Suele presentarse a las Ursulinas y a las Hijas de la Visitación como antecesoras de las Hijas de la Caridad. Ambos institutos pasaron de una idea secular a ser religiosas en sentido pleno, con votos simples religiosos. Pero suele olvidarse a las Hijas de Mary Ward, porque fueron suprimidas. Ni san Vicente ni santa Luisa hablan de ellas, a pesar de discutirse en Roma su continuidad o supresión por los años en los que en París se fraguaba la fundación de las Hijas de la Caridad.
En 2010 celebraremos el 350 aniversario de la muerte de santa Luisa de Marillac y este año de 2009 la Congregación de Jesús y el Instituto de la Bienaventurada Virgen María, conocidas en España con el nombre de «Irlandesas», celebran el 400 aniversario de su fundación y el centenario (1909) de haber sido declarada María Ward fundadora de las dos instituciones religiosas. Y me he preguntado ¿por qué las fundaciones de María Ward fueron suprimidas en 1629 por la Congregación de Propaganda en presencia del Papa Urbano VIII, mientras que las Hijas de la Caridad perduran ininterrumpidamente hasta el día de hoy?
María Ward, inglesa nacida en 1585 de noble familia católica, sufrió con su familia la persecución anglicana de Isabel de Inglaterra. A los 20 años Mary logró huir a los Países Bajos españoles y se metió como lega en las clarisas, pero sin haber hecho los votos se salió y pensó meterse carmelita. Los años que había vivido en Inglaterra la dominaban y volvió a su patria en plan misionero para ayudar a los perseguidos católicos, animarlos, confirmarlos en la fe y así dar gloria a Dios. En 1609 tuvo una intuición o inspiración divina de reunir a otras jóvenes para esta misión evangelizadora. Guiada por los Ejercicios ignacianos y dirigida por los Jesuitas, se propuso hacer una institución religiosa para mujeres parecida a la Compañía de Jesús. Por eso también se las solía llamar jesuitinas o damas inglesas. La tentativa de María Ward sobrepasaba en novedad los proyectos de Ángela de Mérici y de san Francisco de Sales.
Luisa de Marillac nacida en 1591 de familia noble y muy católica, fue educada en un convento de dominicas desde los dos meses de nacer y desde los 13 años en un internado seglar, pero católico. A los 16 años pensó ser capuchina y a los 20 años lo intentó. Pero fue rechazada, se casó y tuvo un hijo. Viuda a los 34 años, tomó por director espiritual a un sacerdote llamado Vicente de Paúl. Este sacerdote y su dirigida fundaron ocho años más tarde la Compañía de las Hijas de la Caridad para servir a los pobres corporal y espiritualmente.
La idea de María Ward era hacer una Institución de Religiosas para misionar en países protestantes, especialmente en Inglaterra. Para ello era necesario: no tener clausura ni hábito ni prácticas monásticas (coro) y estar exentas de los obispos, exagerando la autoridad de la Superiora General en una época en que las mujeres no tenían personalidad civil, jurídica ni económica y estaban sometidas al padre, al marido, al hermano o al tutor. María Ward quiso apoyarse totalmente en una congregación masculina, en la Compañía de Jesús, como una especie de Orden Segunda, pero el Superior General de los Jesuitas, Mucius Viteleschi, temió que esta unión sirviera para atacar aún más a la Compañía, y con la mayoría de los jesuitas se opuso rotundamente, a pesar de apoyarlo los confesores y directores de Mary, Roger Lee y John Gerard, que habían trabajado en la misión inglesa. Y lo peor de todo para María Ward era que pretendía insistentemente que estas innovadoras estructuras religiosas y esta nueva forma de vida, provocativa y revolucionaria para entonces, fueran aprobadas por la Santa Sede. La situación se agravó cuando María Ward, creyendo que el Papa la defendía, a pesar de haber decretado el cierre de las casas de Flandes y de Alemania, escribió a las comunidades que resistieran, mientras que su fogosa Vicaria decidió impedir el cierre de su comunidad.
Faltó un hombre como Vicente de Paúl y una mujer como Luisa de Marillac que tuvieran ciertamente audacia para realizar y tenacidad para perseverar, pero también sagacidad para no enfrentarse ni a la autoridad de la Iglesia ni a las autoridades civiles. Vicente de Paúl supervisaba el desarrollo y la expansión de las Hijas de la Caridad confiando plenamente en la inteligencia de Luisa de Marillac y abandonando en ella la dirección y gobierno inmediato de las Hijas de la Caridad. Y Luisa de Marillac lo supo hacer y llevar a buen término el desarrollo de las estructuras seculares de la Compañía.
Paso a paso, sin estridencias, con delicadeza femenina y astucia de mujer inteligente, logró apoyarse en una congregación masculina, logrando de hecho, contra el parecer de una parte de la Congregación de la Misión, que los misioneros paúles acogieran a las Hijas de la Caridad como una parte de su misión. Más aún alcanzó de hecho y por derecho del Arzobispo de París, contra el parecer primero del mismo Vicente de Paúl, que éste y los sucesivos Superiores Generales de los Paúles fueran declarados también Superiores Generales de las Hijas de la Caridad.
Lo que hoy día consideramos una tozudez imprudente en María Ward y su Vicaria de querer a toda costa suprimir la clausura monacal o cambiar el sentido jurídico de los votos religiosos, en santa Luisa, bien guiada por el talento práctico de Vicente de Paúl, lo consideramos como santidad, como la escucha atenta a la dirección del Espíritu Santo que hablaba a los Fundadores a través de los signos de los tiempos. Con toda claridad se lo expresa a Abad de Vaux:
Temo que nuestra buena Sor Juana haya hablado de los votos de una forma que no haya hecho comprender que no se trata de votos distintos a los que un devoto o devota puede hacer en el mundo: y aún ni siquiera son así, porque de ordinario cuando los del mundo hacen votos, es en presencia de su confesor. Tenemos que honrar los designios de Dios y bendecirle en todo tiempo. Creo que el señor Vicente escribirá la próxima semana a Nantes; me ha dicho que mañana resolverá lo que haya de hacerse. Hágame usted el favor, señor, de tomarse la molestia de advertirme si en ese primer artículo de los reglamentos de nuestras Hermanas hay algo que indique Comunidad Regular y diferente de la de Angers, porque no ha sido nunca esa mi intención; muy al contrario, vi dos o tres veces al señor Vicario general para explicarle que no éramos sino una familia secular y que estando unidas a la Cofradía de la Caridad, teníamos al señor Vicente, General de esas Cofradías, por Director nuestro. Y enterado de nuestros ejercicios, desde el primer momento hizo saber al señor Obispo de Nantes la forma de nuestro establecimiento, y él la aprobó tan completamente que la firmó con los señores de la Villa (c. 293).
Reconociendo la fuerza explosiva que encerraba la nueva Compañía ninguno de los dos santos pretendió que fuera aprobada por la Santa Sede -que nunca la aprobaría si no se hacían religiosas con clausura, y entonces ¡se acabó el servicio a los pobres!-. Se contentaron con la aprobación diocesana como una Asociación pía de Caridad.
Había otras acusaciones que impresionaban más al clero diocesano, a los religiosos, a las familias y a las autoridades civiles y eclesiásticas, y que tanto san Vicente como santa Luisa lograron amainar:
- La dote de las que entraban en las jesuitinas se empleaba en construir colegios de niñas, puntales en la evangelización entre protestantes, pero gastada la dote, si la joven se salía era gravosa a la familia o seguía una serie de litigios costosos en busca de la herencia. Esto daba miedo a la autoridad civil: que sin bienes ni trabajo, aumentara el número de pobres o se dedicaran a la prostitución para sobrevivir. Las Hijas de la Caridad no llevarán dote y permanecerán propietarias de sus bienes personales.
- En el apostolado de aquel siglo, debido a su naturaleza de mujer y a la libertad de que gozaban, las jesuitinas corrían serios peligros en la castidad. Luisa de Marillac era una santa y además una mujer de mundo que conocía bien los entresijos de la sociedad. Sabía los peligros que corría si una Hermana quedaba sola en casa y el escándalo que producía ver a un hombre entrar en la vivienda de las Hermanas. Es proverbial la insistencia de los fundadores en prohibirles que dejaran pasar a un hombre dentro de su vivienda, aunque fuera sacerdote. Y si quedaba sola por la noche, aconsejaban que, si a ello les obligaba el servicio de los pobres, llamaran a una vecina para que durmiera en su casa. Peores consecuencias traía si era sorprendida sola por los caminos. Un número bastante elevado de nacimientos ilegítimos era consecuencia de chicas que habían sido sorprendidas por los caminos solitarios o en el campo por algún soldado o por algún trabajador itinerante. Ni por motivo del destino querían que una Hermana viajara sola, asegurándole una compañera o una persona de confianza. Varias veces tuvieron que suspender el despido de una joven que no consideraban apta por no encontrar a nadie seguro y de confianza que la acompañara hasta la casa de sus padres. Este punto era esencial para la supresión o pervivencia de la Compañía.
- El punto anterior se agravaba al no llevar hábito identificándolas con seglares solteras mal vistas en el siglo XVII. Sin embargo las Hijas de la Caridad llevarán un vestido seglar idéntico en todos los lugares, que se convertirá en un distintivo externo, aunque no llevarán velo distintivo de las religiosas.
- A los curas y religiosos les preocupaba más su labor misionera, pues para aquellos sacerdotes el apostolado femenino en público era usurpación de un derecho sacerdotal. A los laicos, especialmente a las mujeres, se les prohíbe el apostolado público. Santa Luisa lo pone como un peligro y lo rechaza: Esta manera de instruir como hacen en La Fère, además del peligro de que la hermana ponga mucho de su cosecha y adelante máximas que no pueda explicar, tiene el inconveniente, muy de temer, de que al hacerlo en un lugar público, como son las salas de los hospitales en las que está el Santísimo Sacramento, se dé motivo para que se acuse a los Superiores de las Hijas de la Caridad de que les permiten emprender demasiado (E 108)..
- Al no estar preparadas las jesuitinas en las ciencias sagradas, son fuente de herejías como lo fueron los Valdenses y las Beguinas. A las Hijas de la Caridad tanto santa Luisa como san Vicente les insistían en el estudio del catecismo de san Belarmino.







