Luisa de Marillac, Carta 0561: A mi querida Sor Cecilia Inés

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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Hija de la Caridad  Sierva de los Pobres Enfermos en el Hospital San Juan

Angers

Hoy, 8 de enero de 16571

Mi querida Hermana:2

Me figuro estará usted preocupada por haber pasado tanto tiempo sin recibir carta nuestra; me dejan tan poco tiempo mis enfermedades, y nuestra Hermana que me ayuda ha estado también un poco enferma, que todo ello ha sido causa, en parte, de este retraso; además de que esperaba la primera Conferencia de este año para sacar a suerte las estampas, con la bendición de nuestro muy Honorable Padre. Aquí tienen las que la Providencia les ha escogido; hemos querido dejarle a usted el consuelo de sacarlas a suerte, en particular, cuando las distribuya. El tema de nuestra Conferencia3 fue la necesidad que tenemos de trabajar en nuestra propia perfección, durante este año, más que lo hemos hecho en los anteriores.

El primer punto fue: las razones por las que debemos trabajar en nuestra propia perfección. El segundo: los medios que para ello tenemos. El tercero: los impedimentos que podríamos encontrar para trabajar en nuestra propia perfección.

Si el señor Abad4 dispusiera de un poco de tiempo para dedicárselo a ustedes y si todas nuestras Hermanas tuvieran un verdadero deseo de trabajar en su propia perfección, me parece que una conferencia sobre este tema podría serles muy provechosa. Créanme, Hermanas, el buscar nuestra satisfacción hablando en particular ya a uno, ya a otro, perjudica más a nuestra perfección; en cambio, las advertencias hechas a todas, reunidas en nombre de Nuestro Señor, de las que cada una toma lo que se dice como venido de parte de Dios para ella en particular, son mucho más útiles. Pero, ¿quieren que les diga lo que, con frecuencia, nos impide ser mejores y más fieles a todas las instrucciones que tienen la caridad de darnos? Es cuando ocurre que no pensamos que es Dios quien nos habla, a nosotras en particular, o también cuando nos decimos: eso lo dicen por mí, a causa de la mala opinión que se han formado; o cuando, en lugar de creer que necesitamos todas las prácticas que se nos enseñan, somos tan temerarias que llegamos a pensar: esto es para ésta o para aquélla. ¡Pues aquella otra se ha llevado lo suyo!

¿No soy demasiado mala en tener semejantes pensamientos? No piensen, queridas Hermanas, que crea yo esto de ustedes, pero como se ha dado en algunas aquí y como, además, cada una de nosotras es capaz de hacer las mismas faltas que otras hacen, me he dejado ir a manifestarles estos impedimentos, de los que suplico a Dios las guarde, y les ruego que en este nuevo año renueven ustedes sus primeros fervores en el servicio de Dios, para conseguir de su bondad la gracia de la fidelidad y la perseverancia en el cumplimiento de su santa voluntad. ¡Si supieran lo felices que son por estar en su lugar donde todo contribuye a su perfección, bendecirían a Dios en todo momento por haberlas escogido para este empleo!

No dejaré, Sor Gaudoin,5 de escribir a Beauvais según su deseo. Saludo a todas nuestras Hermanas en general y a cada una en particular. Es un gran consuelo para mí el saber que Sor Claudia6 se halla en el estado que me dice usted, lo mismo que las demás Hermanas. Si la humildad, la sencillez y la caridad que produce la tolerancia, están bien afianzadas en cada una, su pequeña Compañía estará compuesta de otras tantas santas como personas son ustedes. Pero no tenemos que esperar a que sea otra la que empiece; empecemos todas a porfía si algo dejara que desear en el cumplimiento de esas santas prácticas; pero no basta con empezar, es preciso, además, que la que empiece generosamente se diga a sí misma: no quiero cansarme nunca de estas prácticas, aun cuando no viere en las demás igual virtud, cosa que no ha de suceder.

Ha sido del agrado de Dios disponer de nuestra Sor Claudia Chantereau7 que servía a los pobres en la región de Baja Normandía, en tierras pertenecientes a la Señora Duquesa de Ventadour.8 ¡Ah!, queridas Hermanas, ¡qué buen recuerdo de virtudes ha dejado! Nuestra Hermana9 que tenía la dicha de estar con ella nos ha comunicado los consuelos que le ha proporcionado. Estas pobres Hermanas dan testimonio de su fidelidad a Nuestro Señor. Están a quince leguas de Caen, en una zona a la que no llega ningún mensajero, de tal manera que a veces pasan tres meses sin recibir noticia alguna, pues nuestras cartas con frecuencia se han perdido. No obstante, viven como si estuvieran con nosotras; les ruego que den por ello gracias a Dios, así como por la fortaleza que su bondad concede al señor Vicente, a quien estoy segura no olvidan ustedes en sus oraciones.

Todas nuestras Hermanas las saludan y se encomiendan conmigo a sus devociones. Ruego a la Santísima Virgen que, si es voluntad de Dios, ayude con su intercesión todopoderosa a la Hermana que se confía en Ella, y soy de todas ustedes, con todo mi corazón, en el amor de Nuestro Señor, queridas Hermanas, su muy humilde hermana y servidora.

  1. C. 561 Rc 3 lt 505. Carta autógrafa. Dirección, letra distinta.
  2. Cecilia Angiboust (ver C. 36 n. 2).
  3. Conferencia del 6 de enero de 1657 (SVP, X. 242, Conf. esp. n. 1.602 y siguientes).
  4. El señor Abad de Vaux (ver C. 16 n. 1).
  5. María Gaudoin (ver C. 473 n. 1).
  6. Claudia Carré, de Neuville, cerca de Pontoise, llegó al Hospital de Nantes en agosto de 1646. Allí desempeñó la función de Asistenta. Parece regresó a París hacia 1652 ó 1653. Destinada a Angers hacia agosto de 1656. Al marchar Cecilia Angiboust, será ella la Hermana Sirviente. Ver también C. 650 n. 2.
  7. Claudia Chantereau (ver C. 480 n. 3) estaba en Sainte-Marie-du-Mont.
  8. Señora de Ventadour (ver C. 306 n. 6).
  9. Isabel Jousteau (ver C. 481 n. 4).

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