por las primeras comunidades cristianas en un periodo que se extiende entre la resurrección de Jesucristo y la muerte de los Apóstoles. Los documentos el N. T. se caracterizan por la unidad en ros contenidos fundamentales y por la diferencia de perspectivas en lo accidental o circunstancial. Esa coincidencia fundamental se deja ver en un hecho particular: todos los testimonios del N. T. nos dan cuenta de una u otra manera del talante y la acción misionera de Jesús en persona y de las primeras comunidades cristianas.¿Cómo anunció Jesús la llegada del reino de Dios? ¿Con qué talante y de qué manera impulsaron las primeras comunidades cristianas su propia acción misionera? ¿Cómo actuaron? ¿De qué medios se sirvieron? ¿En qué ámbitos geográficos y humanos se movieron?¿Qué dificultades encontraron? Para responder a estos interrogantes nada mejor que recorrer las páginas de los Evangelios, Hechos y Cartas de los Apóstoles.
Jesucristo, misionero del Padre
Las páginas del N. T. se refieren entre otros a un proyecto salvífico que, partiendo del pasado, atraviesa el tiempo presente y se proyecta hacia el futuro. Ese proyecto a su vez dimana de Dios Padre y afecta a toda la humanidad. Tiene como fin la salvación liberadora del hombre. Dios Padre, al llegar la plenitud de los tiempos, para activar ese plan salvífico envió al mundo a su propio Hijo, encarnado en el seno de la Virgen María. El autor de la carta a los Hebreos nos dirá con palabras taxativas que Dios «en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…. quien … después de llevar a cabo la purificación de los pecados se sentó a la diestra de Dios» (Hbr 1, 2-4). Por su parte San Mateo escribe en estos términos: «tanto amó Dios al mundo que le dio a su único Hijo para que todo el que crea en él no perezca», «para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17). San Vicente de Paúl, nos dirá: «¿qué es lo que hizo el Hijo de Dios? Dejó el seno del Padre eterno, lugar de su reposo y de su gloria. ¿Para qué? Para bajar aquí, a la tierra entre los hombres, para instruirles por medio de sus palabras y sus obras» (SVP XI, 437 / XI, 3). En suma, Jesucristo es el misionero por excelencia del Padre. Dejando el lugar de su trascendencia divina se encarnó y vino, enviado por el Padre, para desplegar un plan salvífico entre nosotros.
I) La misión llevada a la práctica por Jesús
Mensaje de Jesús acerca de sí mismo
El mensaje de Jesús y los métodos adoptados por él coinciden en lo fundamental con el mensaje y la metodología misionera puesta en práctica posteriormente por la Iglesia. Según los evangelios el mensaje de Jesús se refiere a su identidad divina y humana, de Dios y de hombre, y a su función salvadora. Con espontánea naturalidad «llamaba a Dios su Padre, haciéndose así mismo igual a Dios» (Mt 5, 18). Señalaba de igual manera su origen divino y su condición humana: «en el principio existía la Palabra» (Jn 1,1), «y la palabra se hizo carne» (Jn 1,1). Los evangelios recogen no pocos títulos cristológicos que Jesús se aplicó a sí mismo en orden a presentar con todo realismo su propia condición personal, como parte fundamental de su mensaje. Esos títulos expresan a su vez la fe de la Iglesia Apostólica. Jesús es el «Hijo de María» (Mt 2,12), «Mesías» (Mt 1,41), «Hijo de Dios» (Mc 1,1; Lc 1,35), ungido por el Espíritu Santo (Mt 3,16), enviado del Padre (Jn 5,37), «Salvador» (Lc 2,11), «Cristo eñor» (Lc 2,12), «cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Mt 1,29), «camino, verdad y vida» (Jn 14,6).
Presencia del reino y exigencias para entrar en él
Jesús anuncia con particular insistencia que «el Reino de Dios está cerca de vosotros» (Le 10,9; Mc 1,15); y por lo tanto se hace necesaria la conversión «convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). También proclama que para entrar en él se requiere «nacer del agua y del espíritu» (Mt 3,5). Urge un cambio de vida o conversión: «convertíos porque el Reino de los Cielos ha llegado» (Mt 4,17). Ese cambio se concreta en «dar frutos dignos de conversión» (Mt 3,8), en particular, a través de la fe en Jesucristo y el bautismo, ya que ese es el camino para llegar a ser hijos de Dios «el que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Jn 3,36), «el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado tiene vida eterna» (Jn 5, 24), «la obra de Dios es que creáis en quien él lo ha enviado» (Jn 6, 29), «a los que le recibieron les dio poder para hacerse hijos de Dios» (Jn 1,12). Los Apóstoles anunciarán igualmente la necesidad del bautismo: es necesario bautizarse en el «Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).
Métodos de misión adoptados por Jesús
El lector atento de los evangelios enseguida se percatará de que Jesús expuso su mensaje sirviéndose de medios sencillos. Recordemos algunos. Jesús decidió al comienzo de la vida pública invitar a otras personas a colaborar en el anuncio del Reino. Jamás actuó en solitario. Llamó a los Apóstoles, los formó y les señaló una tarea peculiar: seguirle de cerca y poner su granito de arena en lo concerniente a la proclamación del Reino: «Caminando por la ribera el mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron» (Mt 4, 18-20). Instituyó a los Doce «para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14). Jesús visitaba numerosos lugares, acompañado por los Apóstoles, a los que entregaba responsabilidades: «id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 1,7).
Los envía de dos en dos: «y yéndose de allí predicaron que se convirtieran…………… y curaban» (Mc 6,7-13). Jesús ora con especial intensidad por los Apóstoles, por su santificación y unidad (Jn 17,9). Finalmente los Apóstoles recibieron un mandato definitivo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará, el que no crea se condenará» (Mc 16, 15-16). Jesús contó también con la colaboración de las mujeres: iba por ciudades y pueblos «y le acompañaban los Doce y algunas mujeres….María….Juana….Susana y otras muchas que les servían con sus bienes» (Lc 8, 1-3).
Jesús anuncia el Reino al pueblo de Israel, pero abierto a la vez a lo universal: «no he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15, 24). En numerosos pasajes se nos indica que Jesús es un misionero de fronteras abiertas, que no se instaló en un lugar cerrado: Jesús «abandonó Judea y volvió a Galilea» (Mt 4,3). Sobrepasó los límites incluso étnicos y religiosos: se personó en «una ciudad de Samaría llamada Sicar» (Mt 4,5), en la que encontró a la mujer samaritana. Siempre permaneció abierto a todos los pueblos, «se marchó a la otra orilla» (Mt 8,18), «al otro lado del Jordán» ( Mc 2,8), «se retiró a Tiro y Sidón» (Mt 15,21). Lo vemos recorriendo con frecuencia muy distintos lugares: «vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí se predique………. ; recorrió toda Galilea» (Mc 1, 38-39).
Jesús se sirvió del anuncio y la proclamación: proclamaba «la Buena Nueva del Reino» (Mt 4,23), «recorría todas las ciudades, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino» (Mt 9,35), «salió de casa y se sentó a la orilla del mar….y les hablaba muchas cosas» (Mt 13, 1-2). El uso del género parabólico, muy en boga en su tiempo, le facilitó el anuncio del Reino de Dios (Mt 13, 1-51).
Jesús anuncia el Reino en todos los aerópagos a su alcance, en el Templo, junto al pozo de Jacob, al recorrer los caminos, dentro de las casas, en el monte y a orillas del mar, en casa de los que eran tenidos por pecadores, al otro lado del río, en diálogo a solas con personas particulares, ante la muchedumbre reunida, frente a los tribunales, con ocasión de una fiesta familiar, como sucedió en Caná de Galilea (Mt 2, 1), de día y de noche, en la sinagoga (Mc 1,21. Jesús anuncia el Reino desde la cercanía a los lugares y a través de la acogida dispensada a las personas: » venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os daré descanso» (Mt 11, 28). Hoy la misionología propugna la inserción como método adecuado para acercar el evangelio a los oyentes de la palabra de Dios.
Jesús para anunciar el Reino practica de continuo la sanación en favor de los «enfermos, ciegos, cojos y paralíticos» (Mt 5,3); «curaba toda enfermedad y dolencia» (Mt 4,23). Cuando los discípulos de Juan pidieron a Jesús que se identificara , él como respuesta les dijo: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan» (Mt 11,4). También practica la sanación espiritual: «muchos pecadores estaban a la mesa con Jesús» en casa de Leví (Mc 2,15) y Jesús les decía: «tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2). La misionología a finales del segundo milenio, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, valora en gran medida las distintas vertientes por las que corre la acción evangelizadora: el anuncio, la instrucción, la asistencia y la promoción. Es verdad que hoy disponemos de novedosos medios técnicos, pero en lo esencial seguimos echando manos de los métodos utilizados por Jesús.
Jesús para hacer presente el Reino de Dios dio sumo relieve a ciertos valores evangélicos que en todo momento propuso a cuantos le seguían o escuchaban. Interpretó la Ley, anteponiendo la caridad al sábado (Mc 2, 27; Jn 9, 16); perdona e inculca la práctica del perdón y la reconciliación (Mt 5,24); se ha de perdonar al prójimo no «hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22). Da primacía al mandamiento principal: amar incondicionalmente a Dios y al prójimo (Mt 23,34-40). Destaca el valor de la humildad y del servicio: » si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35); se puso a lavar los pies a los discípulos» (Jn 13,5); «vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros» (Mc 13,14). Finalmente Jesús entrega a los suyos como herencia el mandamiento nuevo: «os doy un mandato nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13,14), «en esto conocerán que sois discípulos míos» (Jn 13, 35).
El testimonio personal y comunitario vale más que mil palabras. Entonces y hoy el ejemplo arrastra: «brille así vuestra luz delante de los hombres» (Mt 5,16). Pero no son éstas las únicas vías puestas en práctica por Jesús. Jesús anunció el Reino echando mano de medios sencillos y modestos, a veces poco visibles, consciente de su eficacia evangelizadora y al mismo tiempo del reducido número de sembradores, él y sus discípulos, frente a la labor ingente que tenían por delante: «vosotros sois la sal de la tierra…………. y la luz del mundo» (Mt 5, 13-14). Jesús y los suyos actuaron al modo de la levadura en medio de la masa. Hoy se dice y se repite que el evangelio se propone pero no se impone por la fuerza o a base de coacciones. Jesús nos dio espléndidas lecciones sobre este particular. Actuó como la levadura, por caminos humildes.
Jesús anunció el Reino, haciendo que a las palabras y a los hechos les acompañara siempre la oración suya y la de los Apóstoles: «sucedió que por aquellos días se fue al monte a orar y se pasó la noche en la oración de Dios» (Lc 6,12); «cuando todavía estaba oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración» (Mc 1,35). Entonces y ahora las oración frecuente descubre, y alimenta las motivaciones que mantienen a tono al evangelizador, al mismo tiempo que ponen al apóstol al resguardo de posibles crisis y desfallecimientos: «por ellos ruego: no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado» (Jn 17,9). Jesús a lo largo de la vida pública reservó tiempos y lugares para entregarse a la oración.
Jesús propuso la gran utopía del Reino. Habló de bienaventuranzas, del abandono en la Providencia, de hacerse como niños, de seguirle sin condiciones y de la justicia nueva. En todo momento actuó como un hombre libre, con la libertad propia de un profeta, frente a todos los condicionantes que tuvo delante de sí: frente a los bienes, a la propia familia y a los poderosos Así lo reconocían quienes escuchaban los argumentos expuestos por Jesús ante los que querían condenarle: «mirad cómo hablaba con libertad» (Jn 7,26).
Contravalores que dificultaron la misión de Jesús
En primer lugar las llamadas, procedentes de otras personas e incluso de agrupaciones, para que fuera Mesías con poder y a base de adoptar formas inadecuadas. Se trata ni más ni menos que de las tentaciones sufridas por Jesús (Mt 4,1-11). Tentaciones que persiguieron a Jesús a lo largo de su vida pública. Por otra parte, Jesús tropezó a menudo con la cerrazón de las ciudades impenitentes, sumidas en la autosuficiencia: «entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido» (Mt 11,20). Parecida oposición encontró en quienes proponían una interpretación cosificada y ajena a toda evolución de la Ley Mosaica (Mt 12, 1-2): «el Hijo del Hombre es mayor que el sábado» (Mt 12,8). A esa interpretación de la Ley se adherían las mentalidades farisaicas y el inmovilismo del Templo, así como la cortedad mental de la Sinagoga. De hecho, estos poderes fácticos llevaron a Jesús a la cruz.
El escándalo de la cruz también puso dificultades a al implantación del Reino de Dios en este mundo. El hecho de que un nazareno, cuya familia era conocida, se proclamara Hijo de Dios y Pan de Vida y que un crucificado pretendiera ser Mesías escandalizó a no pocos contemporáneos de Jesús.
De puertas adentro de los más cercanos seguidores de Jesús, fueron las vacilaciones, la dureza de corazón, las flaquezas y las divisiones internas, las que retrasaron la implantación del Reino de Dios. No sin dificultad comprendieron el mesianismo de Jesús.
II) Misión de la Iglesia apostólica
Tras la resurrección de Jesucristo fue la primera comunidad cristiana quien continuó el anuncio de la Buena Nueva. De Jesús predicador se pasa a Jesús predicado. El anuncio del Reino de Dios, fundamental en boca de Jesús, es sustituido, en el caso de las primeras comunidades cristianas, incluido San Pablo, por la proclamación de la salvación por la fe. Jesús, fundante del Reino de Dios, cede el paso a una comunidad que lo reconoce como Señor y Salvador y así lo anuncia a todos los pueblos.
Conciencia de enviados
La primera comunidad cristiana se reconoce salvada y, por lo tanto, deudora de Jesucristo. Siente dentro de sí misma la obligación de anunciarlo. San Mateo refleja esa conciencia de la comunidad en los versículos finales de su Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20). Idéntica percepción refleja San Lucas cuando escribe: «seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines del Mundo» (Act 1,8). Pedro, por su parte, en un afán de autoafirmación, dirá, dirigiéndose a la comunidad: » todos sabéis que ya desde los primeros días Dios me eligió entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la palabra de la Buena Nueva y creyeran» ( Act 15,7). Con esa conciencia grupal, recreada en Pentecostés por la venida el Espíritu Santo: «quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Act 2,4), la primera comunidad cristiana se puso en camino hacia la misión. También San Pablo tuvo una conciencia clara de la propia misión. Se denomina a sí mismo: «Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios» (2 Corr 1,1). Y, esto supuesto, asegura a los corintios que muy gustosamente se gastará y se desgastará por sus almas (2 Cor 12,15) y que predicar el evangelio es una misión que se le ha confiado» ( 1 Cor 9,17).
En la Carta a los Romanos, en un alarde de humildad y de grandeza de alma, la propia de un apóstol, dirá San Pablo a los destinatarios que: «me debo a los griegos y a los bárbaros, a los sabios y a los ignorantes; de ahí mi ansia de llevaros el evangelio también a vosotros habitantes de Roma» ( Rom 1,14). El Apóstol Pablo, fiel reflejo en sus propias palabras de los sentimientos de los primeras comunidades cristianas, vivió su condición de enviado y, acto seguido, desplegó una formidable obra de avangelización.
Un elemento, inherente a la conciencia de enviados en el caso de los apóstoles y de las primeras comunidades cristianas, es el que se refiere a la grandiosidad de la obra que tenían por delante y al mismo tiempo a la pequeñez propia del apóstol. Una pequeñez que se refleja en el grupo de cristianos, reducido en número, y en los medios de evangelización. Pequeñez que se ve acompañada al mismo tiempo por la conciencia de ser fuerte en la debilidad (2 Cor 11,30; 12, 5.9). Dirá a este propósito el Apóstol: «somos débiles en él (en Jesucristo), pero viviremos con él por la fuerza de Dios» ( 2 Cor 13,4). Las primeras comunidades se percataron de que lo apropiado era anunciar al crucificado, proclamar la sabiduría de Dios que no es otra que la cruz, reconociendo que ellos, los apóstoles y las comunidades en cuanto tales, no eran sino lo «necio del mundo», «lo débil del mundo» (1 Cor 1,27). En realidad, los Apóstoles y las primeras comunidades cristianas misionaron desde la conciencia de que «un poco de levadura fermenta la masa» (Gal 5,9).
Anuncio sin fronteras
Una característica de la misión llevada a cabo por las primeras comunidades cristianas es la apertura a todos los pueblos. Este recorrido hacia los gentiles resulto en ocasiones bastante difícil. Los inconvenientes mayores aparecieron desde el momento que fueron abiertas las puertas de la Iglesia a los paganos.
La primera comunidad ubicada en Jerusalén y formada por judeo-cristianos, se vio obligada a ir dejando lastre en el camino para, esto supuesto, facilitar el acceso de los gentiles al evangelio. En todo caso, las expresiones conocidas: «Haced discípulos a todas las gentes», seréis mis testigos «hasta los confines el mundo» demuestran que la primera comunidad poseía una verdadera conciencia misionera y, en consecuencia, un afán de apertura a todos los pueblos.
La misión se inició en Jerusalén. La primera comunidad estaba formada por los Doce, algunas mujeres, entre éstas María, y varios familiares de Jesús (Act 1,1314. 26). Según el libro de los Hechos, los Apóstoles «no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el templo y por las casas» ( (Act 5,42), de tal manera que «en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de discípulos» (Act 6,7).
Nos es posible afirmar que con anterioridad a la muerte de los Apóstoles Pedro y Pablo el anuncio de la Buena Nueva ya se había dejado sentir en Palestina, Siria, Asia Menor, Macedonia, Acaya e incluso Roma. Varios fueron los motivos por los que los primeros cristianos emprendieron la ejecución de tan singular empresa, como es la expansión misionera: el mandato formal del Señor, la fuerte conciencia misionera de las primeras comunidades cristianas y las frecuentes persecuciones. Todas estas motivaciones se encuentran en la raíz de la primera evangelización: «los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva» (Act 8,4). En no menor medida el impulso misionero de las primeras comunidades se vio favorecido por la creencia en una pronta Parusía o Venida del Señor. El tiempo es breve y, en consecuencia, urgía anunciar cuanto antes a Jesucristo en todo el mundo.
Las fuentes bíblicas aluden con frecuencia a personas y lugares misionados: Felipe «recorría evangelizando todas las ciudades hasta llegar a Cesarea» ( Act 8, 40). Con anterioridad a la primera visita de Pablo a Damasco, año 34-35, la fe cristiana ya había arraigado en aquella ciudad. Nos son conocidos los nombres de ciudades en las que los cristianos formaron comunidades en los primeros tiempos: Lida (Act 9, 32), Joppe (Act 9, 36). Un paso decisivo fue el que se dio al fundar la iglesia local de Antioquía. Por cierto, también en este caso la comunidad cristiana se encontraba en esta ciudad con anterioridad a la primera visita de Pablo, años 4243. La lista de regiones y ciudades en las que arraigó la fe cristiana se prolonga: Fenicia, Chipre, Siria , Cilicia, Frigia, Galacia, ifeso, Filipos, Tesalónica, Corinto y finalmente Roma.
Junto a la apertura geográfica tuvo lugar otra mucho más importante: la apertura a los distintos pueblos y culturas, superando todos los impedimentos étnicos y raciales: «quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu había sido derramado también sobre los gentiles» (Act 10, 45).
Agentes de la Evangelización
Los primeros agentes fueron los Doce.: «ellos después de haber dado testimonio y haber predicado la Palabra del Señor se volvieron a Jerusalén» (Act 8, 25). El papel de los Doce fue reconocido por las comunidades con toda espontaneidad. Los Apóstoles hicieron de puente de unión entre el Jesús histórico y la iglesia de los primeros tiempos: «nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén, a quien llegaron a matar colgándolo de un madero; a éste Dios lo resucitó al tercer día» ( Act 10,39). En los Apóstoles recayó el peso de la misión y, a mismo tiempo, el discernimiento de las actitudes a adoptar por la iglesia an cuanto a su misión y, en particular, en cuanto a su apertura a los gentiles.
Un lugar peculiar dentro de la comunidad misionera lo ocupa el Apóstol Pablo quien, sin ser uno de los Doce, fue como uno de los Doce. Su conversión convulsionó la obra misionera de las comunidades de los primeros tiempos. Los Hechos de los Apóstoles también aluden a «discípulos» o colaboradores (Act 11,29), a Bernabé (Act 11,22), a los presbíteros o vigilantes que «pastorean la Iglesia de Dios» (Act 20,17), a los diáconos o servidores (Act 6, 6), a familias particulares, como por ejemplo a Aquila y Prisca (Act 18,2) y a la casa de Estéfanas: «Sabéis que la familia de Estéfanas son primicias de Acaya y se han puesto al servicio de los santos» (1 Cor 16,15).
La Iglesia Apostólica contó con la colaboración de innumerables cristianos, la mayoría de ellos simples bautizados, para anunciar a Jesucristo. San Pabl en la Carta a los Romanos, capítulo 16, señala el nombre de una treintena de colaboradores activos en la obra de la evangelización. Tras la muerte de los Apóstoles la colaboración laical en la misión disminuyó y en no pocos casos desapareció. Gracias al Vaticano II el papel de los laicos está recuperando en la Iglesia la fisonomía que tuvo en vida de los Apóstoles.
Anuncio del Kerigma
Daban testimonio con particular firmeza (Act 3,15; 4,33): «no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Act 4,20). Dirá San Pablo a este respecto: «predicar el evangelio no es para mí ningún motivo de orgullo; es más bien, un deber que me incumbe: y ¿ay de mí si no predicara el evangelio!» (1 Cor 9, 16).
En el centro del mensaje se encuentra siempre la muerte y resurrección de Jesucristo (Act 2, 23-24. 32; 3,15; 1 Cor 15, 1-22). Jesús es el Señor, el Cristo (Act 2, 36): «el que invoque el nombre del Señor se salvará» (Act 2, 21). Cristo es la piedra angular (Act 4, 11). El kerigma comprendía otros núcleos: el anuncio de la última «Venida del Señor» (2 Tes 2, 1), la resurrección de los muertos. «Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que duermen» (1 Cor 15, 20), y la confesión explícita de la fe en la Trinidad ( 2 Cor 13, 13).
El anuncio del kerigma suscitaba interrogantes en los oyentes. De otra parte los Apóstoles pedían respuestas. La insistente invitación a la conversión y a recibir el bautismo (Act 2,38) formaban parte del mensaje básico: los paganos «eran bautizados en el nombre del Señor Jesús» (Act 8, 16; Rom 6, 1-11) y, como consecuencia, dirá San Pablo: «los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo» (Gal 3, 27).
La Comunidad local
Hechos de los Apóstoles nos presenta en tres ocasiones un tipo de comunidad ideal, aunque ni siquiera en estos casos faltaron las dificultades (Act 2, 42-47; 4, 3235; 5, 12-16). Señalemos algunos rasgos de dichas comunidades: acudían a la enseñanza de los Apóstoles, ponían en común los bienes, se practicaba la ayuda a los pobres, se celebraba la facción del pan, compartían la oración y vivían unidos. También se nos indica cuáles eran las consecuencias de un tal testimonio de vida. No pocos se iban agregando a la comunidad, gozaban de la admiración de todos y muchos de los que oían la palabra y presenciaban el modo de vida de los cristianos daban el paso a la fe (Act 4, 4; 5, 14).
En realidad, los modos de vida de las comunidades locales fueron muy variopintos en la Iglesia Apostólica. En Corinto las tensiones y divisiones fueron frecuentes (1 Cor 1, 10-16). En todo caso, la comunidad que se reunía con frecuencia fue para la minoría cristiana un medio providencial de subsistencia en medio del mundo pagano. Los primeros cristianos conservaron viva la propia identidad gracias en buena medida a la comunidad que con frecuencia se reunía en alguna de las casas.
Medios de Evangelización
Además del anuncio verbal y la proclamación de Jesucristo, las primeras comunidades cristianas se sirvieron de otros medios.. Nos limitamos a enumerar y describir algunos particularmente significativos. Como queda dicho, los medios más frecuentes puestos en práctica fueron el anuncio y la catequesis (Act 15, 35; Rom 6, 1-11); los viajes de los Apóstoles (2 Cor 12, 14) y de sus colaboradores a las comunidades, en particular los viajes de misión de San Pablo, las estancias de los misioneros en las comunidades (Act 16, 5); los escritos de los Apóstoles y a veces de otros cristianos enviados a las comunidades locales; la ayuda económica a base colectas en favor de las comunidades pobres (Act 11, 29-30; 2 Cor 8, 1-24; 9, 1-15; Rom 15, 23-27); el trabajo manual de alguno de los Apóstoles, como forma de vida y de inserción en las iglesias locales: «día y noche con fatiga y cansancio trabajamos» (2 Tes 3, 8); el encuentro y la celebración eucarística en las casas particulares: en casa de María «se hallaban muchos reunidos en oración» (Act 12, 12; 20, 7; 1 Cor 11, 17-34). Escribe Pablo a los corintios: «os envían muchos saludos Aquila y Prisca en el Señor, junto con la iglesia que se reúne en su casa» ( 1Cor 16, 17); los frecuentes contactos entre las iglesias de la gentilidad y la iglesia de Jerusalén. San Pablo subió a Jerusalén cinco veces después de su conversión; el encuentro de los Apóstolos en Jerusalén a fin de dilucidar la apertura de la iglesia a los gentiles, sin más exigencias que la fe en Jesucristo (Act 15, 7-29); el establecimiento de responsables en las comunidades locales (1 tes 5, 12).
Fue frecuente la exhortación o parénesis tal como aparece con regularidad al final de las cartas de los Apóstoles. La parénesis versaba sobre los comportamientos éticos y morales, el amor fraterno, las virtudes, el vivir vigilantes, la paz y oración intracomunitarias, la perseverancia y confianza en el Señor, la ayuda entre las diversas iglesias, la humildad y la caridad con los más débiles.
Las primeras comunidades cristianas se sirvieron para anunciar a Jesucristo de las facilidades que les ofrecía el Imperio Romano. Viajaron por mar, a pie y a caballo. Las calzadas romanas les facilitaron los viajes y la comunicación entre las comunidades cristianas, ubicadas en las distintas ciudades portuarias del Imperio y en Jerusalén. En todo momento la evangelización se veía apoyada por la oración en común de las iglesias: «Orad por nosotros para que la Palabra del Señor siga propagándose» (2 Tes 3, 1).
Dificultades
Con relación al mundo judaico la mayor dificultad provenía de la sospecha y oposición del. Templo a cuantos se declaraban seguidores de Jesucristo. Las fuentes bíblicas aluden con frecuencia a la persistente controversia entre el Templo y las primeras comunidades cristianas: » echaron mano de los Apóstoles y les metieron en la cárcel pública» (Act 5, 18); «se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, a excepción de’los Apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria» (Act 8, 1). San Lucas nos da cuenta del martirio de uno de los Apóstoles: «Herodes hizo morir por la espada a Santiago» (Act 12, 2).
Tampoco faltaron dificultades dentro de la comunidad cristiana. Las diferencias entre los cristianos procedentes el paganismo y los cristianos venidos del judaismo fueron notorias (Act 11, 19-20).
Otro hecho conocido entorpeció la normal evolución de la vida de la iglesia. Las comunidades cristianas ubicadas en la diáspora se alejaban de las antiguas comunidades judeo-cristianas a la hora de exigir prescripciones de la ley a los paganos que daban el paso a la fe. La fuerte y persistente controversia duró no poco tiempo. Para solventar tamaña dificultad hizo falta mucha reflexión sobre la mediación única y la centralidad de Jesucristo en el orden salvífico. El Concilio de Jerusalén dio una respuesta cualificada a tan gran inconveniente. Sin embargo, en las comunidades locales la polémica y las diferencias siguieron por mucho tiempo entorpeciendo la convivencia.
A veces las divisiones internas se debieron a las diferencias entre ricos y pobres (1 Cor 11, 17-34), así como a los judaizantes quienes, habiendo reconocido a Jesucristo como único salvador, a veces volvían a depositar sus esperanzas religiosas en la Ley de Moisés.
La minoría cristiana se desenvolvió en medio de una cultura preponderantemente pagana. El encuentro del Evangelio con la mentalidad helénica fue traumático en un primer momento (Act 17, 19-34). Dígate lo mismo de la proliferación de creencias y cultos paganos, vigentes en el ámbito el Imperio Romano. Pablo encontrándose en Atenas se sentía «interiormente indignado al ver la ciudad llena de ídolos» (Act 17,16; 19, 23-40). Las manifestaciones idolátricas y los cultos paganos contravenían la concepción monoteista de los cristianos. Otro tanto sucedía con las costumbres de los paganos. Con frecuencia influyeron en la práctica moral de los cristianos (1 Cor 5, 1-13). Las advertencias y las exhortaciones de los Apóstoles, dirigidas a las comunidades, aluden a menudo al deterioro de las costumbres. No obstante, el Apóstol Pablo, en un intento de clarificación, en vez de exhortar a los cristianos a que se alejaran del mundo, les pedía que permanecieran en los lugares donde vivían, a condición de que una vez examinado todo, se quedaran con lo bueno (1 Tes 5,21). Por eso mismo se hacía necesario un serio discernimiento: «hermanos, todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa dign–a de elogio, todo esto tenedlo en cuenta» (Fili 4, 8).
Inculturación
La Iglesia Apostólica, aun sin conocer ni usar la palabra inculturación, hizo un esfuerzo encomiable en favor de la misma. El anuncio del Reino de Dios resonó en primer lugar dentro del ámbito cultural hebraico. La primera comunidad cristiana se formó en Jerusalén. Con el correr de los años surgieron comunidades en no pocas ciudades helenísticas. El evangelio se iba abriendo camino y al mismo tiempo se hacía presente en los distintos medios culturales. De ello son testigos los escritos del N. T. Un conocido pasaje de San Pablo alude a la inculturación: «con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos; con los que están bajo la Ley, como quien está bajo la Ley, aun sin estarlo, para ganar a los que están bajo ella» (1 Cor 9, 19-20).
Conclusión
Han transcurrido dos mil años desde que Jesús anunció la llegada del Reino de Dios. A partir de entonces la Iglesia ha seguido pregonando la Buena Nueva. Con el correr de los tiempos las circunstancias históricas han cambiado. Son distintos, por ejemplo, los métodos y los medios técnicos a disposición de quienes en la actualidad seguimos anunciando el Evangelio. Sin embargo, la misión «ad gentes», iniciada por Jesús en persona y proseguida por los misioneros a lo largo y ancho del mundo constituye hoy «el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad» (RM, 2).






