hoy,12 (noviembre de 1651)1
Señor:
No podría expresarle el consuelo que he experimentado al recibir su apreciada carta; ya pensaba que había merecido no volver a tener ese honor, y creía por otra parte que sus importantes ocupaciones llenaban todo su tiempo. Suplico a Dios, señor, conserve su salud en medio de tanto trabajo y El haga que podamos tener la dicha de verle por aquí. Me estaba temiendo que se cernía alguna persecución sobre nuestras Hermanas. El señor Leheurt,2 que vino a vernos, me dijo mucho malo de ellas, en particular de Sor Cecilia,3 diciendo que se han inmiscuido en acusar a esos señores, en averiguar o preguntar a los penitentes después de haberse confesado y otras varias cosas de tal naturaleza. Yo le ruego humildemente, señor, si es que no sabe usted los motivos de esas quejas, que se tome la molestia de informarse para que aquí podamos conocer la verdad. También le suplico, señor, nos haga la caridad de ver cuál4 de nuestras Hermanas tiene más dotes de espíritu de gobierno para que podamos dársela como ayuda a nuestra Hermana, si es que Dios se digna devolverle la salud o inclusive ocupar, aunque sea temporalmente, su puesto, si al señor Vicente le parece conveniente relevarla del cargo durante cierto tiempo para que pueda aliviarse o también para probarla un poco. Espero su llegada para saber lo que piensa a este respecto, suplicándole encomiende este asunto a Nuestro Señor, en cuyo amor soy, señor, su muy humilde y obediente servidora.
P.D. Le suplico humildemente, señor, encomiende a Dios el asunto importante de la retirada de nuestras Hermanas de Nantes que el señor Vicente está casi resuelto a llevar a cabo en breve; si tengo el honor de verle, ya le diré los motivos. Permítame, señor, que me encomiende a sus santos sacrificios y oraciones.







