Hija de la Caridad, sierva de los Pobres enfermos en el Hospital de San Juan Evangelista de Angers
Hoy, 30 de diciembre (1651)1
Mi muy querida Hermana:2
Siento mucho haber tardado tanto en comunicarle la feliz llegada de nuestra Sor Margarita;3 las fiestas han tenido en parte la culpa y también mis pequeñas dolencias. Ya me ha dicho todo lo que usted deseaba. Le suplico que su recuerdo las ayude a tener gran tolerancia unas con otras, por amor de Nuestro Señor Jesucristo que nos enseña esta virtud como señal de que somos suyos. Y para ello, querida hermana, le ruego no se forme ningún juicio determinado de nuestras últimas Hermanas;4ya sabe usted que los cambios son siempre difíciles y que hace falta tiempo para aprender las costumbres y la forma de servir bien y hábilmente a los pobres. Todo lo que puedo decirle de ellas es que todas tienen muy buena voluntad y lo han hecho bien en los lugares en donde estaban. Pero, querida hermana, no hay que pensar que por haber dicho las cosas quizá una docena de veces sea ya bastante. Bien sabe usted que la memoria no nos es fiel, por eso, querida Hermana, ejercite un poco su paciencia no sólo con las últimas, sino con todas en general, y ello, con gran dulzura, condescendencia y discreción, y sobre todo, gran reserva para no decir lo que piensa ni lo que sabe de una Hermana a otras. Es necesario que las Hermanas Sirvientes estén muertas a sí mismas para cumplir bien su cargo.
¡Ah! Si supiéramos lo que son nuestras obligaciones, ¡cómo temeríamos el peso de los cargos que se nos quisieran confiar! y cómo llevaríamos a nuestro empleo con las demás el miedo que deberíamos tener de no valer ni para nosotras mismas. Y así, el ejercicio (de paciencia) que les damos con nuestras miserias, a ellas les será provechoso para su salvación y Dios será por ello glorificado, pero a nosotras nos servirá de humillación eterna, como lo merecemos, si no hemos hecho uso de nuestro empleo según los designios de Dios.5 No le digo esto, querida Hermana, porque tenga conocimiento de algo en particular de usted, sino que le hablo en general de todas las que tienen cargos, y más que de nadie, de mí que tengo sobrados motivos para temer. Humillémonos profundamente por debajo de todas para tratar así de ponernos en seguro, y sobre todo, démonos por completo a Dios para sufrir todas las humillaciones de que tanto necesita nuestra soberbia para que no nos ponga en el riesgo de perdernos.
A mis Hermanas antiguas de esa casa, les suplico que renueven sus ánimos, que pongan en práctica uno de los principales puntos de nuestro reglamento, que es el de no comunicarse mutuamente sus penas ni conversar con curiosidad de las disposiciones en que están unas u otras. Por lo que se refiere al confesor, en nombre de Dios, queridas Hermanas, pónganse en la disposición de hacer enteramente lo que el señor Abad de Vaux les aconseje. manténganse en un gran respeto hacia el señor Obispo de Angers,6 no abusen del honor que les dispensa mostrándose familiar con ustedes; admiren su humildad y maravíllense de que Dios las haya escogido para hacer de ustedes lo que son: prepárense a comprar ese honor que no merecen y reciben, con las humillaciones del empleo en que se vean colocadas cuando Dios les haga la misericordia de quitarles lo que ahora tienen. Perdóneme, querida Hermana, si la hago participar de los avisos que Dios me da a mí misma; es el cordial afecto que tengo por usted el que me hace hablar de esta manera.
Encomiendo a sus oraciones el alma de la buena señora Presidenta de Lamoignon,7 a quien Dios ha sacado de este mundo esta noche para hacerla gozar de la gloria que el Hijo de Dios nos ha merecido, como recompensa de sus tres virtudes principales: la santa sencillez, la humildad perfecta y su gran caridad y liberalidad. Después de haber rogado por ella como la Iglesia nos lo ordena, pidámosle en privado, cada una, que nos alcance de la bondad de Dios esas tres virtudes, para gloria (suya). Comunique esta muerte al señor Abad y al señor Ratier, saludándoles a los dos y excusándome por no tener hoy el honor de escribirles.
Un saludo a todas, queridas Hermanas, créanme de corazón en el amor de Jesús Crucificado, su muy humilde y afectísima hermana y servidora.
- C. 398 Rc 3 lt 337 Carta autógrafa.
- Cecilia Angiboust (ver C. 36, n. 2).
- Margarita Moreau (ver C. 317, n. 3).
- Las tres Hermanas llegadas a primeros de noviembre: María Donion, Micaela y Juana María.
- Párrafo de muy difícil comprensión. Parece responde a las ideas aquí expresa
- Monseñor Enrique Arnauld (ver C. 355, n. 2).
- Señora de Lamoignon (ver C. 87, n. 1).







