«Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta en favor de los pobres de entre los santos de Jerusalén» (Rom 15, 26)

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Author: José Ignacio Fernández Hermoso de Mendoza, C.M. · Year of first publication: 2009.
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Benedicto XVI el 28 de junio de 2008 durante las primeras vísperas de los Santos Pedro y Pablo, en la Basílica de San Pablo extramuros de Roma, abrió el año jubilar paulino, a propósito del 2000 aniversario del nacimiento del Apóstol de los Gentiles. El año jubilar, según lo previsto, fue clausurado el pasado 29 de junio del presente año 2009. Las siguientes consideraciones quieren ser un sencillo homenaje a San Pablo.

No retrases la ayuda al indigente

¿Por qué Dios acoge a los pobres? ¿Por que opta por los pobres? Porque como madre y padre bueno se inclina hacia los pequeños; porque es justo y bondadoso, porque ésta es la manera de ser de Dios, a quien le complace dar y levantar al necesitado. Ésta es en definitiva la lógica de Dios, presente en el Antiguo Testamento, libros históricos, proféticos y sapienciales. Y ésta es la lógica que Dios quiere ver circular entre los humanos. Una forma de echar una mano al necesitado es la ayuda en gratuidad, la limosna. A este propósito, por no citar sino un solo pasaje, Jesús Ben Sira en el Libro del Eclesiástico nos regaló esta sentencia: «El agua apaga las llamas, la limosna repara los pecados… Hijo no niegues al pobre su sustento, no hagas esperar a los que te miran suplicantes. No hagas sufrir al hambriento, ni exasperes al necesitado. Ni aflijas al corazón exasperado ni retrases la ayuda al indigente. No rechaces la súplica del atribulado, ni vuelvas la espalda al pobre» (Eclo 3, 30-4, 4). Líneas abajo vuelve a insistir: «Con el humilde, en cambio, sé generoso, no le hagas esperar para darle tu limosna. Obedece el mandato y ayuda al pobre y si pasa necesidad, no lo despidas con las manos vacías» (Eclo 29, 8-9).

Dad en limosna lo que tenéis

La invitación a tender la mano al necesitado recorre no sólo el Antiguo testamento, sino también en Nuevo. Con la llegada de Jesús, el Mesías, y al tiempo de la iglesia apostólica emergen estas o parecidas consignas con mayor insistencia. Lucas en el tercer Evangelio y en Hechos, ambos libros dirigidos a finales del siglo primero a iglesias ya bien establecidas, nos informa sobre este particular. En las comunidades lucanas convivían gentes de clase media y familias pobres. Entre los primeros se encontraban ciertos personajes que nos son conocidos: Bernabé, rico­hombre judío; Sergio, cónsul romano; Cornelio, procónsul de Chipre; Aquila y Priscila, artesanos. Lucas que conocía la base social de su comunidad toma cartas en el asunto. Comienza aduciendo con insistencia el ejemplo de Jesús y sus discípulos. Muy en particular es propuesta la vida sencilla y caritativa de Jesús como un ideal que ha de ser imitado y tenido en cuenta por los cristianos de la comunidad de Lucas. Jesús invita a vender los bienes y practicar la limosna: «Dad y se os dará» (Lc 6, 38); «vended vuestros bienes y dad limosna» (Lc 12, 33); «dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para nosotros» (Lc 11, 41). Resulta muy significativa la parábola del rico opulento y del mendigo Lázaro. En esta extensa perícopa Lucas exhorta al que tiene bienes a ser generoso con el necesitado.

Tenían todo en común

El afán de ayuda a los demás dio origen según Lucas a un estilo de vida comunitaria basada en la mutua solidaridad, a la que se llegaba vendiendo los propios bienes y poniendo en común la cantidad conseguida: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común, vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2, 42-45)…»Nadie llamaba suyos a los bienes, sino que todo era común entre ellos» (Hch 4, 32). Se trata de una presentación ideal de la vida de los primeros cristianos y al mismo tiempo ejemplarizante de cara a los lectores de las comunidades cristianas posteriores, sin dejar por eso de reflejar un hecho histórico. La fraternidad y la solidaridad eran una forma de vivir y anunciar el evangelio; eran una exigencia para los seguidores de Jesús y un signo del Reino de Dios que día a día se abría camino. Debido a los comportamientos solidarios de los seguidores de Jesús la nueva comunidad llamaba la atención y crecía más allá incluso de las fronteras de Israel. De ahí la necesidad de mantener vigente a toda costa la solidaridad a base para ello de concertar mecanismos adecuados en cada tiempo y lugar. Uno de estos mecanismos al servicio de la solidaridad y en consecuencia de la credibilidad del evangelio fue la colecta.

Tres viajes de misión

Pablo emprendió a partir de Antioquia de Siria tres viajes de misión hacia occidente. El cuarto y último desplazamiento hacia la capital del imperio romano lo realizó para rendir cuentas ante el emperador. Al término del primer viaje, años 45-49, por Chipre y Asia Menor surgió una fuerte controversia en Antioquia entre los judeo­cristianos y los pagano-cristianos, debido a una problemática suscitada en el seno de la comunidad. ¿Basta la fe en Jesucristo para pertenecer al nuevo pueblo de Dios? Esta opinión era compartida por los pagano-cristianos y un sector de judeo-cristianos antioquenos. Otra agrupación considerable de cristianos, procedentes del judaísmo, sostenía que era necesario prestar fidelidad a la circuncisión y a una amplia normativa acumulada desde tiempo atrás. Leemos en. Hechos; «Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: si nos os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros. Se produjo en esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros para tratar esta cuestión» (Hch 15, 1-2).

Ésta era la tercera subida de Pablo a Jerusalén después de su conversión. Tuvo lugar el año 49. Le acompañaban Bernabé y otros cristianos. El asunto era de tal naturaleza que requería la intervención de los apóstoles y presbíteros. En principio los desplazados de Antioquía fueron bien acogidos, pero la alegría no duró mucho tiempo. Algunos hermanos venidos del fariseismo sostenían la obligación de la circuncisión. Intervinieron en la discusión los apóstoles, presbíteros y fieles. Para empezar Pedro lleva la cantante, asegurando que todos somos salvos por la gracia de Jesucristo. En consecuencia, carece de sentido poner yugos pesados a los nuevos cristianos. Cuenta Lucas que se hizo un gran silencio en señal de que nada había que objetar (Hc 15, 6-12). Luego Santiago, jefe de la comunidad de Jerusalén, tomó la palabra y confirmó la tesis de Pedro: los gentiles que vienen a la iglesia no deben ser molestados con la observancia del costumbrismo religioso judío. Basta la fe en Jesucristo para relacionarnos con Dios (Hch 15, 13-21).

Nos pidieron que nos acordáramos de los pobres

Pablo durante el tercer viaje apostólico escribió las grandes cartas que conocemos. En Éfeso o en Macedonia firmó la Carta a los Gálatas. Hablamos del año 57 o comienzos el 58. Los dos primeros capítulos contienen datos autobiográficos de capital importancia. En Gal 2, 1-10 nos informa sobre su visita allá por el año 49 a los apóstoles de Jerusalén a fin de dilucidar lo concerniente a la obligación de aceptar o no la circuncisión y las costumbre mosaicas para ser cristiano, en coincidencia con lo expuesto por Lucas en Hch 15, 6-29. Suscrito el acuerdo entre los principales, «nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé» (Hch 2, 9), decidieron que Pablo y Bernabé anunciaran el evangelio a los gentiles. Pablo escribe a continuación: «Solamente nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero» (Gal 2, 10).

Se trata de una cláusula que Pablo con toda intención añadió al término de la narración que comentamos. Las tensiones existentes entre dos grupos cristianos, el de la circuncisión y el de la incircuncisión, iba a dar lugar a la organización de una colecta con la pretensión entre otros de acercar posturas y lograr una solución al problema de fondo. Los de Jerusalén solicitaban ayuda a los de Antioquia. ¿A qué razón de peso se bebe la petición de bienes para los pobres de Jerusalén? Sin duda a la pobreza real. Las tierras de Judea eran pobres y en consecuencia no producían suficientes alimentos. En ocasiones la sequía malograba las cosechas. Por otra parte, los años sabáticos traían consigo una disminución en el ritmo de actividad, con lo que la escasez de bienes emergía con particular virulencia. Por el contrario, Antioquía era una ciudad populosa y comercial en la que corría el dinero. Estos factores por todos conocidos motivaron la petición de ayuda económica, dirigida a los antioquenos para los pobres de Jerusalén.

Pablo en la Carta a los Gálatas afirma que siempre y en todo lugar procuró aliviar el peso de la pobreza que afligía a los hermanos de Jerusalén. En efecto, en sus escritos alude con frecuencia al compromiso moral asumido personalmente: 1 Cor 16, 1-4; 2 Cor 8-9; Rom 15, 25-28; Hch 24, 17.

Cada primer día de la semana

Pablo en su tercer viaje apostólico, iniciado en Antioquia (Hch 18, 23), desde Éfeso, donde permaneció algo más de dos años, antes de Pentecostés del año 56, escribió la primera Carta a los Corintios (1 Cor 16, 5-9) en la que alude una vez más al asunto de la colecta: «En cuanto a la colecta en favor de los santos, haced también vosotros tal como mandé a las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros reserve en su casa lo que haya podido ahorrar, de modo que no se hagan las colectas cuando llegue yo. Cuando me halle allí, enviaré a los que hayáis considerado dignos, acompañados de cartas, para llevar a Jerusalén vuestra liberalidad. Y si vale la pena de que vaya también yo, irán conmigo» (1 Cor 16, 1-4).

Pablo habla a los corintios de la colecta y de cómo organizarla. Da a entender que los corintios, anteriormente los gálatas, estaban informados sobre el proyecto del Apóstol. Pero al surgir alguna duda en ambas iglesias sobre este asunto Pablo les ofrece ahora algunos criterios clarificadores. Llegado el domingo, día destinado a las asambleas litúrgicas, reserve cada uno en su casa la cantidad que buenamente pueda. La colecta se ha de hacer gradualmente para que resulte menos gravosa. Corresponde a la comunidad designar delegados a fin de que lleven el dinero a su destino. El Apóstol les entregará cartas de recomendación tal vez para presentar en destino a los portadores como verdaderos delegados y explicar el sentido de la colecta. Es digna de admiración la honradez de Pablo en lo tocante a la administración del dinero. Quiere a toda costa evitar cualquier sospecha.

Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre

El Apóstol de los Gentiles, debido a la revuelta de los plateros, hoy diríamos de los santeros (Hch 19, 24-40), dejó Éfeso y viajó a Macedonia donde encontró a Tito (2 Cor 7, 5-6). En este lugar hacia el años 57-58 escribió nuestra segunda Carta a los Corintios. Se trata de un escrito apasionado y vibrante, en el que se mezclan sentimientos de temor y de esperanza, de ternura e indignación. Un documento en suma conmovedor. Pablo se siente fuerte en la debilidad y como siempre cercano a lose menesterosos.

Dos son los capítulos dedicados a la colecta en favor de los pobres de Jerusalén, aduciendo hermosas consideraciones sobre la caridad cristiana. En 2 Cor 8 la argumentación de Pablo fluye limpia e impecable, a fin de despertar la generosidad de los corintios. Las iglesias de Macedonia, les dice a los corintios, por propia iniciativa participan en la campaña. en favor de los santos, dando incluso por encima de sus posibilidades. Espero que desde Acaya seáis dignos imitadores de los hermanos del norte. Por otra parte, la invitación a ser generosos no es un mandato, es una oportunidad para que manifestéis lo sincero de vuestra caridad. El otro motivo que debe mover a los corintios a mostrase generosos es el ejemplo del Señor Jesucristo «el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que de que os enriquezcáis con su pobreza» (1 Cor 8, 9). Se trata en este caso de una apelación a un principio fundamental: el ejemplo de Jesucristo, quien por la encarnación se anonadó en beneficio de todos. En consecuencia, también nosotros debemos privarnos de algo para dárselo a los hermanos pobres. Al hilo de esta argumentación nos preguntamos todavía hoy: ¿Puede una persona enriquecer a otra con su pobreza? Aunque lo parezca no es una contradicción, sino que forma parte de la lógica de Jesucristo. Su abajamiento hasta la cruz fue recompensado con la resurrección. A su vez los cristianos de origen pagado con su solidaridad proporcionan vida a los pobres de Jerusalén. Para terminar, Pablo les recuerda que mientras unos dan bienes materiales, otros corresponden con bienes espirituales. Se trata de un inapreciable intercambio dentro de la comunión de los santos.

Pablo cuenta con colaboradores de plena confianza para gestionar la colecta en Corinto y llevar las limosnas a la iglesia de Jerusalén, empezando por Tito al que acompañan dos hermanos designados por elección de todas las iglesias (2 Cor 8. 18. 22‑23), evitando con este modo de proceder toda sospecha de corrupción, dada la «abundante suma que administramos» (2 Cor 8, 20).

Me voy a Jerusalén

Una vez terminada su estancia en Macedonia (Hch 20, 1), el Apóstol se desplazó a Grecia, donde permaneció «tres meses» (Hch 20, 2). Desde Grecia, más en concreto desde Corinto, escribió la Carta a los Romanos. La comunidad destinataria no había sido fundada por Pablo. La componían cristianos procedentes del judaísmo y del paganismo. Les escribe para preparar su paso por Roma camino de España (Rom 15, 24), aunque de momento se va a Jerusalén (Rom 15, 25) para entregar la colecta hecha en Macedonia y Acaya (Rom 15, 26-27). Escribe Pablo: «Mas, por ahora, voy a Jerusalén para el servicio de los santos, pues Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta a favor de los pobres de entre los santos de Jerusalén. Lo tuvieron a bien, y debían hacerlo; pues si los gentiles han participado en sus bienes espirituales, ellos a su vez deben servirles con sus bienes temporales. Así que, una vez terminado este asunto, y entregado oficialmente el fruto de la colecta, partiré para España, pasando por vosotros» (Rom 15, 25-28)

Las anteriores expresiones nos dan a entender que la obra de las colectas, en la que Pablo había puesto sumo interés, llegaba ya a buen puerto. Una vez terminada la recogida de las ayudas, quedaba por cubrir un último capítulo: depositarlas en manos de los cristianos pobres de Jerusalén, a sabiendas de que si los gentiles habían recibido bienes espirituales, ex oriente fides, • justo era que ayudasen con bienes materiales a quienes les habían anunciado el Evangelio.

El socorro sea bien recibido por los santos

La organización caritativa de Pablo no podía sino merecer alabanzas, pero el terreno era delicado: Os exhorto, hermanos: «a que luchéis juntamente conmigo en vuestras oraciones rogando a Dios por mí, para que me vea libre de los incrédulos de Judea, y el socorro que llevo a Jerusalén sea bien recibido por los santos y pueda también llegar con alegría a vosotros por la voluntad de Dios, y disfrutar de algún reposo entre vosotros» (Rom 15, 30-32). Pablo estaba persuadido de que en su viaje iban a surgir dificultades, provenientes por supuesto de los judíos no cristianos pero también de los judíos convertidos que le seguían mirando con recelo. El Apóstol se percata una vez más de que tiene ante sí un grupo opositor, formado por un sector que estimaba conveniente la incorporación de paganos y judíos a la comunidad cristiana, dando un relieve desmesurado a la circuncisión y al cumplimiento de la ley mosaica. Pablo, por el contrario, había formado comunidades de hombres y mujeres procedentes del mundo pagano, incorporándolas a la nueva alianza sellada por la muerte y resurrección de Jesús, cosa que no todos los cristianos de Jerusalén aceptaban de buen grado. Había peligro incluso de que la colecta fuera rechazada, con fatales consecuencias en lo relativo a la relación de las nuevas iglesias con la iglesia madre. Muy a pesar nuestro el Apóstol no nos informó sobre la aceptación o rechazo de la colecta por parte de los hermanos de Jerusalén. Será Lucas quien en Hch 21, 17-21 nos dé cumplida vuelta de lo sucedido. Esta era la quinta vez que, después de la conversión, Pablo visitaba Jerusalén. Su primer encuentro con los cristianos de la ciudad santa fue cordial y amistoso. Pero al visitar a Santiago y a los suyos se dejaron oír fuertes reproches dirigidos a Pablo por su modo de proceder y de hablar de la circuncisión y la ley mosaica. Le acusan nada más y nada menos de que enseña «a todos los judíos que viven entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones» (Hch 21, 21). Es probable que fuera durante esta controversia cuando Pablo entregó las colectas. Los testimonios bíblicos, como queda dicho, silencian este pormenor. Los cierto es que aquí, en Jerusalén, Pablo comenzó un largo cautiverio que la obligará a interrumpir la actividad que venía desarrollando desde que comenzara su primer viaje misional.

Conclusión

La colecta en favor de los pobres, a la que Pablo dio tanto relieve, permite muchas lecturas.

El Apóstol, judío de nacimiento y por formación, se inspiró en primer lugar en la historia de Israel y en las intervenciones y sentencias que recorren el Antiguo Testamento. En los libros históricos, proféticos y sapienciales son frecuentes las invitaciones a socorrer al pobre lo mismo que las denuncias contra todo atropello. Los profetas proclaman una y otra vez que Yavé ve con buenos ojos al que comparte su pan con el necesitado, abre la puerta de su casa al transeúnte y ofrece limosna al menesteroso. Pablo, estudioso de la Ley, conocía la tradición religiosa de Israel y, sin duda, la vertiente ética que orientaba los comportamientos con los pobres. Vertiente que en el caso del Apóstol, converso cristiano, sirvió de aliciente y motivación a la hora emprender la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén.

La colecta en la que Pablo implicó a las iglesias de Galacia, Asia Menor, Macedonia y Acaya, es análoga, salvadas algunas diferencias, al tributo que los judíos de la diáspora enviaban a Jerusalén. Se trataba en este caso de un impuesto por el que cada israelita adulto anualmente pagaba una cantidad para el sostenimiento del templo y en concepto de ayuda a la maltrecha economía de Judea. Hecha la cuestación en las diversas villas, los delegados elegidos se encargaban de hacer llegar los dineros a Jerusalén. No es, pues, de extrañar que los seguidores de Jesús y en particular las comunidades paulina de la periferia, orientadas por Pablo, ayudaran económicamente a los cristianos pobres de Jerusalén. Es verdad, sin embargo, que la colecta organizada por Pablo contenía dimensiones novedosas. No era un impuesto, sino una gracia, una acto de servicio y comunión, en coherencia con lo más peculiar del ser cristiano: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo.

Pablo al emprender y gestionar la colecta lo que perseguía era mejorar las relaciones entre las iglesias de la gentilidad y la iglesia madre, entre las comunidades formadas por seguidores de Jesús, provenientes del paganismo, y la comunidad judeo­cristiana de Jerusalén. La solidaridad por su propia dinámica era y es capaz de ablandar las posturas más rígidas y de fortalecer las relaciones un tanto debilitadas entre el centro y la periferia; era capaz de restañar las rupturas religiosas y culturales. El dinero de la colecta, puesto en manos de la iglesia de Jerusalén, era en la intención de Pablo un signo de comunión y de acercamiento entre las comunidades cristianas de distinto signo.

La iglesia de Jerusalén necesitaba ayuda económica y por el contrario las comunidades de Galacia, Asia, Macedonia y Acaya pedían sentarse a la mesa común y ser reconocidas en plano de igualdad. La colecta emprendida por Pablo intentaba lograr lo uno y lo otro, y resolver en la medida de lo posible un conflicto grave surgido entre los cristianos de primera hora. Para mantener en pie las buenas relaciones e incluso la unidad de la Iglesia Pablo se sirvió de otro instrumento: las sucesivas visitas suyas a Jerusalén. Después de su conversión se acercó a la ciudad santa cinco veces a fin de contrastar su proyecto misionero con el de los otros Apóstoles y con la intención de fortalecer la unidad en la diversidad de las iglesias.

Pablo a través de la colecta intentaba alcanzar otras metas complementarias. Por supuesto, aliviar el peso de la pobreza, sentido persistentemente en la iglesia de Jerusalén. Pero también para poner en circulación al estilo de Jesús la solidaridad en cuanto forma y método de anunciar el Evangelio. La ayuda al necesitado era catalogada por Pablo como uno de los métodos, tal vez el mejor, para que el mensaje de Jesús se abriera camino y fuera aceptado por judíos y gentiles, en particular por los pobres.

San Vicente de Paúl en incontables ocasiones se acercó suplicante a las casas de los hacendados de su tiempo para llenar el cesto y llevar raciones de pan a los desamparados. Pero esto es harina de otro costal. Pablo de Tarso organizaría hoy una colecta en Europa y Estados Unidos para ayudar a los pobres de entre los santos del llamado tercer mundo. Pero también esto es harina de otro costal.

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