(hacia diciembre de 1655)1
Señor:
Hace mucho que estoy difiriendo tener el honor de escribirle por el deseo de hacerlo por mí misma, según es mi deber, pero como alguna ligera indisposición me lo sigue impidiendo, me tomo la libertad, señor, de servirme de mano ajena2 para expresarle el disgusto que tengo de que llevemos tanto tiempo sin poder proporcionar ahí las personas que debemos para alivio de nuestras Hermanas y para poner el orden necesario, según lo requieren las necesidades que su caridad nos viene señalando hace mucho. Permítame, señor, que le suplique, humildemente me dé su parecer sobre la necesidad de sacar de ahí a Sor Cecilia,3 y si no cree que le sería muy provechoso venir a recordar en su fuente las máximas de la Compañía. Si así lo cree, me temo tendremos que luchar mucho para hacerlo aceptar, a no ser, señor, que su caridad nos ayude poderosamente, como siempre lo ha hecho.
Hace cerca de un mes, tuve el honor de escribir al señor Ratier, con quien no había cumplido este deber desde poco antes del regreso acá de Sor Isabel.4 Estoy preocupada por si no ha recibido mi carta. Tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios y felicitarnos por el regreso de esta buena Hermana que cumple muy bien, a Dios gracias, y tiene gran deseo de perseverar. Le estamos muy agradecidas a usted, señor, a su respecto, porque podemos atribuir toda la dicha de que ahora goza a la caridad que usted ejercitó en ella, como con todas las demás, por la que Nuestro Señor se hará El mismo su eterna recompensa, mientras que yo soy, en su santo amor, señor, su muy humilde y obediente servidora.







