Santa Luisa, educadora (I)

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  1. PRESENTACIÓN DEL TEMA

Me siento muy contenta ante el hecho de que educadores vicencianos de toda España nos reunamos hoy a profundizar en torno a la figura de Luisa de Marillac, la gran educadora que supo vivir su vocación pedagógica más allá de sí misma y de su propio entorno, y transmitir su inquietud, su pasión, su talante, su ideal y su espíri­tu a otras muchas personas.

Con la convicción de que

el PASADO ilumina el PRESENTE y proyecta el FUTURO

retrocederemos a los siglos XVI y XVII, en los que ella vivió, y no precisamente para hacer arqueología o simplemente memoria histó­rica —tan poco significativa en nuestro mundo postmoderno—, sino para intentar dejarnos alcanzar por lo que esta mujer de rica, pro­funda y compleja personalidad sigue aportándonos, para acoger los retos que su ser y hacer nos lanza y para alimentar sólidamente y con realismo nuestra ilusión y utopía, de educadores de finales del segundo milenio, porque, en palabras de Fastón Pietri: «Para tener capacidad de construir el futuro, la identidad supone la memoria del pasado».

A la sombra del otro gran gigante: Vicente de Paúl (ayer nos lo presentaba el Padre Enrique Rivas), y a quien no debemos menos que a ella, Luisa ha quedado eclipsada, durante mucho tiempo y ha sido la gran desconocida. En los últimos años, a raíz de la celebra­ción del cuarto centenario de su nacimiento, en 1991, ha comenza­do a ocupar el lugar que le correspondía. Y es que… Luisa tiene mucho que decirnos:

  • Como mujer emprendedora: se adelanta en la promoción femenina y contagia.
  • Como organizadora: con frecuencia, Vicente de Paúl descubre las necesidades, ella organiza las respuestas, planifica y realiza las ayudas.
  • Como impulsora: rompe moldes. Junto con Vicente pone al pobre en el centro de la vida, en una sociedad en la que contaban los títulos.
  • Como pedagoga y maestra de niños y maestras: de ella pode­mos aprender valores y actitudes profundas y válidas, que dinamicen nuestra tarea educativa hoy.

Unas pinceladas sobre su siglo, su época y, ante todo, sobre la edu­cación-enseñanza en este periodo que le correspondió vivir, nos ayu­darán a descubrirla mejor, ya que es imposible comprender la obra, las motivaciones e ideales de una persona sin conocer las condiciones ambientales que la envuelven e influyen en su configuración.

Lo hacemos a la luz de sus propios escritos y de lo que otros muchos han escrito sobre ella. Al final del tema tenéis una amplia bibliografía.

 

  1. SITUACIÓN DE LOS SIGLOS XVI-XVII EN FRANCIA

2.1. Situación política

La vida de Luisa transcurrirá bajo los reinados de los primeros Borbones:

  • Enrique IV (1589-1610), que significa la marcha ascendente hacia el estado moderno, con muchas dificultades: fin de las Gue­rras de Religión y contra la Liga Católica (apoyada por Felipe II), conversiones, pacificación del país…
  • Regencia de María de Médicis (1610-1617) ante la minoría de edad de Luis XIII, al morir asesinado, por Ravaillac, Enrique IV. Es ayudada por el aventurero Concini. Convocarán, por última vez hasta la Revolución Francesa, los Estados Generales, en 1614.
  • Luis XIII (1617- 1643), con Richelieu (1624-1642), introduce a Francia en la Guerra de los Treinta Años, iniciada en 1618 y que duró hasta 1648. Llevará a cabo una política dura. Crecerá el pres­tigio de Francia y el poder real, mientras decrecerá el de los Habs­burgo, con quienes se enfrentará.
  • Regencia de Ana de Austria, primera infanta española hija de Felipe III, (1643-1652), con Mazarino (-1661), contra cuya política se subleva el pueblo, el Parlamento y los Príncipes, originando la Guerra de la Fronda (1648-1653).
  • Luis XIV (1652-1715), el Rey Sol, con autoridad soberana, por considerarse que ha recibido su poder de Dios.

2.2. Situación social

Simplificando mucho, podemos afirmar que era una sociedad dominada por grandes desigualdades sociales, donde la clase baja —campesinos y artesanos— era cada vez más pobre porque sobre ella recaían los grandes impuestos, los mayores desastres de las guerras y las epidemias, así como las consecuencias de las malas cosechas.

Estaban fuertemente diferenciadas:

Nobleza – Burguesía – Clero – Pueblo – Mendigos y vagabundos. 2.3. La educación

No podemos hablar de la educación sin hablar de las escuelas, de la instrucción, de la enseñanza, por la profunda interrelación que existe entre los conceptos, aunque no entremos de lleno en ello, por ser objetos de la ponencia siguiente.

Las «pequeñas escuelas», que sirvieron para educar e instruir a niñas y jóvenes, fueron promovidas desde el comienzo de la activi­dad de santa Luisa, ocupando un importante papel en su vida y en sus afanes.

Cierto que, en la bibliografía existente del siglo XVII, no encon­tramos muchos detalles sobre la modesta obra de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac en el campo de la educación, mientras es bastante numerosa en relación a otras comunidades específicamente docentes.

Es interesante constatar que Vicente y Luisa conocían el proble­ma de la falta de instrucción, tanto en adultos como en niños, y que ello era consecuencia y a la vez causa de pobreza. Y por eso, para combatir el origen mismo de la miseria, con «un amor creativo hasta el infinito», pusieron manos a la obra.

Para comprender mejor su aportación en el campo de la educa­ción haremos un recorrido de cómo estaba ésta en esos siglos:

El acceso a la cultura escrita no es uniforme, ni continua; sigue la coyuntura económica. Así un embajador veneciano constataba, en 1535, que «todo el mundo, por muy pobre que sea, aprende a leer y a escribir».

Sin embargo, las numerosas guerras que vinieron después (Reli­gión, Treinta Años, La Fronda), arruinaron todos los intentos de educación, por causa de los pillajes, incendios, destrucción, carestía de vida, impuestos… En cartas de Enrique IV, en 1590, se señala que la ignorancia se extiende por todo el reino.

El contexto socio-político desempeña un papel no menos importante. Los más adinerados tienen más posibilidades de ins­truir y educar a sus hijos que los campesinos pobres, descritos en «Caracteres», obra cumbre de los moralistas franceses de finales del s. XVII, escrita por La Bruyére (1645-96), amigo de Bossuet y nieto de Condé, que pinta la sociedad en plena transformación de esta manera realista y atroz:

«Se ven algunos animales feroces; machos y hembras, esparci­dos por el campo, negros, lívidos… atados a la tierra que escarban… y cuando se incorporan, muestran un rostro humano; y, en efecto, son hombres».

 

A la luz de este contexto, se deduce fácilmente que los hijos de los campesinos no pudieran «mezclarse» con los de los nobles y burgueses y permanecieran explotados en los campos para ayudar a cultivar la tierra.

Además, en la mentalidad de la época, la niña debía aprender a llevar un hogar; sólo los niños tenían derecho a una instrucción/educación más completa.

La Reforma Protestante y el Concilio de Trento ejercerán tam­bién una fuerte influencia en el campo de la enseñanza.

Desde 1524, Lutero diseña un programa de educación en el que los fines socio-políticos están muy claros:

«Nos hacen falta, en todas partes, escuelas para nuestros hijos e hijas; con el fin de que el hombre pueda ser capaz de ejercer con­venientemente su profesión y la mujer de dirigir su hogar y educar cristianamente a sus hijos».

Y compuso el «Pequeño Catecismo», dialogado en forma ele­mental, este mismo año.

Calvino escribiría en 1541, para la Iglesia de Génova, «Formu­lario para instruir a los niños de la cristiandad», que en 1550 sería adoptado por las comunidades reformadas, de lengua francesa.

El Concilio de Trento (1545-63) intenta detener la propagación del protestantismo. Lo combate con sus propias armas: subraya también la importancia de la enseñanza de la Palabra de Dios y pro­mueve el aprendizaje de la lectura con la ayuda del Catecismo, entre otros medios.

Pedro Canisio, Roberto Belarmino, Luis Abelly, Alano de Sol-minnihac y ¡hasta la misma Luisa de Marillac! compondrán sus catecismos.

De lo dicho anteriormente se deduce con facilidad que, en los siglos XVI y XVII, la enseñanza tuviera tanto de escuelas como de catecismos. Hasta la autoridad civil aceptaba la competencia de la Iglesia en el campo de la educación, dada la componente preponde­rante de la Religión en la vida, en la cultura y en la política.

El analfabetismo era alto, muy alto: sólo un 10% de la población sabía leer. La Iglesia hará un gran esfuerzo en el campo educativo.

Surgirán así diversos tipos de escuelas con características propias, con las que los pobres de las ciudades y aldeas saldrán beneficiados.

El conocimiento de la historia nos ofrece la oportunidad de aprender acerca de nosotros mismos y nuestro mundo, de conocer y valorar lo que hemos logrado como sociedad y lo que aún nos falta. Con esta perspectiva pasamos ahora a ver:

 

III. LUISA DE MARILLAC Y LA EDUCACIÓN

«Luisa de Marillac y Vicente de Paúl rompieron, sin duda, todos los moldes de su tiempo en lo que era amar a los pobres —a todos los pobres, en sus múltiples facetas—. Pero no por eso dejaron de ser per­sonas de su tiempo: supieron sorprender a sus contemporáneos, cre­yentes o no, precisamente porque, siendo de su tiempo, rompieron los esquemas vigentes; de forma que sus gestos —como ocurrió con Jesús de Nazaret— fueron entendidos como rupturas proféticas»I.

Y, desde luego, indudablemente, la tarea de Luisa en el campo de la educación es rica, creativa y tenaz. Ella sabe de manera vivencial que el marginado, el pequeño, el débil, el sumido en la miseria, el que tiene el corazón roto porque el mundo le somete a la injusti­cia es un «lugar teológico» privilegiado en el que puede descubrir a Dios y encontrarse con Él. En el indigente se revela Cristo.

Según afirma Calvet, uno de sus biógrafos, «ella va a tener el gusto, la pasión y el arte de enseñar, porque sabe lo que vale el conocimiento y que el hombre está creado por un Dios Amor para conocer; para conocerle. Sabe que la ignorancia es un estado vio­lento que saca al hombre fuera de su destino. De ahí que, entre todas sus grandes realizaciones (enfermos, galeotes, heridos, dementes, ancianos, personas sin hogar…), dedique un buen lugar a la enseñanza y organice una intensa campaña de educación popular fundando escuelas en parroquias y aldeas, para niñas y jóvenes pobres y haga otro tanto con los niños expósitos; y dedique también mucho de su tiempo y energías en la formación de educadoras.

No encontramos en Luisa, en sus cartas y escritos, una defini­ción exacta de educación; su característica no fue teorizar, sino ser y hacer. Sí podemos, en cambio, a través de su quehacer, descubrir cuál fue su ideal, su fin y los objetivos que se proponía, así como su delicada e intuitiva pedagogía.

Pero…

3.1. ¿Quién era Luisa de Marillac?

El retrato que de ella hacen Vicente de Paúl y las primeras Hijas de la Caridad el 3 y 24 de Julio de 1660, unos meses después de su muerte, dista mucho de la imagen irreal con que aparece en la pelí­cula «M. Vincent», de todos conocida. Es una mujer de gran talla humana y espiritual que, como cada uno de nosotros, se va hacien­do a lo largo de toda su existencia.

Hacemos un breve repaso de su vida:

Nace el 12 de Agosto de 1591 en el seno de una familia france­sa ilustre —los Marillac— aunque de padres desconocidos. Reconoci­da como hija natural de uno de ellos, Luis, señor de Ferriéres y Farinvilliers, viudo de María de Roziére desde 1588 ó 1589 hasta 1595, que contrae nuevas nupcias con Antonia Le Camus.

Luis no será tan brillante como su hermano Miguel, guardase­llos del rey, que estuvo a punto de sustituir a Richelieu en la Jor­nada de los Engaños (16-XI-1630), ni como su otro hermano Luis, Mariscal de Francia, que acabó decapitado en la plaza de Greve, en 1632.

Desconocemos absolutamente todo sobre su madre.

Una cierta oscuridad envuelve los primeros años del peregrinaje terrestre de Luisa. Sin lugar a dudas, las características señaladas la colocan en una cierta marginación hasta en el seno de su propia familia: ser hija natural o ilegítima era una tacha fuerte en aquella sociedad dominada por las apariencias.

Luisa tiene una infancia triste, alejada del hogar; eso sí, con una formación humanística y espiritual esmerada, en el Monasterio Real de Dominicas de Poissy, al que fue llevada por su padre y donde se encontraba una tía-abuela suya. Era frecuente en este siglo que las familias nobles eligieran algún convento para la formación de sus hijas, sobre todo si estaban destinadas a la vida religiosa. Poissy había sido fundado en el siglo XIV y era, en estos momentos, uno de los más famosos de Francia.

Su padre muere en 1604 y sabemos que Luisa prosigue su for­mación en una fundación de París mucho más modesta, a fin de aprender las tareas convenientes a su condición.

En su juventud desea ser capuchina; el Padre Honorato y su tío Miguel de Marillac tuercen sus planes. Alegan como razón su falta de salud para las grandes penitencias que exige este tipo de vida. ¿No estará también subyacente su nacimiento ilegítimo? Éste será el gran sufrimiento de su vida, que, lejos de encerrarla en sí misma, sabrá ir asumiendo y transformando en cercanía y ternura hacia los más débiles especialmente hacia los niños sin hogar, una de sus obras más queridas.

El 6 de febrero de 1613 contrae matrimonio, en la Iglesia de san Gervasio, con Antonio Le Gras, uno de los secretarios de la reina Madre, María de Médicis. Fruto del mismo será su hijo Miguel-Antonio, nacido el 19-X-1613. Su inestabilidad de carácter va a ser causa de grandes preocupaciones para Luisa, hasta 1640, en que se casa.

La caída en desgracia de María de Médicis y su destierro a Blois, deja a Antonio Le Gras sin empleo y reduce su prestigio.

Doce años duró su matrimonio; tras una grave y larga enferme­dad, que llegó a poner en profunda crisis a Luisa («Luz de Pente­costés»), moría Antonio, el 21 de diciembre de 1625. Luisa queda viuda con un hijo adolescente (13 años), al que tiene que educar; un hijo perezoso, versátil y no muy inteligente. Lo llevará al seminario de San Nicolás de Chardonnet, pues tal parece ser el deseo de madre e hijo, dirigido por uno de los sacerdotes más eminentes de la época: el Padre Bourdoise.

Dado el tipo de espiritualidad en la que había sido formada, lle­gado este momento, Luisa pudo plegarse sobre sí misma en la bús­queda de Dios. Pero es Dios quien va a salir a su paso a través de la persona de Vicente de Paúl, a quien conoce y por quien empieza a ser dirigida, a finales de 1624 o en 1625.

Vicente, a estas alturas de su vida, es un hombre con una clara intuición: «El pobre es Sacramento de Cristo —Cristo se identifi­ca totalmente con el pobre— El pobre ha de ser servido con las mismas actitudes de Cristo». Su recorrido por las tierras de los Gondi y la experiencia de Chátillon-les-Dombes le han revelado la profunda miseria material y el abandono espiritual en que viven las gentes del campo, y ha decidido consagrarles su vida total­mente. Por eso tiene ciertos reparos en aceptar la dirección espi­ritual de Luisa, que piensa podría restarle dedicación. Pero no va a ser así, sino que, respetando, apoyando y valorando su ser y caminar, la irá poniendo en camino de convertirse en la mejor de sus colaboradoras.

Los primeros años de viudedad de Luisa (1625-29) serán de des­cubrimiento y preparación para la gran misión: «Dios es amor y quiere que se vaya a Él por amor…» «Esté alegre…».

3.2. Luisa educadora en la vida y desde la vida

En mayo de 1629 comienza una nueva etapa en la vida de Luisa, que la convierte en visitadora de las cofradías de la caridad, fun­dadas por Vicente de Paúl a partir de 1617, tras la experiencia de Chátillon-les-Dombes.

La carta del 6 de mayo de 1629 con que Vicente la pone en marcha, es una auténtica misión en el sentido más genuinamente evangélico.

En estas visitas no será una mera ejecutora, sino que tendrá que poner en juego toda su creatividad y dinamismo para realizar una acti­vidad pedagógica y metodológica, que se intensificará según el pro­grama:

Reúne a los miembros de la cofradía, les instruye y motiva, revisan, evalúan; busca nuevas afiliadas, anima lo que se va enfrian­do, perfecciona lo establecido.

Visita a los pobres en sus casas. Distribuye limosnas, cuida de los enfermos.

— Reúne a las jóvenes para educarlas, para enseñarles las ver­dades de la fe y los deberes que conlleva. Si en el lugar hay una maestra, la instruye en sus deberes profesionales, si no la hay, pro­cura formar una.

En los primeros contactos con las gentes del campo ha descu­bierto la necesidad de la enseñanza, de la educación y ha llega­do a una conclusión vital: la verdadera caridad ha de ir acom­pañada de instrucción y de formación. Consciente de la ayuda valiosísima de las escuelas para lograr este fin, las irá estable­ciendo allá donde no haya, visitará las que existan, ayudará a reorganizarlas.

Comienza a forjar su vocación-misión de educadora y catequis­ta, ampliando así el campo mucho más allá de la educación de su propio hijo.

La educación desde las «pequeñas escuelas» se convierte en una de las funciones de las Caridades. El Reglamento de la de San Nico­lás de Chardonnet, fundada en 1630, precisa: «Que pueda haber en el futuro una maestra de escuela que enseñe perfectamente a los pobres».

Y en otros Reglamentos de las Cofradías de París encontramos las cláusulas que fijan las atribuciones y deberes de las maestras. El crecimiento de las Cofradías de la Caridad y los bajos ser­vicios que los pobres requerían, no siempre son bien atendidos por las Damas de la Caridad, que, a veces, envían a sus sirvientas. Para evitar que este servicio de amor se convierta en algo mercenario, por un lado, así como la presencia y el deseo de algunas jóvenes aptas para ser enviadas como maestras a los pueblos y disponibles para cualquier otro servicio, son dos signos providenciales decisi­vos en Vicente de Paúl y Luisa de Marillac para reunir aquellas muchachas deseosas de consagrarse al servicio de Cristo en los pobres.

La primera de todas ellas que, en palabras de Vicente, «tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás», fue una joven con vocación de educadora: Margarita Naseau. Su primera referencia está en una carta de Vicente, dirigida a Luisa, el 19 de febrero de 1630: «Os suplico, señorita, que me comuniquéis… si esa muchacha de Suresnes que otras veces la ha visitado y que se dedica a enseñanza de niñas, la ha ido a ver, como me lo prometió el últi­mo domingo …».

Esta campesina de Suresnes, aldea cercana a París, fue una gran autodidacta que, mientras cuidaba las vacas, aprendió a leer por sí misma, preguntando al párroco y a las gentes que pasaban. Su fina­lidad tenía una clara pedagogía educativa: transmitir todo su apren­dizaje, todo su saber a otros. Por eso decidió marchar de pueblo en pueblo a compartir el fruto de su esfuerzo, sin vanidad, «movida por una fuerte inspiración del cielo»; las grandes dificultades con que tropezó, no le hicieron retroceder.

Su encuentro con Vicente de Paúl en una misión, va a ser provi­dencial; dejó la enseñanza para dedicarse al cuidado de los pobres enfermos en París, Parroquia de San Salvador, dispuesta, sin embargo, siempre a retomar las armas, según se deduce de la corres­pondencia de los fundadores: «La señora Laurent ha vuelto indis­puesta de Villepreux, hace cuatro o cinco días. El señor Belin dará clase a las niñas (la mezcla de sexos estaba prohibida). Le he indi­cado que le liberaremos dentro de siete u ocho días de este trabajo y he hablado a una buena muchacha (¿Margarita?) que podrá mar­char para allá en ese tiempo».

Esta Hija de la Caridad pionera, educadora no sólo en cuanto a la enseñanza, sino en cuanto a la disponibilidad de una vida total­mente entregada a Dios en los pobres, murió víctima de la peste, contagiada al cuidar a una enferma, en febrero de 1633.

Aunque la Compañía de las Hijas de la Caridad no nacería hasta nueve meses después, el camino estaba abierto.

Un camino que no fue fácil; las distintas comunidades nacidas para la educación y otros servicios, fuera del claustro, no consi­guieron salvar este obstáculo y acabaron reduciendo su misión. El conocimiento que sobre ello tenían Vicente y Luisa, unido a la agu­deza de su visión y a la creatividad que emplearon, les ayudaría a sortear este obstáculo para hacer real la educación a las niñas pobres en sus propios ambientes, de forma gratuita y promocional.

Sor Mª Cruz Gutiérrez. CEME.

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